
PERÚ — Un escenario sísmico elaborado por organismos científicos y de gestión del riesgo vuelve a poner en primer plano una amenaza que no constituye una predicción, pero que podría convertirse en una de las mayores emergencias de la historia moderna del Perú: un terremoto de magnitud 8,8 frente a la costa central, capaz de afectar gravemente a Lima, Callao, Ica y otras zonas del litoral y comprometer a más de 14 millones de personas. El escenario se basa en estudios del Instituto Geofísico del Perú (IGP) y del Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (Cenepred), que han identificado una extensa zona de acoplamiento entre las placas de Nazca y Sudamericana frente a Lima. Los estudios científicos estiman que la liberación de la energía acumulada en esa zona podría producir un sismo de magnitud igual o superior a 8,8 Mw. El dato que vuelve especialmente delicada la situación no es solamente la magnitud hipotética, sino la concentración demográfica y urbana existente en la costa central. Un escenario oficial de Cenepred calcula que 4,8 millones de personas estarían en condición de riesgo muy alto y otros 5,6 millones en riesgo alto dentro del escenario analizado, mientras estudios complementarios y proyecciones actuales elevan la población potencialmente afectada a más de 14 millones. Lima y Callao aparecen como los puntos más sensibles, pero el impacto podría extenderse hacia Áncash e Ica. Además, un movimiento de estas características frente al litoral podría generar un tsunami que afectaría especialmente zonas costeras del Callao, La Punta, Ventanilla, Chorrillos y Lurín.
La primera precisión que debe hacerse es fundamental: el Perú no está ante una alerta de que un terremoto de magnitud 8,8 vaya a ocurrir ahora ni existe una fecha científica para ese evento. El propio IGP recuerda que los sismos no pueden predecirse indicando día y hora, y que los escenarios sísmicos son herramientas utilizadas para calcular qué podría suceder si se produce un determinado fenómeno. Esta diferencia es particularmente importante después del terremoto de magnitud 7,4 registrado recientemente en Colombia, porque la proximidad geográfica de ambos países puede generar interpretaciones equivocadas sobre una supuesta cadena inmediata de terremotos. Los especialistas han señalado que no existe evidencia que permita afirmar que el movimiento colombiano desencadenará automáticamente un gran terremoto en la costa peruana. Lo que existe es una amenaza geológica independiente, asociada a la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana. El escenario de 8,8 es, por tanto, una simulación científica de riesgo y no un pronóstico. Su importancia radica precisamente en que permite al Estado calcular anticipadamente cuántas personas, viviendas, hospitales, carreteras, servicios básicos y zonas costeras podrían quedar expuestas. El IGP ha identificado frente a Lima una zona de máximo acoplamiento sísmico de aproximadamente 400 por 150 kilómetros en estudios recientes, mientras investigaciones anteriores estimaron dimensiones de hasta 460 por 150 kilómetros. Esa zona constituye una de las denominadas “asperezas” o áreas de mayor acoplamiento entre las placas tectónicas. El problema es que la energía tectónica puede acumularse durante largos períodos sin producir grandes terremotos, hasta que eventualmente se libera. La ciencia puede identificar esas áreas y estimar escenarios, pero no puede determinar cuándo se producirá exactamente la ruptura.
La historia sísmica del Perú explica por qué los investigadores prestan tanta atención a la costa central. Uno de los antecedentes más importantes es el terremoto de 1746, considerado el mayor evento sísmico ocurrido frente a la costa central peruana durante el período histórico documentado. Aquel terremoto destruyó prácticamente Lima y estuvo acompañado por un tsunami que golpeó con especial fuerza el Callao. Han pasado casi tres siglos desde entonces y la ausencia de un terremoto comparable no significa que la zona haya quedado libre de peligro. Por el contrario, los estudios de sismicidad y GPS realizados por el IGP muestran que existen sectores frente a la costa central donde la actividad sísmica es relativamente baja y donde se ha identificado un fuerte acoplamiento entre las placas. Ese “silencio sísmico” no significa tranquilidad geológica, sino que puede formar parte del proceso mediante el cual se acumula deformación tectónica. El terremoto de Pisco de 2007, de magnitud 8,0, demostró además que un gran evento frente a la costa peruana puede producir daños enormes incluso cuando el epicentro se encuentra a considerable distancia de Lima. El Banco Central de Reserva del Perú recuerda que aquel terremoto provocó cerca de 600 fallecidos, más de mil heridos y la destrucción o afectación de más de 173.000 viviendas. La experiencia de 2007, sumada al recuerdo histórico de 1746, constituye una referencia fundamental para comprender por qué un escenario de magnitud 8,8 frente a Lima genera tanta preocupación. El problema no es únicamente la fuerza del terremoto, sino que el evento podría afectar a una de las zonas urbanas más densamente pobladas del país.
Los números elaborados por Cenepred permiten dimensionar el problema de una manera más concreta. En su escenario de riesgo para un terremoto de gran magnitud seguido de tsunami frente a la costa central, el organismo calculó que 4.807.754 personas quedarían dentro del nivel de riesgo muy alto, equivalentes al 44,6% de la población considerada en el escenario. Otros 5.614.016 habitantes, equivalentes al 52,1%, se ubicarían en nivel de riesgo alto. Lima concentra 4.177.986 personas dentro del nivel muy alto y Callao otras 629.768. El mismo estudio estimó que más de 1,2 millones de viviendas se encontrarían en riesgo muy alto y aproximadamente 1,43 millones en riesgo alto. Estos números proceden de un escenario técnico específico y no deben confundirse con una estimación exacta de las víctimas que produciría un terremoto real, porque el resultado final dependería de la hora del evento, la ubicación precisa de la ruptura, la calidad de las construcciones, el comportamiento de las personas, la capacidad de respuesta y muchos otros factores. Sin embargo, el volumen de población expuesta demuestra por qué la preparación debe comenzar mucho antes de que exista una emergencia. Un terremoto que ocurriera durante la noche tendría consecuencias diferentes a uno producido durante una jornada laboral o escolar. Un movimiento ocurrido en horario de máxima circulación podría bloquear carreteras y dificultar la llegada de ambulancias y bomberos. Un tsunami inmediatamente posterior añadiría una segunda amenaza a las zonas costeras. El escenario de Cenepred también contabilizó 282.785 personas y 83.425 viviendas expuestas a riesgo por tsunami en el ámbito de la costa central. Esto demuestra que el desastre potencial no debe analizarse únicamente desde la perspectiva del movimiento del suelo. Perú enfrenta un escenario compuesto: terremoto, posible tsunami, interrupción de servicios y dificultades logísticas simultáneas.
La vulnerabilidad de Lima tampoco es uniforme. El tipo de suelo, la antigüedad de las edificaciones, los materiales utilizados y la calidad de la construcción pueden determinar la diferencia entre una estructura que resiste y otra que colapsa. Las investigaciones del Instituto Geofísico del Perú indican que un terremoto de magnitud 8,8 podría generar en Lima Metropolitana y Callao aceleraciones del suelo superiores a 500 centímetros por segundo al cuadrado. Eso significa que el impacto no sería simplemente una sensación de movimiento fuerte, sino una sacudida capaz de someter edificios, puentes, redes eléctricas, tuberías y otras infraestructuras a fuerzas extraordinarias. Los sectores urbanos construidos sobre terrenos con características geotécnicas desfavorables pueden experimentar una amplificación mayor del movimiento. A ello se suma la existencia de viviendas autoconstruidas, edificaciones antiguas y estructuras que no necesariamente fueron diseñadas para resistir las exigencias de los actuales estándares sismorresistentes. En una ciudad que ha crecido durante décadas mediante procesos formales e informales, la calidad estructural no es homogénea. La amenaza sísmica es natural; la vulnerabilidad de una vivienda sí puede reducirse. Esa diferencia es esencial para la política pública. Reforzar una estructura antes del terremoto puede costar una fracción de lo que costaría reconstruirla después. Lo mismo ocurre con hospitales, escuelas, estaciones de bomberos, centros de abastecimiento y sistemas de agua. Si esos servicios esenciales quedan inutilizados, la emergencia se multiplica porque la población necesita atención precisamente cuando la infraestructura que debe proporcionarla está dañada. Por eso los estudios de riesgo no deberían quedarse en informes técnicos: tienen que convertirse en planes concretos de reforzamiento, evacuación y continuidad operativa.
El riesgo de tsunami constituye uno de los elementos que más diferencia este escenario de un terremoto convencional. Si una gran ruptura ocurre bajo el fondo marino y desplaza suficiente volumen de agua, puede generarse una serie de olas que lleguen rápidamente al litoral. Callao, La Punta, Ventanilla, Chorrillos y Lurín figuran entre las zonas identificadas como especialmente vulnerables en las simulaciones realizadas por el IGP. La dificultad es que un tsunami puede llegar después del terremoto en un intervalo relativamente corto, dejando poco margen para organizar una evacuación improvisada. Por esa razón, las autoridades insisten en que la población costera debe conocer previamente sus rutas hacia zonas seguras. El comportamiento inmediatamente posterior al terremoto puede ser determinante: si el movimiento es muy fuerte y prolongado, las personas que se encuentran cerca del mar no deberían esperar a recibir una confirmación para comenzar a desplazarse hacia zonas seguras cuando las autoridades hayan establecido previamente esa recomendación para el área afectada. El Perú cuenta con planes específicos de contingencia para terremotos de gran magnitud seguidos de tsunami y con herramientas de información territorial destinadas a identificar recursos esenciales. La preparación debe funcionar como un mecanismo automático y no depender de la improvisación durante los primeros minutos. INDECI señala que los simulacros permiten identificar rutas de evacuación, zonas seguras, puntos de encuentro y debilidades en los planes familiares. También recomienda disponer de una mochila de emergencia y una caja de reserva, porque la ayuda institucional puede tardar en llegar a determinadas zonas. La existencia de estos mecanismos no elimina el riesgo, pero puede reducir considerablemente el caos inicial y mejorar la capacidad de supervivencia de la población.
El escenario también debe ser analizado desde el punto de vista económico, porque un terremoto de estas características no afectaría solamente viviendas y personas. Lima y Callao concentran una parte fundamental de la actividad económica, financiera, comercial, logística e industrial del Perú, por lo que una interrupción prolongada podría tener consecuencias sobre todo el país. El cierre temporal de carreteras, puertos, aeropuertos o centros de distribución podría afectar el abastecimiento de alimentos, combustibles y medicamentos. Los daños en redes eléctricas y de telecomunicaciones dificultarían las operaciones empresariales y la coordinación de emergencias. Si los puertos quedaran parcialmente afectados, el comercio exterior podría sufrir interrupciones, mientras que la destrucción de infraestructura vial complicaría el traslado de mercancías desde otras regiones hacia la capital. La experiencia internacional demuestra que las pérdidas económicas indirectas pueden superar ampliamente el valor de los edificios destruidos, porque una economía puede continuar acumulando pérdidas mientras las empresas permanecen cerradas, los trabajadores no pueden desplazarse y las cadenas de suministro permanecen interrumpidas. El Banco Central de Reserva ha estudiado precisamente los efectos económicos de los desastres naturales sobre el Perú y destaca que los terremotos pueden generar pérdidas persistentes sobre producción, infraestructura y bienestar. Por eso la preparación sísmica también es una política económica. Invertir en infraestructura resiliente, reforzar hospitales, garantizar sistemas alternativos de comunicación y diseñar planes de continuidad empresarial puede reducir el tiempo necesario para recuperar la actividad después de una emergencia. El costo de prepararse puede parecer elevado cuando no existe un desastre inmediato, pero el costo de reconstruir una economía paralizada puede ser mucho mayor. Para Lima, además, la continuidad del puerto del Callao y de los principales corredores logísticos tendría una importancia estratégica para evitar que una emergencia local se convierta rápidamente en una crisis nacional.
El gran desafío para el Perú está ahora en transformar estos escenarios científicos en decisiones concretas antes de que ocurra una emergencia. No existe una fecha para el terremoto de 8,8, pero sí existe una certeza: el país continuará expuesto a grandes terremotos porque su ubicación tectónica no cambiará. El IGP seguirá monitoreando la actividad sísmica, Cenepred continuará actualizando escenarios de riesgo e INDECI deberá mantener operativos sus mecanismos de preparación y respuesta. La población, por su parte, no puede delegar completamente su seguridad en las instituciones. Cada familia debería conocer las zonas seguras de su vivienda, identificar rutas de evacuación, asegurar muebles y objetos pesados, revisar las condiciones estructurales de su casa y establecer un punto de encuentro. En las zonas costeras, el conocimiento de las rutas de evacuación hacia áreas seguras adquiere una importancia todavía mayor. Las autoridades municipales tienen además una tarea pendiente: identificar las construcciones más vulnerables y establecer programas realistas de reforzamiento. La prevención es particularmente importante porque un terremoto no ofrece la posibilidad de prepararse cuando comienza: la preparación debe existir antes. El Perú tiene experiencia científica suficiente para saber dónde están algunas de sus mayores amenazas y posee organismos especializados capaces de construir escenarios detallados. Lo que queda por determinar es cuánto de esa información llegará efectivamente a las calles, escuelas, empresas y hogares. El escenario de magnitud 8,8 debe ser entendido como una advertencia científica y una herramienta de planificación, no como una profecía. La diferencia es esencial para evitar el alarmismo, pero también para evitar la complacencia. Después del terremoto de Colombia, la atención regional volvió a concentrarse en la actividad tectónica sudamericana. Para el Perú, la respuesta más responsable no es esperar otro gran movimiento, sino utilizar este momento para fortalecer la preparación. Si algún día se produce un terremoto de esa magnitud frente a la costa central, la cantidad de vidas perdidas dependerá no solamente de la fuerza de la naturaleza, sino de cuánto haya hecho el país para reducir su vulnerabilidad antes de ese día.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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