
Mucho antes de que la fecundación in vitro se convirtiera en un tratamiento habitual, miles de mujeres menopáusicas participaron, sin imaginarlo, en uno de los proyectos científicos más importantes del siglo XX. Durante años recolectaron diariamente su orina para que los investigadores pudieran extraer las hormonas que hicieron posible el desarrollo de la fertilización asistida y el nacimiento del primer bebé concebido fuera del cuerpo materno.
La historia del nacimiento del primer «bebé de probeta» suele resumirse en la imagen de un embrión desarrollado en un laboratorio y posteriormente implantado en el útero de una mujer. Sin embargo, detrás de ese acontecimiento que cambió para siempre la medicina reproductiva existió una investigación poco conocida que involucró a miles de mujeres, enormes laboratorios farmacéuticos y un procedimiento que hoy puede parecer insólito: la recolección diaria de orina para obtener las hormonas necesarias que permitieran estimular la ovulación. Sin ese descubrimiento, la fecundación in vitro difícilmente habría alcanzado el éxito que revolucionó el tratamiento de la infertilidad en todo el mundo.
Durante las décadas de 1960 y 1970, los especialistas enfrentaban un obstáculo fundamental. En un ciclo menstrual normal, la mayoría de las mujeres produce un único óvulo maduro cada mes. Esa limitación reducía considerablemente las posibilidades de obtener embriones viables para realizar los primeros intentos de fecundación in vitro. Los investigadores comprendieron que necesitaban encontrar una forma de estimular los ovarios para que produjeran varios óvulos simultáneamente, aumentando así las probabilidades de lograr un embarazo exitoso.
El problema era que, en aquella época, la ingeniería genética aún no permitía fabricar hormonas en laboratorio. Los científicos necesitaban obtener de alguna fuente natural las hormonas FSH (Hormona Folículo Estimulante) y LH (Hormona Luteinizante), responsables de controlar el desarrollo de los folículos ováricos y la ovulación. La solución apareció tras descubrir que las mujeres que habían atravesado la menopausia eliminaban grandes cantidades de estas hormonas a través de la orina. Al dejar de funcionar los ovarios, la hipófisis incrementa notablemente la producción de FSH y LH, y el exceso es excretado naturalmente por el organismo.
A partir de ese hallazgo comenzó una operación sanitaria y científica de enormes dimensiones. Miles de mujeres menopáusicas participaron voluntariamente recolectando toda la orina producida durante cada jornada en recipientes especiales proporcionados por laboratorios farmacéuticos. No se trataba de una pequeña muestra, sino de la totalidad de la orina de 24 horas, ya que las hormonas estaban presentes en concentraciones muy bajas y era necesario reunir grandes volúmenes para obtener cantidades suficientes con fines terapéuticos. Cada recipiente era retirado periódicamente y trasladado a plantas industriales para su procesamiento.
En los laboratorios comenzaba un complejo procedimiento de purificación. La orina era sometida a múltiples procesos de filtrado, concentración, esterilización y separación molecular hasta aislar las hormonas FSH y LH. Finalmente se obtenían preparados farmacéuticos altamente purificados que podían administrarse mediante inyecciones a mujeres con problemas de fertilidad. Uno de los medicamentos más conocidos desarrollados mediante esta tecnología fue Pergonal, considerado un hito en la historia de la endocrinología reproductiva y utilizado durante muchos años en tratamientos de fertilidad.
Estas hormonas permitieron cambiar completamente el abordaje de la infertilidad. En lugar de obtener un único óvulo por ciclo, los médicos podían estimular los ovarios para desarrollar varios folículos al mismo tiempo. Posteriormente esos óvulos eran extraídos mediante procedimientos quirúrgicos, fecundados con espermatozoides en condiciones controladas de laboratorio y mantenidos durante algunos días en incubadoras especiales hasta formar embriones viables. Los embriones seleccionados eran finalmente transferidos al útero materno con la esperanza de lograr la implantación y el desarrollo del embarazo.
Tras años de investigaciones, fracasos y perfeccionamiento de la técnica, el 25 de julio de 1978 nació en Oldham, Inglaterra, Louise Joy Brown, la primera persona concebida mediante fecundación in vitro. El logro fue posible gracias al trabajo del fisiólogo Robert Edwards, el ginecólogo Patrick Steptoe y la embrióloga Jean Purdy, quienes desarrollaron la técnica en medio de un intenso escepticismo científico y fuertes cuestionamientos éticos y religiosos. Décadas más tarde, Edwards recibiría el Premio Nobel de Medicina por este descubrimiento que transformó la reproducción asistida.
El desarrollo de la fecundación in vitro abrió una nueva etapa para millones de parejas con problemas de infertilidad. Desde entonces, las técnicas de reproducción asistida evolucionaron de manera extraordinaria. La incorporación de la microinyección espermática (ICSI), el diagnóstico genético preimplantacional, la vitrificación de óvulos y embriones y los avances en biología molecular elevaron considerablemente las tasas de éxito y ampliaron las posibilidades de tratamiento para pacientes con distintas patologías reproductivas.
Con el avance de la biotecnología, la utilización de hormonas extraídas de la orina fue siendo reemplazada progresivamente por medicamentos obtenidos mediante ADN recombinante, producidos en cultivos celulares bajo estrictos controles de calidad. Estos nuevos fármacos ofrecen una mayor pureza, uniformidad y seguridad, aunque algunos preparados derivados de orina continúan utilizándose en determinados países y contextos clínicos.
Actualmente, más de 12 millones de niños han nacido en el mundo gracias a las técnicas de reproducción asistida, según estimaciones de sociedades científicas internacionales. Lo que comenzó con un experimento poco conocido basado en la recolección de orina terminó convirtiéndose en uno de los mayores avances de la medicina moderna, permitiendo que millones de personas pudieran formar una familia pese a enfrentar problemas de fertilidad. Detrás de ese éxito permanecen, casi en el anonimato, las miles de mujeres que con un gesto cotidiano contribuyeron a hacer posible una de las revoluciones científicas más importantes del siglo XX.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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