La inteligencia artificial avanza a una velocidad que está transformando el trabajo, la economía, la política y las relaciones sociales. Sin embargo, un grupo de investigadores advierte que existe un problema paralelo: mientras aumenta la influencia de las empresas tecnológicas sobre el desarrollo de la IA, se debilita la investigación independiente destinada a comprender cómo estas tecnologías pueden modificar la sociedad.
El planteamiento aparece en un análisis publicado por The New York Times y difundido por Infobae, firmado por Henry J. Farrell, profesor de democracia y asuntos internacionales de la Universidad Johns Hopkins; Alison Gopnik, profesora de psicología de la Universidad de California, Berkeley; y James Evans, profesor de sociología y ciencia de datos de la Universidad de Chicago. Los tres sostienen que la sociedad necesita fortalecer nuevamente las ciencias sociales para comprender las consecuencias de la revolución tecnológica.
La comparación que utilizan se remonta a la Revolución Industrial del siglo XIX. La transformación provocada por las máquinas produjo cambios profundos: millones de personas abandonaron las zonas rurales para trasladarse a las ciudades, aparecieron nuevas formas de trabajo, surgieron conflictos políticos y sociales y aumentaron problemas como las enfermedades y las malas condiciones laborales. Aquella transformación generó una necesidad de estudiar sistemáticamente lo que estaba ocurriendo.
De ese proceso surgieron o se consolidaron disciplinas como la sociología, la economía, la ciencia política, la psicología y posteriormente la ciencia cognitiva, que comenzaron a proporcionar herramientas para analizar los cambios económicos, políticos y humanos derivados de la industrialización. Los autores sostienen que una función semejante será necesaria durante la actual transformación impulsada por la inteligencia artificial.
El problema: quién estudia los efectos de la IA
La preocupación central del análisis es que la investigación pública en ciencias sociales estaría perdiendo capacidad precisamente cuando más se necesita.
Los autores señalan que durante la administración de Donald Trump se produjo un fuerte retroceso en la financiación federal destinada a las ciencias sociales y del comportamiento en Estados Unidos. Paralelamente, las empresas de inteligencia artificial comenzaron a destinar cantidades importantes de dinero a investigaciones destinadas a comprender los efectos sociales y económicos de sus propias tecnologías.
El fenómeno genera una tensión evidente. Las compañías tecnológicas necesitan conocer cómo reaccionará la sociedad ante la IA, pero también tienen intereses comerciales y estratégicos relacionados con el éxito de esa misma tecnología.
Por eso, los investigadores advierten que existe el riesgo de que las preguntas científicas terminen siendo determinadas por quienes desarrollan la tecnología y no necesariamente por las necesidades de la sociedad.
OpenAI y Anthropic aumentan su inversión
El artículo pone como ejemplo a OpenAI y Anthropic, dos de las empresas más importantes del actual desarrollo de inteligencia artificial.
Según los autores, la Fundación OpenAI ha comprometido 250 millones de dólares para proyectos destinados a comprender y apoyar la transición hacia una economía centrada en la IA y compartir sus beneficios.
Anthropic, por su parte, anunció una inversión de 200 millones de dólares para investigación externa destinada a preparar a la sociedad frente a los impactos económicos de la inteligencia artificial.
En conjunto, los 450 millones de dólares mencionados en el artículo representan más del doble de los 216 millones de dólares que la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos —NSF— había presupuestado para las ciencias sociales en 2024, antes de los cambios posteriores en la financiación.
El problema, según los autores, no es necesariamente que las empresas privadas financien investigación. El riesgo aparece cuando la investigación financiada por la industria termina ocupando el espacio que anteriormente correspondía a instituciones públicas independientes.
Las preguntas que todavía no tienen respuesta
La discusión adquiere mayor importancia cuando se observa la cantidad de cuestiones que la expansión de la IA todavía plantea.
¿Qué empleos serán reemplazados o transformados? ¿Cómo cambiará la economía? ¿Qué ocurrirá con los sistemas tributarios? ¿Cómo deberán modificarse las políticas de protección social? ¿Qué efectos tendrá la inteligencia artificial sobre las relaciones personales?
Pero las preguntas también alcanzan a la democracia.
Los autores plantean si una inteligencia artificial capaz de generar mensajes personalizados podrá persuadir a las personas para modificar sus opiniones políticas, y si esa capacidad terminará fortaleciendo o debilitando la democracia y la circulación de información confiable.
Son cuestiones que no pueden responderse únicamente desde la ingeniería informática. Requieren economistas, sociólogos, politólogos, psicólogos, especialistas en comunicación, filósofos y otros investigadores capaces de estudiar el comportamiento humano y las instituciones.
El riesgo de que la tecnología estudie a la sociedad sin una sociedad que la controle
Uno de los puntos más relevantes del análisis es la advertencia sobre un posible desequilibrio de poder.
Si los laboratorios de IA cuentan con enormes recursos para estudiar los efectos de sus productos mientras las universidades y organismos públicos pierden financiación, las empresas pueden terminar definiendo cuáles son las preguntas importantes sobre el futuro de la inteligencia artificial.
Los autores reconocen que las compañías pueden buscar respuestas científicas honestas. Sin embargo, sostienen que sus prioridades estarán inevitablemente condicionadas por sus propios intereses.
El artículo señala que, mientras ciudadanos de diferentes comunidades protestan contra la instalación de centros de datos y los políticos compiten por atraer inversiones tecnológicas, las empresas de IA tienen mayor interés en facilitar la transición hacia la inteligencia artificial que en cuestionar si esa transición debería producirse de determinada manera o bajo qué condiciones.
Una propuesta: investigación independiente
Los investigadores no plantean que las empresas tecnológicas deban abandonar la investigación social. Proponen, en cambio, que cuando las compañías financien estudios sobre el impacto de la IA existan órganos de decisión integrados por expertos independientes, sin subordinación a los intereses empresariales.
La finalidad sería garantizar que las investigaciones incorporen las preguntas y preocupaciones de la sociedad y no solamente las necesidades de las compañías que desarrollan la tecnología.
La propuesta también apunta a recuperar la financiación pública de las ciencias sociales. La lógica es sencilla: si la IA va a transformar la sociedad, la sociedad necesita instituciones capaces de estudiar esa transformación desde una posición independiente.
América Latina y el Mercosur tampoco están fuera del desafío
Aunque el análisis se centra fundamentalmente en Estados Unidos, sus preguntas tienen una dimensión internacional. La inteligencia artificial no se limita a Silicon Valley ni a las grandes economías tecnológicas.
Para América Latina y, particularmente, para los países del Mercosur, el debate puede resultar decisivo en áreas como empleo, educación, administración pública, industria, comercio, medios de comunicación y formación profesional.
La pregunta no debería ser solamente qué herramientas de inteligencia artificial podrán utilizar los países de la región, sino también qué impacto tendrán sobre sus trabajadores, empresas, universidades, gobiernos y ciudadanos.
La investigación independiente puede ayudar a determinar si la IA contribuye a reducir desigualdades, aumenta la productividad y mejora los servicios públicos o, por el contrario, profundiza brechas económicas y educativas.
La inteligencia artificial puede cambiar profundamente la sociedad, pero todavía no sabemos exactamente cómo lo hará. Precisamente por eso, los autores sostienen que estudiar sus consecuencias no puede quedar exclusivamente en manos de quienes construyen la tecnología. El desafío de esta nueva revolución no consiste solamente en crear máquinas cada vez más capaces, sino en desarrollar instituciones y conocimientos capaces de comprender qué ocurre con las personas cuando esas máquinas entran en prácticamente todos los ámbitos de la vida.
Foto: Imagen ilustrativa / Infobae
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