China está llevando adelante una de las transformaciones territoriales y agropecuarias más ambiciosas del mundo: zonas de la Mongolia Interior que durante décadas estuvieron marcadas por la desertificación, las dunas y la escasez de vegetación están siendo convertidas progresivamente en espacios de producción agrícola, ganadera y energética. En Tongliao, una de las áreas más representativas de este proceso, la recuperación de tierras degradadas se combina con pasturas, cultivos, energía solar y eólica, tecnología aplicada al manejo del ganado y programas de mejoramiento genético. El resultado es una nueva frontera agropecuaria que no solo modifica el paisaje del norte de China, sino que también tiene consecuencias sobre el mercado internacional de carne bovina. El fenómeno adquiere especial importancia para América del Sur porque, mientras China incrementa su capacidad productiva interna, al mismo tiempo está restringiendo mediante cuotas las importaciones de carne, con una sobretasa del 55 % para los volúmenes que superen determinados límites. Brasil, Argentina y Uruguay, tres grandes proveedores del mercado chino, se encuentran directamente expuestos a esta nueva estrategia de Pekín.
La historia comienza mucho antes de que aparecieran los actuales campos productivos. Durante décadas, amplias zonas de la Mongolia Interior sufrieron procesos de desertificación, erosión del suelo y avance de las dunas, agravados por condiciones climáticas adversas y por determinadas prácticas de utilización de la tierra. La respuesta china fue desarrollar programas de restauración ecológica que combinaron reforestación, recuperación de pastizales, control del movimiento de las arenas y restricciones al sobrepastoreo.
En Tongliao, esos esfuerzos comenzaron a modificar progresivamente el paisaje. De acuerdo con información difundida por organismos chinos, la cobertura de vegetación de las praderas de la ciudad se ha estabilizado actualmente por encima del 64 %, mientras continúan los programas de control de la desertificación y recuperación de humedales. La cifra es importante porque no significa que todo el territorio desértico haya sido convertido en tierras agrícolas: refleja principalmente la recuperación de la cobertura vegetal y de los ecosistemas de pastizales.
El cambio tampoco puede atribuirse exclusivamente a la plantación de árboles. China desarrolló un modelo que combina restauración ambiental, ganadería, agricultura y energía renovable. En distintas áreas de Mongolia Interior se instalaron grandes proyectos solares y eólicos, y algunos de ellos fueron diseñados para generar electricidad mientras contribuían al control de la desertificación. En determinados proyectos de control del desierto mediante instalaciones fotovoltaicas, la cobertura vegetal pasó de menos del 5 % a más del 30 %, según información oficial china.
Esto está creando un modelo productivo particularmente singular: la misma superficie puede cumplir simultáneamente funciones ecológicas, energéticas y económicas. Las instalaciones solares generan electricidad, la vegetación ayuda a estabilizar los suelos y la recuperación de pastizales proporciona recursos para la ganadería.
De las dunas al ganado
El caso de Tongliao resulta especialmente importante porque la recuperación ambiental coincidió con una expansión de la actividad ganadera. La información publicada por Brasil Confidencial señala que la región alberga alrededor de 4 millones de cabezas de ganado, mientras que la producción de forraje y los sistemas de alimentación permiten sostener una actividad bovina cada vez más tecnificada.
La ganadería de la Mongolia Interior no es completamente nueva. La región posee una larga tradición de producción pecuaria y de utilización de los pastizales. Lo que está cambiando es la escala y la tecnología utilizada.
En 2025, la superficie destinada a la producción artificial de forraje en Mongolia Interior superó los 20,9 millones de mu, equivalentes a aproximadamente 1,39 millones de hectáreas. Las autoridades chinas están impulsando además sistemas de manejo de pastizales destinados a elevar la productividad sin repetir los problemas de sobrepastoreo que contribuyeron históricamente a la degradación ambiental.
La transformación también alcanza a la alimentación del ganado. Investigaciones recientes muestran un creciente interés en integrar producción agrícola y ganadera, de manera que cultivos, forrajes y animales formen parte de un mismo sistema productivo. Un estudio publicado en Agricultural Systems en 2026 encontró que una integración moderada entre cultivos y ganado puede reducir los costos de alimentación y disminuir emisiones relacionadas con transporte y manejo de residuos.
La segunda revolución: genética para producir más carne
La transformación territorial tiene una segunda dimensión menos visible pero igualmente importante: la genética animal.
China está utilizando programas de inseminación artificial y mejoramiento genético para cruzar razas locales con animales europeos de mayor rendimiento. Entre las razas utilizadas aparecen Angus y Simmental, conocidas por su capacidad de producción de carne.
El objetivo no consiste simplemente en aumentar el tamaño de los animales. Los programas buscan combinar resistencia al frío, adaptación a las condiciones locales y mayor rendimiento cárnico. De acuerdo con el reportaje de Brasil Confidencial, algunos híbridos pueden alcanzar pesos considerablemente superiores a los animales locales tradicionales.
La investigación científica confirma que Tongliao ya funciona como un importante centro de producción bovina. Estudios recientes sobre ganado Simmental utilizaron animales procedentes de explotaciones de la propia ciudad, demostrando que la región posee infraestructura ganadera especializada y poblaciones bovinas sometidas a programas de selección genética.
Incluso la sanidad animal se ha convertido en parte de este proceso de modernización. Investigadores identificaron recientemente la presencia de bovino kobuvirus en explotaciones de ganado de Tongliao y otras zonas de Mongolia Interior, lo que demuestra que la expansión de la producción también exige vigilancia veterinaria, control epidemiológico y protocolos sanitarios cada vez más sofisticados.
China quiere depender menos de la carne extranjera
Aquí aparece la conexión directa con Brasil y el Mercosur.
China se convirtió durante las últimas décadas en el principal comprador mundial de carne bovina. Su demanda creció rápidamente a medida que aumentaron los ingresos de la población y cambió la estructura de consumo de proteínas.
Pero Pekín comenzó a considerar excesiva su dependencia de proveedores extranjeros. Según los datos citados por Brasil Confidencial, las importaciones chinas de carne bovina pasaron de menos de 500.000 toneladas en 2015 a 2,87 millones de toneladas en 2024, multiplicándose aproximadamente por seis. Al mismo tiempo, el rebaño bovino chino creció de manera significativa.
La estrategia actual combina entonces dos caminos: aumentar la productividad doméstica y controlar el crecimiento de las importaciones.
La decisión comercial más importante entró en vigor el 1 de enero de 2026. China estableció cuotas específicas por país para las importaciones de carne bovina y determinó que los volúmenes que excedan esas cuotas estarán sujetos a una sobretasa adicional del 55 %. Para Brasil, la cuota de 2026 fue fijada en 1,106 millones de toneladas, con una tarifa de 12 % dentro del contingente.
No se trata, por tanto, de un impuesto exclusivo contra Brasil. Es una medida de salvaguardia aplicada a distintos proveedores, aunque Brasil es uno de los países más afectados debido al enorme volumen que tradicionalmente vende al mercado chino.
La presión ya llegó a Brasil
La situación cambió rápidamente durante 2026.
A comienzos de agosto, los datos oficiales chinos mostraban que Brasil había utilizado aproximadamente el 90 % de su cuota anual, con 995.400 toneladas ya despachadas o nacionalizadas según el criterio utilizado por las autoridades chinas. El límite brasileño es de 1,106 millones de toneladas.
El problema es todavía mayor porque existe una diferencia entre la forma en que China contabiliza la mercadería y la manera en que parte del sector brasileño calcula los embarques. Pekín considera el volumen cuando la carga es despachada en aduana, mientras algunos operadores brasileños consideran también la carne que ya salió de los puertos pero todavía se encuentra en tránsito.
Esa diferencia puede generar un problema para frigoríficos que tienen mercadería navegando hacia China y que podrían encontrarse con que parte de esos cargamentos queda fuera del contingente.
La consecuencia ya comienza a sentirse. En julio, Brasil exportó a China aproximadamente 85.700 toneladas de carne bovina, un 47 % menos que en junio, mientras los ingresos mensuales procedentes de ese mercado cayeron a unos US$ 537,8 millones.
La nueva China cambia las reglas para el Mercosur
El efecto no se limita a Brasil.
Argentina tiene una fuerte exposición al mercado chino y Uruguay también utiliza a China como uno de sus principales destinos para la carne bovina. Al modificar sus cuotas, Pekín puede alterar los flujos comerciales dentro del propio Mercosur.
En agosto, China amplió la cuota asignada a Uruguay de 200.000 a 300.000 toneladas y mantuvo condiciones favorables para Argentina durante determinados meses, creando una ventana comercial que puede beneficiar a los proveedores rioplatenses mientras Brasil se acerca al límite de su contingente.
Esto genera una situación paradójica: China continúa siendo un mercado fundamental para el Mercosur, pero simultáneamente está utilizando su enorme poder de compra para negociar mejores condiciones con cada proveedor.
La región sudamericana deberá entonces competir no solamente en precio, sino también en trazabilidad, calidad, sanidad, logística y capacidad de diversificar destinos.
El desafío ambiental: convertir un desierto no significa crear agua
El éxito chino también debe analizarse con cautela.
La recuperación de tierras degradadas puede producir enormes beneficios ambientales, pero no todos los desiertos pueden ni deben convertirse en tierras agrícolas. La disponibilidad de agua constituye la principal limitación.
La investigación publicada por Nature Food advierte que las estrategias de recuperación ambiental y agrícola en China presentan importantes compromisos. Un escenario de continuidad de determinadas políticas podría generar pérdidas considerables de producción agrícola y ganadera en áreas donde la tierra no es adecuada para determinados usos. El estudio plantea que adaptar el uso del suelo —incluyendo la conversión de tierras agrícolas poco aptas hacia pastizales naturales o pasturas cultivadas— puede producir mejores resultados que intentar cultivar indiscriminadamente.
La experiencia china, por lo tanto, no puede resumirse en la idea de que “China convirtió el desierto en tierra fértil”. El proceso real es mucho más complejo: restauración de ecosistemas, recuperación de pastizales, selección de áreas aptas para agricultura, irrigación donde resulta viable, generación de energía y utilización tecnológica de territorios que antes tenían una productividad muy limitada.
Una nueva frontera para la seguridad alimentaria
La importancia estratégica del proyecto va mucho más allá de la producción de carne.
China posee una población enorme y una disponibilidad limitada de tierras agrícolas per cápita. Al mismo tiempo, el país busca reducir su vulnerabilidad frente a interrupciones internacionales de las cadenas de suministro.
Por eso, la transformación de zonas áridas y semiáridas forma parte de una estrategia más amplia de seguridad alimentaria nacional.
Las autoridades chinas están impulsando una agricultura que combina granos, cultivos comerciales, forraje, ganadería, acuicultura, tecnología y procesamiento industrial. La política oficial busca integrar agricultura y ganadería en cadenas productivas de mayor valor agregado.
En Mongolia Interior, esto se traduce en una cadena que comienza en el territorio restaurado, continúa con la producción de forraje y ganado y termina en industrias de procesamiento de carne, lácteos y otros productos agropecuarios.
Antes, ahora y después
Antes, amplias zonas de Mongolia Interior estaban dominadas por problemas de desertificación, movilidad de las dunas y degradación de los pastizales. La producción ganadera dependía en gran medida de sistemas tradicionales y las condiciones climáticas imponían fuertes límites a la productividad.
Ahora, China combina restauración ecológica, recuperación de pastizales, agricultura, ganadería intensiva, genética, sensores digitales y energías renovables. Tongliao se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de esa transición, mientras Mongolia Interior desarrolla cadenas industriales vinculadas con carne bovina, cordero, lácteos, maíz, papa y otros productos.
Después, el desafío será demostrar que este modelo puede mantenerse durante décadas sin agotar el agua, degradar nuevamente los suelos o generar una dependencia excesiva de sistemas artificiales de producción. La sostenibilidad será tan importante como la productividad.
Si China logra mantener esa combinación de restauración ecológica y producción agropecuaria, la experiencia podría convertirse en una referencia internacional para regiones áridas que buscan recuperar tierras degradadas. Pero si la expansión productiva supera la capacidad hídrica y ecológica de los territorios, algunos de los avances podrían ser difíciles de sostener.
Una amenaza y una oportunidad para América del Sur
Para Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, la transformación china representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad.
La amenaza es evidente: si China aumenta su producción doméstica y reduce gradualmente su dependencia de las importaciones, el crecimiento de la demanda externa podría desacelerarse. Y cuando el principal comprador mundial reduce sus compras o impone cuotas, los grandes exportadores sudamericanos necesitan encontrar otros mercados.
La oportunidad está en que la demanda china todavía es enorme y el país seguirá necesitando carne importada durante muchos años. La cuestión será determinar qué proveedores podrán ocupar los espacios que China mantenga abiertos y cuáles quedarán fuera por razones de precio, calidad, sanidad o restricciones comerciales.
Para Brasil, la urgencia es especialmente grande. En 2025 China representó una parte extraordinaria de sus exportaciones de carne bovina y, para 2026, la cuota china es considerablemente inferior al volumen que el país venía colocando allí. Reuters ya había advertido que el nuevo sistema podría obligar a Brasil a reorganizar su estrategia exportadora y buscar mercados alternativos.
El escenario también modifica la competencia dentro del propio Mercosur. Argentina y Uruguay pueden beneficiarse temporalmente de espacios adicionales en el mercado chino, mientras Brasil necesita redistribuir parte de su producción hacia otros compradores.
La gran lección de Tongliao, por tanto, no está solamente en cómo China combate la desertificación. Está en cómo un país puede utilizar ecología, tecnología, genética, energía y política comercial como piezas de una misma estrategia de seguridad alimentaria.
China no está simplemente plantando árboles en el desierto. Está intentando construir un nuevo sistema productivo en territorios que durante mucho tiempo fueron considerados marginales. Y mientras esa transformación avanza, Pekín está utilizando su posición como mayor comprador mundial de carne para redefinir las reglas del comercio internacional.
Para los productores sudamericanos, el mensaje es claro: el mercado chino seguirá siendo enorme, pero ya no puede ser considerado un destino garantizado ni ilimitado. La transformación que ocurre en la Mongolia Interior está cambiando simultáneamente el paisaje chino, la producción de carne y las condiciones bajo las cuales Brasil, Argentina y Uruguay podrán venderle al gigante asiático en los próximos años.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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