
Por más dura que sea la derrota siempre, en el fondo, al cobijo de los desencantos y las tristezas, de las amarguras y las imprecaciones, de los reproches y la rabia, del pesimismo y la melancolía, siempre brillará una pequeña gema, la esperanza.
No nos dejaremos vencer por las tribulaciones, no nos dejaremos intimidar por las amenazas ni derrotar por la maldad, intentarán destriparnos y probablemente lo logren, pero mutilados y lacerados mantendremos palpitante el corazón y no cejaremos en la marcha, afrontaremos la lucha con denuedo, con tesón, con valentía.
No permitiremos que roan nuestros sueños con truculencias de madriguera, soñaremos con más ímpetu, imaginaremos un país donde reine la justicia, donde prevalezcan los derechos, donde galope la paz.
Se lo debemos a aquéllos que dejaron su sangre en el camino, a aquéllos que serán sacrificados por el odio y la intolerancia, pero, por encima de todo, a esos muchachos que vienen, a los niños de hoy y de mañana, a la patria soñada, al país de la belleza.
Es muy satisfactorio ver cómo ha crecido nuestra audiencia, cómo los esfuerzos de todos y cada uno de los periodistas que apoyan esta iniciativa han sido reconocidos con el privilegio de su atención, teniendo en cuenta que el ejercicio de la comunicación social no es precisamente un terreno inocuo en el que ni Uds., ni nosotros nos encontramos por completo a salvo.
En mi país, Colombia, el país de la belleza que se decantó tristemente por el mensaje belicista e intolerante de un abogado con duros y claros cuestionamientos éticos y legales y que ha demostrado hasta donde está dispuesto a llegar para intentar generar un unanimismo forzado; un país donde las fuerzas que pujan por el poder se encuentran irremisiblemente divididas, con dos visiones de país que se contraponen y se contradicen, la muerte ronda siempre cerca intentando acallar la discrepancia. De hecho, no podemos olvidar que en múltiples ocasiones el señor Abelardo de la Espriella prometió a sus huestes que iba a neutralizar, acallar y destripar a la izquierda.
Somos 12 millones y medio de colombianos mal contados los que nos negamos a aceptar y criticamos abiertamente sus métodos y sus propuestas regresivas. No nos sorprendería que con apoyo del gobierno sionista de Israel al que el presidente electo le ha jurado complicidad, amistad, apoyo incondicional pueda desarrollar un programa minucioso de aniquilación tipo Gaza y provoque la huida desesperada de muchos compatriotas que intenten salvar sus vidas o las de sus hijos.
Colombia, ese país que siempre se ha ufanado de ser una de las democracias más estables de nuestro subcontinente, no ha sido ajeno a las masacres y genocidios, amén de las bajas y desangre consuetudinario producto de la guerra, la lucha por el poder y el dominio de sus nichos de negocio por parte de los narcos, de las miles de víctimas anuales de otros tipos de violencia como la violencia de género, la violencia delincuencial común, la violencia de estado, exhibe unas cifras de muertes y desaparecidos que eclipsan con mucho los muertos provocados por gobiernos abiertamente dictatoriales, represivos y violentos en otras naciones de nuestra patria grande.
Alguna vez en un muro cualquiera en Bogotá algún muchacho escribió atinada y terriblemente “Los desaparecidos están muertos”. Luego de las engañosas promesas del caudillo fascista Álvaro Uribe referentes a la seguridad y que llevaron a la muerte de más de 7800 chicos desempleados, incluso algunos discapacitados, en esa ordalía de sangre que se vino a conocer con el tenebroso eufemismo de “Los falsos positivos”, en la que ni siquiera hubo motivaciones políticas, sino simplemente un esfuerzo por demostrar falsamente numerosos éxitos en la lucha contra los subversivos, Juan Manuel Santos gastó su capital político en buscar un acuerdo de paz con la mayor guerrilla, en vista de la ineficacia de la cruenta guerra que se desarrolló por varios decenios entre el estado y los rebeldes.
Eso no fue del agrado del señor Uribe quien se dedicó con todo su ímpetu a desprestigiar el Proceso de Paz, valiéndose de mentiras, exageraciones, generando temor e indignación entre los colombianos que eran receptivos a sus venenosos discursos, al punto que cuando Santos, después de largas y difíciles negociaciones, intentó, en un gesto político y democrático, validar el acuerdo mediante un referéndum, una exigua mayoría de colombianos votó por la guerra, derrotando en las urnas el minucioso proceso.
Por esa época y en años anteriores se había promovido la formación de grupos paramilitares quienes asolaron pueblos y veredas, ciudades intermedias, asesinando periodistas, líderes sociales, estudiantes, sindicalistas, desplazando y despojando campesinos, ejecutando a muchos de ellos bajo la sospecha de ser auxiliadores de la guerrilla. Cerca de 300 mil colombianos murieron de esa forma. También se produjo entonces el hecho execrable que ahora conocemos como el genocidio de la Unión Patriótica, criminal emprendimiento entre agentes del estado y paramilitares que produjo cerca de seis mil bajas entre la dirigencia de ese partido de izquierda.
Definitivamente esas son cifras que no pueden equipararse con las peores estadísticas de Pinochet, Videla. Nuestra democracia ha sido un montaje dantesco, una burla a la humanidad, más parecido a un lodazal de sangre que a arenas movedizas.
En fin, acabamos de pasar por una experiencia horrible en la que, por una parte, se escuchó un discurso moderado, pletórico de propuestas ambiciosas, en tanto que por la contraparte se esgrimió una narrativa violenta, falaz y agresiva, ultrajante, cuyas propuestas atigradas hablaban de destruir, aniquilar, destripar, abolir, defender privilegios, ponerle IVA a los alimentos, extender la edad de pensión a edades muy avanzadas, contratar a las personas por horas, anular conquistas sociales y laborales, apoyar a las Empresas Promotoras de Salud ahondando el esquema que ha llevado a que tengamos un sistema de salud vulnerable a la corrupción y poco generoso e ineficaz con los pacientes, privatizar, privatizar, privatizar. Lanzar a la calle a más de 700 mil colombianos que prestan sus servicios al estado, aumentar la carga impositiva para los pequeños emprendimientos en tanto se reduce a los grandes inversionistas y capitales golondrina.
Nuestro himno nacional tiene un verso que dice “Cesó la horrible noche”, el ingenio de este sufrido pueblo lo convirtió, al final del nefasto mandato de ALVARO URIBE VELEZ en “Cesó la Urible Noche”. Vaya uno a saber qué va a pasar en unos meses, después de que el señor de la Espriella, esa mezcla tóxica de Milei, Noboa, Paz, Hernández, Bukele, Kast y Trump empiece a desarrollar, tal como lo prometió, a sangre y fuego, su retorno al pasado.
Luego de una campaña de odio y amenazas no es mucho lo que esperamos de ese Frankenstein, hay 250 mil colombianos más que nosotros que aplauden rabiosamente cada vez que lanza una invectiva, una amenaza, un ultraje. Que no nos vaya a pasar lo que las Leyes de Murphy nos enseñan: siempre existe la posibilidad de empeorar, en especial cuando tomamos decisiones basadas en el odio, la intolerancia, la rabia.
Al final de todo queda el dolor de la pérdida, la lucha incesante y, si intentan aniquilarnos, como lo prometió en campaña, aquellos que sobrevivan deberán volverse a poner de pie, limpiarse la sangre, restañar sus heridas con fe y esperanza, mirar hacia el frente, soñar y marchar adelante. ¡NO NOS PODEMOS PERMITIR PERDER LA ESPERANZA!
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

