El Día del Niño suele quedar asociado a regalos, juguetes, reuniones familiares y fotografías, pero detrás de la celebración existe una experiencia mucho más íntima: la de los padres que descubren que sus hijos crecen mientras ellos todavía intentan retener pequeñas escenas de una etapa que no volverá. La ropa que deja de quedarles, los juguetes abandonados, las preguntas inesperadas, los cuentos antes de dormir y la dependencia cotidiana se transforman lentamente en recuerdos. En Argentina, el Día del Niño —oficialmente denominado Día de las Infancias desde 2020— se celebra este domingo 16 de agosto, y la fecha ofrece también una oportunidad para mirar la niñez desde el otro lado: no solamente desde los ojos de quienes la viven, sino desde los adultos que un día descubrirán cuánto extrañan aquello que alguna vez parecía agotador.
Para muchos padres, la infancia de sus hijos tiene una característica difícil de aceptar: mientras ocurre parece interminable, pero cuando termina parece haber pasado demasiado rápido.
El problema es que el crecimiento no llega acompañado de una ceremonia que permita advertir el momento exacto en que una etapa termina. No existe un día en el calendario en el que un niño deje de serlo. El cambio ocurre de manera silenciosa, casi imperceptible.
Primero deja de pedir que lo carguen. Después aprende a vestirse solo. Más adelante ya no necesita que alguien lo acompañe a todas partes. Un día deja de querer el cuento antes de dormir. Y, cuando los padres quieren darse cuenta, aquel pequeño que ocupaba buena parte de la vida cotidiana ya tiene sus propios amigos, sus propios intereses y una habitación que empieza a parecer demasiado grande para alguien que alguna vez dormía abrazado a un muñeco.
Ese proceso explica por qué una celebración aparentemente dedicada exclusivamente a los niños también puede despertar nostalgia en los adultos.
El Día del Niño nació en Argentina como una jornada destinada a reconocer el bienestar de niñas y niños. La celebración se instaló en el país desde 1960, a partir de una recomendación de Naciones Unidas para que los Estados dedicaran una fecha a promover el bienestar infantil mediante actividades sociales y culturales.
Con el tiempo, la jornada quedó fuertemente vinculada al consumo. Los juguetes, las promociones comerciales y los regalos terminaron ocupando una parte importante del ritual.
Pero reducir la fecha a una operación comercial significa perder una dimensión mucho más profunda.
Un niño puede olvidar qué juguete recibió a los ocho años. Es mucho menos probable que olvide cómo se sentía cuando sus padres jugaban con él, cuando alguien lo escuchaba o cuando tenía la certeza de que podía recurrir a un adulto ante cualquier problema.
La memoria de la infancia no suele conservar el precio de los regalos; conserva los momentos.
Una tarde jugando en el suelo puede adquirir décadas después un valor emocional que nadie imaginaba en ese momento.
Una visita a una plaza, una comida familiar, un viaje corto o incluso una conversación aparentemente insignificante pueden convertirse en recuerdos centrales de la vida adulta.
La paradoja es que esas escenas suelen pasar inadvertidas mientras ocurren.
Los padres están ocupados. Hay trabajo, obligaciones domésticas, cuentas, cansancio y problemas cotidianos. El niño insiste para que jueguen, pide que le lean un cuento o reclama atención justamente cuando el adulto tiene otras cosas que hacer.
A veces se responde con un “después”.
Y el problema del “después” es que la infancia no espera.
Los niños crecen aunque los adultos estén ocupados.
La frase puede parecer obvia, pero contiene una de las principales tensiones de la crianza contemporánea. Los padres saben racionalmente que sus hijos crecerán, pero emocionalmente pueden continuar comportándose como si siempre hubiera tiempo para hacer aquello que hoy postergan.
No lo hay.
No porque cada minuto deba convertirse en una experiencia extraordinaria, sino porque las etapas son irrepetibles.
El niño que hoy pide que su padre se siente en el suelo probablemente mañana ya no lo hará.
La niña que quiere mostrar un dibujo probablemente llegará a una edad en la que tendrá otras preocupaciones.
El adolescente que actualmente parece encerrado en su mundo también fue alguna vez un bebé que necesitaba que alguien lo sostuviera para dormir.
La infancia desaparece por pequeñas partes.
Por eso el Día del Niño puede funcionar como una especie de fotografía colectiva de una etapa que está permanentemente pasando.
En 2020, el entonces Ministerio de Desarrollo Social impulsó el cambio de denominación hacia “Día de las Infancias”, con el argumento de ampliar la mirada sobre las diferentes experiencias de la niñez y adoptar un enfoque de derechos y diversidad.
La denominación oficial, sin embargo, convivió durante años con el tradicional “Día del Niño”, que continúa siendo la expresión más utilizada en buena parte de la sociedad.
En 2025, el Gobierno nacional estableció mediante el Decreto 562/2025 que la celebración quedara fijada oficialmente para el tercer domingo de agosto de cada año.
Así, en 2026, la celebración corresponde al domingo 16 de agosto, dentro de un fin de semana largo que también incluye el feriado del lunes 17 por el Paso a la Inmortalidad del General José de San Martín.
Pero mientras las instituciones fijan fechas y las empresas preparan promociones, las familias viven otra realidad.
Para los niños, probablemente el domingo tenga una pregunta sencilla: “¿Qué me van a regalar?”.
Para los padres puede aparecer otra, bastante más incómoda: “¿Cuánto tiempo queda de esta etapa?”
La pregunta no tiene una respuesta exacta.
Y quizá esa sea precisamente la razón por la que la infancia resulta tan difícil de despedir.
No termina de una sola vez. Se va retirando.
El cochecito desaparece. La cuna se guarda. Las primeras palabras quedan en videos. Los juguetes se acumulan en cajas. La ropa pequeña deja de servir. Las fotos empiezan a mostrar cambios cada vez más rápidos.
Hasta que llega el día en que los padres miran una fotografía antigua y se sorprenden al descubrir que ya no recuerdan exactamente cómo era tener a ese niño pequeño en brazos.
No es necesariamente tristeza.
Es nostalgia por una versión de la familia que dejó de existir.
La crianza también tiene esa dimensión: los adultos no solamente acompañan el crecimiento de sus hijos; simultáneamente deben despedirse de cada una de las versiones anteriores de ellos.
Hay padres que extrañan al bebé cuando el niño empieza a caminar.
Después extrañan al niño pequeño cuando comienza la escuela.
Más tarde extrañan al escolar cuando llega la adolescencia.
Y finalmente pueden extrañar al adolescente cuando abandona la casa.
El hijo continúa existiendo.
Lo que desaparece es la relación exactamente como era antes.
Por eso resulta tan difícil explicar a quienes todavía no tienen hijos qué significa realmente “extrañar” una etapa que uno mismo vivió junto a ellos.
No se extraña solamente a la persona.
Se extraña la rutina.
Se extraña que alguien llamara desde otra habitación.
Se extraña una voz pequeña preguntando cosas que parecían absurdas.
Se extraña la mano que buscaba automáticamente la de un adulto al cruzar la calle.
Se extraña que alguien quisiera dormir en la cama de los padres después de una pesadilla.
Se extraña incluso aquello que, en su momento, parecía agotador.
El sueño interrumpido, los juguetes por toda la casa, las preguntas interminables y la necesidad permanente de atención pueden ser agotadores para un adulto.
Pero el tiempo transforma la percepción.
Aquello que ayer parecía una carga puede convertirse mañana en una de las cosas que más se extrañan.
Esa transformación explica por qué los recuerdos familiares tienen una relación tan particular con el tiempo.
La memoria no conserva exactamente la experiencia original. La reorganiza.
El cansancio de una noche puede desaparecer de la memoria, mientras permanece la imagen de un niño dormido sobre el pecho de su padre.
La desesperación de una mañana complicada puede borrarse, pero queda la fotografía de una mochila escolar demasiado grande para un cuerpo pequeño.
El caos de una casa llena de juguetes puede terminar pareciendo, años después, una época de abundancia.
La nostalgia tiene una extraña capacidad para convertir el desorden en patrimonio emocional.
Esto no significa idealizar la crianza.
Tener hijos pequeños puede ser agotador, costoso y emocionalmente exigente. Los padres necesitan descanso, tiempo propio, trabajo, apoyo familiar y condiciones económicas que permitan criar sin vivir permanentemente al límite.
Romantizar el sacrificio sería un error.
La cuestión es otra: reconocer que las dificultades de una etapa no eliminan su valor afectivo.
Una persona puede estar cansada y ser feliz al mismo tiempo.
Puede necesitar unas horas de silencio y, años después, extrañar exactamente el ruido que alguna vez deseó que terminara.
Puede querer que su hijo duerma solo y, posteriormente, recordar con ternura aquellas noches en las que el pequeño buscaba refugio en la cama de sus padres.
La contradicción forma parte de la experiencia de criar.
También explica por qué las fotografías tienen tanta importancia.
Una fotografía infantil no solamente registra cómo era un niño.
Registra cómo era una familia en un momento determinado.
El tamaño de la casa, los muebles, la ropa, los abuelos que todavía estaban presentes, los hermanos pequeños, los padres más jóvenes.
Por eso una fotografía puede producir una emoción que supera ampliamente la imagen.
No se mira solamente al niño: se mira el tiempo perdido.
El Día del Niño puede convertirse entonces en algo diferente de una fecha de regalos.
Puede ser una invitación a detenerse.
No necesariamente para organizar una celebración costosa, sino para prestar atención.
Jugar.
Conversar.
Escuchar una historia.
Salir a caminar.
Mirar una película.
Cocinar juntos.
Hacer una fotografía.
O simplemente estar.
Porque la infancia no necesita que cada día sea extraordinario.
Necesita que haya presencia.
Los niños no construyen sus recuerdos únicamente alrededor de grandes acontecimientos. Muchas veces los construyen alrededor de la repetición de pequeñas escenas.
El padre que siempre leía el mismo cuento.
La madre que preparaba determinada comida.
El abuelo que inventaba una historia.
La familia que iba siempre a la misma plaza.
El viaje anual.
La canción que sonaba en el automóvil.
Esas pequeñas rutinas terminan convirtiéndose en una especie de archivo emocional.
Y cuando los hijos crecen, pueden descubrir que esos momentos aparentemente insignificantes eran precisamente los que definían su sensación de pertenencia.
El gran desafío para los adultos consiste entonces en no vivir permanentemente esperando la próxima etapa.
Es fácil caer en la trampa de pensar que todo será mejor cuando el niño duerma toda la noche, cuando deje los pañales, cuando empiece la escuela, cuando sea más independiente.
Pero cada una de esas metas trae otra.
Y mientras los adultos esperan que llegue la siguiente, la actual desaparece.
La infancia no es una sala de espera.
Es la vida de ese niño en ese momento.
Por eso el Día del Niño puede ser una fecha especialmente incómoda para quienes ya tienen hijos grandes.
Porque mientras los más pequeños reciben regalos, los padres pueden descubrir que el verdadero regalo que recibieron años atrás fue una etapa que no sabían que algún día iban a extrañar.
No se trata de quedarse atrapado en el pasado.
Los hijos deben crecer.
La independencia es parte natural de la vida.
El objetivo de criar tampoco puede ser conservar eternamente a un niño dependiente de sus padres.
Al contrario: una crianza saludable prepara para que llegue el momento en que ese niño pueda caminar solo.
Pero que sea necesario dejarlo caminar no significa que sea fácil verlo alejarse.
Quizá por eso algunas de las frases más sencillas de la crianza adquieren otro significado con los años.
“Ven aquí.”
“Dame la mano.”
“¿Quieres que te lea un cuento?”
“¿Me cuentas qué pasó?”
“¿Te quedas un ratito conmigo?”
Parecen frases cotidianas.
Hasta que dejan de ser necesarias.
Y entonces se descubre que lo que más se extraña de los hijos pequeños no son necesariamente los grandes acontecimientos, sino aquellas pequeñas necesidades que algún día desaparecieron.
Este domingo, millones de familias argentinas celebrarán el Día del Niño o Día de las Infancias.
Habrá juguetes, comidas, fotografías, reuniones y regalos.
Pero quizás la celebración tenga otra lectura para quienes ya atravesaron varias etapas de la crianza.
El regalo no está solamente en lo que se entrega.
Está también en comprender que el tiempo compartido con un hijo tiene fecha de vencimiento en cada una de sus formas.
El bebé dejará de ser bebé.
El niño dejará de ser niño.
El adolescente dejará de necesitar algunas cosas.
Y el adulto seguirá siendo hijo, pero de una manera completamente diferente.
Por eso, mientras todavía haya un niño que quiera jugar, conversar, mostrar un dibujo o simplemente sentarse cerca, quizá convenga prestar atención.
No porque la infancia vaya a desaparecer mañana.
Sino porque ya está desapareciendo un poco hoy.
Y cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, probablemente no sean los regalos más caros los que aparezcan primero en la memoria.
Serán las pequeñas cosas.
Las que parecían normales.
Las que nadie pensó en guardar.
Las que, precisamente por eso, son las que más se extrañan.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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