Una investigación que involucra a científicos de la NASA y que analizó muestras biológicas de 52 astronautas encontró nuevas evidencias de que los viajes espaciales modifican el funcionamiento del intestino y la actividad de las bacterias que viven en el aparato digestivo. El estudio, publicado en Nature Communications, detectó un aumento de la fermentación de proteínas por parte de la microbiota intestinal durante las misiones a la Estación Espacial Internacional, un fenómeno que los investigadores relacionan posiblemente con un tránsito intestinal más lento provocado por la microgravedad. Los cambios metabólicos aparecieron poco después del lanzamiento y tendieron a desaparecer pocos días después del regreso a la Tierra. El hallazgo es relevante para las futuras misiones prolongadas a la Luna y Marte, porque indica que mantener un intestino saludable será una cuestión médica y nutricional mucho más importante de lo que se pensaba.
El descubrimiento parte de una pregunta que parece sencilla, pero que se vuelve compleja cuando el ser humano abandona la Tierra: ¿qué ocurre con la digestión cuando desaparece prácticamente la gravedad? El cuerpo humano evolucionó durante millones de años bajo la influencia constante de la gravedad terrestre y el sistema digestivo no es una excepción. En el espacio, los órganos, los líquidos corporales, los movimientos intestinales y las comunidades de microorganismos que viven dentro del organismo deben funcionar en un ambiente completamente diferente.
La investigación publicada este año analizó el metabolismo de 52 astronautas antes, durante y después de sus misiones en la Estación Espacial Internacional (ISS). Los investigadores estudiaron el metaboloma, es decir, el conjunto de pequeñas moléculas producidas o modificadas durante los procesos metabólicos del organismo. Al comparar las diferentes etapas del viaje encontraron que aproximadamente 40 compuestos circulantes cambiaban durante el vuelo espacial. Una parte importante de esas modificaciones estaba relacionada con la actividad de las bacterias intestinales.
El dato más llamativo fue que los astronautas presentaron señales compatibles con un incremento de la fermentación microbiana de proteínas. En términos simples, las bacterias del intestino parecían estar utilizando una mayor cantidad de proteínas como sustrato metabólico. Los científicos plantean que esto podría estar relacionado con un tránsito intestinal más prolongado, posiblemente provocado por las condiciones de microgravedad.
Esto no significa que los astronautas sufran automáticamente una enfermedad intestinal cada vez que viajan al espacio. El estudio no demuestra que la microgravedad provoque una enfermedad concreta ni establece que todos los tripulantes desarrollen problemas digestivos importantes. Lo que demuestra es que el ambiente espacial produce modificaciones medibles en el metabolismo y en la relación entre el organismo humano y su microbiota intestinal.
La diferencia es importante porque el intestino no es simplemente un tubo por el que pasan los alimentos. Alberga una enorme comunidad de microorganismos que participa en la digestión, produce metabolitos, interactúa con el sistema inmunitario y puede influir en diferentes procesos fisiológicos. Cuando cambia la composición o la actividad de esa comunidad microbiana, también puede cambiar la forma en que el organismo utiliza determinados nutrientes. NASA considera precisamente el microbioma intestinal uno de los factores que deben estudiarse para comprender los riesgos médicos de las misiones espaciales prolongadas.
La investigación también ayuda a explicar por qué la alimentación de los astronautas puede tener consecuencias mucho mayores en el espacio que en la Tierra. Durante una misión, la tripulación consume alimentos preparados para permanecer estables durante largos períodos, con restricciones relacionadas con conservación, peso, volumen y seguridad. La dieta, además, puede cambiar durante una misión por disponibilidad de alimentos, horarios y condiciones operativas.
Los investigadores observaron que algunos cambios metabólicos estaban relacionados con componentes de la dieta, pero esos efectos fueron menores que los asociados con la respuesta general observada durante el vuelo. Las modificaciones vinculadas con el consumo de cafeína, pescado y determinados tipos de grasas afectaron a menos de un tercio de los metabolitos que respondieron al viaje espacial.
La conclusión abre una posibilidad interesante: modificar la dieta podría ayudar a proteger el intestino de los astronautas. Los autores plantean que aumentar el consumo de carbohidratos de fermentación lenta podría reducir la necesidad de que las bacterias intestinales utilicen proteínas como fuente de fermentación. No se trata todavía de una receta médica definitiva para astronautas, sino de una línea de investigación que podría convertirse en una medida preventiva durante futuras misiones de larga duración.
El hallazgo adquiere especial importancia cuando se mira más allá de la Estación Espacial Internacional. Una misión a Marte no tendría las mismas condiciones que una estancia de varios meses en órbita terrestre. El viaje de ida y vuelta podría durar años y la tripulación tendría que vivir durante períodos prolongados sin posibilidad de recibir atención médica inmediata desde la Tierra.
En una misión de ese tipo, un problema gastrointestinal que en la Tierra podría resolverse con una consulta médica, medicamentos o cambios inmediatos en la alimentación tendría que ser gestionado por la propia tripulación. Por eso NASA está intentando comprender ahora cómo responde el organismo antes de enviar seres humanos a misiones cada vez más lejanas.
El intestino forma parte de un sistema todavía mayor. La microbiota mantiene una relación estrecha con el sistema inmunitario, y los cambios que ocurren en las bacterias intestinales pueden repercutir sobre la respuesta inmunológica. NASA considera que las alteraciones del microbioma de la piel y del intestino pueden aumentar el riesgo de que los astronautas desarrollen determinados problemas de salud durante las misiones espaciales.
Investigaciones anteriores ya habían advertido que el microbioma de los astronautas cambia durante las misiones. El llamado NASA Twins Study, realizado con el astronauta Scott Kelly durante su misión de casi un año en la ISS y comparado con su hermano gemelo Mark en la Tierra, encontró modificaciones importantes en la flora intestinal de Scott durante el vuelo. Tras su regreso, buena parte de esas características volvió hacia los niveles observados antes de la misión.
Aquella investigación fue importante porque permitió observar simultáneamente numerosos cambios fisiológicos asociados con el vuelo espacial. Pero el nuevo estudio aporta una pieza diferente: en lugar de concentrarse únicamente en qué microorganismos están presentes, analiza qué está ocurriendo con el metabolismo producido durante la interacción entre las bacterias y el organismo humano.
Esa diferencia puede parecer técnica, pero es fundamental. Dos personas pueden tener comunidades bacterianas relativamente diferentes y, aun así, producir metabolitos similares. Del mismo modo, una microbiota que parece estable en términos de composición puede cambiar su comportamiento debido a la dieta, el ambiente o las condiciones fisiológicas.
Por eso los científicos están pasando progresivamente de preguntar “qué bacterias hay” a preguntar también “qué están haciendo esas bacterias”.
El nuevo trabajo sugiere que el espacio modifica precisamente esa actividad.
Los investigadores observaron que los cambios metabólicos aparecieron poco después del lanzamiento y disminuyeron en los días posteriores al regreso a la Tierra. Esa recuperación es una señal relevante porque indica que parte de las modificaciones podrían estar directamente vinculadas con las condiciones del vuelo y no necesariamente representar una transformación permanente del organismo.
Sin embargo, la recuperación después del aterrizaje no significa que el problema pueda ignorarse durante una misión larga. Una misión a Marte no tendría el mismo margen de seguridad que una expedición a la ISS. En la estación orbital, los astronautas pueden regresar a la Tierra relativamente rápido ante una emergencia grave. En un viaje interplanetario, esa posibilidad prácticamente desaparecería.
El desafío se vuelve todavía mayor cuando se considera que la microgravedad no es el único factor que afecta al organismo. Los astronautas también están expuestos a radiación espacial, aislamiento, estrés psicológico, alteraciones del sueño, cambios en la alimentación y confinamiento prolongado. Todos estos elementos pueden interactuar entre sí y modificar la salud intestinal y el sistema inmunitario.
La NASA ya mantiene programas específicos para estudiar estas interacciones. Su programa de investigación sobre salud de precisión busca identificar cambios fisiológicos, celulares y genéticos provocados por los viajes espaciales y determinar cuáles podrían convertirse en riesgos durante misiones de larga duración. Dentro de esta estrategia, el microbioma ocupa un lugar importante porque puede intervenir simultáneamente en la digestión, el metabolismo y la inmunidad.
La agencia también mantiene experimentos destinados a comprender cómo el ambiente espacial altera las bacterias intestinales. Uno de ellos analiza los efectos de la microgravedad sobre la microbiota gastrointestinal y sus conexiones con los sistemas inmunitario, metabólico, circadiano y del sueño.
Otro proyecto de NASA estudia específicamente cómo los cambios del microbioma intestinal pueden relacionarse con alteraciones de las defensas inmunitarias de la mucosa gastrointestinal. La investigación busca incluso determinar si determinados nutrientes, como la histidina, podrían ayudar a contrarrestar algunas alteraciones producidas por la llamada disbiosis espacial.
La palabra disbiosis se utiliza para describir una alteración del equilibrio de una comunidad microbiana. No significa simplemente que desaparezcan las bacterias “buenas” y aparezcan las “malas”. El microbioma es mucho más complejo: está compuesto por numerosas especies que interactúan entre ellas y con las células humanas.
En el espacio, ese equilibrio puede ser alterado por una combinación de factores. La alimentación cambia, la actividad física es diferente, el sueño puede verse afectado, el estrés aumenta y el organismo está sometido a microgravedad y radiación. Por eso los investigadores deben separar qué cambios provienen directamente de la ausencia de gravedad y cuáles son consecuencia indirecta de todo el entorno espacial.
La investigación publicada en Nature Communications no atribuye todos los cambios exclusivamente a la microgravedad. Los propios autores señalan que la alimentación y los horarios de las comidas también pueden influir. Lo que sí encontraron fue una señal metabólica consistente con un aumento de la fermentación proteica durante el vuelo.
Ese matiz científico es importante porque evita convertir un hallazgo interesante en una conclusión exagerada.
No se ha descubierto que “el intestino de los astronautas se enferme”.
Se ha descubierto que el metabolismo intestinal cambia durante el vuelo espacial y que la microbiota parece desempeñar un papel importante en ese proceso.
La diferencia es sustancial.
También existe una cuestión práctica que puede parecer menor, pero que en una nave espacial puede convertirse en un problema serio: el tránsito intestinal. Si el movimiento de los alimentos y residuos a través del sistema digestivo se ralentiza, puede modificar cuánto tiempo tienen las bacterias para interactuar con determinados nutrientes.
Los autores plantean precisamente que un tránsito intestinal más prolongado podría favorecer la fermentación de proteínas observada en las muestras. Esa hipótesis todavía necesita investigación adicional, pero ofrece una explicación fisiológica plausible para los cambios detectados.
El asunto también tiene relación con la nutrición muscular. Los astronautas necesitan consumir suficientes proteínas para reducir la pérdida de masa muscular y ósea asociada con la microgravedad. Pero si una parte importante de la proteína ingerida llega al colon y es utilizada por las bacterias intestinales, pueden producirse metabolitos diferentes a los generados cuando predominan los carbohidratos fermentables.
Eso plantea una paradoja para la nutrición espacial: la proteína es fundamental para mantener el músculo, pero una dieta demasiado orientada hacia la proteína podría no ser ideal para el ecosistema intestinal.
El objetivo de los investigadores no es eliminar las proteínas de la alimentación de los astronautas. Al contrario, la cuestión consiste en encontrar un equilibrio entre las necesidades musculares, metabólicas, inmunitarias y digestivas.
Ese equilibrio será todavía más importante en Marte.
Una tripulación que permanezca meses o años lejos de la Tierra necesitará alimentos que sean nutritivos, estables, variados y compatibles con una microbiota saludable. No bastará con calcular cuántas calorías necesita cada astronauta. Será necesario considerar qué alimentos alimentan también a las bacterias beneficiosas del intestino.
La alimentación espacial podría convertirse así en una especie de ingeniería del microbioma.
No sería suficiente alimentar al astronauta.
También habría que alimentar correctamente a los microorganismos que viven dentro de él.
La idea ya está siendo explorada por NASA desde diferentes ángulos. La agencia incluso desarrolla investigaciones sobre la producción de nutrientes mediante microorganismos en el espacio. El programa BioNutrients-3, por ejemplo, estudia cómo determinados microorganismos pueden producir nutrientes esenciales bajo demanda durante misiones espaciales prolongadas.
Esto abre una perspectiva particularmente interesante para las futuras misiones. En lugar de transportar desde la Tierra todos los nutrientes necesarios para varios años, una nave podría incorporar sistemas biológicos capaces de producir algunos compuestos esenciales durante el viaje.
En otras palabras, los microorganismos podrían pasar de ser un problema que debe controlarse a convertirse también en una herramienta de supervivencia.
La ciencia espacial está empezando a descubrir que el ser humano no viaja solo.
Viaja acompañado por billones de microorganismos.
Y mantener esa comunidad en equilibrio podría ser tan importante como mantener funcionando los sistemas de oxígeno, agua y energía de una nave.
El hallazgo también tiene posibles repercusiones para la medicina terrestre. NASA señala que la investigación sobre los cambios fisiológicos producidos por los vuelos espaciales puede contribuir a comprender procesos relacionados con el envejecimiento y diferentes enfermedades.
El interés médico es lógico. El espacio funciona como un laboratorio extremo en el que los científicos pueden observar rápidamente determinados cambios que en la Tierra se desarrollan durante períodos mucho más largos. La microgravedad, el aislamiento y la alteración del ritmo de actividad pueden servir para estudiar procesos fisiológicos que también tienen equivalentes terrestres.
Pero sería incorrecto afirmar que el estudio demuestra directamente un tratamiento para las enfermedades intestinales en la población general.
Por ahora, el principal resultado es comprender mejor cómo responde el organismo humano al espacio y cómo podría protegerse durante misiones más largas.
La investigación también muestra por qué los vuelos tripulados hacia Marte representan un desafío completamente diferente a las misiones actuales. La Estación Espacial Internacional está relativamente cerca de la Tierra y permite reabastecimiento, evacuación y asistencia. Marte elimina buena parte de esas posibilidades.
Una tripulación marciana tendrá que resolver por sí misma problemas digestivos, infecciones, lesiones, alteraciones inmunitarias y deficiencias nutricionales.
No habrá una ambulancia esperando en la puerta.
Y tampoco habrá un hospital a pocas horas de distancia.
Por eso cada pequeño cambio fisiológico importa.
El intestino, que normalmente funciona sin que una persona piense demasiado en él, se convierte en un componente estratégico de la supervivencia.
Los científicos también deberán determinar si los cambios observados se acumulan durante misiones más prolongadas. El estudio actual proporciona información importante sobre astronautas de la ISS, pero una misión de varios años podría producir modificaciones diferentes. La duración del vuelo puede ser uno de los factores decisivos.
NASA reconoce precisamente que las misiones de larga duración plantean riesgos que todavía no están completamente caracterizados. Su programa de salud espacial busca identificar esos riesgos antes de que las tripulaciones comiencen las futuras expediciones de exploración profunda.
La cuestión del microbioma también tiene una dimensión psicológica. El intestino mantiene una relación estrecha con el sistema nervioso y con múltiples procesos metabólicos, aunque la investigación espacial todavía está lejos de establecer una relación completa entre las alteraciones observadas y el estado mental de los astronautas.
Lo que sí está claro es que el organismo humano funciona como un sistema integrado. Un cambio en el intestino puede tener consecuencias sobre el metabolismo; el metabolismo puede influir en la inmunidad; la inmunidad puede afectar la capacidad de responder a infecciones y, finalmente, todo el sistema puede verse condicionado por el estrés y la falta de sueño.
El espacio obliga a estudiar esas conexiones simultáneamente.
Por eso el hallazgo sobre el intestino puede parecer una noticia pequeña frente a las grandes imágenes de cohetes, astronautas y planetas, pero en realidad toca uno de los problemas fundamentales de la exploración espacial: cómo mantener vivo y saludable al ser humano durante años fuera de la Tierra.
La respuesta probablemente no estará en una sola tecnología.
Será una combinación de nutrición, medicina, microbiología, ejercicio, farmacología, inteligencia artificial y sistemas de soporte vital.
Y una parte de esa solución podría estar dentro del propio cuerpo de los astronautas.
La microbiota intestinal podría convertirse en una especie de indicador temprano de que algo no funciona correctamente. Si determinadas alteraciones metabólicas aparecen rápidamente durante el vuelo, podrían servir como señal para ajustar la alimentación antes de que aparezcan síntomas más graves.
Ese es uno de los escenarios que los investigadores quieren explorar.
En una futura misión a Marte, por ejemplo, un análisis periódico de sangre y heces podría proporcionar información sobre el estado metabólico del astronauta y sobre la actividad de su microbiota. Los cambios podrían detectarse antes de que aparezcan problemas digestivos evidentes.
NASA ya utiliza programas de investigación que recopilan muestras de sangre, orina, saliva, heces y células antes, durante y después de las misiones para estudiar cómo cambian los perfiles moleculares y genéticos de los astronautas.
Eso significa que el futuro de la medicina espacial podría ser mucho más personalizado. Cada astronauta podría recibir una dieta adaptada a su microbioma, metabolismo y respuesta individual al vuelo.
La misión ya no tendría simplemente una dieta para “la tripulación”.
Podría tener una dieta diferente para cada astronauta.
Ese concepto encaja con la estrategia de medicina de precisión que NASA está desarrollando para las futuras misiones. La agencia busca identificar diferencias individuales que puedan ayudar a anticipar riesgos y diseñar medidas preventivas específicas.
La investigación reciente sobre microbiota también muestra que los científicos están comenzando a estudiar no solamente la presencia de bacterias, sino su comportamiento a lo largo del tiempo. Otros trabajos publicados en 2026 encontraron cambios temporales en la microbiota intestinal durante experimentos de confinamiento prolongado, incluyendo alteraciones asociadas con diferentes fases de una misión simulada y una recuperación que puede tardar después de regresar a condiciones normales.
Todo esto conduce a una conclusión más amplia: el cuerpo humano no permanece igual cuando abandona la Tierra.
Los huesos cambian.
Los músculos cambian.
La circulación cambia.
El sistema inmunitario cambia.
Y ahora se acumula evidencia de que también cambia la relación entre el organismo y las bacterias que viven en su intestino.
La próxima frontera de la medicina espacial podría estar precisamente ahí.
No solamente en curar enfermedades después de que aparezcan, sino en mantener desde el principio un ecosistema interno capaz de soportar años de vida fuera de la Tierra.
Para la NASA, la importancia de este tipo de estudios va mucho más allá de una misión concreta. La agencia necesita reducir los riesgos antes de enviar seres humanos a lugares donde una emergencia médica podría no tener solución inmediata.
Y el intestino, por extraño que parezca, puede terminar siendo una de las piezas fundamentales de esa ecuación.
El descubrimiento sobre los astronautas no significa que el espacio “destruya” el intestino, sino que demuestra que la microgravedad y las condiciones de los vuelos espaciales modifican la actividad metabólica relacionada con la microbiota intestinal. El estudio de 52 astronautas encontró señales de una mayor fermentación de proteínas y planteó que un tránsito intestinal más lento podría contribuir al fenómeno. La buena noticia es que los cambios observados disminuyeron después del regreso a la Tierra. La mala noticia es que una misión a Marte durará muchísimo más y no permitirá esperar tranquilamente a que el organismo se recupere al aterrizar. La próxima generación de exploradores espaciales necesitará no solamente oxígeno, agua y combustible: necesitará también una microbiota intestinal que siga funcionando correctamente.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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