
“Aparecen es elecciones esos que llaman caudillos, que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos, y al alma del campesino llega el fervor partidista y entonces aprende a odiar a aquel que fue su buen vecino, todos por esos bandidos politiqueros de oficio”
Arnulfo Briceño
Por estos días en redes sociales y en la prensa internacional han salido a la luz comentarios bastante jocosos, los unos, indignados los otros, en relación con actitudes, dichos y acciones del actual mandatario colombiano.
Había en Colombia cierto aire circunspecto y preocupado frente a las decisiones ampliamente publicitadas por el abogado en relación con la conformación de su equipo ministerial: El nombramiento de un sujeto apartado de la alcaldía de una importante ciudad e investigado por presuntos actos de corrupción, al frente del ministerio de vivienda. Y en el ministerio de Cultura a una política no propiamente reconocida por su recorrido y conocimiento del mundo cultural, pero si muy relacionada con la subcultura del atajo y, a través de su difunto padre, con asociaciones cuestionables con narcotraficantes para los cuales habría actuado como testaferro. La presencia en su gobierno de tres miembros de una misma aristocrática familia, históricamente ligada a las altas élites y a nuestra desastrosa y violenta historia.
No puede escapar a este inventario el nombramiento en el ministerio de salud a la expresidenta de la asociación que agrupa a las Empresas administradoras de planes de beneficios, más conocidas como EPS, empresas muy involucradas en manejos mínimamente cuestionables de los recursos a su cargo. Algo así como poner al mismísimo Donald Trump a dirigir un colegio de niñas adolescentes.
Algunos aseguraban que las decisiones del señor presidente como las de crear sedes presidenciales alternas en cuarteles como sucedió en Barranquilla, realizar su posesión en una ceremonia privada en el claustro de una universidad elitista en Cali, ciudad que previamente a la realización del magno evento fue convenientemente militarizada y bloqueada para evitar el incómodo y, a criterio del señor de la Espriella, peligroso desplazamiento libre de las personas por sus calles, eran decisiones publicitarias, digamos simples alardes, de un sujeto que demostró en campaña de manera categórica que gusta del espectáculo y la pompa mediática para sus presentaciones públicas.
De alguna manera existía la opinión, entre divertida y desdeñosa, de que los suyos eran simples actos de prestidigitador llamados a asombrar y encandelillar al público, pero que, sin lugar a dudas, con el correr de los días, el importante funcionario pasaría del pomposo alarde a la habitual intrascendencia de quienes, en el pasado, han ejercido ese cargo.
Y entonces vino la tragedia, el movimiento sísmico, la catástrofe que afectó al país y dejó prácticamente en obra negra cinco de las más importantes ciudades de Colombia y pequeños municipios y veredas de la nación recóndita y amarga, esa que no sale en los titulares de prensa sino cuando hay masacres, apabullándolas con centenares de víctimas y de heridos y miles y miles de damnificados.
Claro, dirán algunos, no cualquiera inicia su gobierno con una hecatombe épica como la del Lunes 10 de Agosto; seguramente argumentarán que es necesario darle tiempo a quienes llegan para acomodarse al frente de sus nuevas responsabilidades y que, justamente por esa inexperiencia, se pueden presentar situaciones bochornosas como negarse a recibir las ayudas de países que solidariamente han acudido en apoyo no del gobierno sino del pueblo colombiano básicamente porque el señor al frente del país y su equipo tienen diferencias ideológicas con los presidentes de esas naciones.
O como salir a medios con toda la pompa y la afectación, muy bien maquillado y pulcro a decir que la solución para el derrumbe y los daños estructurales a los colegios podría ser promover la educación virtual en regiones que actualmente y, como consecuencia del terremoto, carecen de luz eléctrica y personas que no tiene un computador ni un lugar donde guarecerse de las inclemencias del tiempo pues sus pertenencias y sus casas quedaron reducidas a escombros.
O el hecho de que sólo dos días después de la catástrofe se realizaron las primeras reuniones de alto nivel para tomar medidas para ayudar a las personas que vivían o morían desde hacía 48 horas bajo los despojos.
Las redes sociales explotaron cuando un día después de la tragedia el señor presidente salió como una reina del carnaval sonriente, saludando con la mano y mandando besos a diestra y siniestra, a decir unas pocas palabras sobre el evento, anunciar medidas contundentes de un gobierno que según su alarde si estaba al tanto de las necesidades y requerimientos del sufrido pueblo y asignar de viva voz recursos para recuperar la torre derruida del la Catedral de Manizales, como si esa fuera la prioridad cuando el país intenta salir delante de los escombros y de la muerte.
Comparaban esa escena con el conmovedor mensaje del alcalde de Pereira quien casi llorando hablaba de la necesidad de recibir un apoyo consistente y coherente del gobierno central, amén del apoyo y solidaridad de los mismos colombianos que se volcaron sin hesitar a ayudar y rescatar a sus compatriotas en desgracia.
Mal comienzo, señor presidente, que no vaya a ser, para infortunio de los colombianos, no solo de los 13 millones y pico que votaron por Ud., sino de los otros trece millones y pico que no lo hicieron, como lo dice el dicho “Lo que mal comienza, mal termina” y esa otra frase lapidaria que hoy mismo la he escuchado innumerables veces de boca de muchos “Como es el desayuno, seguramente será el almuerzo”
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

