La agricultura argentina atraviesa una nueva etapa tecnológica en la que la inteligencia artificial, la genómica y la edición génica comienzan a integrarse para obtener cultivos más productivos, resistentes y adaptados a condiciones ambientales cada vez más exigentes. El proceso no pertenece ya exclusivamente al terreno experimental: durante 2026 distintos organismos científicos y tecnológicos del país presentaron resultados concretos que pueden modificar la manera de producir alimentos.
La combinación de estas herramientas permite actuar sobre dos frentes diferentes. Por un lado, la inteligencia artificial analiza enormes cantidades de información procedente de imágenes, sensores, clima, suelos y comportamiento de las plantas para ayudar a investigadores y productores a identificar características deseables y tomar decisiones con mayor precisión. Por otro, la edición génica permite modificar de manera dirigida determinados genes para obtener características específicas sin depender exclusivamente de los largos procesos tradicionales de mejoramiento.
En Argentina, el INTA y el CONICET ya trabajan en la integración de genómica, marcadores moleculares, bioinformática, fenotipado e inteligencia artificial para acelerar el mejoramiento de soja y otros cultivos granarios. El objetivo es desarrollar variedades con mayor productividad, resistencia a enfermedades y tolerancia a diferentes tipos de estrés ambiental.
Uno de los avances más concretos se produjo con el maíz. Investigadores del INTA Pergamino utilizan drones equipados con cámaras multiespectrales y térmicas para obtener imágenes de alta resolución y, mediante modelos de inteligencia artificial, estimar variables relacionadas con la producción de biomasa y el rendimiento. En híbridos comerciales, los resultados preliminares alcanzaron más del 92 % de precisión.
La importancia de esta tecnología está en la velocidad. Evaluar manualmente miles de plantas y determinar cuáles presentan las mejores características puede demandar enormes cantidades de tiempo. Con imágenes aéreas y algoritmos, los investigadores pueden analizar grandes superficies y seleccionar con mayor rapidez los ejemplares que merecen ser estudiados en profundidad.
La inteligencia artificial también está entrando en otros cultivos. El INTA y el CONICET desarrollaron SunPheno, una herramienta capaz de identificar automáticamente los estadios fenológicos del girasol a partir de fotografías tomadas con teléfonos celulares. La tecnología busca determinar con mayor precisión momentos críticos del desarrollo de la planta, información que puede resultar fundamental para el mejoramiento genético y el manejo agronómico.
Pero la verdadera transformación puede producirse cuando estas herramientas se combinan con la edición génica. En febrero, el INTA informó que consiguió regenerar plantas de variedades comerciales de arroz, entre ellas Gurí INTA CL, un paso necesario para desarrollar posteriormente protocolos de edición génica directamente sobre cultivares de alto valor productivo. La expectativa es obtener arroces con mejoras en productividad, sanidad y calidad.
Otro avance argentino llegó con la papa OLI INTA, presentada en agosto como la primera variedad de papa obtenida mediante edición génica en el país. Los investigadores desactivaron de manera precisa el gen asociado al pardeamiento enzimático, con el objetivo de evitar que el tubérculo desarrolle manchas oscuras después de sufrir golpes o cortes. Esto puede reducir descartes y pérdidas en la industria y mejorar la calidad comercial del producto.
La investigación también busca que los cultivos aprovechen mejor los recursos disponibles. En ensayos realizados por el INTA, la edición génica de microorganismos destinados a inoculantes permitió observar incrementos de hasta 6 % en el rendimiento de soja y una reducción cercana al 22 % de las emisiones de óxido nitroso. Son resultados experimentales, pero muestran el potencial de utilizar biotecnología para mejorar simultáneamente productividad y eficiencia ambiental.
La agricultura de precisión aporta otra pieza al mismo proceso. En Santa Fe, investigadores del INTA utilizaron drones y algoritmos para ajustar la fertilización nitrogenada de girasol según las necesidades específicas de cada sector del lote. El resultado fue una reducción significativa del fertilizante utilizado sin comprometer el rendimiento, demostrando que la digitalización también puede contribuir a disminuir costos y desperdicio de insumos.
Una tecnología con impacto regional
Para Argentina, el avance tiene una importancia que supera al productor individual. El país es uno de los grandes proveedores mundiales de soja, maíz, trigo, girasol, carne y otros productos agroindustriales. Mejorar la genética de los cultivos, anticipar enfermedades, utilizar menos insumos y aumentar la productividad puede repercutir directamente sobre las exportaciones y la competitividad internacional.
También existe una dimensión especialmente importante para el MERCOSUR. Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay comparten cadenas agroalimentarias, mercados, condiciones climáticas y desafíos productivos. Una innovación desarrollada en Argentina puede tener aplicaciones posteriores en otros países de la región, siempre que se adapten los materiales y se cumplan las respectivas normas sanitarias y regulatorias.
La propia regulación argentina está evolucionando. En marzo de 2026, el Gobierno actualizó los procedimientos para evaluar organismos obtenidos mediante Nuevas Técnicas de Mejoramiento (NBT), buscando establecer criterios más claros para determinar cuándo un desarrollo debe considerarse un organismo genéticamente modificado. La medida pretende ofrecer mayor previsibilidad a investigadores, empresas y desarrolladores.
El país también continúa aprobando nuevas variedades genéticamente modificadas. En julio se autorizó una nueva soja con tolerancia a varios herbicidas y protección frente a determinados nematodos e insectos, después de las evaluaciones correspondientes de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria.
Sin embargo, inteligencia artificial y edición génica no significan automáticamente mejores cultivos ni garantizan por sí solas una agricultura más sustentable. Cada innovación debe demostrar su eficacia en condiciones reales, superar evaluaciones científicas, cumplir las normas de bioseguridad y resultar económicamente viable para los productores.
El desafío también será evitar que estas tecnologías queden concentradas exclusivamente en grandes empresas o establecimientos agrícolas. La incorporación de herramientas digitales accesibles, sensores, aplicaciones y sistemas de análisis puede ser decisiva para que la transformación tecnológica alcance a productores medianos y pequeños.
Argentina está construyendo así una nueva generación de agricultura en la que los datos ayudan a seleccionar las mejores plantas, la inteligencia artificial permite interpretar miles de variables y la edición génica ofrece la posibilidad de modificar características concretas con una precisión que las técnicas tradicionales no pueden alcanzar con la misma velocidad.
La cuestión de fondo ya no es solamente cuánto puede producir una hectárea, sino qué tipo de cultivo puede desarrollarse para producir más con menos recursos, resistir enfermedades y condiciones climáticas adversas y mantener competitividad en los mercados internacionales. En ese escenario, la convergencia entre ciencia, tecnología y producción puede convertirse en uno de los principales motores del agro argentino durante los próximos años.
Foto: INTA / CONICET
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