La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y el MERCOSUR expresaron su solidaridad con el pueblo y el Gobierno de Colombia tras el devastador terremoto de magnitud 7,4 que golpeó el occidente del país el 10 de agosto, una tragedia que ya deja 265 personas fallecidas, 3.494 heridas y 496 desaparecidas, según el balance actualizado por las autoridades colombianas. El desastre ha afectado a más de 53.800 personas y destruido o dañado miles de viviendas, mientras continúan las operaciones de búsqueda y rescate en zonas de Chocó, Valle del Cauca, Risaralda y otras áreas afectadas. En un pronunciamiento difundido por el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), la CELAC manifestó su respaldo a las tareas de búsqueda, rescate, atención primaria y recuperación, mientras que los Estados Partes del MERCOSUR y sus Estados Asociados expresaron su disposición a colaborar con Colombia en las labores de rescate, asistencia y recuperación.
El mensaje adquiere una importancia particular porque la respuesta al desastre comenzó a adquirir una dimensión regional. La CELAC señaló que sus Estados miembros están dispuestos a colaborar de manera individual y colectiva, mientras que el MERCOSUR destacó la necesidad de una respuesta unida frente a emergencias y catástrofes que pueden superar las capacidades de un solo país. Colombia participa en el MERCOSUR como Estado Asociado, condición que permite mantener vínculos políticos, económicos y de cooperación con el bloque integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.
La declaración de la CELAC se produce además bajo la presidencia pro tempore de Uruguay, ejercida por el presidente Yamandú Orsi. El mandatario uruguayo manifestó la disposición de su país a proporcionar asistencia técnica y logística que sea requerida por Colombia y subrayó que los desastres naturales no reconocen fronteras ni diferencias políticas. Esta posición coloca a Uruguay en un papel relevante dentro de la coordinación política regional durante la emergencia.
La tragedia comenzó en la mañana del 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente colombiano. El epicentro se ubicó en las proximidades de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y el movimiento fue percibido ampliamente en el suroccidente del país. Ciudades como Cali, Pereira, Armenia, Manizales y Quibdó sufrieron daños de diferente magnitud, mientras que edificios colapsaron y numerosos servicios quedaron interrumpidos.
Durante las primeras horas, las autoridades trabajaron con cifras que cambiaban rápidamente a medida que los equipos de rescate ingresaban en edificios destruidos y recibían nuevos reportes de municipios aislados. La diferencia entre balances regionales y nacionales también generó confusión inicial. El comunicado del SELA todavía recogía una cifra preliminar de 181 fallecidos, mientras que posteriormente el Gobierno colombiano elevó el balance a 265 muertos y casi 500 desaparecidos. La evolución de las cifras refleja la dificultad de realizar un conteo definitivo en medio de una emergencia que afecta simultáneamente a varias regiones.
La dimensión humana del desastre es todavía mayor si se considera el número de personas que perdieron sus viviendas. Más de 25.000 familias han sido afectadas y miles de casas presentan daños o fueron completamente destruidas. Reuters informó que más de 9.550 viviendas habían quedado destruidas, mientras otras estimaciones oficiales y regionales continúan actualizando la dimensión de las pérdidas.
La situación más delicada se encuentra en los lugares donde los edificios colapsaron. Los equipos de rescate trabajan contra el tiempo para localizar a personas que puedan continuar con vida bajo los escombros. Las primeras 72 horas después de un terremoto son especialmente importantes para las operaciones de búsqueda, y durante estos días los rescatistas han utilizado perros especializados, equipos de detección y maquinaria pesada para localizar posibles sobrevivientes.
El terremoto también representa un enorme desafío logístico. Carreteras dañadas, interrupciones de servicios, edificios inestables y dificultades para trasladar equipos complican la llegada de ayuda a determinadas comunidades. En algunas zonas, las autoridades tuvieron que establecer controles y restricciones para mantener despejadas las áreas donde trabajan los equipos de emergencia.
La respuesta internacional comenzó prácticamente desde las primeras horas. Brasil, por ejemplo, anunció el envío de ayuda humanitaria después de conversaciones entre el canciller brasileño Mauro Vieira y su homólogo colombiano Omar Escobar. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva transmitió su solidaridad a las víctimas y ofreció apoyo en nombre del pueblo brasileño.
Otros países también ofrecieron asistencia. Estados Unidos, México, Venezuela, Perú, Panamá y varios gobiernos latinoamericanos expresaron su disposición a ayudar, mientras organismos internacionales y organizaciones humanitarias comenzaron a movilizar recursos. España anunció un primer paquete de ayuda de un millón de euros, destinado a refugios, agua, saneamiento y asistencia médica, además de desplegar organizaciones humanitarias en las zonas afectadas.
La ayuda internacional, sin embargo, estuvo acompañada por un debate sobre cómo y cuándo debe activarse la cooperación extranjera durante una catástrofe. En Colombia, la Cancillería establece que la cooperación internacional debe canalizarse oficialmente a través del Ministerio de Relaciones Exteriores y coordinarse con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). La normativa colombiana contempla que el llamamiento internacional se active cuando las capacidades nacionales resulten insuficientes.
En los primeros días de la emergencia surgió una controversia alrededor de la aceptación de equipos extranjeros especializados en búsqueda y rescate. Inicialmente, el Gobierno colombiano decidió no aceptar determinados equipos internacionales, argumentando que el país disponía de capacidades propias suficientes. Posteriormente, tras cambios en la dirección de la UNGRD, Colombia comenzó a aceptar equipos de países seleccionados que cumplían determinados estándares internacionales.
Este episodio muestra que la solidaridad regional no consiste solamente en declaraciones políticas. En una emergencia de esta magnitud, la coordinación debe determinar qué ayuda se necesita, dónde se necesita, quién puede entregarla y cómo evitar que la llegada de recursos termine obstaculizando las operaciones locales.
Una región acostumbrada a los terremotos
La tragedia colombiana también vuelve a colocar sobre la mesa la vulnerabilidad sísmica de América Latina.
Colombia se encuentra en una zona geológicamente compleja, debido a la interacción de las placas Sudamericana, Nazca y Caribe. El país forma parte además del entorno tectónico del Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las regiones con mayor actividad sísmica del planeta. Ciudades como Cali, Popayán, Quibdó, Pereira y Bucaramanga enfrentan diferentes niveles de riesgo sísmico.
El terremoto vuelve a demostrar que el problema no es solamente la magnitud de un movimiento. Las pérdidas humanas dependen también de la calidad de las construcciones, la planificación urbana, la preparación de la población y la capacidad de respuesta de las instituciones.
Especialistas han advertido que una parte importante de las construcciones colombianas no cumple necesariamente con los estándares sismorresistentes exigidos por las normas, especialmente en sectores de vivienda informal y algunas construcciones antiguas. Además, una proporción elevada de los planes de ordenamiento territorial del país se encuentra desactualizada, lo que dificulta la planificación preventiva.
El desastre, por tanto, no debería analizarse solamente como un fenómeno natural. También es una prueba de la capacidad de los Estados para prevenir, resistir y recuperarse frente a fenómenos extremos.
El antecedente que Colombia ya conocía
Colombia tiene memoria de grandes terremotos. Uno de los episodios más recordados ocurrió en 1999, cuando un terremoto de magnitud 6,2 devastó sectores del Eje Cafetero, particularmente Armenia y municipios de Quindío, Risaralda y Valle del Cauca.
Aquella tragedia dejó miles de víctimas y produjo una profunda transformación de las políticas de reconstrucción, vivienda e infraestructura. El Gobierno actual incluso ha tomado ese episodio como referencia para la respuesta económica al desastre de 2026.
La comparación con 1999 resulta inevitable. Sin embargo, el terremoto de 2026 plantea una dificultad adicional: ocurre en un momento de transición política, apenas tres días después de la llegada al poder del presidente Abelardo de la Espriella.
El nuevo mandatario se encontró prácticamente desde el comienzo de su administración frente a una emergencia nacional que obliga a movilizar recursos públicos, coordinar fuerzas militares y civiles, atender a miles de familias y comenzar una reconstrucción que podría prolongarse durante años.
De la emergencia al Fondo Milagro
El Gobierno colombiano anunció una emergencia económica para acelerar la recuperación y crear mecanismos extraordinarios de financiación. De la Espriella también anunció la creación del denominado Fondo Milagro, destinado a canalizar recursos nacionales e internacionales para reconstruir viviendas, hospitales, escuelas e infraestructura.
La medida representa un cambio importante en la gestión de la crisis. La primera etapa estuvo concentrada en salvar vidas; la segunda comienza a enfocarse en garantizar alojamiento, alimentación, servicios básicos y atención médica; la tercera será mucho más compleja: reconstruir las comunidades afectadas.
La reconstrucción requerirá recursos extraordinarios porque el terremoto no destruyó únicamente viviendas. También afectó carreteras, establecimientos comerciales, hospitales, escuelas, edificios públicos, redes de servicios y actividades productivas.
Para miles de familias, el problema será doble: encontrar un lugar donde vivir y recuperar la fuente de ingresos que perdieron como consecuencia de la destrucción.
MERCOSUR y CELAC ante una nueva prueba de integración
La respuesta a Colombia también representa una oportunidad para demostrar que la integración latinoamericana puede funcionar más allá del comercio y la diplomacia.
Durante décadas, organismos como CELAC y MERCOSUR han construido mecanismos de diálogo político, económico y social. Pero las grandes catástrofes naturales obligan a llevar esa cooperación a un terreno mucho más concreto: equipos médicos, hospitales de campaña, logística, alimentos, agua, infraestructura temporal, búsqueda y rescate, expertos en evaluación estructural y financiación para la reconstrucción.
El propio SELA ha impulsado durante años una agenda destinada a aumentar la coordinación entre los distintos mecanismos regionales de integración. CELAC, MERCOSUR, CAN, ALADI, CARICOM y otros organismos han trabajado en la identificación de áreas donde la cooperación regional puede evitar duplicaciones y mejorar la utilización de recursos.
La tragedia colombiana convierte ahora esa discusión institucional en una necesidad práctica.
Un terremoto no respeta fronteras políticas. Una crisis sanitaria, un huracán, una inundación o un incendio forestal tampoco. La capacidad de una región para responder conjuntamente puede marcar la diferencia entre una ayuda que llega tarde y una operación coordinada desde las primeras horas.
Antes, ahora y después
Antes del terremoto, América Latina contaba con múltiples mecanismos de integración y cooperación, pero buena parte de ellos estaban orientados principalmente al comercio, la infraestructura, la diplomacia, la energía y el desarrollo económico.
Ahora, Colombia enfrenta una de las mayores emergencias naturales de los últimos años y la región observa cómo convertir declaraciones de solidaridad en asistencia concreta. CELAC y MERCOSUR ya expresaron su disposición a colaborar, mientras gobiernos como Brasil y España comenzaron a movilizar recursos.
Después vendrá la etapa más difícil: la reconstrucción. El desafío será evitar que la ayuda internacional se limite a la emergencia inmediata y conseguir que contribuya también a reconstruir viviendas más seguras, modernizar hospitales y escuelas, mejorar las carreteras y fortalecer los sistemas nacionales de prevención.
La tragedia puede convertirse así en una prueba decisiva para la integración latinoamericana. Si los países consiguen coordinar capacidades, compartir tecnología, financiar la reconstrucción y fortalecer sus sistemas de respuesta, el terremoto habrá demostrado que la solidaridad regional puede transformarse en una herramienta concreta de protección humana.
Pero si la cooperación queda reducida a comunicados y expresiones diplomáticas, la oportunidad será mucho menor.
El mensaje de CELAC y MERCOSUR llega en un momento en que Colombia necesita mucho más que condolencias: necesita tiempo, recursos, equipos especializados y capacidad para reconstruir. La emergencia sísmica pone a prueba no solo al nuevo Gobierno colombiano, sino también la capacidad de América Latina para demostrar que la integración puede significar algo concreto cuando una nación enfrenta una tragedia que supera sus fronteras.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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