El arquero del Corinthians, Hugo Souza, denunció haber sido víctima de insultos racistas durante el empate 0-0 ante Rosario Central por los octavos de final de la Copa Libertadores y cuestionó con dureza la normalización de este tipo de episodios en el fútbol argentino. El brasileño afirmó que durante prácticamente todo el partido escuchó expresiones racistas provenientes de sectores de la hinchada local y sostuvo que situaciones similares se repiten cuando equipos brasileños juegan en Argentina. El árbitro uruguayo Andrés Matonte activó el protocolo antirracismo después de que Souza comunicara lo ocurrido, mientras el capitán de Rosario Central, Ángel Di María, pidió a los aficionados que detuvieran los insultos. Corinthians exigió posteriormente una investigación y sanciones contra los responsables.
El episodio ocurrió el 13 de agosto de 2026 en el Gigante de Arroyito, en Rosario, durante el partido de ida de los octavos de final de la Copa Libertadores. El encuentro terminó sin goles, pero el resultado deportivo quedó inmediatamente relegado por la denuncia realizada por Hugo Souza al finalizar el partido. El arquero explicó que había recibido insultos de carácter racial en diferentes momentos del encuentro y que decidió comunicar la situación al árbitro para que quedara registrada oficialmente.
Según el testimonio del jugador, entre los insultos que escuchó estuvieron expresiones como “macaco”, “mono” y “negro de mierda”. Souza aseguró que no se trató de un episodio aislado ni de una provocación puntual durante una jugada determinada, sino de una situación que, según su relato, se prolongó durante buena parte del encuentro.
La denuncia del arquero fue especialmente contundente porque no se limitó a describir lo sucedido esa noche. Souza sostuvo que, desde su experiencia, este tipo de comportamiento se repite cuando equipos brasileños juegan en Argentina y cuestionó que semejantes expresiones puedan llegar a percibirse como algo habitual dentro de un estadio de fútbol.
“Parece común”, fue el sentido de la crítica del arquero al referirse a la frecuencia con la que, según afirmó, escucha este tipo de insultos cuando juega en territorio argentino. Para Souza, la situación no debería formar parte de la normalidad de una competencia deportiva internacional.
La reacción del árbitro fue activar el protocolo antirracismo de la Conmebol después de que el jugador le comunicara lo sucedido durante el segundo tiempo. Matonte realizó el gesto establecido por el reglamento, formando una “X” con los brazos por encima de la cabeza, una señal que indica que se ha producido un episodio de discriminación y que sirve como primera advertencia dentro del procedimiento.
El protocolo contempla una escalada en caso de que los actos discriminatorios continúen. Una segunda manifestación puede llevar a una interrupción del partido y, ante una tercera incidencia, el encuentro puede llegar a ser suspendido definitivamente. En Rosario, el partido pudo continuar después de la intervención arbitral.
Un elemento relevante de la noche fue la reacción de Ángel Di María, capitán de Rosario Central y una de las máximas figuras del fútbol argentino. El delantero pidió a los aficionados que detuvieran los insultos, una intervención que tuvo especial significado porque se produjo en el propio estadio y mientras el partido todavía estaba en desarrollo.
La actitud de Di María permitió establecer una diferencia importante: la conducta denunciada por Souza corresponde a sectores de la hinchada y no puede atribuirse automáticamente a todos los aficionados de Rosario Central ni a la institución en su conjunto. De hecho, el propio contexto posterior al partido mostró que hubo jugadores del conjunto argentino que se acercaron a Souza y expresaron disculpas por lo ocurrido.
Sin embargo, para Corinthians el incidente fue suficientemente grave como para exigir una respuesta institucional. El club paulista publicó una declaración en la que condenó “vehementemente” el episodio y reclamó una investigación que permita identificar a los responsables y aplicar las sanciones correspondientes.

La posición del Corinthians coloca ahora el caso en manos de los organismos disciplinarios de la Conmebol. La confederación deberá analizar los informes arbitrales, las imágenes disponibles, eventuales registros audiovisuales y otros elementos que puedan permitir identificar a los responsables de los insultos.
El punto central será determinar si existen pruebas suficientes para establecer una conducta sancionable. En los últimos años, la Conmebol ha recibido una presión creciente para endurecer las medidas contra el racismo en sus competiciones, especialmente después de numerosos episodios protagonizados por aficionados contra futbolistas brasileños.
El fútbol sudamericano arrastra desde hace años un problema recurrente de discriminación en los estadios. Los insultos racistas no son una rivalidad deportiva ni una provocación convencional: constituyen una forma de discriminación que puede tener consecuencias disciplinarias y, dependiendo de la legislación aplicable, también jurídicas.
El caso de Souza adquiere una dimensión adicional porque ocurre en una competencia internacional y en un partido de enorme importancia. Corinthians y Rosario Central se enfrentan por un lugar en los cuartos de final de la Libertadores, de modo que la tensión deportiva era elevada incluso antes de que apareciera el conflicto fuera del campo.
El empate 0-0 dejó abierta completamente la eliminatoria. Rosario Central tuvo mayor volumen ofensivo y puso a prueba en varias ocasiones al arquero brasileño, que respondió con intervenciones decisivas. Souza realizó dos atajadas importantes, incluida una ante una definición de Di María, y terminó siendo uno de los protagonistas deportivos del encuentro.
Ese detalle resulta relevante porque el arquero consiguió separar, al menos dentro del campo, la agresión que estaba recibiendo de su concentración deportiva. El propio Souza explicó que su decisión fue comunicar lo ocurrido al árbitro y continuar jugando, intentando mantener la atención en el partido.
“Mi única actitud es comunicar al juez”, explicó el arquero, en referencia a la forma en que decidió actuar frente a los insultos. Después de informar al árbitro, el futbolista intentó continuar concentrado en el partido y esperar que la situación pueda cambiar en el futuro.
La respuesta de Souza también refleja una realidad difícil para los futbolistas que enfrentan discriminación en los estadios: denunciar puede convertirse en una segunda carga mientras el jugador todavía está compitiendo. El futbolista tiene que decidir en cuestión de segundos si continúa concentrado, si reclama al árbitro, si enfrenta a los aficionados o si intenta ignorar las provocaciones.
En este caso, el brasileño eligió la vía institucional: comunicó el hecho al árbitro y permitió que se activara el protocolo correspondiente.
Esa decisión evitó que el incidente derivara en una confrontación directa entre el jugador y los aficionados. También permitió que quedara constancia oficial de la denuncia durante el propio partido.
Pero el problema no termina con el gesto del árbitro.
La verdadera prueba será lo que ocurra después.
Si las imágenes y los informes permiten identificar a los responsables, la Conmebol deberá determinar qué sanción corresponde. Y si el organismo no logra establecer responsabilidades individuales, volverá a aparecer una discusión que se repite en el fútbol sudamericano: cómo sancionar eficazmente actos discriminatorios cometidos desde una tribuna cuando los responsables no son identificados.
Las cámaras de seguridad de los estadios pueden desempeñar un papel decisivo. En partidos internacionales de alta relevancia existen numerosos registros audiovisuales, tanto de las transmisiones oficiales como de los sistemas internos de seguridad. El desafío consiste en localizar exactamente el sector desde donde provinieron los insultos y establecer quiénes participaron.
Rosario Central también queda bajo presión institucional. Aunque el club no sea responsable de cada conducta individual de sus aficionados, las organizaciones deportivas tienen obligaciones relacionadas con la prevención de la discriminación dentro de sus estadios y con la colaboración con las investigaciones.
El caso también genera un problema de imagen para el fútbol argentino. Cada nuevo episodio de racismo en partidos internacionales alimenta una percepción negativa que trasciende al club involucrado y afecta la reputación de toda la competición.
Y esa es precisamente una de las razones por las que los organismos internacionales han intentado endurecer sus protocolos.
La Libertadores es presentada como la principal competición de clubes de Sudamérica. Sus partidos son seguidos por millones de personas y tienen una dimensión que supera ampliamente el resultado deportivo. Cuando un futbolista denuncia haber sido víctima de racismo ante una audiencia continental, el problema deja de ser exclusivamente futbolístico.
Se convierte en una cuestión de derechos y convivencia.
El caso también ocurre en una semana particularmente sensible para la relación entre aficionados argentinos y brasileños. La rivalidad entre ambos países es histórica y forma parte de la identidad del fútbol sudamericano, pero esa rivalidad ha producido en ocasiones episodios que cruzan los límites de la provocación deportiva.
La frontera debería ser clara.
Se puede cuestionar al rival, abuchear a un jugador, protestar contra un árbitro o generar presión desde la tribuna. Lo que no debería formar parte del espectáculo deportivo es atacar a una persona por el color de su piel.
El episodio también pone nuevamente bajo discusión la efectividad de las campañas contra el racismo. El fútbol sudamericano ha realizado campañas institucionales durante años, pero los casos continúan apareciendo.
El problema no parece ser la ausencia de mensajes.
Es la falta de consecuencias suficientemente disuasorias.
Mientras un aficionado crea que puede insultar racialmente a un jugador y marcharse del estadio sin ser identificado, la existencia de un protocolo tendrá un efecto limitado. La prevención necesita ir acompañada de identificación, sanción y cumplimiento efectivo de las medidas.
En este sentido, la tecnología puede convertirse en una herramienta decisiva. Los sistemas de videovigilancia, las grabaciones de las transmisiones y las imágenes tomadas por aficionados pueden ayudar a identificar a quienes participan en actos discriminatorios.
Pero también existe una responsabilidad de los clubes.
Los estadios deben contar con mecanismos claros para denunciar incidentes y expulsar a los responsables cuando sean identificados. La lucha contra el racismo no puede quedar reducida a un gesto simbólico antes de los partidos o a un comunicado después de que ocurre el problema.
La reacción del Corinthians fue inmediata. El club calificó el episodio de “revoltante” y exigió que los responsables fueran identificados y sancionados.
Rosario Central, por su parte, quedó frente a la necesidad de diferenciar la conducta de determinados aficionados de la posición institucional del club. El comportamiento de Di María, quien pidió que cesaran los insultos, fue una primera señal pública de rechazo dentro del propio terreno de juego.
Ahora la pelota está también en el campo disciplinario.
La Conmebol deberá analizar el episodio mientras la eliminatoria sigue abierta. El partido de vuelta se disputará el 21 de agosto en la Neo Química Arena, en São Paulo. Un nuevo empate obligará a definir al clasificado mediante una tanda de penales, mientras que el ganador avanzará directamente a los cuartos de final.
Ese segundo partido añade un elemento delicado. La tensión entre ambas hinchadas puede aumentar después de la denuncia realizada en Rosario, por lo que las autoridades brasileñas tendrán que prestar especial atención a la seguridad y a la prevención de posibles episodios de discriminación o violencia.
El fútbol debería evitar que el caso se transforme en una lógica de represalias.
Un acto racista cometido en Argentina no puede justificarse con otro acto racista en Brasil. Esa lógica solamente convertiría un problema en una cadena de agresiones y terminaría perjudicando a jugadores, clubes y aficionados que no participaron de los hechos.
La responsabilidad debe ser individualizada.
Quien insultó racialmente a Hugo Souza debe responder por su conducta si puede ser identificado. Y cualquier aficionado que cometa un acto similar en el partido de vuelta deberá recibir el mismo tratamiento, independientemente de su nacionalidad.
La rivalidad entre Corinthians y Rosario Central puede ser intensa.
Puede ser hostil.
Puede ser ruidosa.
Pero no necesita racismo para ser fútbol.
El episodio también adquiere relevancia por el perfil del propio Hugo Souza. El arquero llegó a Corinthians después de pasar por el Chaves de Portugal y consolidó su lugar como uno de los jugadores importantes del equipo. En la actual Libertadores ya había tenido una historia particular con Di María: en 2024, cuando defendía al club portugués, Souza había atajado un penal al argentino cuando este jugaba en Benfica.
Ahora ambos volvieron a encontrarse en un escenario completamente diferente.
Di María fue uno de los protagonistas del Rosario Central que presionó al Corinthians.
Souza fue uno de los responsables de que el equipo brasileño saliera de Rosario con el empate.
Y, fuera del campo, ambos quedaron vinculados a un episodio que volvió a poner al fútbol sudamericano frente a una pregunta incómoda: ¿cuántas veces más habrá que activar el protocolo antirracismo antes de que deje de ser necesario?
La respuesta no puede depender solamente de los jugadores.
Debe involucrar a los clubes, la Conmebol, las autoridades de seguridad y, sobre todo, a los propios aficionados.
Porque un estadio no debería ser un territorio sin consecuencias.
El fútbol puede vivir de la pasión.
Puede vivir de la provocación.
Puede vivir de la rivalidad.
Pero no debería vivir del racismo.
La denuncia de Hugo Souza dejó al descubierto una herida que el fútbol sudamericano todavía no consigue cerrar. El arquero del Corinthians asegura que escuchó insultos racistas durante gran parte del partido contra Rosario Central y sostiene que este tipo de episodios se repite cuando clubes brasileños juegan en Argentina. El árbitro activó el protocolo de la Conmebol, Di María pidió a los aficionados que detuvieran los insultos y Corinthians exigió una investigación. Ahora corresponde determinar si las imágenes y los informes permiten identificar a los responsables y aplicar sanciones. El partido terminó 0-0 y la eliminatoria continuará en São Paulo, pero el verdadero resultado de esta historia no debería medirse en goles: debería medirse en si el fútbol sudamericano consigue demostrar que un estadio puede ser apasionado sin convertirse en un refugio para el racismo.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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