Un fósil descubierto en el noroeste de Argentina está obligando a los paleontólogos a revisar una de las etapas más importantes de la evolución de los mamíferos. El animal, Chiniquodon theotonicus, vivió hace unos 236 millones de años, durante el Triásico, y un nuevo análisis microscópico de sus huesos aporta indicios de que sus crías podrían haber nacido vivas, en lugar de desarrollarse dentro de huevos depositados fuera del cuerpo de la madre. Si la interpretación se confirma con nuevos fósiles, el origen de la viviparidad en la línea evolutiva que conduce hacia los mamíferos modernos podría retroceder aproximadamente entre 90 y 95 millones de años respecto de las estimaciones tradicionales. El hallazgo no significa que este animal fuera un mamífero moderno ni que tuviera una placenta como la humana: era un cinodonte no mamífero, pero pertenecía a una rama muy cercana al proceso evolutivo que acabaría dando origen a los mamíferos.
El protagonista de esta historia es Chiniquodon theotonicus, un pequeño depredador de aproximadamente tamaño comparable al de un gato grande o un perro pequeño que habitó regiones que actualmente forman parte de Argentina durante el Triásico. Los restos proceden de la Formación Chañares, en el área del actual Parque Nacional Talampaya, en la provincia de La Rioja, uno de los territorios paleontológicos más importantes de Sudamérica para reconstruir los primeros capítulos de la evolución de los sinápsidos y los cinodontes. El animal pertenece al grupo de los probainognatios, una rama de cinodontes que se encontraba ya muy próxima, desde el punto de vista evolutivo, al linaje que conduciría posteriormente hacia los mamíferos.
El descubrimiento adquiere importancia porque durante décadas los científicos han considerado que la transición desde la oviparidad, es decir, poner huevos, hacia la viviparidad, o desarrollo y nacimiento de las crías dentro del cuerpo materno, ocurrió mucho más tarde en la historia evolutiva de los mamíferos. Los mamíferos actuales presentan una situación particular: los monotremas, como el ornitorrinco y los equidnas, todavía ponen huevos, mientras que los marsupiales y los mamíferos placentarios dan a luz a crías vivas. Precisamente por esa diversidad, establecer cuándo apareció por primera vez el nacimiento de crías vivas dentro de la línea de los mamíferos es una de las preguntas centrales de la paleobiología evolutiva.
La nueva investigación se concentra en algo mucho menos espectacular que un esqueleto completo, pero científicamente extraordinariamente valioso: la microestructura de los huesos. Los investigadores analizaron cortes extremadamente delgados de huesos como el fémur y la ulna y encontraron una modificación característica en el tejido óseo conocida como línea neonatal. Este tipo de marca puede aparecer alrededor del momento del nacimiento porque el organismo experimenta un cambio brusco entre las condiciones de desarrollo embrionario y la vida posterior al nacimiento. La interpretación de esa estructura constituye una de las piezas principales de la hipótesis de que Chiniquodon habría producido crías vivas.
La clave está en que el crecimiento del hueso no ocurre de manera uniforme durante toda la vida. Mientras un animal se desarrolla dentro del huevo o del útero, sus tejidos crecen bajo unas determinadas condiciones fisiológicas. Después del nacimiento o de la eclosión, el metabolismo, la alimentación, la respiración y las cargas mecánicas cambian. Esos cambios pueden quedar registrados microscópicamente en el esqueleto. Los científicos utilizan esas señales como una especie de archivo biológico capaz de reconstruir acontecimientos que ocurrieron hace cientos de millones de años. En este caso, la marca encontrada en Chiniquodon podría corresponder precisamente a esa transición.
Pero hay un detalle todavía más interesante. El análisis indica que las crías estimadas de Chiniquodon habrían tenido un tamaño equivalente aproximadamente al 10%–20% del tamaño corporal del adulto, una proporción considerablemente grande para un animal que hubiera tenido que desarrollarse dentro de un huevo con las limitaciones físicas que eso implica. El estudio estadístico utilizado por los investigadores comparó esa relación con datos de más de 4.000 especies y encontró una asociación particularmente cercana con mamíferos placentarios y otros animales vivíparos.
Eso no constituye, por sí solo, una fotografía del nacimiento. Y aquí aparece la principal cautela científica que debe acompañar la noticia. No se encontró una hembra embarazada con embriones dentro del cuerpo, que sería una evidencia directa mucho más contundente. Tampoco se encontró un feto en proceso de nacimiento. Lo que existe es una combinación de datos histológicos, tamaño relativo de las crías y análisis comparativo que apunta hacia la viviparidad. La conclusión, por tanto, es una hipótesis respaldada por evidencia indirecta, no una demostración absoluta del mecanismo reproductivo.
Esta diferencia es fundamental. Decir que el fósil “demuestra definitivamente” que los cinodontes daban a luz sería ir más allá de lo que permiten los datos disponibles. Lo correcto es señalar que proporciona evidencia compatible con un origen mucho más temprano de la viviparidad en esta rama de los sinápsidos. Los propios debates científicos que rodean el hallazgo muestran que todavía se necesitan nuevos ejemplares para establecer si Chiniquodon representa una excepción evolutiva o si, por el contrario, el nacimiento de crías vivas era una característica más extendida entre los cinodontes tempranos.
La dimensión temporal del hallazgo es lo que realmente altera el escenario. Chiniquodon vivió hace aproximadamente 236 millones de años, en pleno Triásico, cuando los ecosistemas terrestres estaban todavía recuperándose de la gran extinción del Pérmico-Triásico. En ese mundo no existían todavía los mamíferos modernos, los dinosaurios apenas comenzaban su expansión y los principales linajes de vertebrados terrestres estaban experimentando una extraordinaria diversificación.
El Triásico fue, en términos evolutivos, un auténtico laboratorio. La extinción ocurrida al final del Pérmico había eliminado una enorme proporción de las especies existentes y dejó numerosos nichos ecológicos disponibles. Los cinodontes sobrevivientes comenzaron a diversificarse y a desarrollar características que posteriormente serían fundamentales para los mamíferos: cambios en la dentición, modificaciones de la mandíbula, transformaciones del oído, crecimiento más rápido y probablemente modificaciones relacionadas con el metabolismo y la reproducción.
Chiniquodon se encontraba precisamente dentro de esa experimentación evolutiva. No era un mamífero, pero tampoco era simplemente un “reptil con aspecto de mamífero”, una simplificación frecuente pero científicamente poco precisa. Era un sinápsido cinodonte, perteneciente a un linaje que había acumulado numerosas características que posteriormente aparecerían en los mamíferos. Los estudios anatómicos modernos lo sitúan entre los cinodontes probainognatios tempranos, un grupo fundamental para estudiar la transición hacia Mammaliaformes.
Precisamente por eso el hallazgo puede modificar la interpretación de una cuestión mucho más amplia: cómo apareció el sistema reproductivo característico de los mamíferos modernos. Hasta ahora, buena parte de la evidencia sugería que la transición hacia el nacimiento de crías vivas se produjo bastante después de que los primeros cinodontes hubieran aparecido. La nueva hipótesis abre la posibilidad de que determinadas formas de viviparidad hayan surgido mucho antes, en una etapa en la que todavía no existían los mamíferos propiamente dichos.
Eso también obliga a separar dos procesos que a menudo se mezclan en las explicaciones populares: viviparidad y placenta no son exactamente lo mismo. Dar a luz crías vivas no implica necesariamente que exista una placenta compleja como la de los mamíferos placentarios actuales. En numerosos vertebrados, la viviparidad evolucionó mediante mecanismos en los que el embrión continúa dependiendo principalmente de las reservas del huevo, aunque este permanezca dentro del cuerpo materno hasta el nacimiento. La evolución de una placenta altamente especializada constituye un paso diferente y posterior que puede haber ocurrido de diversas maneras.
Esta distinción es particularmente importante en el caso de Chiniquodon. Incluso si el animal efectivamente daba a luz, no existe evidencia suficiente para afirmar que tenía una placenta equivalente a la de los humanos. El hallazgo se refiere fundamentalmente al modo de reproducción y al momento evolutivo en que pudo aparecer el nacimiento de crías vivas, no a la existencia de una placenta moderna.
La comparación con el ornitorrinco resulta inevitable. Los monotremas son los únicos mamíferos actuales que conservan la puesta de huevos. El hecho de que existan mamíferos ovíparos y vivíparos demuestra que la reproducción dentro del grupo no siguió una línea absolutamente simple. Los monotremas conservaron una estrategia ancestral mientras otros linajes desarrollaron sistemas de gestación interna. El nuevo fósil argentino podría indicar que esa experimentación reproductiva comenzó mucho antes de lo que se suponía.
El asunto también pone en perspectiva otros descubrimientos realizados en los últimos años. Los paleontólogos han encontrado evidencias de reproducción vivípara en distintos grupos de vertebrados mucho antes de la aparición de los mamíferos modernos. Un ejemplo espectacular es el reptil marino Dinocephalosaurus, de unos 245 millones de años, cuyo fósil conserva un embrión dentro del cuerpo de una hembra y constituye una evidencia directa de nacimiento vivo en un linaje de reptiles. Ese hallazgo demostró que la viviparidad ya había aparecido en algunos grupos durante el Triásico.
También existen evidencias todavía más antiguas en otros grupos de vertebrados. El fósil del ictiosaurio Chaohusaurus, de aproximadamente 248 millones de años, conserva embriones y una cría asociada a la madre, proporcionando una de las evidencias más antiguas de nacimiento vivo en reptiles marinos. Esto demuestra que la viviparidad no es una innovación exclusiva de los mamíferos y que la evolución ha encontrado este mecanismo reproductivo numerosas veces de manera independiente.
De hecho, estudios evolutivos modernos estiman que la viviparidad apareció de manera independiente más de 150 veces entre los vertebrados, lo que cambia completamente la perspectiva sobre el fenómeno. No se trata de una única innovación que surgió una vez y fue heredada por todos los animales que dan a luz. La naturaleza ha llegado a la misma solución en numerosas ocasiones, generalmente como respuesta a determinadas presiones ambientales, fisiológicas y ecológicas.
La gran pregunta es entonces por qué un animal como Chiniquodon habría desarrollado esa estrategia hace 236 millones de años. Una posibilidad es que mantener los embriones dentro del cuerpo materno permitiera controlar mejor las condiciones de desarrollo. Frente a las fluctuaciones de temperatura, depredadores y otros riesgos ambientales propios del Triásico, retener los embriones podría ofrecer ventajas considerables. Sin embargo, esta explicación todavía debe considerarse una hipótesis evolutiva y no una conclusión específica demostrada para Chiniquodon.
La reproducción vivípara también tiene costos. Una hembra embarazada pierde movilidad, necesita invertir recursos durante períodos prolongados y debe soportar una demanda metabólica elevada. El beneficio aparece cuando esas inversiones aumentan la supervivencia de las crías. La evolución de la viviparidad, por tanto, no es simplemente una “mejora” respecto de poner huevos: es un intercambio complejo entre protección, movilidad, alimentación, energía y supervivencia.
En el caso de los primeros cinodontes, ese equilibrio pudo ser especialmente importante. Estos animales vivían en ecosistemas donde la competencia y la depredación eran intensas y donde las condiciones ambientales cambiaban rápidamente. Si las crías nacían en un estado relativamente avanzado de desarrollo, la madre podía reducir parte de los riesgos asociados con un huevo abandonado en el ambiente.
La evidencia de crecimiento también aporta información sobre la biología general del animal. Estudios histológicos previos sobre Chiniquodon theotonicus ya habían mostrado un crecimiento rápido y continuo durante buena parte de su vida, con una reducción de la velocidad de crecimiento hacia las últimas etapas. El ejemplar analizado pertenecía a un animal grande para la especie y todavía no había alcanzado completamente la madurez. Estas investigaciones muestran que la paleohistología permite reconstruir no solamente la reproducción, sino también la velocidad de crecimiento y otros aspectos de la biología de animales extinguidos hace más de 200 millones de años.
Hay además un componente argentino que merece especial atención. La Rioja y el área de Talampaya son verdaderos archivos de la evolución temprana de los vertebrados sudamericanos. La Formación Chañares ha proporcionado numerosos fósiles de cinodontes y otros sinápsidos que permiten reconstruir los ecosistemas del Triásico. La investigación sobre Chiniquodon se suma a una larga tradición de estudios argentinos sobre la transición evolutiva que condujo desde los primeros sinápsidos hasta los mamíferos.
Argentina ya había producido otros hallazgos fundamentales relacionados con los primeros mamíferos y sus parientes. En Santa Cruz, por ejemplo, investigadores argentinos y japoneses descubrieron Patagorhynchus pascuali, un pariente muy antiguo del ornitorrinco que vivió hace aproximadamente 70 millones de años, todavía durante la era de los dinosaurios. El animal pertenecía a los monotremas, precisamente el linaje de mamíferos que conserva la reproducción mediante huevos.
La comparación entre Patagorhynchus y Chiniquodon resulta fascinante. El primero es un pariente muy antiguo de los monotremas, mientras que el segundo es un cinodonte mucho más antiguo y todavía anterior a los mamíferos propiamente dichos. Uno muestra que los mamíferos ovíparos sobrevivieron durante millones de años; el otro podría indicar que una forma de nacimiento vivo ya estaba presente mucho antes de la aparición de los mamíferos modernos.
Eso significa que la historia evolutiva probablemente fue mucho más desordenada de lo que muestran los diagramas escolares. No hubo necesariamente un momento único en el que un animal “dejó de poner huevos” y comenzó a tener crías vivas. Es posible que diferentes linajes experimentaran durante millones de años con distintas estrategias: huevos retenidos dentro del cuerpo, embriones más desarrollados, períodos de gestación diferentes y eventualmente nacimientos vivos.
El hallazgo argentino introduce justamente esa posibilidad en el linaje de los cinodontes. Si investigaciones posteriores encuentran evidencias similares en otros especímenes de Chiniquodon o en cinodontes relacionados, podría surgir una imagen completamente nueva: la viviparidad no habría sido una innovación tardía de los mamíferos, sino una estrategia reproductiva que ya estaba siendo explorada por sus antepasados durante el Triásico.
Pero existe una segunda posibilidad que los científicos deberán descartar. La línea neonatal y el tamaño estimado de las crías podrían reflejar algún mecanismo de desarrollo diferente de la viviparidad verdadera. Un animal podría haber producido huevos excepcionalmente grandes o retenido embriones durante parte del desarrollo sin necesariamente haber desarrollado un sistema de gestación comparable al de los mamíferos actuales. Esta es una de las razones por las cuales la interpretación debe permanecer abierta hasta obtener nuevas evidencias.
Y aquí está el punto que hace que el descubrimiento sea científicamente interesante y no solamente espectacular: la ausencia de un embrión dentro de una madre fósil impide cerrar definitivamente el caso. La paleontología trabaja muchas veces con evidencias indirectas, y en este caso la combinación de histología, proporciones corporales y análisis estadístico es poderosa, pero todavía susceptible de ser sometida a nuevas pruebas.
La propia evolución de la viviparidad demuestra que las soluciones reproductivas pueden ser extraordinariamente flexibles. En reptiles actuales existen especies capaces de poner huevos y otras estrechamente relacionadas que dan a luz. Incluso dentro de una misma especie pueden existir poblaciones con diferentes estrategias reproductivas según las condiciones ambientales. Estudios recientes sobre lagartos muestran que el nacimiento vivo puede evolucionar como respuesta a factores como la temperatura y las condiciones de desarrollo embrionario.
En otras palabras, el fósil argentino no solamente podría cambiar una fecha en una línea de tiempo. Puede contribuir a cambiar la manera en que los científicos entienden cómo evolucionó la reproducción en la línea de los mamíferos.
La diferencia de hasta 95 millones de años es enorme. Significaría que el origen de la viviparidad en esta rama habría ocurrido durante una etapa mucho más temprana del Triásico de lo que sugerían las hipótesis tradicionales. La cifra debe manejarse con cuidado porque depende de cómo se interpreten las evidencias y de las comparaciones filogenéticas, pero incluso una revisión parcialmente menor tendría consecuencias importantes para la reconstrucción evolutiva.
También podría obligar a revisar la idea de que el nacimiento vivo apareció una sola vez en la línea que conduce a los mamíferos placentarios y marsupiales. Si Chiniquodon realmente era vivíparo, habría que determinar si esa característica fue heredada por descendientes posteriores o si apareció de manera independiente y desapareció en otras ramas. La evolución de los sinápsidos podría haber sido mucho más compleja de lo que actualmente representan los árboles filogenéticos.
Esto resulta especialmente interesante porque los mamíferos modernos no constituyen una línea evolutiva uniforme. Los monotremas se separaron tempranamente del resto; posteriormente se diversificaron los linajes de marsupiales y placentarios. La reproducción, el desarrollo embrionario y la lactancia evolucionaron conjuntamente, pero no necesariamente al mismo tiempo ni siguiendo exactamente el mismo camino. El nuevo fósil introduce un posible capítulo adicional en esa historia.
La investigación también refuerza la importancia de la paleohistología, una disciplina que durante mucho tiempo estuvo limitada por las dificultades para obtener información microscópica de fósiles. Hoy, mediante técnicas de corte, microscopía y análisis cuantitativo, los científicos pueden identificar estructuras que el ojo humano jamás podría detectar en un esqueleto fósil completo.
Un hueso aparentemente común puede contener información sobre el momento en que nació un animal, la velocidad con la que creció, las enfermedades que padeció y las condiciones fisiológicas que atravesó. En este caso, una estructura microscópica podría estar proporcionando una pista sobre una transformación evolutiva que ocurrió decenas de millones de años antes de la aparición de los primeros mamíferos modernos.
La historia también recuerda que Argentina no es simplemente un territorio rico en dinosaurios. Sus formaciones geológicas contienen algunos de los registros más importantes del origen y diversificación de los principales grupos de vertebrados terrestres. La Rioja, San Juan, Mendoza, Río Negro, Neuquén y otras regiones han permitido reconstruir capítulos fundamentales de la evolución de reptiles, dinosaurios, sinápsidos y mamíferos.
El caso de Chiniquodon añade ahora una dimensión reproductiva a ese patrimonio científico. Hasta el momento, buena parte de la discusión sobre los primeros cinodontes se había concentrado en sus dientes, mandíbulas, oído, locomoción, metabolismo y crecimiento. El nuevo análisis coloca la reproducción en el centro de la investigación.
Y eso puede cambiar preguntas futuras. Si un cinodonte de 236 millones de años pudo dar a luz, ¿qué otros grupos de sus parientes también lo hacían? ¿La viviparidad apareció una sola vez en los probainognatios? ¿Se perdió posteriormente en algunas ramas? ¿Qué relación tuvo con la evolución de la lactancia? ¿Existían ya formas primitivas de placenta? ¿Cómo afectó el tamaño de las crías a la anatomía de las hembras?
Por ahora, ninguna de esas preguntas tiene una respuesta definitiva.
Lo que sí parece claro es que el fósil argentino ha abierto una puerta. Chiniquodon theotonicus no era un mamífero moderno, pero podría estar mostrando que una de las características más asociadas con los mamíferos actuales —el nacimiento de crías vivas— ya estaba siendo experimentada por sus parientes mucho antes de lo que la ciencia había calculado.
El siguiente paso será encontrar más evidencia. Un nuevo espécimen con restos embrionarios, una hembra grávida o estructuras óseas comparables en otros cinodontes podría confirmar o cuestionar esta interpretación. La paleontología avanza precisamente así: una hipótesis cambia cuando aparece un fósil capaz de sostenerla o derribarla.
Por eso, el verdadero impacto del descubrimiento todavía está por medirse. Si los nuevos análisis confirman la interpretación, los libros de evolución tendrán que mover una pieza fundamental del rompecabezas reproductivo de los mamíferos. Si futuras investigaciones la matizan o la rechazan, el fósil seguirá siendo valioso porque habrá obligado a los científicos a revisar cómo identifican la viviparidad en animales extinguidos.
El pequeño depredador que caminó por la actual Argentina hace 236 millones de años podría haber dejado una pista gigantesca sobre nuestro propio pasado evolutivo. La posibilidad de que Chiniquodon theotonicus ya diera a luz crías vivas sitúa el origen de esta estrategia reproductiva hasta 90 o 95 millones de años antes de lo que se estimaba para los antepasados de los mamíferos. No es todavía el veredicto final: falta encontrar una evidencia directa del nacimiento. Pero si la hipótesis resiste nuevos análisis, un fósil de La Rioja habrá obligado a reescribir una de las páginas más antiguas de la historia reproductiva de los mamíferos.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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