La pérdida de fuerza en las piernas no es solamente un problema relacionado con la movilidad. A medida que pasan los años, conservar la musculatura de las extremidades inferiores puede influir en el equilibrio, la capacidad para caminar, subir escaleras, levantarse de una silla y mantener la independencia. La evidencia científica también relaciona la fuerza muscular con distintos aspectos de la salud metabólica y funcional durante el envejecimiento.
Las piernas concentran algunos de los grupos musculares más grandes del cuerpo, entre ellos los cuádriceps, glúteos e isquiotibiales. Estos músculos no solo permiten desplazarnos: participan continuamente en actividades cotidianas que exigen fuerza y coordinación. Caminar, levantarse, subir escaleras, mantener la postura o reaccionar ante un tropiezo dependen en buena medida de la capacidad de las extremidades inferiores.
A partir de la edad adulta comienza un proceso progresivo de pérdida de masa y función muscular conocido como sarcopenia. No todas las personas envejecen al mismo ritmo y la actividad física puede modificar considerablemente ese proceso, pero la reducción de fuerza puede terminar afectando la movilidad y la independencia si no se contrarresta. Estudios en adultos mayores han encontrado una relación entre la fuerza de las piernas, la capacidad física y el desempeño en pruebas de movilidad.
El equilibrio puede ser una señal importante
Uno de los aspectos que más preocupa durante el envejecimiento son las caídas. Para mantenerse de pie y reaccionar ante una pérdida repentina del equilibrio, el organismo necesita integrar información procedente de la visión, el sistema vestibular, los pies y las articulaciones con la respuesta de los músculos.
La fuerza de las piernas, particularmente de los músculos que participan en la estabilización de las rodillas, tobillos y caderas, forma parte de ese mecanismo. Investigaciones han encontrado asociaciones entre la fuerza de las extremidades inferiores y diferentes medidas de equilibrio y movilidad en personas mayores.
El propio National Institutes of Health (NIH) destaca que la fuerza y el equilibrio disminuyen de manera apreciable con la edad. En una investigación sobre adultos mayores de 50 años, la capacidad de mantenerse sobre una sola pierna mostró una reducción particularmente marcada a medida que avanzaba la edad. Los investigadores señalaron que este tipo de medición puede aportar información útil sobre el estado funcional durante el envejecimiento.
Eso no significa que una persona deba realizar una prueba de equilibrio sin apoyo para determinar su estado de salud. Por el contrario, cualquier ejercicio de este tipo debe adaptarse a las capacidades individuales, especialmente cuando existe riesgo de caída.
Las piernas también están relacionadas con el metabolismo
Los músculos constituyen un importante tejido consumidor de glucosa. Cuando caminamos o realizamos ejercicios de fuerza, las fibras musculares utilizan energía y participan en la regulación del metabolismo.
Por eso, conservar una cantidad adecuada de músculo y mantenerlo activo forma parte de las estrategias utilizadas para preservar la función física y metabólica. La actividad física regular se ha relacionado con una mayor masa muscular y fuerza de las extremidades inferiores en adultos mayores.
El deterioro muscular asociado a la edad puede acompañarse de una disminución del gasto energético y de la capacidad para realizar actividad física. Esto puede favorecer un círculo difícil: menos fuerza lleva a menos movimiento, y menos movimiento puede acelerar la pérdida de capacidad física.
¿Qué ocurre con el cerebro?
La relación entre fuerza física y envejecimiento cerebral es uno de los campos que más interés genera actualmente. La investigación científica ha encontrado asociaciones entre determinadas medidas de fuerza, equilibrio, actividad física y desempeño cognitivo, aunque esto no significa que fortalecer las piernas por sí solo prevenga la demencia o garantice un envejecimiento cerebral saludable.
La actividad física, en general, puede favorecer múltiples mecanismos relacionados con la salud cardiovascular, el flujo sanguíneo y la función cerebral. Por eso, mantener las piernas activas debe entenderse dentro de un conjunto más amplio de hábitos destinados a conservar la salud durante la vejez.
No hace falta convertirse en atleta
Una de las principales ventajas del entrenamiento de las piernas es que puede adaptarse a prácticamente cualquier edad y condición física. El objetivo no tiene que ser levantar grandes pesos ni realizar ejercicios de alta intensidad.
Para algunas personas puede comenzar con caminar regularmente, levantarse y sentarse de una silla de manera controlada o realizar ejercicios de fuerza con el propio peso corporal. Otras pueden beneficiarse de bandas elásticas, máquinas de gimnasio o ejercicios con cargas progresivas, siempre que sean adecuados para su condición física.
El National Institute on Aging recomienda combinar distintos tipos de actividad, incluyendo ejercicio aeróbico, fortalecimiento muscular y ejercicios de equilibrio, en lugar de concentrarse exclusivamente en una modalidad.
En adultos mayores con debilidad o sospecha de sarcopenia, estudios de intervención también han observado mejoras en fuerza y desempeño funcional después de programas de ejercicios adaptados.
La alimentación también cuenta
El mantenimiento de la masa muscular no depende únicamente del ejercicio. Una alimentación adecuada, con suficiente proteína y una dieta equilibrada, proporciona los nutrientes necesarios para la reparación y conservación de los tejidos.
Sin embargo, aumentar proteínas o comenzar un programa intenso de ejercicios no debería hacerse de manera indiscriminada. Las necesidades nutricionales y la intensidad del entrenamiento pueden variar según la edad, el peso, las enfermedades existentes, los medicamentos y el nivel de actividad de cada persona.
Una prueba sencilla: levantarse de una silla
Una actividad cotidiana puede dar una idea de cómo están funcionando las piernas: levantarse de una silla y volver a sentarse de forma controlada. La dificultad para realizar este movimiento puede reflejar problemas de fuerza o movilidad, pero no constituye por sí sola un diagnóstico.
También existen pruebas clínicas estandarizadas, como el Timed Up and Go y diferentes evaluaciones de equilibrio y fuerza, que profesionales de la salud utilizan para valorar el riesgo de deterioro funcional.
Lo importante es prestar atención a cambios persistentes: dificultad creciente para subir escaleras, levantarse, caminar distancias habituales, mantener el equilibrio o realizar actividades que anteriormente eran sencillas.
Las piernas pueden convertirse así en una especie de indicador funcional del envejecimiento. No se trata de buscar una determinada apariencia física, sino de conservar la capacidad de moverse, mantener el equilibrio y realizar las actividades cotidianas sin depender prematuramente de otras personas.
El envejecimiento saludable no significa evitar completamente la pérdida de capacidades, sino preservar durante el mayor tiempo posible la fuerza, la movilidad y la independencia. Mantener las piernas activas mediante una combinación de caminatas, ejercicios de fuerza y equilibrio, adaptados a cada persona, puede ser una de las herramientas más sencillas para proteger esa autonomía.
Foto: Shutterstock / ABC Color
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