
Recostada perezosamente sobre las faldas de la cordillera oriental, una de las tres subdivisiones que los Andes presentan al atravesar el territorio colombiano, y enclavada en el ombligo de esta nación cafetera, tan rica en tradiciones, historia, recovecos y paisajes contrastantes, la ciudad de Bogotá se extiende ocupando una enorme meseta donde alguna vez hubo pantanos y humedales que hoy, apenas sobreviven en medio del cemento , el ladrillo y el asfalto que llegaron para usurpar lo que antes ocupaban matorrales de chilcas con sus acampanadas flores amarillas, saucos con esa explosión de ramilletes de florecillas blancas, arbolocos con sus grandes hojas de un verdor que enamora y fucsias silvestres con sus flores rojas y lilas con su permanente corte de colibríes. “Matojos” diría mi abuela María Victoria, bajo la sombra de cedros y cauchos sabaneros, alisos, ficus de hojas menudas y de un verde brillante, cedros, nogales y sietecueros rebosantes de alas y de trinos.
Si lo poco que queda en los sitios donde aún se puede ver ese bosque andino es tan bello, me imagino cómo sería el espectáculo de otrora, antes del cemento, el ladrillo rojo a la vista y el oscuro asfalto. Esa belleza de esta sabana de Bogotá estuvo a poco de causar un enfrentamiento entre los tres europeos que llegaron con sus tropas a este paraíso: Nicolás de Federmann, el aventurero teutón y los españoles Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar, los tres reclamaban para si la epopeya fundacional de la ciudad, sus diferencias fueron resueltas un año después de su desencuentro en las cortes peninsulares a favor de Jiménez de Quesada, a quien se le reconoce como el fundador de Bogotá.
En esa dilatada sabana y en los municipios aledaños viven hoy cerca de 10 a 12 millones de colombianos, unos de origen y tradición capitalina, pero la gran mayoría ciudadanos que vinimos de otras regiones del país a asentarnos en este generoso suelo. Bogotá es por eso un verdadero crisol de la colombianidad, nuestra cultura de por sí sincrética, se junta y se mezcla incesantemente en esta tierra fecunda y fría, un verdadero caleidoscopio de etnias, acentos, cantos, expresiones, narrativas, maneras de pensar, recuerdos y sentimientos. Bogotá es la ciudad de todos, es la prueba de que es posible que todos vivamos, medremos, soñemos y construyamos juntos, más allá y gracias a nuestras diferentes visiones y maneras de pensar: Una Colombia que se respeta y se tolera, que camina y crea porvenir como una mezcla potente de etnias, visiones y culturas.
Es en ese entorno rico y en extremo fértil donde nacen a diario mitos y leyendas urbanas, imagínense cómo no iba a ser así, 12 millones de almas circulan y conviven por este entorno urbano que incluye también las 333 mil hectáreas del páramo más grande del mundo, el Páramo de Sumapaz, territorio rural de la capital colombiana y origen de varias decenas de ríos caudalosos que discurrirán como enormes sierpes por el rostro de esta Colombia pintoresca y que desembocarán después en las cuencas del rio Magdalena y el colosal Orinoco: El Sumapaz, el Tunjuelo, el Duda, el Ariari y otros muchos más, entre ellos El Cabrera, el Guayabero, el Guejar, El Rio Blanco, el Cuja y el Arbeláez.
Bogotá, esa ciudad afincada cómodamente en la dilatada y fértil y húmeda Sabana de Bogotá, es una ciudad que combina el entorno urbano y rural en medio del altiplano, es una ciudad en la encrucijada de su diversidad ambiental, cultural, social y económica. Es una ciudad en la encrucijada también de los tiempos y, como huella de esos tiempos y esas multitudinarias presencias, carga consigo un acervo de mitos y leyendas urbanas, tradiciones e historias. Como bien lo dice Rubén Blades en referencia e la ciudad de NY en su extraordinaria canción “Pedro Navajas”, 12 millones de historias conviven en esta enorme urbe cosmopolita.
EL PARQUE NACIONAL ENRIQUE OLAYA HERRERA, ENTRE SILENCIOS, FRAGANCIAS Y RUMORES
Perezosamente recostada sobre lo que los bogotanos llamamos los cerros orientales, montañas tutelares de nuestra bella y fría ciudad, como se señalaba en la época del Alcalde Enrique Peñalosa, 2600 metros más cerca de las estrellas y en el centro oriente de la misma, en el extremo norte de la localidad de Santafé, en la soledad de la montaña, hay un lugar casi silvestre a unos pasos del centro de asfalto, cemento y ladrillo rojo de la gran ciudad, arriba del fárrago y la congestión, la algarabía del tráfico capitalino, ahí se encuentra un reducto de paz, aire puro, caminos de montaña bajo la fresca sombra de robles, urapanes, acacias, cauchos sabaneros, eucaliptos y pinos centenarios, ahí es posible escuchar el canto melodioso de mirlas y copetones, el vuelo presuroso de colibríes, el inquieto pacer de torcazas que triscan entre tomatillos, sietecueros y chilcas.
El bosque habla, dicen los paseantes, no sólo a través de los trinos de pequeñas aves y graznidos de gavilanes camineros: Cuando el sol mortecino se esconde o en el frio albor de un nuevo día, algunos escuchan voces y gemidos, pasos que se alejan o que se acercan, se sienten presencias y miradas , talvez el vuelo rasante de murciélagos, el rápido y nervioso paso de ardillas y zorros perrunos, el cuidadoso andar de comadrejas, zarigüeyas y uno que otro perro callejero, algún gato cimarrón, el croar de alguna rana desvelada o la rápida fuga de alguna lagartija.
Esos bosques centenarios guardan secretos, pero el peor depredador de la zona, el más peligrosos e inhumano suele ser bípedo. De ello darían fe Rosa Elvira Cely o Jaime Enrique Gómez si sus voces no hubieran sido acalladas por los violentos. Las historias se pegan a la dura corteza de los árboles, a las húmedas piedras y a las losas musgosas de los caminos…
En ese hermoso parque se han tejido múltiples leyendas, una de las más comunes es la que habla con cierto temor reverencial y con la voz queda sobre túneles u ocultas cámaras mortuorias en el seno o proximidad del parque, mito urbano que se nutre del misterio de los cerros tutelares orientales de la capital y el retículo murmurador de decenas de cauces de agua cercanos, como el río arzobispo.
Esa leyenda se origina probablemente con la existencia de antiguos cementerios como el Antiguo Cementerio de Pobres o con hallazgos arqueológicos reales ubicados en otras zonas de la ciudad. Pero lo que está claro es que no hay un sólo origen para esta leyenda, ni siquiera un punto de partida para la misma, pues de tales estructuras se hablaba ya en 1930 o sea 4 años antes de la inauguración del parque.
Cabe decir que éste se construyó sobre la infraestructura del antiguo acueducto que se nutría precisamente del rio arzobispo y de elementos próximos como el famoso Chorro de Padilla. En efecto, las aguas cristalinas y puras del rio y el chorro se canalizaron para beneficiar con sus aguas puras a los primeros habitantes de la ciudad y para ello se construyeron algunas bóvedas de ladrillo rojo, esto alimentó a su vez la idea de la existencia en esa parte de Bogotá de algunos túneles que serían la continuación hacia el norte colonial de los túneles que existen en el centro de la ciudad, zona de la Candelaria y en el colegio de San Bartolomé.
Sin embargo, debo reconocer que en mis caminatas por el parque no he visto evidencia de entrada a esos presuntos túneles que, de existir, serían refugio en este momento de indigentes, como bien sucede con algunas estructuras subterráneas, colectores y tubos de aguas lluvias en muchas partes de la ciudad.
A esa percepción se suma la suposición de la existencia de búnkeres que permitirían el refugio y escapatoria de militares durante las frecuentes guerras y escaramuzas que la ciudad ha padecido.
Por algún tiempo se habló de la existencia de portales mágicos, como el llamado “túnel del diablo”, sitio de presunta reunión de aquelarres y cultos oscuros y tenebrosos.
EL PALO DEL AHORCADO EN CIUDAD BOLIVAR.
Se trata de un eucalipto de más de 100 años de vida que se ubica en la cima de una montaña conocida como Cerro Seco en la localidad de Ciudad Bolívar en el sur de la capital, declarado bien de interés cultural en agosto de 2025, esto no lo libró de ser víctima, en enero de 2026, de la acción de delincuentes que intentaron quemarlo y casi que lo logran.
Se llama así porque se dice que sus ramas, en los años 1930, fueron visitadas por suicidas para colgarse de ellas y así acabar con sus tristes existencias agobiadas por las carencias y el desamor. A los pies de ese Eucalipto terminan desde 1980 las procesiones religiosas que la parroquia Candelaria la Nueva organiza los viernes santos.
Su persistencia en un entorno que fue devastado por la minería de arena y piedra para la construcción da fe de la resistencia ambiental de las comunidades que viven en su proximidad y que dan nostálgico testimonio de la destrucción del rico medio ambiente de otrora.
Algunas de esas personas hablan de sombras y gemidos, una sensación muy particular de frio en el entorno del hoy torturado árbol, aún en este momento bajo cuidados especiales del Jardín Botánico de Bogotá.
EL MITICO Y BELLO PARQUE BOSQUE DE SAN CARLOS
Este hermoso bosque de eucaliptos, situado en lo alto de la localidad Rafael Uribe, en el sur de Bogotá, no escapa a la imaginación de los habitantes de la zona. Fundado en la década de los 60, se cuenta que la siembra de eucaliptos en las 21 hectáreas que lo conforman la hicieron monjes y sacerdotes que quería aprovechar los aceites aromáticos que los eucaliptos producen para generar un mejor ambiente con la pretensión de facilitar la recuperación de los enfermos del cercano y tradicional Hospital de San Carlos, por entonces centro de tratamiento para pacientes respiratorios.
Según el mito urbano los aromas del bosque producían curaciones milagrosas entre las personas que eran acogidas en ese centro médico, por entonces especializado en el manejo de pacientes con TBC.
La imaginación de los residentes de la zona va mucho más allá, algunos aseguran que en las frías y neblinosas madrugadas o atardeceres se pueden avistar entre los inmensos eucaliptos sobras espectrales de antiguos cuidadores, sacerdotes y pacientes que se dirigen hacia el hospital vecino
Lo que si es cierto es que los habitantes de la zona reclaman el parque como un patrimonio ambiental que los mantiene a salvo de la contaminación de la ciudad.
EL CERRO GUADALUPE, COMPAÑERO ETERNO DE MONSERRATE
Para los Muiscas el cerro de Guadalupe, uno de los más importantes e imponentes cerros tutelares de Bogotá, eterno compañero del cerro de Monserrate, Guadalupe, o Chiguachí, era el pie de la abuela, en tanto que Monserrate era el pie del “abuelo”.
Cuando llegaron los conquistadores, en el siglo XVI, se cuenta que los muiscas, habitantes de la zona, pretendiendo salvaguardar sus tesoros culturales, escondieron en una cueva del sector sus ornamentos, ofrendas y figuras de oro, entre las que resaltaba un Venado de oro macizo.
Un aventurero lusitano, quien vagaba por la zona durante una fuerte tormenta, descubrió, a fines del siglo XVII, el famoso venado, le arrancó los cuernos y dejó marcado el sitio de su hallazgo con su espada, sin embargo, nunca más encontró ni la espada ni el venado, ni muchos menos los tesoros que lo acompañaban.
Los residentes de la zona aseguran que algunas tardes, cuando el sol se pone, es posible ver el brillo de los tesoros en las faldas y alguna de las cuevas del famoso monte.
En 1538, lo españoles, buscando santificar y exorcizar el cerro de las creencias paganas de los muiscas que tenían este cerro como sitio de adoración a sus dioses, clavaron en su cima una imponente cruz, en torno a la cual terminó por construírsela ermita de la virgen de Guadalupe.
Esta ermita que ha tenido que ser reconstruida en varias ocasiones debido a que se ha derrumbado en el curso de algunos terremotos de la capital fue consagrada a la virgen de Guadalupe y se dice que mientras así sea, gozará de la especial protección de la deidad para evitar que la ciudad a sus pies sea destruida en un colosal cataclismo que podría ocurrir si, por alguna razón, alguien destierra la ermita de la cima del cerro.
MONSERRATE
Este hermoso y alto cerro es lugar de culto, caminata y, sin la menor duda, un atractivo turístico sin igual de la capital colombiana.
En relación con este cerro existe una leyenda: Se dice que las parejas que suben juntas a su cima, terminan siempre por separarse y que nunca se casan, algunos señalan que esta situación se produce por intercesión del señor caído, una escultura de Cristo atormentado elaborada por el artista Pedro de Lugo Albarracín en el siglo XVII que se encuentra ubicada en la iglesia que corona el cerro. Se dice que es justamente el señor caído quien separa a las parejas a las que no les conviene contraer matrimonio.
Esta escultura, muy hermosa por cierto, ha sido objeto de leyendas adicionales que van desde su carácter milagroso hasta la percepción de algunos fieles que afirman que a la misma le crece el cabello, por tal motivo, aseguran que los frailes cada cierto tiempo deben recortar los cabellos del ícono santo. Así mismo se dice que, debido a que tanto Monserrate como su vecino Guadalupe, serían volcanes dormidos, la estatua del señor caído no puede desplazarse del santuario púes ello daría pie a que los dos presuntos volcanes hicieran erupción y destruyeran Bogotá.
MITOS URBANOS DE LA CANDELARIA
La Candelaria es un sector histórico y tradicional de la capital de Colombia, sus calles coloniales está llenas de misteriosas historias de fantasmas, entre ellas se remarca la del abogado José Raimundo Russi quien vivió en el siglo XIX y se caracterizó por asumir la defensa de las personas vulnerables, tal vez merced a ello fue calumniado, acusado y finalmente fusilado en la Plaza de Bolívar, las personas aseguran que lo han visto con una capa azul proclamando su inocencia y caminando en las frías madrugadas hacia el centro de la ciudad, a la importante plaza donde dio su último aliento.
También se habla de una joven de nombre Custodia que fue emparedada en una de esas casas por una persona perversa de nombre Trinidad Forero. De ella se dice que se pueden escuchar aún sus gritos y lamentos en horas de la noche. A ello se suma la percepción de sombras espectrales que gritan, gimen y rozan con sus gélidos vapores a quienes residen en las viejas casas del sector, o a los peatones que se atreven en las noches a recorrer los recovecos y callejones laberínticos y oscuros del barrio colonial.
MITOS Y LEYENDAS DEL SECTOR DE TEUSAQUILLO
Teusaquillo es un sector muy hermoso de la capital colombiana, caracterizado por sus amplias y elegantes casas de arquitectura inglesa, un pasado señorial cuando albergaba familias prestantes de Bogotá.
Uno de los relatos más extravagantes y ominosos tiene que ver con el llamado “vampiro de Teusaquillo”: En efecto, se cuenta que hace algunos años una joven fue convidada a una fiesta en una de esas casas elegantes del sector. Siendo ya la media noche sucedió que la luz de la casa de amortiguo por lo que la mujer preocupada intentó buscar un teléfono, estando en esas ingresó a un recinto en el que se encontraba un hombre joven, elegantemente vestido, de aspecto cetrino, sentado en un escritorio y acompañado de dos sujetos robustos a manera de guardaespaldas.
Se sabe que la mujer pasó el resto de la noche en compañía del sujeto con aspecto de vampiro.
Más allá de lo inocuo de ese relato es bien sabido que por tratarse de casas de espaciosas y ya bastante viejas, es posible percibir en su interior ruidos, chirridos, golpes, puertas que se abren o se cierran, objetos que se mueven. Ello ha llevado a algunos a calificar este sector como la zona con mayor carga paranormal de la capital.
EL PARQUE DE LOS NOVIOS
Llamado antes el Parque del Lago, el Parque de los Novios, inaugurado apenas en 1975, es un reducto de varias hectáreas situado en la localidad de Barrios Unidos en el norte de la ciudad. Su nombre se deriva probablemente de que la zona que lo alberga y el lago que encierra, fruto de un nacedero natural de agua, fue lugar donde las parejas iban a encontrarse y a disfrutar en sus recónditos parajes muy propicios para darle rienda suelta a la pasión.
Hoy por hoy, el parque suele ser sitio donde muchas relaciones se afianzan, se producen y generan compromisos, pedidas de mano, en fin, incluso matrimonios. El parque alberga un monumento de corazones con candados que, en forma similar a los que sucede en París, garantiza que las parejas que colocan en un candado sus nombres tendrán una relación fuerte y persistente, es más, si arrojan el candado al lago su compromiso será fuerte e imposible de romper, pero si alguien encuentra el candado y lo saca, bien sea del monumento o del lago, la relación podría terminarse.
Muchas son las historias que la ciudad alberga, muchos los mitos y las leyendas, difícil conseguir contarlas todas en un espacio como este, por eso escogí tan sólo algunas, pero si Ud. viene a la ciudad de seguro encontrará a algún bogotano dispuesto a contarle otras historias de todas las clases, algunas lo llenarán de emoción, otras podrían helarle la sangre…
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

