Una nueva esperanza surgió este viernes en Cali, cuando organismos de socorro detectaron señales compatibles con la presencia de al menos tres personas con vida bajo los escombros del edificio Vanessa, en el barrio Los Cámbulos, más de 100 horas después del terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia. La Personería de Cali confirmó que los equipos de emergencia recibieron señales desde el interior de la estructura y pidió a la población mantener completamente despejada la zona para no interferir con las maniobras. Los rescatistas trabajan ahora contra el reloj, pero también contra el riesgo de un nuevo colapso, ya que las condiciones de la estructura y de una edificación vecina dificultan el acceso directo al punto donde se habrían detectado las personas.
El edificio Vanessa está ubicado en el sector de Los Cámbulos, en el sur de Cali, una de las zonas donde el terremoto provocó importantes daños estructurales. La construcción colapsó durante el sismo del pasado lunes 10 de agosto y desde entonces los organismos de emergencia mantienen operaciones de búsqueda en el lugar. De acuerdo con la información difundida por medios locales, en este punto había 15 personas reportadas como desaparecidas, lo que convierte la detección de las señales en uno de los acontecimientos más importantes de la operación de rescate en la ciudad.
La señal que devolvió la esperanza no surgió simplemente de una inspección visual. Especialistas que trabajan en la zona habrían detectado una voz de auxilio, golpes contra materiales y otros sonidos procedentes del interior de la estructura. También fue registrado el sonido de un pito de automóvil, elementos que llevaron a los equipos a considerar que podría haber personas intentando establecer contacto con el exterior. La información todavía se maneja como una señal de supervivencia y no como un rescate consumado: localizar exactamente el punto donde están las personas es ahora la prioridad absoluta.
La Personería de Cali fue una de las instituciones que confirmó públicamente la información y pidió que nadie se acerque innecesariamente al perímetro. El llamado tiene una razón concreta: cada movimiento alrededor de los escombros puede afectar la estabilidad de una estructura que ya está comprometida. Los equipos especializados necesitan trabajar con un área despejada para utilizar sensores, herramientas de corte, equipos acústicos y maquinaria sin poner en riesgo a los posibles sobrevivientes ni a los propios rescatistas.
El tiempo convierte la operación en una carrera particularmente difícil. Cuando se produjo el terremoto habían transcurrido ya más de 100 horas desde el colapso. En términos generales, las posibilidades de supervivencia disminuyen conforme pasan las horas, especialmente cuando las personas atrapadas no tienen acceso suficiente a agua, alimentos, aire o condiciones mínimas de temperatura. Sin embargo, la historia de los grandes terremotos demuestra que el límite de supervivencia no puede establecerse como una cifra rígida.
La existencia de espacios vacíos dentro de edificios colapsados puede cambiar completamente las posibilidades. Una persona puede quedar atrapada en una especie de cámara formada accidentalmente por vigas, losas y otros elementos estructurales que evitan que todo el peso del edificio caiga directamente sobre ella. Si además dispone de algún acceso a agua o aire, puede permanecer con vida mucho más tiempo del que inicialmente se esperaría.
Eso explica por qué los equipos no pueden simplemente abandonar la búsqueda porque hayan pasado cuatro días. Mientras exista una señal creíble de vida, la operación cambia de objetivo: ya no se trata solamente de remover escombros, sino de abrir un camino quirúrgico hacia el punto exacto donde podrían estar los sobrevivientes.
El problema es que abrir ese camino puede ser extremadamente peligroso. Los rescatistas no pueden utilizar maquinaria pesada indiscriminadamente porque una vibración o el desplazamiento de una losa puede provocar un segundo derrumbe. Por eso, cuando existe una posibilidad concreta de encontrar personas con vida, los procedimientos suelen ser mucho más lentos y requieren retirar materiales progresivamente.
La situación del edificio Vanessa tiene además una dificultad adicional: la estabilidad de una construcción cercana. Los equipos deben evaluar constantemente si la estructura vecina puede desplazarse o desprender elementos sobre la zona de trabajo. Esa amenaza obliga a mantener protocolos de seguridad estrictos y puede ralentizar una operación que, desde el punto de vista de los familiares, debería avanzar a toda velocidad.
Los familiares de las personas desaparecidas permanecen pendientes de cada movimiento de los equipos. Después de cuatro días de incertidumbre, una voz o un golpe procedente de los escombros puede cambiar completamente el estado emocional de una familia. La noticia transforma la espera pasiva en una posibilidad concreta: alguien podría seguir respirando allí abajo.
La operación recuerda además que la búsqueda de sobrevivientes no termina necesariamente cuando finaliza la ventana tradicional de 72 horas. Esa regla funciona como una referencia operativa, no como una sentencia. En diferentes terremotos ocurridos en el mundo se han registrado rescates después de varios días, especialmente cuando las víctimas quedaron protegidas dentro de espacios estructurales y tuvieron acceso a agua.
El caso de Cali adquiere especial importancia porque se produce cuando Colombia ya comenzó a pasar de una etapa de búsqueda masiva a una fase más compleja de recuperación e identificación de víctimas. El terremoto ha dejado cientos de muertos, miles de heridos y cientos de desaparecidos, y en algunas zonas las operaciones ya se concentran principalmente en recuperar cuerpos y retirar estructuras peligrosas.
Pero el edificio Vanessa vuelve a colocar una pregunta sobre la mesa: ¿cuántas personas podrían continuar con vida bajo los escombros?
La respuesta todavía no existe.
Lo que sí existe es una señal.
Y para los rescatistas, una señal puede ser suficiente para continuar.
El terremoto de magnitud 7,4 tuvo su epicentro en las proximidades de San José del Palmar, en Chocó, y ocurrió a las 7:34 de la mañana del 10 de agosto. El Servicio Geológico Colombiano confirmó posteriormente la magnitud y una profundidad aproximada de 103 kilómetros. El movimiento fue percibido con fuerza en una extensa zona del país y provocó daños especialmente graves en departamentos como Valle del Cauca, Risaralda, Chocó, Caldas y Quindío.
Cali se convirtió rápidamente en uno de los principales puntos de atención. La ciudad registró derrumbes, daños en viviendas y edificios y una intensa movilización de los organismos de emergencia. Las autoridades locales han debido coordinar operaciones simultáneas en diferentes sectores, mientras los hospitales reciben a miles de personas afectadas.
El balance de la ciudad también muestra la magnitud del problema. Según cifras divulgadas por autoridades locales, Cali contabilizaba hasta el 14 de agosto 110 fallecidos, 1.410 heridos y 111 personas desaparecidas, además de decenas de personas que habían sido rescatadas con vida.
Es dentro de ese contexto donde el edificio Vanessa se convierte nuevamente en un punto central. Si las tres personas detectadas logran ser rescatadas, el operativo podría convertirse en uno de los rescates más significativos de la tragedia colombiana y en una inyección de esperanza para las familias que todavía buscan a sus seres queridos.
La dificultad está en que detectar una señal no significa saber exactamente dónde está la víctima. Los sonidos pueden viajar por las cavidades de una estructura y generar falsas referencias sobre su ubicación. Por eso los especialistas necesitan triangular las señales utilizando diferentes puntos de escucha y, cuando es posible, sistemas especializados de detección.
Los equipos también deben determinar si las señales corresponden efectivamente a seres humanos. Una voz claramente identificada constituye una evidencia mucho más fuerte que un ruido aislado. En este caso, los organismos de socorro reportaron diferentes sonidos, entre ellos una voz y golpes, lo que incrementó la confianza en la hipótesis de que existen personas atrapadas.
La estrategia de rescate tendrá que adaptarse a la configuración de los restos. Los especialistas pueden crear pequeños túneles o corredores para alcanzar determinadas cavidades, retirar losas de manera progresiva y apuntalar sectores antes de avanzar. Cada paso requiere una evaluación de riesgo.
En este tipo de operaciones existe una regla que puede parecer cruel desde afuera, pero que resulta fundamental: los rescatistas no pueden convertirse en nuevas víctimas. Un equipo sepultado durante una operación de rescate no solamente aumenta el número de víctimas, sino que también reduce drásticamente la capacidad de continuar buscando a quienes permanecen atrapados.
Por eso las autoridades han pedido mantener el área despejada. Los familiares, periodistas y curiosos que se aproximen pueden interferir con las comunicaciones, dificultar el desplazamiento de ambulancias y maquinaria o incluso generar vibraciones y movimientos innecesarios alrededor de una estructura inestable.
La recomendación de la Personería es particularmente clara: no acercarse al perímetro y seguir las instrucciones de los organismos de emergencia.
La operación también exige coordinación entre diferentes instituciones. Bomberos, equipos de búsqueda y rescate urbano, organismos de gestión del riesgo, Policía, personal médico y especialistas estructurales tienen funciones distintas. Unos buscan señales, otros evalúan la estructura, otros diseñan la ruta de acceso y otros preparan la atención médica que será necesaria cuando los sobrevivientes sean extraídos.
Porque el rescate no termina cuando aparece una persona.
En realidad, en ese momento comienza otra carrera.
Una persona que ha pasado más de cuatro días atrapada puede presentar deshidratación, hipotermia, lesiones por aplastamiento, problemas circulatorios y alteraciones metabólicas. Sacarla demasiado rápido también puede resultar peligroso. Los médicos y paramédicos deben estar preparados para estabilizarla en el lugar antes de trasladarla a un hospital.
Uno de los riesgos más conocidos es el llamado síndrome de aplastamiento, que puede producir graves complicaciones cuando se libera de manera repentina una extremidad o una parte del cuerpo que permaneció comprimida durante muchas horas. Por eso los equipos médicos deben trabajar junto a los rescatistas incluso antes de que la víctima sea completamente liberada.
El escenario ideal sería establecer comunicación con las personas atrapadas, conocer su estado y proporcionarles agua u otros elementos cuando sea técnicamente posible mientras se prepara la extracción. Mantener el contacto psicológico también puede ser importante: saber que los rescatistas están allí puede ayudar a una persona atrapada a conservar la esperanza y continuar respondiendo a las señales.
La historia de los terremotos ofrece numerosos ejemplos de personas encontradas con vida después de largos períodos bajo los escombros. En Turquía, Haití, México, Japón y otros países se han producido rescates varios días después de grandes terremotos. Las circunstancias varían, pero el elemento común suele ser la existencia de espacios protegidos dentro de las estructuras colapsadas.
Por eso, la detección de las tres posibles víctimas en Cali tiene un fundamento técnico que justifica continuar la búsqueda.
No obstante, también es importante mantener la precisión periodística.
Hasta este momento, lo confirmado públicamente es la detección de señales compatibles con la presencia de tres personas con vida; el rescate todavía no se ha concretado. No corresponde presentar a esas tres personas como rescatadas ni afirmar su identidad hasta que los equipos logren acceder a ellas y las autoridades confirmen el hallazgo.
Esa diferencia puede parecer pequeña, pero en una tragedia de esta magnitud es fundamental. Las familias de los desaparecidos han vivido días de rumores, versiones contradictorias y falsas esperanzas. Una noticia incorrecta puede provocar un daño emocional enorme.
La información debe avanzar al mismo ritmo que los rescatistas.
Primero la señal.
Después la localización.
Luego el contacto.
Después la extracción.
Y finalmente la confirmación médica.
Ese es el camino que ahora siguen los equipos en Los Cámbulos.
La situación también demuestra que la tragedia colombiana todavía no ha terminado. Aunque las autoridades ya preparan planes de reconstrucción y comienzan a retirar estructuras peligrosas, todavía existen puntos donde la emergencia continúa en su forma más dramática: personas desaparecidas y posibles sobrevivientes bajo toneladas de escombros.
En Pereira, por ejemplo, las autoridades y equipos de rescate continuaban buscando personas en estructuras colapsadas. Uno de los casos más seguidos fue el del joven Juan Felipe Giraldo, cuya familia permaneció durante días esperando noticias después del colapso del Hotel Dibeni. Posteriormente se confirmó su muerte, una historia que muestra el duro contraste entre la esperanza de los familiares y la realidad de las operaciones de rescate.
En Cali, sin embargo, la señal detectada en el edificio Vanessa abre nuevamente una ventana de esperanza.
Y esta vez los rescatistas tienen algo concreto que perseguir.
Una voz.
Un golpe.
Un posible sonido de vida.
Más de cuatro días después del terremoto, eso puede parecer poco.
Para alguien atrapado bajo los escombros, puede significarlo todo.
Colombia: el edificio Vanessa se convirtió nuevamente en el centro de una carrera contra el tiempo. Tres posibles sobrevivientes estarían atrapados bajo los restos de la estructura en Cali, después de más de 100 horas desde el terremoto de magnitud 7,4. Los organismos de socorro detectaron señales que incluyen una voz y golpes desde el interior, y ahora trabajan para localizar exactamente el punto donde podrían encontrarse las personas. La operación será lenta y extremadamente peligrosa debido a la inestabilidad de los restos y de una estructura cercana, pero la orden es clara: mientras exista una señal de vida, la búsqueda continúa. En una tragedia que ya dejó cientos de muertos y desaparecidos, Cali vuelve a mirar hacia un montón de escombros esperando que, esta vez, el silencio termine con una noticia que cambie el rumbo de una familia.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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