La epilepsia continúa siendo uno de los trastornos neurológicos más frecuentes del mundo, pero el abordaje de la enfermedad está cambiando. La medicina dispone hoy de herramientas más sofisticadas para identificar el origen de las crisis, seleccionar tratamientos según las características de cada paciente y ofrecer alternativas cuando los medicamentos no consiguen controlar los episodios. En América Latina, sin embargo, el desafío no es solamente científico: también está en lograr que esas posibilidades lleguen a quienes las necesitan.
La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 50 millones de personas viven con epilepsia en el mundo, mientras que en América Latina serían aproximadamente seis millones. En Argentina, donde se concentra buena parte de la información analizada por los especialistas consultados por Infobae, se calcula que unas 300.000 personas conviven con la enfermedad. Con un diagnóstico y tratamiento adecuados, cerca de siete de cada diez pacientes pueden conseguir un buen control de las crisis.
La epilepsia no es una única enfermedad. Se trata de un conjunto de trastornos caracterizados por una actividad eléctrica anormal del cerebro que puede producir diferentes tipos de crisis. Por eso, uno de los cambios más importantes de la neurología consiste en dejar de aplicar una estrategia idéntica a todos los pacientes y determinar qué tipo de crisis presenta cada persona, cuál puede ser su causa y qué zonas o redes cerebrales están involucradas.
El diagnóstico temprano es una pieza fundamental
Llegar al diagnóstico puede ser complejo. Una crisis aislada no necesariamente significa que una persona tenga epilepsia, y los síntomas pueden variar considerablemente. La evaluación médica puede incluir la historia clínica, estudios electroencefalográficos, resonancia magnética y otras técnicas destinadas a identificar alteraciones estructurales o eléctricas.
Los especialistas advierten que el tiempo transcurrido hasta obtener un diagnóstico preciso también tiene consecuencias sobre la vida cotidiana. La incertidumbre puede afectar la salud mental, los estudios, el trabajo, la autonomía y las relaciones sociales. En los niños, además, una actividad epiléptica frecuente y sostenida puede comprometer determinadas funciones cognitivas y motoras.
Por eso, identificar correctamente el tipo de epilepsia permite avanzar hacia una estrategia terapéutica más específica y evitar períodos prolongados de tratamientos ineficaces.
Los medicamentos siguen siendo la primera alternativa
A pesar de los avances tecnológicos, los medicamentos anticonvulsivos continúan siendo el tratamiento inicial para la mayoría de los pacientes. Los especialistas consultados por Infobae señalan que aproximadamente el 70% puede conseguir un buen control de las crisis cuando existe un diagnóstico y tratamiento adecuados.
Pero existe un grupo para el que la respuesta no es suficiente. Cuando una persona continúa teniendo crisis pese a haber probado adecuadamente dos medicamentos apropiados, se habla de epilepsia farmacorresistente. En estos casos resulta fundamental una evaluación especializada para determinar si existe una alternativa quirúrgica, nutricional o de neuromodulación.
La diferencia es importante porque una persona que no responde a los medicamentos no necesariamente ha agotado todas las posibilidades terapéuticas.
Cirugía cada vez más personalizada
Uno de los campos que más ha evolucionado es la cirugía de la epilepsia. Cuando las crisis se originan en una región cerebral que puede identificarse con suficiente precisión y cuya extracción no supone un riesgo neurológico inaceptable, la cirugía puede ofrecer una posibilidad importante de reducir o incluso eliminar las crisis.
Las nuevas estrategias combinan resonancia magnética, PET, SPECT, magnetoencefalografía, estudios electroencefalográficos y otras técnicas de neuroimagen para construir un mapa más preciso de la llamada zona epileptógena. Una revisión publicada en septiembre de 2026 destaca que la integración de múltiples modalidades de imágenes se está convirtiendo en un componente central de la evaluación prequirúrgica.
La evolución también apunta hacia procedimientos menos invasivos y hacia una cirugía cada vez más individualizada. Una revisión publicada en The Lancet Neurology señala que las nuevas estrategias incorporan modelos basados en datos, técnicas mínimamente invasivas, dispositivos de neuroestimulación y enfoques centrados en las redes cerebrales implicadas en las crisis.
Inteligencia artificial para encontrar dónde comienza una crisis
La inteligencia artificial está comenzando a aportar otra herramienta. Los investigadores trabajan con algoritmos capaces de analizar grandes cantidades de información procedente de electroencefalogramas, imágenes cerebrales y registros de actividad neuronal.
Un estudio publicado en Scientific Reports en 2026 utilizó aprendizaje automático para combinar diferentes características de señales intracraneales y ayudar a identificar contactos cerebrales relacionados con la zona epileptógena en pacientes pediátricos con epilepsia farmacorresistente.
Pero la inteligencia artificial todavía no puede sustituir la evaluación médica. Una revisión y metaanálisis publicada en Epilepsy Research encontró que los modelos de IA muestran una precisión moderada para predecir la ausencia de crisis después de una cirugía, pero concluyó que actualmente son más adecuados para estratificar riesgos que para tomar decisiones clínicas por sí solos. Los investigadores reclaman validaciones prospectivas y multicéntricas antes de incorporarlos plenamente a la práctica.
Neuromodulación: estimular el cerebro para reducir las crisis
Cuando una cirugía de resección no es posible o no resulta conveniente, existen alternativas de neuromodulación. Entre ellas se encuentran la estimulación del nervio vago, la estimulación cerebral profunda y la estimulación neuroresponsiva.
Estos sistemas buscan modificar la actividad de determinadas redes neuronales para disminuir la frecuencia o intensidad de las crisis. Una revisión sistemática publicada en 2026 analizó biomarcadores obtenidos mediante electroencefalografía para estudiar qué características podrían ayudar a predecir la respuesta a estos tratamientos. Los resultados son prometedores, aunque todavía existen importantes diferencias metodológicas entre las investigaciones.
La estimulación neuroresponsiva, por ejemplo, puede utilizar señales registradas directamente del cerebro para ajustar la estimulación. Investigaciones recientes estudian cómo identificar señales previas o asociadas al comienzo de una crisis para optimizar progresivamente los parámetros de tratamiento.
También avanzan la genética y las terapias específicas
Otro cambio importante es la incorporación de la genética en determinadas epilepsias. Identificar una alteración genética puede ayudar a explicar por qué se producen las crisis y, en algunos casos, orientar la elección del tratamiento.
Los especialistas también señalan alternativas como la dieta cetogénica, el estimulador del nervio vago y el cannabidiol para determinados cuadros farmacorresistentes. En Argentina, además, se incorporaron en los últimos años nuevas moléculas, entre ellas el cenobamato y la fenfluramina en determinadas indicaciones y bajo las condiciones regulatorias correspondientes.
Estos avances no significan que exista un tratamiento universal. La elección depende del tipo de epilepsia, la edad, las causas, las características de las crisis, otras enfermedades y la respuesta individual.
El gran problema de América Latina: el acceso
La ciencia ha avanzado más rápido que la capacidad de muchos sistemas sanitarios para ofrecer todas estas herramientas.
Los especialistas consultados advierten que en Argentina existen diferencias importantes entre regiones y sistemas de cobertura. Hay centros especializados capaces de realizar estudios complejos y procedimientos quirúrgicos, pero el acceso no es igual para todos los pacientes.
Esta desigualdad tiene una consecuencia concreta: no basta con que una tecnología exista si el paciente que podría beneficiarse de ella no puede llegar al especialista, realizarse los estudios necesarios o acceder al tratamiento.
El desafío para América Latina, por tanto, es doble. Por un lado, continuar incorporando innovación científica. Por otro, construir redes de atención capaces de detectar tempranamente la enfermedad y derivar rápidamente a los pacientes que requieren una evaluación especializada.
Una enfermedad que también afecta a las familias
La epilepsia tampoco puede analizarse exclusivamente desde el número de crisis. Los especialistas destacan su impacto sobre la educación, el empleo, la autonomía, las relaciones sociales y la salud emocional.
En el caso de los niños, el diagnóstico puede modificar la dinámica de toda una familia. El miedo a una nueva crisis, las restricciones para determinadas actividades y la incertidumbre sobre el futuro pueden convertirse en una carga adicional.
Por eso, el objetivo moderno del tratamiento no consiste únicamente en reducir el número de convulsiones, sino en conseguir que la persona pueda estudiar, trabajar, relacionarse y desarrollar su proyecto de vida con la mayor autonomía posible.
La epilepsia está entrando en una etapa en la que el tratamiento puede ser cada vez más personalizado: medicamentos seleccionados según el tipo de enfermedad, estudios genéticos, mapas cerebrales construidos con múltiples tecnologías, cirugía de precisión, inteligencia artificial y sistemas de neuromodulación forman parte de un arsenal que hace pocos años era mucho más limitado.
Pero el avance científico tendrá verdadero impacto solamente si llega a los pacientes. Detectar la enfermedad temprano, confirmar correctamente el diagnóstico y derivar a tiempo a los centros especializados puede ser tan importante como disponer de la tecnología más avanzada. Para millones de personas en América Latina, el próximo gran salto no será solamente descubrir nuevos tratamientos, sino conseguir que los tratamientos que ya existen estén disponibles cuando realmente se necesitan.
Foto: Imagen ilustrativa / Infobae
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