
La realidad es dinámica, mutable, voluble, veleidosa, esas características seguramente fueron las que motivaron a esa mente brillante como lo fue Kant para que la caracterizara como inaprensible, pero esas características que mencioné al comienzo se vuelven aún más intensas cuando hablamos de las realidades políticas. Esa política entendida como el arte pragmático de la negociación, que se traduce en mi Colombia como el intercambio benéfico de favores, el tráfico recíproco de influencias, para satisfacer primero las necesidades del político y muy en un secundario lugar las de las personas que lo eligieron.
El pasado veinte de Julio, el día del llamado “grito de independencia”, cuando en la colonial Santa Fe de Bogotá, en 1810 un grupo de esclarecidos “criollos” o sea blanquitos españoles nacidos en estas tierras, quisieron celebrar la llegada de un importante personaje, Antonio Villavicencio, un noble criollo que había servido a la corona en la marina y participado en la batalla de Trafalgar como segundo de Manuel Escaño, mayor general de la escuadra.
Antonio llegó a Bogotá luego de ser comisionado por la monarquía para visitar en su nombre estas ya para entonces rebeldes tierras e intentar clamar las aguas de la insurrección que la corona ya temía que estuviera incendiando estas tierras. Los abusos de los virreyes y otras joyas administrativas delegadas por Madrid habían llenado la paciencia de tirios y troyanos en estas remotas comarcas, las tensiones iban en aumento y 1810 fue un año de muchos incendios en Caracas, Cartagena y el 20 de Julio de ese año en Bogotá.
En Bogotá el pretexto para la revuelta fue un sofisticado y rocambolesco florero que los nobles criollos de ese entonces pidieron prestado a un comerciante español José González Llorente para adornar la mesa alrededor de la cual se reunirían para homenajear al Comisario real Antonio Villavicencio que ya se encontraba en el puerto de Honda a pocas jornadas a caballo de la ciudad de Bogotá.
Era un día de mercado por lo cual la plaza central estaba llena de campesinos y ciudadanos que se procuraban de abarrotes, un ambiente que ni pintado para la revuelta. El español se negó a prestar el tal florero por lo cual los criollos envalentonados e indignados lanzaron arengas al populacho y se armó, como decimos aquí, la gorda.
Como consecuencia de la asonada, el virrey Amar y Borbón tomó las de Villadiego con su cortejo y sus joyas y el oro que pudo encaletar y, en su lugar, el pueblo aclamó una junta de nobles criollos. Las noticias se expandieron a toda la Nueva Granada. Se organizó un ejército bajo el mando de Antonio Nariño y una cosa llevó a la otra y a la postre se vino a dar nuestra primera independencia del imperio español.
Desde entonces cada año se conmemora esa fecha como el tal “grito de la independencia”. Después las cosas tomaron otro rumbo, la corona recuperó por algunos años y luego de una sangrienta campaña su dominio sobre estas tierras y sólo hasta casi una década después se protocolizó con sangre nuestra final independencia.
Cada año se instala el veinte de julio una nueva legislatura del Congreso. El presidente en ejercicio acude y da un discurso “veintejuliero” hablando de sus logros y planes a futuro, las mesas y comisiones legislativas se distribuyen entre los congresistas de diversos partidos, según su representación, luego de lo cual el mundo continúa su curso sin cambios perceptibles. Este año la languidez de la anterior presidencia y la llegada del nuevo gobierno, amén de las sustanciales diferencias entre el gobierno saliente y el que llega, esa fecha marca también un hito importante: El Congreso que se instala es uno nuevo, renovado en un importante porcentaje y con una composición que varió conforme a los designios electorales del pueblo colombiano.
Habrá que decir que esa “importante” renovación lo es en el número de curules de la izquierda democrática, pero la influencia de dicha composición sigue siendo menor en tanto que, pese a haber aumentado de manera importante su participación, los movimientos progresistas siguen siendo minoría frente a las coaliciones de la derecha y la centro derecha.
El 20 de Julio entonces se instala el Congreso y los partidos tradicionales, como siempre, se acomodarán y asociarán con el poder entrante. Los monos se visten del color de la seda que esté de moda, pero aún así siguen siendo monos, ellos no representan en realidad a sus votantes, representan, como ya lo escribí, en primer lugar, a sus financiadores y mecenas, a sí mismos en seguida y muy, pero muy al final de una larguísima y tediosísima lista, a sus electores.
Los discursos con los que llegaron al poder seduciendo la voluntad de quienes confiaron en ellos quedan en remojo, ellos se acomodan como fichas de un rompecabezas a la voluntad del gobernante que llega, más aún tratándose de un sujeto no de derecha sino de extrema derecha que asusta incluso a la derecha más recalcitrante de este país, el Centro Democrático, cuyo liderazgo quiere asumir y usurpar.
La idea es que todo cambie para que nada cambie, cambian los nombres, cambian las vestimentas, de pronto los discursos, la vehemencia con que los pronuncian, pero en el fondo todo sigue igual.
El politólogo Andrés Felipe Sampayo nos comparte, con inmejorable acierto, una parábola en la que reseña la obra de Jim Thompson “1280 almas” y lo hace en los siguientes términos: “Robert Lee Jefferson, el fiscal del condado, regaña a Nick Corey, el sheriff que lleva años reeligiéndose sin hacer absolutamente nada. Le pregunta si de verdad cree que puede seguir así: aceptando chanchullos, robándole al municipio, sin ganarse el sueldo legítimamente. Y le da la fórmula obvia: “Limítate a hacer tu trabajo, Nick, y hazlo bien. Demuestra que eres honrado, valiente y trabajador, y no tendrás que hacer nada más.”
Ante el cuestionamiento del personaje que cita brillantemente Sampayo, el sheriff responde con cínica brutalidad que no puede porque, para comenzar no es valiente, trabajador ni honrado y , seguidamente, porque quienes lo eligieron no precisan que lo sea. “La gente no quiere que haga su trabajo, lo único que quiere es que les dé algún motivo para elegirlo otra vez.”
Sampayo critica la característica acomodaticia de esos partidos que ni rajan ni prestan el hacha, pero que negocian sus “principios”, ¿Cuáles principios? Y culmina su reflexión con una pregunta no menos brutal: ¿Quién tiene la culpa de ello?: ¿Los partidos que siempre han hecho lo mismo o los electores que, a sabiendas de los que siempre han sido y hecho estos partidos, siguen votando sus candidatos?
La cínica respuesta del sheriff nos da la pista definitiva para resolver ese duro interrogante. A decir verdad, el tipo no oculta lo que es, tampoco lo poco que hace. Si está ahí es porque interpretó correctamente a sus electores, si está ahí es para seguir haciendo lo que ellos quieren: favores, atajos, hacernos pasito, pero haciendo parecer que se hace mucho dejando las cosas tal como estaban antes de la “aventura progresista” de Petro o, mejor aún, volviendo al pasado colonial, pero en el que ya no seremos colonia española sino gringa.
Es la masa siendo masa, la masocracia del montón informe y adocenado, el rebaño que camina con la inercia de su indolencia bajo el imperio asfixiante de su rutina y su ceguera autoimpuesta. Los verdaderos culpables son los electores que omiten revisar y analizar responsable y críticamente, como se supone que harían unos sujetos reflexivos y racionales, el objeto de su elección.
Esos individuos que apenas se diferencian del común homogéneo, están muertos y no lo saben, no son sujetos ni electores, es demasiado decir, son cosas, son teclas que alguien acciona deliberada e insidiosamente para que ellos también no hagan nada y que las cosas simplemente sigan igual.
La pregunta pretende ser revulsiva, pero para ello debería “despertar” alguna reacción. Ocasionalmente alguien se la hará a si mismo o a otro, pero no pasará nada. Estamos hundidos en ese limo repugnante hasta muy cerca de la boca. No hay que hacer olas…
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

