Un recorrido por escuelas y liceos de Uruguay, con conversaciones con alrededor de 1.500 personas en 11 departamentos, permitió identificar una preocupación que atraviesa a docentes, familias y estudiantes: el celular dejó de ser solamente una herramienta tecnológica y pasó a ocupar un lugar central en la convivencia, la atención, las relaciones sociales y la vida cotidiana de los adolescentes.
La discusión ya no gira únicamente en torno a si los jóvenes deben utilizar o no el teléfono en clase. La experiencia recogida en distintos centros educativos muestra que el verdadero desafío consiste en encontrar un equilibrio entre el acceso a la tecnología y la necesidad de que niños y adolescentes desarrollen vínculos presenciales, capacidad de concentración y autonomía fuera de las pantallas.
El tema adquiere especial relevancia porque el celular forma parte de la vida diaria de prácticamente toda una generación. El Ministerio de Salud Pública informó que el 88% de los niños y adolescentes uruguayos se conecta diariamente a través del celular, mientras que organismos educativos analizan cada vez con mayor atención las consecuencias de su utilización dentro y fuera del aula.
Cuando el celular entra al aula, también entran los problemas de las redes
Uno de los principales hallazgos de las experiencias educativas estudiadas es que muchos conflictos que aparecen dentro de los centros educativos no comienzan necesariamente allí.
Discusiones originadas en WhatsApp, fotografías tomadas sin consentimiento, videos, publicaciones en redes sociales y enfrentamientos virtuales pueden trasladarse posteriormente al aula o al recreo. De esta manera, el teléfono funciona como un puente permanente entre la vida digital y la convivencia presencial.
En algunos centros, los equipos de dirección llegaron a identificar una relación directa entre el uso inadecuado del dispositivo y episodios de violencia. En uno de los casos analizados, por ejemplo, la dirección atribuyó al mal uso del celular una proporción muy elevada de las situaciones conflictivas registradas en la institución.
Pero existe otra consecuencia menos visible: la dificultad para desconectarse.
Menos pantalla, más conversación
En centros donde se aplicaron restricciones fuertes, docentes y directores describieron cambios en los recreos. Los estudiantes comenzaron nuevamente a conversar cara a cara, participar en juegos y utilizar espacios comunes que anteriormente estaban dominados por las pantallas.
Un liceo de Salto relató que después de restringir los teléfonos volvió a observar a los estudiantes conversar entre ellos durante los recreos y utilizar más los patios y las mesas. En otros centros también se informó una mejora en la atención durante las clases y una reducción de determinados conflictos.
Esto no significa que prohibir el celular sea automáticamente la solución. El propio estudio de Ceibal, elaborado junto con UNESCO Montevideo y la Universidad Católica del Uruguay, advierte que no existe una fórmula universal. Las estrategias funcionan de manera diferente dependiendo del tamaño del centro, su contexto social, los recursos disponibles, el apoyo de las familias y la participación de los propios estudiantes.
El problema no es solamente el celular
Los datos de PISA aportan otra dimensión al debate. Uruguay aparece entre los países donde los estudiantes declaran mayores niveles de distracción por celulares y otros dispositivos durante las clases de ciencias: casi seis de cada diez estudiantes reconocen que ellos o sus compañeros se dispersan con plataformas digitales en la mayoría de las clases de esa asignatura.
Sin embargo, el mismo análisis muestra una paradoja interesante: Uruguay logró mejorar sus resultados en ciencias pese a esos niveles de distracción. Esto apunta a que la tecnología no es necesariamente perjudicial por sí misma; su impacto depende en buena medida de cómo se utiliza, qué objetivos pedagógicos tiene y qué capacidad existe para evitar que se convierta en una fuente permanente de interrupciones.
Por eso, especialistas y autoridades educativas comienzan a diferenciar entre utilizar tecnología para aprender y utilizar el teléfono de manera permanente para entretenimiento, comunicación social o consumo de contenidos durante el horario educativo.
La participación de los adolescentes puede ser decisiva
Uno de los resultados más interesantes de las experiencias analizadas es que las normas parecen adquirir mayor legitimidad cuando los propios estudiantes participan en su construcción.
En determinados centros, los adolescentes reconocieron que el uso excesivo del celular constituía un problema y participaron en la elaboración de acuerdos. Según el estudio, esas experiencias tendieron a registrar menor resistencia frente a las reglas.
Esta conclusión cambia parcialmente la discusión. No se trata simplemente de que los adultos impongan una prohibición, sino de conseguir que los jóvenes comprendan por qué determinadas restricciones pueden ser necesarias y participen en la definición de cómo aplicarlas.
También resulta fundamental que existan alternativas. Si se limita el celular pero el centro educativo no dispone de recursos tecnológicos para determinadas actividades, puede generarse una brecha. Por eso Ceibal aparece como un elemento importante en algunas experiencias: sus dispositivos permiten mantener determinadas actividades educativas sin depender de los teléfonos personales.
La vida digital también necesita educación
El recorrido por los centros educativos deja una conclusión que va más allá de la prohibición: retirar el celular no enseña automáticamente a utilizarlo correctamente.
Los adolescentes necesitan aprender sobre privacidad, exposición de imágenes, redes sociales, ciberacoso, desinformación, límites de uso y ciudadanía digital. Parte de los conflictos que llegan al aula tienen su origen precisamente en conductas desarrolladas fuera de ella.
Por eso, el estudio de Ceibal plantea que las restricciones, cuando sean necesarias, deberían complementarse con procesos educativos sobre ciudadanía digital. La prohibición puede resolver una situación concreta durante determinadas horas, pero no prepara por sí sola a un adolescente para manejar responsablemente un dispositivo que seguirá formando parte de su vida.
Uruguay enfrenta ahora una decisión de fondo
El debate adquiere todavía mayor importancia porque el país analiza nuevas formas de regulación. Actualmente existen centros donde el teléfono está prohibido, otros donde debe permanecer apagado o guardado y otros que permiten su utilización cuando existe una finalidad pedagógica.
Los datos disponibles muestran que solamente una pequeña proporción de estudiantes asiste a centros donde existe una prohibición total del celular, mientras que en la mayoría predominan acuerdos y criterios institucionales o docentes.
La experiencia acumulada apunta así hacia una conclusión menos sencilla que “celular sí” o “celular no”.
El verdadero desafío para Uruguay parece ser determinar cuándo la tecnología ayuda a aprender y cuándo comienza a impedir que los adolescentes aprendan, conversen, se concentren y construyan relaciones fuera de la pantalla.
Después de recorrer 11 departamentos y conversar con unas 1.500 personas, la conclusión adquiere una dimensión nacional: el celular ya no puede ser tratado como un simple aparato que los estudiantes llevan en el bolsillo. Es parte de su forma de comunicarse, estudiar, entretenerse y relacionarse. Por eso, la respuesta educativa tampoco puede limitarse a esconderlo durante algunas horas.
La pregunta que queda planteada para las familias, docentes y autoridades uruguayas no es cómo sacar la tecnología de la vida de los adolescentes, sino cómo enseñarles a utilizarla sin permitir que la tecnología termine ocupando el lugar de la atención, la convivencia y los vínculos humanos.
Foto: El Observador / archivo
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