
La historia que les voy a contar hoy sucede en un territorio situado sorprendentemente en una esquina de un mundo que suponíamos esférico, pero en realidad, según los científicos, es un esferoide geoide, la esquina, complemento, de un subcontinente, patio trasero de un imperio inicuo y codicioso que lo maneja a su antojo valido de su inmenso poder económico, militar y conspirativo y se declara dueño de sus recursos naturales y patrón por antonomasia de sus prescindibles y, a su parecer, subhumanos habitantes.
No voy a decir el nombre del país al que me refiero, lo hago de manera instintiva, digamos por supervivencia, pero también porque, a medida que avancemos en el relato, estoy seguro que muchos de ustedes entenderán que ese lugar pintoresco y ese personaje peculiar sólo pueden ser uno.
En esa esquina terrestre viven varias decenas de millones de personas que, divididas en bandos irreconciliables, coinciden en hacer uso de una frase que enarbolan en momentos de polémica y necesidad: “Los buenos somos más”, sólo que cuando se refieren a “los buenos” impajaritablemente se refieren a si mismos y a la mitad que piensa y actúa en forma parecida a quien formula la frase mencionada. Eso quiere decir que para el común de esas personas se es bueno si y solo si comparten formas de pensar, ideologías, similares.
Sobra decir que es un país brutalmente inequitativo, clasista, segregado, violento, en el que cerca de la mitad y un poco más son personas de escasos recursos económicos y muchos más de limitadas capacidades críticas, aun cuando para si mismos son, sin duda, los más vivos, astutos e inteligentes del universo.
A lo largo de su relativamente corta historia se ha dado en su seno un poderoso proceso de mestizaje no sólo en lo biológico, sino también en lo cultural, lo que claramente constituye una de las mayores virtudes de su gente y una característica que, pese a las precarias condiciones de convivencia, tolerancia y respeto que comparten, los hace recursivos y viabiliza paradójicamente su extraña sociedad.
Luego de un poco más de 200 años de existencia republicana, tachonados por múltiples sangrientos conflictos, que a la postre configuran una guerra de las que suelen llamar de “baja intensidad”, pero de larga duración, prácticamente interminable, en ese país, luego de un esforzado proceso de paz, aupado por uno de sus patricios aristócratas que, de alguna manera, recogía los anhelos de una de las mitades de esa nación ante la sangría permanente de esa sociedad, se llevó a cabo una consulta a la base popular que, por una cifra muy pequeña, le dio el triunfo a los guerreristas por sobre los pacifistas, poniendo al gobierno del mencionado patricio a pasar la duras y las maduras e inventarse una forma alternativa de validar el largo, dispendioso y muy difícil acuerdo con uno de los grupos más violentos de los muchos que se enfrentan en esa “república”.
Así mismo, a consecuencia de la indignación e inconformidad de la mitad pacifista y a un momento de relajación y vulnerabilidad de quienes por siglos han conducido los destinos de ese país, privilegiando a unos pocos por sobre los demás, recientemente tuvieron un gobierno que recogió ese anhelo de cambio para darle un impulso a la alicaída paz que había conseguido el patricio de marras, buscar mayor equidad, en un contexto que tristemente no se logró liberar del todo de la violencia y de la corrupción rampantes en esa esquina del mundo.
Al término de ese gobierno vino el proceso para escoger un nuevo gobernante, valga aquí decir que siempre los procesos electorales en esa “democracia” sacan a relucir lo peor de ese pueblo, explotan, más que su racionalidad, sus peores afectos, y, dentro de estos, particularmente, la intolerancia y el odio. Esos periodos electorales con pista de galope para el discurso violento, más que el argumentativo, la calumnia venenosa, por encima del dato objetivo y, prueba de ello y a consecuencia de esa tendencia, luego de meses de enfrentar propuestas cuidadosas con mensajes arteros y mentirosos, eslóganes exagerados e irrespetuosos, eligieron para que los gobernara por los siguientes años a un sujeto muy cuestionado por sus conductas éticas, profesionales, sociales en el pasado.
Ese sujeto que, apoyado por el imperio codicioso y siniestro al que aludí antes, ganó las elecciones se caracterizaba, entre otras ominosas cosas, por hacer uso torticero de las leyes para acallar las críticas y las revelaciones que algunos temerarios y valientes investigadores y periodistas independientes hacían de sus actuaciones, intimidar y arruinar económicamente a sus contradictores y, valido de sus cuestionables vínculos con los bajos fondos de esa nación, amenazarlos incluso de muerte obligando a no pocos de ellos al auto destierro.
En fin, para no alargar más este cuento, resulta que la siempre sorprendente e impredecible naturaleza castigó a ese dilatado terruño con una catástrofe que causó destrozos y miles de víctimas, a los pocos días de que el sujeto a quien algunos daban en llamar por entonces “Jack el destripador” por su promesa de campaña de “destripar” a sus adversarios políticos una vez investido de poder, asumiera justamente ese poder.
Aquí vale la pena decir que el sujeto mencionado, en una de sus fatales intervenciones, aseguró que la catástrofe no era ni por asomo un castigo a ese pueblo, sino que era simplemente “una prueba divina” para su gobierno.
También vale mencionar, así sea de paso, que normalmente los nuevos gobernantes tienen un tiempo antes de ser posesionados en sus nuevas responsabilidades, para realizar un proceso de empalme con el gobierno anterior, lo que tiene por objeto facilitar el tránsito de un gobierno a otro sin generar demoras e interrupciones en la conducción del país.
Bueno, pues el arrogante sujeto imbuido de la hostilidad propia de la campaña y, actuando en coherencia con su promesa de desconocer lo poco o mucho que su antecesor y contradictor ideológico había logrado, se había negado a realizar ese empalme e impulsado una narrativa según la cual el gobierno anterior era la sumatoria de todos los males.
El caso es que, vaya uno a saber si prueba o castigo divino, la catástrofe se presentó y el nuevo gobierno dio la impresión de demorarse y dar palazos de ciego en su intervención. Pero no sólo esto: El nuevo gobernante fue sorprendido por esa prensa que nada perdona, en actitud de reina de carnaval, mandando besos y agitando la manita a sus amigos antes de una intervención en la que se suponía iba a hablar acerca de la tragedia y de las estrategias para salvar la vida de las personas atrapadas bajo las ruinas y recuperar las de quienes lo habían perdido todo.
En otra ocasión un ciudadano lo captó pidiéndole a un grupo de extras que agitaran sus manos y lo aclamaran en una visita a un pueblo afectado por la hecatombe, en otra llevando balones de futbol con eslóganes de campaña a familias damnificadas, de la misma manera que unos años atrás un gobernante tanto o más narcisista y superficial que él había hecho llevándole caramelos a niños desnutridos y golpeados por otra de las comunes tragedias que suelen suceder en esta comarca.
No me digan que aún no saben a qué comarca ni a qué personaje me refiero, tal vez sea mejor así, talvez eso los inmunice frente a la amenaza que pende sobre todos aquellos que intentan contar historias como esta u otras aún peores de la vida de ese personaje, una amenaza que se expresa en la frase “O me adulas o te demando”.
Valga finalizar este cuento diciéndoles que cualquier parecido con la coincidencia es la pura realidad.
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

