El terremoto de magnitud 7,4 que estremeció a Colombia el 10 de agosto se convirtió en uno de los desastres naturales más graves de las últimas décadas y en el sismo de mayor magnitud registrado en el país durante el siglo XXI. El epicentro fue localizado por el Servicio Geológico Colombiano en San José del Palmar, Chocó, a unos 103 kilómetros de profundidad, pero la energía liberada se sintió con fuerza en ciudades como Pereira, Cali, Manizales, Armenia, Medellín y Bogotá. Cuatro días después, el balance oficial había alcanzado 281 muertos, 3.971 heridos y 379 desaparecidos, mientras más de 44.000 familias resultaron afectadas, 10.677 viviendas quedaron destruidas y otras 65.841 sufrieron daños. La emergencia pasó de una carrera masiva por encontrar sobrevivientes a una operación mucho más compleja de rescate, identificación de víctimas, asistencia humanitaria y reconstrucción.
El movimiento se produjo el 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, y tuvo una característica que inicialmente pudo parecer contradictoria: aunque el epicentro se encontraba en Chocó, a una distancia considerable de las principales ciudades del país, la profundidad y la magnitud permitieron que las ondas sísmicas recorrieran una extensa zona del territorio colombiano. El temblor fue percibido en prácticamente todo el occidente y centro del país y provocó escenas de pánico en edificios, hospitales, escuelas y lugares de trabajo.
El Servicio Geológico Colombiano (SGC) confirmó que el terremoto alcanzó una magnitud de 7,4 y tuvo una profundidad de aproximadamente 103 kilómetros. La institución lo calificó como el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI. En las primeras horas posteriores al evento se registraron numerosas réplicas, lo que obligó a mantener restricciones de acceso a edificios dañados y a trabajar bajo un riesgo permanente de nuevos desprendimientos.
La profundidad del terremoto tuvo un efecto particular sobre su propagación. Un sismo de gran magnitud situado a más de 100 kilómetros bajo tierra puede sentirse a cientos de kilómetros del epicentro, aunque la distribución de los daños no sea uniforme. Eso explica por qué ciudades relativamente alejadas experimentaron movimientos intensos y, al mismo tiempo, algunas zonas próximas al epicentro quedaron parcialmente aisladas por problemas de comunicación y transporte.
La primera impresión después del terremoto fue de confusión. Cali, Pereira y otras ciudades comenzaron a reportar edificios dañados o colapsados, mientras miles de personas abandonaban viviendas y oficinas por temor a réplicas. En algunos sectores se produjeron desprendimientos de fachadas, caída de elementos estructurales, daños en viviendas y cortes de servicios públicos.
En Pereira, una de las ciudades que posteriormente concentraría algunas de las operaciones de rescate más complejas, los daños fueron especialmente graves. Hoteles, viviendas y otras estructuras resultaron afectadas y varias personas quedaron atrapadas bajo los escombros. Equipos especializados comenzaron a trabajar con perros de búsqueda, cámaras, sensores y herramientas para localizar señales de vida.
En Cali, la magnitud de la emergencia también fue considerable. El movimiento provocó el colapso de estructuras y daños en numerosos edificios, mientras hospitales y servicios de emergencia recibían a personas heridas. La ciudad se convirtió rápidamente en uno de los principales centros de atención de la crisis, tanto por su población como por su capacidad hospitalaria y logística.
La tragedia se extendió además hacia Chocó, donde el problema no fue únicamente la destrucción causada por el terremoto. Varias comunidades quedaron con dificultades de comunicación y acceso, especialmente en áreas rurales y selváticas. La geografía del departamento convirtió la llegada de ayuda en una operación mucho más complicada que en las grandes ciudades.
En algunos sectores, los propios habitantes tuvieron que comenzar las primeras tareas de búsqueda mientras esperaban la llegada de equipos especializados. Esa situación puso de manifiesto una de las grandes dificultades de la emergencia: Colombia no enfrentaba un único desastre urbano, sino múltiples focos de destrucción separados por grandes distancias y con capacidades de respuesta muy diferentes.
Durante las primeras horas, el principal objetivo fue encontrar personas con vida. La experiencia internacional en terremotos indica que las primeras 24 a 72 horas constituyen un período especialmente crítico para localizar sobrevivientes atrapados. Por eso, los equipos trabajaron de manera continua, muchas veces utilizando métodos manuales para retirar escombros y haciendo pausas de silencio para intentar escuchar golpes, voces u otros indicios de personas atrapadas.
La operación fue particularmente delicada porque los edificios dañados podían colapsar nuevamente. Los rescatistas tenían que equilibrar dos prioridades que podían entrar en conflicto: avanzar rápidamente para salvar vidas y evitar convertirse ellos mismos en víctimas.
El terremoto también produjo una enorme presión sobre el sistema sanitario. Miles de personas resultaron heridas y algunos centros médicos tuvieron que trabajar con capacidades superiores a las habituales. En determinadas zonas, los hospitales debieron revisar sus estructuras y establecer áreas de atención alternativas debido al temor de que las réplicas provocaran nuevos daños.
El balance evolucionó rápidamente durante los primeros días. Las primeras informaciones hablaban de decenas de muertos, pero la cifra fue aumentando conforme los equipos pudieron acceder a edificios destruidos y comunidades que habían quedado aisladas. El 14 de agosto, las autoridades contabilizaban 281 fallecidos, 3.971 heridos y 379 desaparecidos.
La dimensión de la tragedia también puede medirse en viviendas. Las autoridades reportaron 10.677 casas destruidas y 65.841 dañadas, además del colapso de al menos 127 edificios. El número de familias afectadas superaba las 44.000, lo que significa que la emergencia no terminó cuando los equipos dejaron de encontrar nuevos sobrevivientes: miles de personas quedaron sin vivienda o con casas que ya no podían ocupar.
A esto se sumaron daños en escuelas, centros de salud, acueductos, carreteras y aeropuertos. La destrucción de infraestructura convierte un terremoto en una crisis que se prolonga mucho después del movimiento inicial. Una comunidad puede sobrevivir al temblor, pero quedar aislada si se destruye el puente que la conecta con otras ciudades o si se interrumpe el suministro de agua.
La situación en los aeropuertos fue particularmente relevante porque el transporte aéreo constituye una herramienta fundamental para llevar ayuda a regiones de difícil acceso. Varias terminales registraron daños o interrupciones temporales, aunque posteriormente algunas recuperaron sus operaciones.
La emergencia también puso a prueba al nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella, que había asumido la Presidencia apenas semanas antes. El terremoto se convirtió en el primer gran desastre nacional de su administración y, por lo tanto, en una prueba inmediata de su capacidad de coordinación, respuesta y comunicación.
El Gobierno anunció medidas extraordinarias para acelerar la atención de los damnificados y posteriormente comenzó a preparar un plan nacional de reconstrucción. También se planteó la declaración de una emergencia económica para disponer de herramientas adicionales frente al impacto financiero de la catástrofe.
La reconstrucción será probablemente uno de los mayores desafíos de la administración de De la Espriella. No se trata solamente de reconstruir viviendas. Será necesario reparar carreteras, hospitales, escuelas, sistemas de agua, redes eléctricas y otras infraestructuras esenciales, además de proporcionar alojamiento temporal a miles de personas.
Y existe un problema adicional: reconstruir exactamente lo que existía antes del terremoto no necesariamente significa reconstruir mejor. Una catástrofe de esta magnitud obliga a revisar normas de construcción, mapas de riesgo, ubicación de viviendas y capacidad de respuesta municipal. Si se reconstruyen viviendas vulnerables en los mismos lugares y bajo las mismas condiciones, el país podría estar simplemente preparando la próxima tragedia.
La distribución territorial de los daños también deja una lección importante. Colombia posee grandes diferencias en infraestructura y capacidad institucional entre sus regiones. Mientras ciudades como Cali y Pereira cuentan con hospitales, universidades, cuerpos de bomberos y redes logísticas importantes, algunas comunidades de Chocó enfrentan condiciones mucho más difíciles para acceder a servicios básicos incluso en tiempos normales.
El terremoto hizo visible esa desigualdad de manera brutal.
Las zonas más alejadas del epicentro no necesariamente fueron las más difíciles de atender. En determinados casos, la distancia, la falta de carreteras, las dificultades de comunicación y las condiciones geográficas fueron tan importantes como la magnitud del daño físico.
La respuesta también adquirió una dimensión internacional. Equipos extranjeros comenzaron a colaborar con los grupos colombianos, entre ellos especialistas procedentes de México, Venezuela, Estados Unidos y otros países. La cooperación permitió incorporar perros de búsqueda, equipos de detección térmica y especialistas en rescate urbano.
La participación internacional fue especialmente importante en Pereira, donde todavía existían personas atrapadas cuando ya habían transcurrido varios días desde el terremoto. La situación obligó a mantener una operación de rescate altamente especializada mientras en otras zonas comenzaba la remoción de escombros.
Ese cambio de estrategia es uno de los momentos más duros después de un terremoto. Cuando disminuyen las posibilidades de encontrar sobrevivientes, las máquinas pesadas comienzan a reemplazar progresivamente las herramientas manuales utilizadas durante las primeras horas. Pero la decisión no es sencilla: utilizar maquinaria puede acelerar la remoción, pero también debe hacerse con extrema precaución cuando existe la posibilidad de que todavía haya personas atrapadas.
El caso de Pereira demostró esa tensión. Equipos de rescate continuaban trabajando mientras las autoridades comenzaban a reconocer que la ventana de supervivencia estaba reduciéndose. Reuters informó el 14 de agosto que todavía había personas atrapadas en un hotel colapsado y que los equipos utilizaban tecnología de detección térmica para intentar localizarlas.
La tragedia también generó episodios de enorme esperanza. En medio de una ciudad destruida, algunos sobrevivientes fueron localizados después de permanecer durante horas bajo estructuras colapsadas. Cada rescate con vida tuvo un impacto enorme sobre familiares y equipos de emergencia, porque demostraba que incluso después de varios días todavía podía existir una posibilidad.
Pero esos casos fueron acompañados por una realidad mucho más dura: el número de muertos continuó creciendo mientras disminuía el de sobrevivientes encontrados.
El terremoto también dejó animales atrapados o desaparecidos. El balance divulgado por las autoridades contabilizaba 24 mascotas encontradas con vida, 14 muertas y alrededor de 240 desaparecidas, una dimensión frecuentemente olvidada en los grandes balances de desastres.
Para miles de familias, la tragedia no terminó con el rescate. Quedaron sin vivienda, sin pertenencias y, en algunos casos, sin documentación. Muchas personas tuvieron que dormir en la calle o en alojamientos temporales porque temían regresar a viviendas que podían haber quedado estructuralmente comprometidas.
Esa situación también genera un segundo problema: la salud pública. Después de un desastre de esta magnitud, aumentan los riesgos asociados con agua contaminada, falta de saneamiento, hacinamiento, interrupción de tratamientos médicos y problemas de salud mental.
La atención psicológica será otro desafío de largo plazo. Las personas que perdieron familiares, viviendas o medios de subsistencia pueden experimentar estrés postraumático, ansiedad y depresión. Los niños que presenciaron derrumbes o perdieron sus escuelas necesitarán apoyo para recuperar cierta normalidad.
La reconstrucción, por tanto, no será solamente física.
Será también social y económica.
Miles de pequeños comercios quedaron afectados y muchas familias perdieron sus principales fuentes de ingresos. En regiones donde la economía depende del comercio local, la agricultura, el turismo o actividades informales, incluso daños relativamente pequeños en infraestructura pueden provocar una interrupción económica prolongada.
El Gobierno tendrá que decidir cómo distribuir recursos entre las zonas más afectadas y cómo evitar que la reconstrucción se convierta en un proceso lento o burocrático. La emergencia económica propuesta por el Ejecutivo busca precisamente acelerar la disponibilidad de recursos para atender estas necesidades.
Pero también habrá una dimensión política inevitable.
El terremoto llegó en un momento en que el nuevo Gobierno todavía estaba consolidando su administración. La forma en que se gestione la reconstrucción puede convertirse en uno de los principales indicadores de la capacidad del Ejecutivo. La fase de rescate genera solidaridad; la fase de reconstrucción genera escrutinio.
Durante la emergencia, el Gobierno recibió críticas relacionadas con la velocidad y coordinación de la respuesta en algunas zonas. Reuters señaló dificultades en determinadas comunidades de Chocó y cuestionamientos sobre la distribución de la ayuda.
La situación de Chocó será especialmente importante. El departamento ya enfrentaba problemas estructurales de pobreza, infraestructura y conectividad antes del terremoto. Una reconstrucción que no tome en cuenta esas condiciones podría simplemente devolver a la población a una situación de vulnerabilidad previa al desastre.
Por eso, una de las grandes preguntas que deja el terremoto es si Colombia aprovechará la tragedia para reducir su vulnerabilidad sísmica o si se limitará a reemplazar las estructuras destruidas.
El país cuenta con normas de construcción sismorresistente y experiencia acumulada frente a terremotos. Sin embargo, una parte considerable de las viviendas existentes fue construida bajo estándares diferentes o mediante procesos informales. La vulnerabilidad de esas edificaciones puede ser mucho mayor que la de construcciones modernas diseñadas para resistir movimientos intensos.
La tragedia también demuestra que la magnitud de un terremoto no explica por sí sola el número de víctimas. Importan la profundidad, la distancia a las ciudades, el tipo de suelo, la calidad de las construcciones, la densidad poblacional y la preparación de los servicios de emergencia.
En este caso, la profundidad de más de 100 kilómetros evitó probablemente un escenario todavía más devastador en determinadas zonas, aunque la magnitud del evento fue suficiente para producir daños a gran distancia.
El terremoto también volvió a poner a Colombia frente a su realidad geológica. El país se encuentra en una región de interacción compleja entre placas tectónicas y sistemas de fallas, particularmente en la zona occidental de los Andes. La actividad sísmica forma parte de la dinámica natural del territorio y no puede eliminarse mediante políticas públicas.
Lo que sí puede reducirse es la vulnerabilidad.
Y ahí comienza la verdadera tarea después del desastre.
Las autoridades tendrán que revisar edificaciones estratégicas, fortalecer hospitales, mejorar sistemas de comunicación, actualizar mapas de riesgo y garantizar que las comunidades conozcan rutas de evacuación y protocolos de emergencia. El terremoto demostró que incluso ciudades con infraestructura moderna pueden quedar severamente afectadas.
También será necesario mejorar los sistemas de información. En una emergencia, una alerta correcta puede ahorrar horas de trabajo y salvar vidas, mientras una información falsa o mal transmitida puede desviar recursos críticos. La coordinación entre autoridades, cuerpos de rescate, hospitales y comunidades debe ser rápida y precisa.
La experiencia de Pereira, donde los equipos continuaban buscando sobrevivientes varios días después, ilustra perfectamente ese problema.
Mientras tanto, Colombia enfrenta una etapa todavía más compleja: pasar de la emergencia a la reconstrucción sin abandonar a quienes todavía necesitan ayuda.
El Gobierno ya comenzó a discutir mecanismos de financiación y cooperación con el sector privado. La idea es movilizar recursos para viviendas, infraestructura y recuperación económica.
Pero la reconstrucción tendrá que ser transparente. Cuando circulan miles de millones de pesos en contratos de emergencia, aumentan también los riesgos de corrupción, sobrecostos y favoritismo. La magnitud de la tragedia exige controles estrictos para que cada recurso llegue efectivamente a las comunidades afectadas.
La crisis también puede convertirse en una oportunidad para modernizar determinadas regiones. Nuevas viviendas podrían construirse con estándares superiores; hospitales pueden ser reforzados; carreteras pueden rediseñarse; sistemas de alerta pueden ampliarse y las comunidades rurales pueden recibir infraestructura que antes no tenían.
El costo será enorme, pero el costo de no hacerlo también.
Porque Colombia no puede impedir el próximo gran terremoto.
Puede, sin embargo, intentar que el próximo terremoto encuentre un país menos vulnerable.
La tragedia del 10 de agosto deja además una conclusión científica importante. Un terremoto de magnitud 7,4 puede afectar una superficie enorme incluso cuando su epicentro se encuentra a gran profundidad. La experiencia de Colombia demuestra que no basta con concentrar la prevención exclusivamente alrededor de las zonas donde históricamente se han producido grandes terremotos superficiales.
La preparación debe contemplar escenarios regionales.
El sismo fue percibido incluso fuera de Colombia, y los movimientos generaron preocupación en países vecinos. La extensión geográfica del fenómeno recuerda que la actividad sísmica de los Andes tiene una dimensión regional y que los mecanismos de cooperación entre países pueden resultar fundamentales cuando ocurre un desastre de gran escala.
La tragedia también ocurre pocas semanas después de los grandes terremotos que afectaron Venezuela, aumentando la sensación de vulnerabilidad sísmica en el norte de Sudamérica. Aunque se trata de eventos tectónicamente diferentes y no existe una relación causal automática entre ellos, la sucesión de grandes terremotos ha puesto nuevamente la preparación sísmica regional bajo los reflectores.
Ahora Colombia debe enfrentar el después.
281 muertos ya no son una cifra abstracta: representan 281 familias que perdieron a alguien. 3.971 heridos significan miles de personas que tendrán que recuperarse física y psicológicamente. Los 379 desaparecidos representan una angustia que todavía no terminó. Y las más de 44.000 familias afectadas deberán reconstruir sus vidas mientras el país intenta reconstruir ciudades enteras.
La fase más visible del terremoto fue el derrumbe.
La fase más larga será la reconstrucción.
Y probablemente será también la que determine cómo quedará Colombia después de la tragedia.
El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto no fue solamente un fenómeno geológico: se convirtió en una prueba nacional de capacidad institucional, solidaridad y preparación. El sismo destruyó viviendas, edificios e infraestructura, pero también expuso desigualdades que ya existían, especialmente en regiones vulnerables como Chocó. Mientras los rescatistas todavía buscaban sobrevivientes en Pereira, el Gobierno ya comenzaba a enfrentar una pregunta mucho más grande: cómo reconstruir un país golpeado por una tragedia que dejó 281 muertos, miles de heridos y cientos de desaparecidos. El desafío de Colombia ya no es solamente superar el terremoto. Es evitar que la reconstrucción reproduzca las mismas vulnerabilidades que hicieron tan devastador el desastre.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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