La salida de Karoline Leavitt como secretaria de Prensa de la Casa Blanca abrió una disputa interna por uno de los cargos más sensibles de la administración de Donald Trump. Leavitt dejará oficialmente el puesto a finales de agosto para dedicar más tiempo a su familia, pero su reemplazo deberá asumir una función que se ha convertido en un punto de fricción entre el Gobierno y los medios: controlar la comunicación presidencial y, al mismo tiempo, administrar el acceso de los periodistas al presidente. Entre los nombres que circulan aparecen el comentarista de CNN Scott Jennings, la exabogada de Trump Alina Habba, la actual subsecretaria de Prensa Anna Kelly y el director de Comunicaciones Steven Cheung. La elección se produce mientras organizaciones de defensa de la libertad de prensa denuncian un creciente intento de la administración de Trump de controlar quién puede acceder al presidente, qué medios reciben espacio y cómo se distribuye la información oficial.
La renuncia de Karoline Leavitt, anunciada por Donald Trump el 12 de agosto, sorprendió incluso a algunos funcionarios de la administración. La portavoz, de 28 años, comunicó que dejará el cargo al finalizar agosto para concentrarse en su familia después del nacimiento de su segundo hijo. Trump la elogió públicamente y señaló que continuará vinculada a su movimiento político como asesora externa.
Leavitt había llegado al cargo en enero de 2025 y se convirtió en la persona más joven en la historia de Estados Unidos en ejercer como secretaria de Prensa de la Casa Blanca. Su estilo rápidamente la transformó en una de las figuras más visibles de la segunda administración Trump y en una de las principales defensoras públicas del presidente.
Su salida, por lo tanto, no representa simplemente un cambio de funcionario.
El cargo de secretario de Prensa tiene una importancia política excepcional porque constituye uno de los principales canales entre la Casa Blanca y los medios de comunicación. Quien ocupa el puesto decide buena parte de la estrategia de las conferencias de prensa, responde las preguntas de los periodistas y transmite la posición oficial del Gobierno sobre crisis nacionales e internacionales.
En la administración Trump, esa función adquirió una dimensión todavía mayor debido a la relación particularmente conflictiva entre el presidente y buena parte de la prensa tradicional.
Leavitt convirtió el enfrentamiento con determinados medios en una característica habitual de sus conferencias. Defendió agresivamente las políticas de Trump, cuestionó a periodistas y otorgó mayor protagonismo a medios digitales, comentaristas conservadores y plataformas consideradas cercanas al movimiento MAGA.
La Casa Blanca también modificó durante su gestión las reglas tradicionales de acceso presidencial.
En lugar de dejar exclusivamente en manos de la White House Correspondents‘ Association la organización del grupo de periodistas que acompaña al presidente en determinados actos, la administración pasó a intervenir directamente en la selección de medios y reporteros que podían acceder a determinadas actividades.
La medida provocó una fuerte controversia sobre la independencia de la prensa y el derecho de los periodistas a acceder al presidente.
El cambio no fue menor.
Durante décadas, la organización del llamado “press pool” había funcionado como un mecanismo para garantizar que diferentes medios pudieran cubrir las actividades presidenciales y compartir posteriormente la información con el resto de la prensa.
La decisión de la Casa Blanca de asumir un papel mucho más directo en la selección de participantes generó preocupación porque, según sus críticos, permitía al Gobierno favorecer a medios considerados amistosos y limitar la presencia de periodistas más críticos.
La administración Trump defendió el cambio argumentando que los medios tradicionales ya no representan por sí solos la diversidad del ecosistema informativo estadounidense.
Leavitt fue precisamente una de las principales impulsoras de la incorporación de “new media”, incluyendo creadores digitales y plataformas conservadoras.
El resultado fue una transformación del tradicional funcionamiento de la sala de prensa presidencial.
Ahora, con su salida, Trump deberá decidir si mantiene esa estrategia o si introduce algún cambio.
Y allí comienza la verdadera disputa por su sucesor.
Uno de los nombres que ganó fuerza durante las últimas horas es Scott Jennings, comentarista político de CNN y veterano operador republicano. Jennings trabajó anteriormente como asesor del senador Mitch McConnell y también tuvo funciones durante la administración de George W. Bush. Además, fue colaborador de campañas republicanas y se convirtió en una de las voces conservadoras más visibles dentro de CNN.
Jennings fue consultado públicamente sobre las versiones que lo colocan como candidato al puesto, pero evitó confirmar si existe una negociación con la Casa Blanca.
Su eventual designación tendría una característica particular: Trump colocaría como principal portavoz a alguien que ya conoce profundamente el funcionamiento de los grandes medios y que, al mismo tiempo, ha defendido públicamente al presidente.
Ese perfil podría resultar especialmente atractivo para una Casa Blanca que necesita responder simultáneamente a medios tradicionales, televisión por cable, plataformas digitales y redes sociales.
Jennings, además, tiene experiencia frente a cámaras y conoce las reglas del debate político televisivo.
Sin embargo, su llegada también podría intensificar la percepción de que Trump busca un portavoz capaz de combatir frontalmente a sus críticos.
Otro nombre mencionado con fuerza es Alina Habba, exabogada personal de Trump y una de sus aliadas más fieles. Habba ocupó anteriormente posiciones dentro de la administración y posee una relación política directa con el presidente.
Su perfil sería diferente al de Jennings.
Habba representa una conexión mucho más directa con el círculo político y jurídico de Trump, mientras que Jennings tiene una experiencia considerablemente mayor en comunicación política y televisión.
También aparece Anna Kelly, actual subsecretaria principal de Prensa. Kelly ya conoce el funcionamiento interno de la Casa Blanca y ha participado en conferencias y apariciones públicas durante períodos en los que Leavitt estuvo ausente.
Su principal ventaja sería la continuidad.
En lugar de introducir una nueva personalidad en el cargo, Trump podría optar por alguien que ya conoce la estructura, los procedimientos y la estrategia comunicacional de la administración.
El cuarto nombre particularmente relevante es Steven Cheung, director de Comunicaciones de la Casa Blanca y colaborador cercano de Leavitt.
Cheung conoce desde dentro la estrategia de comunicación presidencial y ha trabajado estrechamente con Trump desde la campaña electoral.
Otros nombres también comenzaron a circular, entre ellos Katie Miller, Taylor Budowich, Monica Crowley, Jason Miller, Kari Lake y Rachel Campos-Duffy, aunque no todos tienen el mismo nivel de posibilidades.
La variedad de nombres revela un problema para la Casa Blanca: no existe todavía un sucesor indiscutible.
Y eso aumenta el interés político por la decisión.
La persona elegida tendrá que cumplir una función particularmente exigente: defender a Trump frente a los medios, controlar los mensajes de una administración que enfrenta numerosos conflictos simultáneos y mantener una relación funcional con periodistas que, en muchos casos, consideran que la Casa Blanca está intentando restringir su acceso.
La elección también llega en un momento delicado para la libertad de prensa en Estados Unidos.
Organizaciones especializadas sostienen que durante el segundo mandato de Trump se produjo una acumulación de medidas que afectan el trabajo periodístico, desde restricciones de acceso hasta disputas judiciales, presiones sobre medios y amenazas relacionadas con credenciales y cobertura.
El U.S. Press Freedom Tracker publicó en julio un informe en el que describió una estrategia de presión contra la prensa que, según la organización, incluye restricciones de acceso, reducción de financiamiento público, acciones legales y medidas destinadas a dificultar el trabajo de periodistas independientes.
La organización también registró durante julio un episodio relacionado con Susie Wiles, jefa de Gabinete de la Casa Blanca, y acusaciones de intimidación contra filtradores y medios de comunicación.
El conflicto alcanzó además al Departamento de Justicia, que ha sido cuestionado por actuaciones dirigidas contra periodistas y medios.
Organizaciones de defensa de la libertad de prensa y antiguos periodistas estadounidenses pidieron recientemente a la White House Correspondents‘ Association que adoptara una posición más firme frente a lo que consideran ataques contra la prensa durante la administración Trump. Entre las cuestiones señaladas estuvieron las citaciones judiciales a periodistas del New York Times y las amenazas contra licencias de medios de radiodifusión.
La controversia no se limita a los periodistas tradicionales.
El 12 de agosto, The Intercept y la Freedom of the Press Foundation presentaron una demanda federal contra Trump, sus asesores y la Oficina Ejecutiva del Presidente por el sistema denominado Truth API, que ofrece a determinados clientes acceso anticipado a publicaciones de Truth Social de Trump y otros funcionarios.
El servicio puede alcanzar un costo de US$100.000 mensuales.
Los demandantes sostienen que la venta de acceso anticipado a comunicaciones presidenciales puede afectar la transparencia pública y crear una ventaja informativa para quienes están dispuestos a pagar por ella.
La Casa Blanca y Trump sostienen, en cambio, que las redes sociales forman parte fundamental de su estrategia de comunicación directa con los ciudadanos.
Ese cambio resulta fundamental para comprender por qué el puesto de secretario de Prensa está evolucionando.
Durante décadas, la conferencia diaria de la Casa Blanca fue uno de los principales espacios donde los periodistas obtenían información oficial y podían interrogar directamente al Gobierno.
Trump ha reducido progresivamente esa dependencia.
El presidente utiliza Truth Social, entrevistas, eventos públicos, discursos y encuentros con medios seleccionados para transmitir mensajes sin necesariamente pasar por una conferencia de prensa tradicional.
Leavitt fue una pieza central de ese sistema.
Su trabajo no consistía solamente en responder preguntas.
También debía definir quién tenía acceso, qué mensajes recibían prioridad y cómo reaccionaba el Gobierno ante las críticas.
Por eso su reemplazo tendrá una influencia considerable sobre la relación entre Trump y los periodistas durante los próximos meses.
Además, el calendario político aumenta la importancia del cargo.
Estados Unidos se aproxima a las elecciones legislativas de medio mandato de noviembre de 2026, en las que los republicanos y los demócratas competirán por el control del Congreso.
La comunicación presidencial será particularmente importante durante la campaña.
Trump necesitará defender sus políticas económicas, migratorias y de seguridad, responder a las críticas de la oposición y mantener movilizada a su base electoral.
El nuevo secretario de Prensa será una de las principales figuras encargadas de esa batalla.
Pero existe una diferencia importante respecto de la campaña electoral.
En una campaña, el objetivo principal es convencer a los votantes.
En la Casa Blanca, el portavoz debe además responder preguntas sobre decisiones oficiales, operaciones militares, investigaciones, mercados financieros, relaciones internacionales y acciones administrativas.
No puede limitarse a funcionar como un candidato.
Ese será probablemente uno de los mayores desafíos para quien sustituya a Leavitt.
La persona elegida deberá conservar la lealtad política hacia Trump sin convertir cada conferencia en un acto electoral.
Y tendrá que hacerlo en un ambiente en el que la confianza entre la Casa Blanca y una parte importante de los medios está profundamente deteriorada.
La propia Leavitt deja un legado contradictorio.
Sus defensores la consideran una de las portavoces más eficaces de Trump y destacan su capacidad para defender posiciones del Gobierno bajo una enorme presión mediática.
Sus críticos consideran que convirtió la sala de prensa en una extensión de la confrontación política de Trump con los medios.
Durante su gestión también protagonizó episodios controvertidos por afirmaciones que posteriormente fueron cuestionadas o desmentidas, lo que aumentó el escrutinio sobre la precisión de las comunicaciones oficiales.
Sin embargo, incluso sus críticos reconocen que consiguió algo que Trump valora especialmente: mantener una lealtad política prácticamente absoluta al presidente.
Esa característica probablemente será uno de los criterios fundamentales para elegir a su sucesor.
La Casa Blanca no busca únicamente un buen comunicador.
Busca a alguien que pueda defender a Trump bajo presión, resistir preguntas hostiles y mantener la disciplina del mensaje presidencial.
Por eso, el nombre que finalmente sea elegido permitirá conocer también qué tipo de relación pretende establecer Trump con la prensa durante la segunda mitad de su mandato.
Si el elegido es un operador político como Jason Miller o Alina Habba, el mensaje podría interpretarse como una continuidad de la estrategia confrontativa.
Si la elección recae sobre Anna Kelly o Steven Cheung, podría prevalecer la continuidad administrativa.
Si finalmente Trump escoge a Scott Jennings, podría buscar una combinación de experiencia televisiva, defensa política y capacidad para enfrentarse directamente con los grandes medios.
Y existe una cuarta posibilidad: que la Casa Blanca mantenga durante algún tiempo un sistema flexible de conferencias con diferentes funcionarios mientras Trump decide.
Durante la licencia de maternidad de Leavitt, el Gobierno ya había utilizado una estrategia de rotación, con participación de JD Vance, funcionarios del gabinete e incluso el propio Trump en diferentes apariciones.
Eso demuestra que la Casa Blanca puede funcionar temporalmente sin un sustituto formal.
Pero hacerlo durante varios meses sería mucho más complicado.
El secretario de Prensa cumple también una función de coordinación interna: necesita conocer qué están haciendo los distintos departamentos y evitar contradicciones entre las declaraciones de funcionarios.
En una administración con múltiples frentes abiertos, esa tarea es especialmente importante.
La elección de Trump tendrá, por lo tanto, consecuencias que van más allá del nombre de una persona.
Será una decisión sobre cómo quiere comunicar el poder presidencial y cómo pretende administrar su relación con la prensa durante la recta final del mandato.
La salida de Leavitt también tiene un componente personal que no debe perderse de vista.
La propia portavoz explicó que su decisión estuvo relacionada con su deseo de dedicar más tiempo a sus hijos después del nacimiento de su segunda hija. Trump afirmó que comprendía la decisión y que Leavitt seguiría siendo una figura influyente dentro del movimiento MAGA.
Pero una salida personal no elimina las consecuencias políticas.
Leavitt abandona un puesto que se convirtió en uno de los centros de la disputa entre la Casa Blanca y los medios estadounidenses.
Su sucesor llegará a una sala de prensa donde la pregunta ya no es solamente qué dirá el Gobierno.
La pregunta será quién tendrá derecho a preguntarle al Gobierno.
Ese cambio resume buena parte del conflicto actual.
La Casa Blanca sostiene que está ampliando el acceso al incluir nuevos medios y reducir el poder de las estructuras tradicionales.
Los defensores de la libertad de prensa responden que entregar al Gobierno el control sobre quién puede acceder al presidente puede convertirse en una herramienta para premiar a los medios favorables y castigar a los críticos.
La disputa todavía no tiene una solución definitiva.
Pero el próximo secretario de Prensa será quien tenga que convivir diariamente con ella.
Trump no está simplemente buscando una persona que ocupe el lugar de Karoline Leavitt. Está buscando al próximo rostro de una Casa Blanca que mantiene una relación cada vez más tensa con los medios y que, al mismo tiempo, intenta controlar directamente su narrativa política.
La decisión mostrará hasta dónde pretende avanzar el presidente en esa estrategia.
Y en Washington, donde una conferencia de prensa puede convertirse en un enfrentamiento político en cuestión de segundos, el reemplazo de Leavitt será mucho más que un cambio de nombre detrás del atril.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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