
JUGAR TAMBIÉN ES RESISTIR.
Hay recuerdos que permanecen durante toda la vida, no necesariamente porque conserven intactos los acontecimientos, sino porque guardan las emociones que alguna vez sentimos.
En estos días vino a mi memoria una historia que mi madre nos contaba sobre su infancia. Ella tendría aproximadamente ocho años cuando una gran inundación afectó la región rural donde vivía. Era una zona de campo, rodeada de fincas, y según su relato las aguas terminaron cubriendo gran parte de aquel territorio.
Las familias tuvieron que abandonar sus hogares. Los militares participaron en la evacuación y muchas personas fueron trasladadas a un campamento improvisado mientras descendían las aguas y podían regresar a sus comunidades.
Sin embargo, cuando mi madre hablaba de aquel acontecimiento, había algo que siempre me llamaba profundamente la atención.
No eran precisamente la inundación, las pérdidas materiales o la devastación las imágenes que dominaban sus recuerdos.
Ella recordaba otra cosa.
Recordaba que un día llegó al campamento una señora que, en su memoria infantil, había quedado registrada simplemente como “una señora muy bonita”. Era, según contaba, la esposa del gobernador. Llegó llevando muñecas, balones y dulces para los niños.
Recordaba que los reunían, que había adultos pendientes de ellos, que los cuidaban, jugaban con ellos y trataban de hacerlos reír.
Y recordaba especialmente a los otros niños.
Jugó mucho. Hizo amigos. Compartió con pequeños que, al igual que ella, habían tenido que abandonar temporalmente sus hogares.
Lo extraordinario es que cuando todo finalmente regresó a la normalidad y pudo volver a casa, mi madre decía que llegó a extrañar aquellos días en el campamento y a los nuevos amigos que había conocido allí.
Durante mucho tiempo pensé en aquella historia simplemente como uno de esos recuerdos curiosos que conservan nuestros padres de su niñez.
Hoy la comprendo de otra manera.
Cuando una pelota puede significar algo más
Recordé esta historia al observar la controversia surgida recientemente en redes sociales por la entrega de balones a niños afectados por el terremoto del pasado 10 de agosto.
El hecho ocurrió en medio de una tragedia real y dolorosa. El terremoto del 10 de agosto produjo graves afectaciones en diferentes regiones del país y obligó a desplegar una respuesta de emergencia de gran magnitud.
Días después, la entrega de balones realizada por el presidente Abelardo de la Espriella durante una visita a Buenaventura provocó numerosas críticas, entre ellas cuestionamientos por las características políticas de los elementos entregados y por considerar el gesto insuficiente frente a las enormes necesidades de las comunidades damnificadas.
Y es importante reconocer esa discusión.
Un balón no reconstruye una vivienda.
Un juguete no reemplaza alimento, agua, atención sanitaria, educación, refugio o protección.
Pero dejando por un momento a un lado la discusión partidista, el episodio permite plantearnos una pregunta mucho más profunda:
¿Tiene algún valor psicológico ofrecer juego, juguetes y espacios recreativos a los niños después de una tragedia?
La respuesta es sí.
Y el recuerdo de mi madre constituye para mí una hermosa manera de comprender por qué.
La psicología de la distracción
Cuando hablamos de psicología de la distracción en niños que atraviesan una situación adversa, no estamos hablando de engañarlos para que crean que nada ocurrió.
Tampoco significa negar su dolor.
La distracción positiva puede entenderse como una estrategia temporal de regulación emocional y atencional.
Después de una experiencia amenazante, la atención de un niño puede quedar orientada hacia el peligro. Un ruido, un movimiento, una conversación entre adultos o cualquier estímulo relacionado con lo ocurrido puede devolverlo mentalmente a la sensación de amenaza.
El juego introduce algo diferente.
Por algunos minutos, su cerebro puede dejar de preguntarse:
“¿Estamos en peligro?”
y volver a preguntarse:
“¿Jugamos?”
Parece una transformación sencilla.
Psicológicamente, no lo es.
Distraer no significa negar
Aquí debemos establecer una diferencia fundamental.
Una cosa es utilizar la distracción como regulación emocional y otra muy distinta utilizarla como evitación emocional.
No sería saludable decirle a un niño:
“No llores. No pienses en lo que ocurrió. Toma este balón y olvídalo.”
Eso sería intentar silenciar una emoción legítima.
La alternativa saludable sería:
“Sé que tienes miedo. Lo que ocurrió fue difícil. Estamos aquí contigo. Puedes preguntarnos lo que necesites y, cuando quieras, también puedes ir a jugar.”
El niño necesita ambas posibilidades.
Necesita momentos para sentir y momentos para descansar de lo que siente.
Ese equilibrio es fundamental.
No debemos obligar al niño a hablar permanentemente de una experiencia dolorosa, pero tampoco mantenerlo permanentemente distraído para impedir que la procese.
El juego es también un lenguaje
Los adultos procesamos gran parte de nuestras experiencias mediante palabras. Conversamos, buscamos explicaciones, reflexionamos y construimos relatos sobre aquello que nos ocurrió.
Los niños también utilizan el lenguaje verbal, pero disponen de otro extraordinariamente importante:
el juego.
Jugando pueden representar situaciones que todavía no saben explicar.
Construyen.
Destruyen.
Rescatan.
Persiguen.
Se esconden.
Inventan héroes.
Crean finales diferentes.
Un niño que vuelve a jugar después de una tragedia no necesariamente ha olvidado lo sucedido.
Puede estar comenzando a recuperar algo profundamente importante:
la sensación de que todavía existe un mundo más allá del miedo.
Quizás esto explique, al menos parcialmente, aquel recuerdo de mi madre.
Mientras los adultos del campamento probablemente conversaban sobre las pérdidas, las cosechas, las viviendas inundadas y la incertidumbre de regresar, una niña de ocho años estaba construyendo otra memoria.
Había muñecas.
Había dulces.
Había balones.
Había adultos cuidándolos.
Había otros niños.
Y había juego.
La inundación seguía siendo real.
Pero durante algunas horas, la inundación dejó de ocupar todo su mundo.
“Ocurrió algo terrible, pero no todo es terrible”
Después de una catástrofe los adultos podemos, sin querer, convertir todo el entorno infantil en una extensión de la emergencia:
“No te alejes.”
“Ten cuidado.”
“Puede volver a pasar.”
“Quédate aquí.”
A veces esas advertencias son necesarias. Pero cuando toda la experiencia del niño comienza a organizarse alrededor del peligro, puede aparecer la percepción de que el mundo entero se ha vuelto inseguro.
Por eso recuperar las rutinas, la escuela cuando sea posible, los vínculos familiares, los juegos y las actividades cotidianas puede transmitir un mensaje psicológico extraordinariamente importante:
“Sí, ocurrió algo difícil, pero no todo es peligro.”
Y quizá una pelota, una muñeca, unos colores o una ronda infantil puedan convertirse temporalmente en símbolos de esa normalidad que comienza a reconstruirse.
Una pelota no construye resiliencia por sí sola
También debemos evitar romantizar la distracción.
Entregar juguetes no convierte automáticamente a un niño en resiliente.
La resiliencia infantil se construye mediante una combinación mucho más compleja de factores: seguridad, vínculos protectores, adultos emocionalmente disponibles, alimentación, refugio, rutinas, educación, oportunidades para expresar emociones, acompañamiento comunitario y recuperación progresiva de la sensación de control.
El juego puede ser una pieza de ese proceso, nunca su sustituto.
Por eso, después de una tragedia, podríamos comprender la recuperación infantil mediante una secuencia sencilla:
MIEDO → CONTENCIÓN → SEGURIDAD → JUEGO → EXPRESIÓN → RUTINA → RECUPERACIÓN
No necesariamente ocurre de manera lineal. Habrá días mejores y días difíciles. Algunos niños querrán hablar y otros preferirán jugar. Algunos llorarán y minutos después correrán detrás de una pelota.
Y eso también es infancia.
Jugar también puede ser resistir
Por eso prefiero observar una pelota en manos de un niño desde una perspectiva más amplia.
No como solución a una tragedia.
No como reemplazo de la ayuda humanitaria.
No como instrumento político.
Sino como una posible herramienta dentro de muchas otras para recordarle:
todavía puedes correr.
Todavía puedes reír.
Todavía puedes hacer amigos.
Todavía puedes imaginar mañana.
Distraer positivamente a un niño después de una experiencia difícil no significa enseñarle a escapar de sus emociones; significa permitir que su mente descanse temporalmente del miedo mientras recupera seguridad, vínculos, juego y normalidad.
Tal vez por eso aquella historia de mi madre permaneció conmigo tantos años.
Ahora entiendo que mientras los adultos probablemente recordaron aquella inundación por todo aquello que el agua se llevó, una niña de ocho años también pudo recordarla por aquello que, en medio de las aguas, encontró:
una muñeca, una sonrisa, un grupo de amigos y adultos que durante algunos momentos le permitieron volver a sentirse simplemente una niña.
Después de una experiencia que sacude su mundo, un niño necesita espacios para hablar de lo que siente, pero también necesita momentos en los que pueda volver, simplemente, a ser niño.
Y quizá cuidar la infancia también sea eso:
no negarles la realidad, sino evitar que la realidad dolorosa ocupe cada rincón de su mundo.
Hay una imagen profundamente esperanzadora en las Escrituras que siempre me ha parecido hermosa cuando pienso en la restauración de una comunidad después del dolor:
“Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas.” Zacarías 8:5
Qué extraordinaria imagen de esperanza.
La restauración de una comunidad no se representa únicamente mediante edificios nuevamente levantados. También se representa mediante niños que vuelven a jugar.
Quizá porque cuando después del miedo vuelve a escucharse la risa de un niño, algo dentro de una familia y de una comunidad comienza también a reconstruirse.
Cuidemos su infancia mientras reconstruimos su mundo. Porque un niño que vuelve a jugar no ha olvidado lo ocurrido: está aprendiendo que, aun después del miedo, la vida puede continuar.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

