Un estudio del Instituto Weizmann de Ciencias descubrió que los niños pueden desarrollar formas de razonamiento científico mucho más sofisticadas de lo que tradicionalmente se suponía. La investigación, realizada con estudiantes de segundo a sexto grado, muestra que una modificación aparentemente sencilla en la manera de formular las preguntas puede ayudar a los chicos a pasar de describir un fenómeno a explicar cómo funciona.
La diferencia está en el tipo de respuesta que provoca cada pregunta. Cuando un adulto pregunta a un niño “¿por qué ocurre esto?”, la respuesta puede terminar en una finalidad o en una descripción general. En cambio, preguntar “¿cómo ocurre?” impulsa al niño a buscar una secuencia de causas, procesos y consecuencias.
Para los investigadores, este segundo tipo de explicación puede considerarse mecanicista, porque intenta identificar los mecanismos que producen un fenómeno. Por ejemplo, ante la pregunta de por qué una planta crece hacia la luz, una respuesta basada en una finalidad podría afirmar que lo hace “para sobrevivir”. Una explicación mecanicista intenta reconstruir el proceso: la planta detecta la luz, transmite señales internas y modifica su crecimiento en esa dirección.
Los niños ya poseen herramientas para razonar científicamente
El equipo entrevistó a más de 50 niños de segundo a sexto grado. Primero les pidió explicar distintos fenómenos biológicos y posteriormente evaluar diferentes explicaciones para otros fenómenos.
El resultado fue especialmente significativo: el 68% de los participantes produjo explicaciones mecanicistas. No siempre las respuestas contenían información biológica completamente correcta, pero sí presentaban una estructura de razonamiento basada en una causa, un proceso y un resultado.
Esto llevó a los investigadores a una conclusión importante: un niño puede no conocer todavía todos los datos científicos necesarios y, aun así, tener desarrollada la estructura mental necesaria para construir una explicación científica.
Es una diferencia relevante para la educación. Una respuesta incorrecta desde el punto de vista de los datos no necesariamente significa que el proceso de pensamiento sea deficiente. Puede existir una buena estructura lógica que necesita ser completada con conocimientos científicos.
Los niños también saben reconocer una buena explicación
El estudio no se limitó a preguntarles a los estudiantes qué pensaban sobre determinados fenómenos. Los investigadores también les presentaron diferentes explicaciones y observaron cuáles elegían.
Los niños mostraron una clara preferencia por las explicaciones mecanicistas. Para decidir, utilizaban principalmente dos criterios: la precisión y el poder explicativo.
La precisión estaba relacionada con lo que ya sabían. Los estudiantes comparaban las explicaciones con conocimientos adquiridos en la escuela, en su entorno familiar o mediante experiencias personales.
Pero hubo otro elemento todavía más interesante: con frecuencia escogían una explicación porque les permitía comprender paso a paso cómo funcionaba algo, incluso cuando no podían comprobar completamente todos sus datos.
Una de las observaciones más reveladoras del estudio fue que los niños podían detectar cuándo una explicación simplemente describía el resultado sin explicar el mecanismo. En otras palabras, comprendían que decir qué ocurre no es necesariamente lo mismo que explicar cómo ocurre.
El desafío para las escuelas
Los investigadores consideran que este descubrimiento plantea una cuestión importante para los sistemas educativos. En muchas ocasiones, las evaluaciones escolares se concentran en determinar si el alumno dio la respuesta correcta.
Pero existe otra pregunta que puede ser igualmente importante: ¿cómo llegó el estudiante a esa respuesta?
El profesor Michal Haskel-Ittah, responsable del estudio, sostiene que si los niños solamente reciben reconocimiento cuando aciertan, pueden terminar aprendiendo a repetir información memorizada. En cambio, si también se valora el razonamiento que utilizaron para llegar a una conclusión, incluso cuando todavía contiene errores científicos, se puede fortalecer su capacidad de pensar.
Esto cambia el papel del error dentro del aprendizaje. Una respuesta equivocada no necesariamente debe ser descartada de inmediato. Si el niño estableció correctamente una relación entre causa y efecto, el docente puede aprovechar esa estructura para introducir los conocimientos que faltan y corregir progresivamente la explicación.
Una pregunta sencilla que pueden utilizar padres y profesores
La investigación plantea una herramienta educativa de enorme sencillez.
Cuando un niño responde algo sobre un fenómeno natural, en lugar de terminar la conversación con la respuesta correcta, el adulto puede continuar preguntando:
“Sí, pero ¿cómo ocurre?”
Esa segunda pregunta puede obligar al niño a profundizar. En el estudio, cuando los investigadores orientaban de esta manera a los participantes, muchos conseguían ampliar sus explicaciones y acercarse a un razonamiento basado en mecanismos.
La estrategia puede aplicarse a situaciones cotidianas. Si un niño pregunta por qué llueve, por qué una semilla crece, cómo vuela un avión o cómo se infla un pez globo, el objetivo no tiene que ser ofrecer inmediatamente una explicación completa.
También se puede devolver la pregunta al niño: “¿Cómo crees que sucede?”
De esa manera se estimula la observación, la formulación de hipótesis y la búsqueda de relaciones entre diferentes hechos.
No se trata solamente de formar científicos
Una de las conclusiones más amplias del estudio es que esta forma de razonamiento no debería limitarse a quienes posteriormente quieran dedicarse a la ciencia.
La capacidad de analizar causas, distinguir una explicación sólida de una afirmación sin fundamento y preguntarse cómo funciona un fenómeno puede resultar útil prácticamente en cualquier ámbito de la vida.
En una sociedad donde circulan grandes cantidades de información, aprender a preguntar cómo se llegó a una conclusión puede ayudar también a evaluar afirmaciones, detectar explicaciones débiles y evitar aceptar automáticamente una respuesta solamente porque parece convincente.
El objetivo, por tanto, no sería producir únicamente futuros investigadores, sino ciudadanos capaces de analizar información y construir sus propias explicaciones.
La enseñanza que deja esta investigación es sencilla, pero profunda: la curiosidad infantil ya contiene buena parte de las herramientas necesarias para comenzar a pensar científicamente. La tarea de padres y educadores puede consistir menos en entregar inmediatamente todas las respuestas y más en enseñar a los niños a buscar los mecanismos que hay detrás de aquello que observan. A veces, cambiar una sola palabra —de “¿por qué?” a “¿cómo?”— puede abrir la puerta a una forma mucho más profunda de entender el mundo.
Foto: Instituto Weizmann de Ciencias
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