Un nuevo estudio científico advierte que las zonas áridas podrían ocupar hasta el 40,28% de la superficie terrestre mundial hacia finales de este siglo. El resultado no significa que el planeta vaya a convertirse en un desierto, pero sí anticipa una expansión de las condiciones de sequedad que puede transformar ecosistemas, agricultura, disponibilidad de agua y asentamientos humanos en distintas regiones.
La investigación fue publicada en la revista científica Environmental Research Letters y revisó uno de los aspectos que había generado diferencias importantes entre las proyecciones anteriores: el efecto que tiene el aumento del dióxido de carbono (CO₂) sobre la manera en que las plantas utilizan el agua. Al incorporar este factor en los cálculos, los investigadores redujeron algunas de las estimaciones más extremas sobre la expansión de la aridez, pero concluyeron que el proceso continuará durante el siglo XXI.
El estudio calculó que, durante el período 1994–2023, las zonas áridas ya representaban aproximadamente el 38,58% de la superficie terrestre mundial, excluyendo la Antártida. Las proyecciones indican que esa proporción podría aumentar hasta situarse entre 39,31% y 40,28% durante el período 2071-2100, dependiendo del escenario de emisiones analizado.
La diferencia con investigaciones anteriores es importante. Un estudio publicado hace una década había proyectado que las tierras secas podrían llegar a representar hasta el 56% de la superficie terrestre hacia 2100. El nuevo trabajo considera que aquella estimación podía estar sobredimensionada porque no incorporaba adecuadamente el efecto fisiológico del CO₂ sobre la vegetación. La nueva cifra es menor, pero no elimina la tendencia: el mapa climático mundial seguirá desplazándose hacia condiciones más secas en numerosas regiones.
¿Qué significa que una región se vuelva más árida?
La aridez no significa simplemente que deje de llover. Se determina mediante la relación entre la cantidad de agua que llega al suelo y la demanda de agua de la atmósfera, que incluye la evaporación y la transpiración de las plantas.
Cuando aumenta la temperatura, la atmósfera puede demandar más humedad. Si las precipitaciones no compensan esa pérdida, el balance hídrico empeora y una región puede avanzar hacia condiciones semiáridas, áridas o incluso hiperáridas.
Por eso, una zona puede experimentar episodios de lluvia y, aun así, estar atravesando un proceso de aridificación. El problema está en el equilibrio general del agua disponible y no solamente en la cantidad de lluvia registrada durante un determinado período.
Australia, Brasil y el norte de África entre las regiones más expuestas
El estudio identificó importantes zonas donde las condiciones áridas podrían persistir o avanzar durante las próximas décadas.
Australia aparece como uno de los principales focos de transformación, con algunos sectores que podrían experimentar cambios especialmente pronunciados. El continente ya es considerado el más seco entre los habitados y concentra grandes extensiones de tierras áridas, por lo que nuevas modificaciones en el régimen hídrico pueden tener consecuencias relevantes sobre ecosistemas y actividades productivas.
Brasil también aparece entre las regiones que requieren especial atención. La preocupación adquiere una dimensión particular para América del Sur debido a la expansión de condiciones de sequedad observada en áreas del norte brasileño.
Investigaciones independientes ya habían identificado un proceso de aridificación significativo en distintas partes del mundo entre 1960 y 2023. Ese análisis encontró un aumento de las condiciones áridas y hiperáridas en millones de kilómetros cuadrados y señaló al norte de Brasil entre las regiones donde la aridez se había intensificado.
El fenómeno también es visible dentro del propio territorio brasileño. Datos presentados recientemente en la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación indican que las regiones de clima semiárido de Brasil aumentaron, en promedio, unos 75.000 km² por década desde 1960. El norte de Bahía ya presenta una zona clasificada como árida, mientras que las condiciones de semiaridez también avanzaron sobre sectores del Cerrado.
El norte de África constituye otro de los grandes focos señalados por las investigaciones. Allí la combinación de temperaturas elevadas, escasas precipitaciones y fuerte evaporación genera condiciones particularmente sensibles al calentamiento.
No todo el planeta se secará de la misma manera
Uno de los puntos más importantes del estudio es que la transformación no será uniforme.
Mientras algunas regiones avanzan hacia condiciones más secas, otras podrían mantener o incluso incrementar su humedad. Los investigadores identificaron, por ejemplo, áreas del noroeste de China que podrían conservar tendencias más húmedas.
Esto demuestra que el cambio climático no produce simplemente un desplazamiento uniforme hacia un planeta más seco. Los patrones de circulación atmosférica, las precipitaciones, la vegetación, la temperatura y las características geográficas interactúan de manera diferente en cada región.
Las zonas hiperáridas podrían crecer más
El estudio dividió las tierras secas en diferentes categorías. Para el período de referencia, las zonas semiáridas representaban alrededor del 14,72% de la superficie terrestre; las áridas, aproximadamente el 11,24%; las secas subhúmedas, el 6,35%, y las hiperáridas, cerca del 6,27%.
Una de las conclusiones más preocupantes es que las zonas hiperáridas podrían registrar el mayor incremento relativo hacia finales de siglo. Son ambientes en los que la disponibilidad de agua es extremadamente limitada, por lo que una expansión puede tener efectos particularmente severos sobre la vegetación, la fauna y las actividades humanas.
El impacto puede llegar a la agricultura y al agua
El avance de la aridez no constituye solamente una cuestión ambiental. Puede modificar directamente la economía de regiones enteras.
La agricultura depende de la disponibilidad de agua y de condiciones relativamente previsibles. Cuando aumenta la sequedad, pueden reducirse los rendimientos, aumentar las necesidades de riego y crecer la competencia por fuentes de agua entre productores, ciudades, industrias y ecosistemas.
También puede producirse una degradación progresiva del suelo. Cuando disminuye la cobertura vegetal y aumenta la exposición a temperaturas extremas, determinados territorios se vuelven más vulnerables a la erosión y a la pérdida de materia orgánica.
En regiones rurales, estos cambios pueden afectar los medios de subsistencia y acelerar procesos de migración interna si la producción deja de resultar viable.
La aridez también puede alimentar un círculo climático
Existe además una preocupación relacionada con la capacidad de los ecosistemas terrestres para absorber carbono.
Una investigación publicada en Communications Earth & Environment estimó que entre 1960 y 2023 aproximadamente 27,9% de la superficie terrestre mundial se volvió significativamente más árida, mientras que un 20,5% se volvió menos árida. El estudio señaló que la expansión de condiciones áridas puede reducir la capacidad de los ecosistemas para actuar como sumideros de carbono, lo que podría reforzar el calentamiento.
El nuevo trabajo de Environmental Research Letters introduce un matiz fundamental: el efecto del CO₂ sobre las plantas puede reducir parte de la pérdida de agua por transpiración, y por eso las estimaciones de aridez deben incorporar este mecanismo. Esto demuestra que el sistema climático es mucho más complejo que una relación directa entre aumento de temperatura y aumento automático de la superficie desértica.
Un cambio que podría modificar el mapa climático
La Organización Meteorológica Mundial ya advierte que el calentamiento global está produciendo transformaciones rápidas y generalizadas en la atmósfera, los océanos y las masas de hielo. Los 11 años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los 11 años más cálidos registrados, según la organización.
En paralelo, investigaciones recientes muestran que el estrés térmico extremo también está aumentando. Un estudio publicado en Nature Climate Change encontró que las temperaturas de sensación extrema se han vuelto más frecuentes en todos los continentes y que la exposición de la población a condiciones peligrosas de calor se ha ampliado.
La expansión de las zonas áridas forma parte de este escenario más amplio. No se trata únicamente de que haya más desiertos: se trata de que las fronteras climáticas que determinan dónde es posible producir alimentos, conservar ecosistemas y disponer de agua pueden desplazarse.
El dato del 40,28% debe interpretarse, por tanto, como una proyección científica bajo determinados escenarios y no como una certeza matemática sobre el planeta de 2100. Pero el mensaje central resulta claro: las tierras secas ya ocupan una parte enorme de la superficie continental y, si las tendencias actuales continúan, su presencia podría aumentar durante las próximas décadas.
Para América del Sur, y especialmente para Brasil, el fenómeno merece atención porque combina cambio climático, disponibilidad de agua, agricultura, degradación del suelo y conservación de ecosistemas.
El desafío será evitar que la expansión de la aridez se transforme en un proceso irreversible. Restaurar suelos, conservar la vegetación, administrar mejor el agua y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero serán factores decisivos para determinar cuánto cambiará realmente el mapa climático del planeta durante este siglo.
Foto: Reuters / Bernadett Szabo / Infobae
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