Un fósil que permaneció durante décadas expuesto a las duras condiciones del Ártico terminó revelando una especie desconocida de gran tamaño que vivió hace más de 230 millones de años. El animal, hallado en 1948 en Bjørnøya, la llamada Isla del Oso, en el archipiélago noruego de Svalbard, fue identificado ahora como Arctobatrachus urdensis, el mayor plagiosáurido conocido hasta el momento.
El descubrimiento tiene una particularidad poco habitual en paleontología. Cuando una expedición británica encontró el esqueleto en 1948, las condiciones del lugar impidieron retirar todos los restos. Los investigadores recuperaron algunos huesos y tomaron fotografías del ejemplar tal como se encontraba en el terreno. El material permaneció allí durante décadas, sometido al frío, la humedad, el hielo y otros procesos de deterioro.
Finalmente, en 1985, una expedición noruega regresó a Bjørnøya y completó la recuperación del fósil. Para entonces, buena parte de los huesos había sufrido daños adicionales. Algunos fragmentos se habían desplazado y otros se habían perdido, de modo que las fotografías originales de 1948 adquirieron una importancia extraordinaria: permitieron a los paleontólogos reconstruir partes del esqueleto que ya no podían estudiarse directamente.
Una criatura de más de dos metros
El nuevo animal fue bautizado científicamente como Arctobatrachus urdensis. El estudio publicado en Papers in Palaeontology señala que su longitud corporal superaba ampliamente los dos metros, convirtiéndolo, por amplio margen, en el mayor integrante conocido de la familia Plagiosauridae. La fuente divulgativa estima que podía superar los 2,7 metros.
Los plagiosáuridos pertenecían a los temnospóndilos, un amplio grupo de vertebrados acuáticos que vivió durante el Triásico. Aunque superficialmente podían recordar a grandes anfibios, su anatomía era muy particular y algunos desarrollaron cuerpos extremadamente planos, adaptados a permanecer cerca del fondo de ambientes acuáticos.
Arctobatrachus urdensis rompe parcialmente con esa imagen tradicional. Su enorme tamaño, la robustez de sus mandíbulas y la estructura de su cráneo indican que ocupaba un nicho ecológico mucho más imponente que el de otros miembros conocidos del grupo.
Una cabeza extraordinariamente ancha
Uno de los elementos que más sorprendió a los investigadores es el cráneo. El techo craneal conservado mide aproximadamente 21 centímetros de longitud en su línea media, pero alcanza unos 70 centímetros de ancho. El resultado es una estructura extremadamente aplanada y ancha, cuyo contorno se aproxima a un semicírculo.
La configuración de la cabeza también aporta información sobre la forma en que el animal se alimentaba. El estudio identifica una combinación de dientes grandes, colmillos y numerosos dientes pequeños distribuidos en diferentes regiones de la boca. Esa arquitectura habría permitido atrapar y sujetar presas dentro de un aparato bucal particularmente desarrollado.
Los investigadores consideran que Arctobatrachus urdensis representa el primer plagiosáurido conocido con características compatibles con un depredador de alto nivel dentro de su ecosistema. Su cuerpo grande y pesado, acompañado por una mandíbula robusta y una apertura bucal considerable, lo diferenciaba de otros representantes del grupo.
Un depredador en aguas que no eran completamente continentales
Otro aspecto particularmente importante del descubrimiento es el lugar donde apareció el fósil.
El ejemplar procede de depósitos del Triásico Medio con origen marino o influencia marina en Bjørnøya. Esto resulta relevante porque tradicionalmente los plagiosáuridos han sido relacionados principalmente con ambientes de agua dulce, como lagos y ríos.
La presencia de Arctobatrachus urdensis en este tipo de sedimentos indica que determinados integrantes de la familia podían tolerar ambientes con influencia marina, ampliando considerablemente el panorama sobre los lugares en los que estos animales podían vivir.
No significa necesariamente que todos los plagiosáuridos fueran animales marinos. Lo que aporta este fósil es evidencia de que, al menos para esta especie, la relación con ambientes costeros o marinos era posible.
Una ventana a la evolución de los plagiosáuridos
El análisis evolutivo también coloca a Arctobatrachus urdensis cerca de la base del árbol evolutivo de los plagiosáuridos. Esto convierte al fósil en algo más importante que un simple récord de tamaño.
La especie conserva varias características consideradas primitivas dentro del grupo. Entre ellas aparecen una cintura pectoral particularmente desarrollada, ciertas características de las vértebras y una configuración del cráneo diferente de la observada en miembros más evolucionados de la familia.
Los investigadores plantean que los primeros plagiosáuridos probablemente conservaban una anatomía relativamente adecuada para una locomoción acuática más activa. Posteriormente, diferentes ramas evolucionaron hacia cuerpos cada vez más aplanados y especializados para vivir cerca del fondo de los ambientes acuáticos.
En ese sentido, el fósil de Svalbard permite observar una etapa temprana de esa transformación.
El Ártico no siempre fue como lo conocemos hoy
El descubrimiento también recuerda que la geografía y el clima del planeta eran radicalmente diferentes durante el Triásico.
Bjørnøya se encuentra actualmente en el Ártico, dentro del archipiélago de Svalbard. Sin embargo, el fósil demuestra que hace más de 230 millones de años la región formaba parte de un ambiente completamente distinto, capaz de albergar ecosistemas acuáticos con grandes vertebrados.
La presencia de un animal de semejante tamaño en estos antiguos depósitos proporciona información adicional para reconstruir los ecosistemas que existieron en las regiones que hoy forman parte del extremo norte de Europa.
Un fósil deteriorado que volvió a la vida gracias a fotografías
La historia del ejemplar constituye también una lección sobre la importancia de conservar registros científicos.
Si los investigadores hubieran contado únicamente con los huesos recuperados décadas después, la reconstrucción habría sido considerablemente más limitada. Las fotografías tomadas durante la expedición de 1948 permitieron comparar la posición original del esqueleto con los restos que sobrevivieron y reconstruir partes del cráneo que posteriormente resultaron dañadas o desaparecieron.
El caso demuestra que una fotografía científica puede convertirse, décadas después, en una pieza fundamental de evidencia paleontológica.
El estudio fue publicado el 31 de julio de 2026 en la revista científica Papers in Palaeontology. El trabajo fue dirigido por el paleontólogo Rainer R. Schoch, del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart, junto con Sanjukta Chakravorti, Florian Witzmann y Franz-Josef Lindemann.
Más de siete décadas después de su descubrimiento, el fósil de Bjørnøya dejó de ser un conjunto de restos deteriorados para convertirse en una pieza fundamental de la historia evolutiva de los plagiosáuridos. Arctobatrachus urdensis no solo fue el gigante de su familia: su tamaño, su poderosa anatomía y su capacidad para vivir en ambientes con influencia marina muestran que estos antiguos vertebrados fueron mucho más diversos y ecológicamente versátiles de lo que se pensaba.
Foto: Schoch et al. 2026 / Papers in Palaeontology / Fala Ciência
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