
La llegada de Keiko Fujimori a la Presidencia de Perú se convirtió en una nueva pieza del avance de las derechas latinoamericanas y en un triunfo político que Javier Milei busca capitalizar dentro de su estrategia regional. El mandatario argentino fue uno de los primeros dirigentes de la región en respaldar públicamente a Fujimori y viajó a Lima para participar de su asunción. Ambos presidentes mantuvieron además una reunión bilateral en la que acordaron fortalecer la cooperación económica y en materia de seguridad.
La relación entre Milei y Fujimori no comenzó con la ceremonia de asunción. El Gobierno argentino había seguido de cerca la campaña peruana y presentó el triunfo de Fujimori como parte de un cambio político más amplio en la región. Para el oficialismo argentino, Perú se suma a un mapa en el que varios gobiernos de derecha buscan diferenciarse de las administraciones progresistas y profundizar sus vínculos con Estados Unidos.
Milei intenta ocupar un lugar destacado dentro de ese nuevo escenario. Su respaldo a Fujimori se suma a sus gestos hacia otros dirigentes de derecha, entre ellos Flávio Bolsonaro en Brasil y Abelardo de la Espriella en Colombia. La estrategia apunta a construir una red política regional que comparta posiciones frente al progresismo, una mayor apertura económica y un alineamiento más estrecho con Washington.
El vínculo con Perú tiene además un componente económico. Durante la reunión bilateral celebrada en Lima, Milei y Fujimori acordaron trabajar para fortalecer las relaciones comerciales y la cooperación en seguridad. Para Argentina, una mayor coordinación con el nuevo Gobierno peruano puede abrir oportunidades en sectores productivos y reforzar la relación con uno de los países más importantes de la costa del Pacífico sudamericano.
La llegada de Fujimori, sin embargo, también tiene una fuerte carga histórica. La nueva presidenta es hija del expresidente Alberto Fujimori, quien gobernó Perú entre 1990 y 2000 y posteriormente fue condenado por graves delitos durante su gobierno. Su apellido continúa generando una profunda división dentro de la sociedad peruana y representa uno de los elementos más sensibles de su llegada al poder.
Ese pasado diferencia a Fujimori de otros dirigentes de la nueva derecha regional. Un análisis publicado por El País señaló que, pese a su ubicación política, su discurso de asunción mostró un tono menos confrontativo que el de Milei y se apoyó más en la institucionalidad republicana y en la promesa de recuperar el orden.
La nueva presidenta deberá gobernar, además, en un país con instituciones debilitadas, fuerte fragmentación política y elevados niveles de desconfianza hacia los partidos. Su desafío no será solamente consolidar una administración de derecha, sino construir una base política capaz de sostener las decisiones del Ejecutivo frente a un escenario parlamentario complejo.
En ese punto aparece una diferencia importante con Argentina. Milei llegó a la Presidencia como una figura antisistema que construyó su identidad política enfrentándose directamente con la dirigencia tradicional. Fujimori, en cambio, representa una estructura política que tiene décadas de historia y que carga con una herencia familiar inseparable de su propia identidad.
La relación con Argentina también estará condicionada por la política exterior. Milei mantiene un alineamiento muy marcado con Estados Unidos y con Donald Trump, mientras busca reducir la influencia política de los gobiernos de izquierda en Sudamérica. La elección peruana le permite presentar ese alineamiento como parte de una tendencia continental y no como una estrategia exclusivamente argentina.
Pero esa estrategia tiene un límite. Convertirse en una referencia ideológica de la derecha regional no significa necesariamente convertirse en el líder político de ese espacio. Para lograrlo, Milei necesita mostrar resultados económicos que puedan ser observados por otros gobiernos como un modelo aplicable.
Ese punto es especialmente relevante porque la relación entre los gobiernos latinoamericanos no se construye únicamente sobre afinidades ideológicas. Comercio, inversiones, seguridad, energía, infraestructura y relaciones con Brasil y Estados Unidos también condicionan las decisiones de cada país.
La llegada de Fujimori ocurre además mientras Milei mantiene una relación cada vez más tensa con el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. El mandatario argentino ha convertido a Brasil y al progresismo regional en uno de los principales contrapuntos de su discurso político, mientras Lula mantiene una posición diametralmente opuesta.
Esto genera una situación particular para el Mercosur. Argentina continúa formando parte del bloque junto con Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, pero su Gobierno está desarrollando simultáneamente una política exterior que busca fortalecer vínculos con países y dirigentes que no necesariamente comparten la visión política de Brasil.
La expansión de gobiernos de derecha en Sudamérica puede modificar el equilibrio político regional, pero no significa que todos ellos tengan exactamente el mismo proyecto. Las diferencias económicas, comerciales y diplomáticas pueden aparecer incluso entre gobiernos ideológicamente cercanos.
El caso peruano será observado precisamente por eso. Fujimori tendrá que demostrar si su administración puede transformar el discurso de orden y seguridad en políticas concretas capaces de enfrentar la criminalidad, mejorar la economía y recuperar la confianza en las instituciones.
Para Milei, el éxito o fracaso de Fujimori también tendrá importancia política. Si el nuevo Gobierno peruano consigue consolidarse, Argentina podrá presentar su llegada al poder como otra señal de fortalecimiento de la derecha regional. Si enfrenta una fuerte inestabilidad, el argumento de una nueva ola política homogénea perderá fuerza.
La disputa también alcanza a Cristina Fernández de Kirchner. El contraste entre Cristina, una de las principales referentes de la izquierda o centroizquierda argentina, y Fujimori, convertida ahora en una figura central de la derecha peruana, representa dos modelos políticos que se encuentran enfrentados dentro de la discusión latinoamericana. La comparación fue utilizada en análisis políticos argentinos para describir la aparición de una nueva generación de liderazgos regionales.
Sin embargo, la política peruana tiene su propia dinámica y no puede reducirse a una extensión de la disputa argentina entre Milei y Cristina Kirchner. El principal desafío de Fujimori será gobernar Perú, un país con problemas específicos que van desde la inseguridad y la fragmentación institucional hasta la necesidad de recuperar confianza en el sistema político.
La relación con Argentina será, en ese contexto, una pieza más de su política exterior.
El triunfo de Keiko Fujimori refuerza el mapa regional de gobiernos de derecha y le ofrece a Javier Milei una nueva oportunidad para proyectarse como uno de sus principales referentes. La reunión entre ambos mandatarios y los acuerdos sobre economía y seguridad muestran que la relación busca superar la afinidad ideológica y transformarse en cooperación concreta. El verdadero desafío comenzará ahora: Fujimori deberá demostrar que puede gobernar un Perú políticamente fragmentado, mientras Milei intentará convertir esta nueva coincidencia regional en una plataforma de mayor influencia política en Sudamérica.
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