El famoso Village Naturiste de Cap d’Agde, en el sur de Francia, vuelve a estar en el centro de una polémica por el creciente peso de los visitantes vinculados al intercambio de parejas y al llamado turismo liberal. El conflicto no es nuevo, pero durante la temporada de 2026 volvió a cobrar fuerza y plantea una cuestión incómoda para uno de los destinos naturistas más conocidos del mundo: hasta dónde puede transformarse un espacio nacido para defender la libertad de estar desnudo sin convertirse en otra cosa.
Cap d’Agde no es simplemente una playa nudista. El complejo naturista funciona como una pequeña ciudad turística junto al Mediterráneo, con alojamientos, restaurantes, comercios, supermercados, servicios y una extensa playa de acceso regulado. Durante el verano puede concentrar decenas de miles de visitantes, aunque la cifra de 40.000 personas que suele aparecer en publicaciones sobre el lugar debe entenderse como una estimación de máxima afluencia y no como un registro oficial permanente. La propia oficina de turismo confirma que la playa naturista continúa funcionando en 2026 y cuenta con vigilancia y puestos de socorro durante la temporada estival.
La historia explica buena parte del problema actual. El desarrollo del naturismo en Cap d’Agde comenzó en la década de 1950, cuando la familia Oltra impulsó uno de los primeros espacios naturistas de la zona. El Village Naturiste se consolidó posteriormente, durante los años 60 y 70, hasta convertirse en uno de los mayores complejos naturistas de Europa. La idea original estaba relacionada con una filosofía de vida basada en la desnudez, la naturaleza y la convivencia, no necesariamente con actividades sexuales. Esa diferencia conceptual es hoy el centro de una discusión que lleva décadas reapareciendo.
Con el paso del tiempo, Cap d’Agde desarrolló una segunda identidad. Desde finales del siglo XX, el lugar comenzó a atraer con mayor intensidad a parejas y turistas vinculados al swinging o intercambio consensuado de parejas, además de un público internacional interesado en el denominado estilo de vida liberal. El fenómeno terminó convirtiéndose también en una actividad económica: existen clubes, eventos, alojamientos y servicios específicamente orientados a ese público. La oferta de 2026 demuestra que esta industria continúa activa y que Cap d’Agde mantiene una posición destacada dentro del circuito internacional del turismo liberal.
La transformación no es una percepción exclusivamente reciente. Ya en 2010, The Guardian documentaba una fuerte confrontación entre naturistas tradicionales y visitantes vinculados a prácticas sexuales públicas. En aquel momento, residentes y representantes locales reclamaban que las actividades sexuales no fueran confundidas con el naturismo y advertían que el comportamiento de algunos visitantes estaba dañando la reputación del complejo. El debate, por tanto, tiene al menos 15 años de antecedentes documentados y no puede atribuirse únicamente a la temporada turística de 2026.
Lo que cambió en los últimos años es la dimensión comercial y cultural de esa transformación. Reportajes recientes describen un destino donde conviven personas que buscan simplemente experimentar el naturismo con parejas que llegan específicamente atraídas por el ambiente liberal. Una fuente vinculada al propio circuito de turismo liberal calcula que el complejo recibe alrededor de 40.000 visitantes anuales en temporada alta y reconoce la importante presencia de parejas swingers. Ese dato debe interpretarse con cautela porque procede de un operador interesado en ese mercado, pero confirma que existe una industria turística especializada alrededor de esa actividad.
Una de las estimaciones más llamativas difundidas durante 2026 procede de Barbara, una visitante británica con décadas de relación con Cap d’Agde y vinculada actualmente a una plataforma para conectar personas interesadas en ese estilo de vida. Según su apreciación, la composición del público habría llegado aproximadamente a una proporción de 60% de naturistas y 40% de personas vinculadas al swing en determinadas áreas. No se trata de una estadística oficial del municipio, por lo que no puede utilizarse como medición definitiva de todo el complejo, pero sí sirve para ilustrar la magnitud de la percepción de cambio entre algunos visitantes.
La división también aparece en las experiencias de los propios turistas. Opiniones publicadas recientemente describen un lugar que continúa ofreciendo una experiencia naturista convencional, pero que presenta sectores y horarios mucho más asociados al ambiente liberal. Otros visitantes, por el contrario, consideran que la fama sexual de Cap d’Agde ha terminado eclipsando su verdadera identidad naturista. La contradicción resulta evidente: cuanto más conocida se vuelve la localidad por su ambiente liberal, mayor es su capacidad para atraer ese público; pero esa misma reputación puede alejar a quienes buscan un destino naturista tradicional.
Aquí aparece la cuestión más delicada: desnudez y actividad sexual no son sinónimos. El naturismo puede practicarse sin contenido sexual, mientras que el intercambio de parejas pertenece a un ámbito completamente diferente. La convivencia puede ser posible siempre que cada grupo respete las reglas del espacio y el consentimiento de los demás. El problema surge cuando una actividad destinada a adultos deja de desarrollarse en ámbitos privados o claramente delimitados y pasa a ser visible para personas que no desean participar o presenciarla.
Y en este punto entra la legislación francesa. El hecho de encontrarse en un espacio naturista no significa que desaparezcan las normas penales sobre exhibición sexual. El artículo 222-32 del Código Penal francés establece que la exhibición sexual impuesta a la vista de otras personas en un lugar accesible al público puede ser castigada con un año de prisión y 15.000 euros de multa. La misma norma contempla expresamente la realización de un acto sexual explícito, real o simulado, cuando se impone a la vista del público.
Por eso, la discusión en Cap d’Agde no puede reducirse a una batalla entre personas conservadoras y defensores de la libertad sexual. Existe una diferencia jurídica y social entre consentimiento entre adultos y exposición sexual impuesta a terceros. Un espacio puede permitir la desnudez y, al mismo tiempo, mantener límites sobre determinadas conductas. Esa distinción resulta especialmente importante en un complejo turístico donde conviven residentes, trabajadores, visitantes ocasionales y personas con expectativas muy diferentes.
La propia infraestructura del destino muestra que existe una separación práctica entre las distintas experiencias. La oficina de turismo mantiene oficialmente una playa naturista con vigilancia durante el verano de 2026, mientras que el complejo dispone de una amplia oferta comercial y nocturna. Paralelamente, el circuito liberal cuenta con establecimientos y eventos propios. En otras palabras, el destino ya funciona mediante una combinación de espacios y públicos diferentes, aunque la frontera entre ellos sea precisamente uno de los asuntos que genera controversia.
El debate tiene además una dimensión económica. Cap d’Agde no solo vende sol y Mediterráneo: ha construido durante décadas una marca turística internacional. El naturismo atrae visitantes; el turismo liberal también. Hoteles, apartamentos, restaurantes, bares, clubes y comercios se benefician de esa circulación de turistas. La paradoja es evidente: lo que para algunos residentes constituye una amenaza a la identidad original del lugar puede representar para otros una fuente importante de actividad económica.
La tensión, sin embargo, tampoco significa que el Village Naturiste haya dejado de ser un espacio naturista. Testimonios recientes de personas que llevan décadas frecuentándolo sostienen precisamente lo contrario: una parte importante del público continúa practicando el naturismo tradicional y considera que la convivencia es posible si se respetan las áreas y las reglas. El problema, según esos testimonios, está en determinados sectores y comportamientos, no necesariamente en la totalidad del complejo.
El futuro de Cap d’Agde dependerá, en buena medida, de cómo se gestione esa frontera. Si el turismo liberal continúa creciendo sin una delimitación clara, el destino podría consolidar definitivamente su imagen como centro internacional del intercambio de parejas y perder parte del público naturista tradicional. Si, por el contrario, las autoridades y operadores consiguen mantener una separación efectiva entre naturismo, ocio turístico y actividades sexuales privadas, el complejo podría conservar las dos identidades sin que una termine expulsando a la otra.
La ironía es que Cap d’Agde no está atravesando una crisis porque haya dejado de atraer turistas. Está enfrentando precisamente el problema contrario: su propia fama ha sido tan exitosa que diferentes públicos comenzaron a competir por el significado del mismo lugar. Para unos, sigue siendo una comunidad naturista nacida de la libertad corporal; para otros, se convirtió en uno de los grandes destinos europeos del turismo liberal. La batalla no es por la ropa. Es por definir qué significa estar desnudo allí.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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