
Durante las últimas décadas fuimos expuestos a una narrativa que nos presentaba un desenlace que parecía inevitable: a medida que nuestras sociedades se modernizaran —la educación creciera, la tecnología avanzara y la ciencia pudiera explicar cada vez más aspectos de la realidad—, la religión iría perdiendo lentamente su lugar. Dios sería desplazado hacia la periferia de la sociedad y la fe terminaría convertida en una expresión meramente personal, privada, emocional e irrelevante.
Si a finales del siglo XIX se anunciaba la muerte de Dios, a inicios del siglo XXI se anticipaba Su funeral. Sin embargo, algo inesperado está ocurriendo. La generación que supuestamente terminaría de sepultar la religión parece estar espiritualmente inquieta.
Diversos estudios apuntan a este fenómeno. Un informe de 2025 del Grupo Barna muestra que los jóvenes de la Generación Z que frecuentan comunidades cristianas en los Estados Unidos asisten en promedio a 1,9 fines de semana por mes, superando la frecuencia media de la generación anterior. A su vez, el Public Religion Research Institute (PRRI), en su censo de 2024, muestra que poco más de la mitad de la Generación Z en los Estados Unidos aún se identifica con alguna tradición cristiana, distribuídos entre católicos, protestantes, evangélicos y otras iglesias.
La generación que supuestamente terminaría de sepultar la religión parece estar espiritualmente inquieta
Esto no significa necesariamente un retorno automático a las iglesias tradicionales ni una recuperación de formas religiosas heredadas. El fenómeno es más complejo. Pero justamente por eso merece nuestra atención. Tal vez la secularización no produjo el funeral de Dios, sino que produjo una nueva búsqueda.
Mirando la cultura
El periodista y escritor inglés Steve Turner ha insistido durante años en que la cultura pop funciona como un gran termómetro espiritual de la sociedad.1 Allí son expuestos los anhelos, miedos y contradicciones de cada generación. Es allí donde muchas veces los cambios profundos comienzan a hacerse visibles antes de llegar a otros espacios.
Y algo interesante está ocurriendo allí. Cada vez resulta más común encontrar figuras públicas hablando sobre el vacío existencial, la necesidad de trascendencia o la búsqueda espiritual. Es el caso, por ejemplo, del influencer español Pablo Garna, quien concentró la atención mediática al anunciar que dejaría atrás las redes sociales —con casi un millón de seguidores— y el modelaje para ingresar al seminario católico. Independientemente del juicio que alguien haga sobre esa decisión, el motivo resultó revelador: la fama, el reconocimiento y el éxito no habían logrado darle plenitud.
Este no es un caso aislado. De distintas maneras aparece repetidamente en músicos, actores, influencers y figuras culturales contemporáneas. La promesa moderna de autorrealización parece haber encontrado un límite. Y cuando las promesas culturales fallan, las preguntas existenciales regresan.
La paradoja de la Generación Z
La Generación Z nació aproximadamente entre mediados de la década de los noventa y comienzos del 2010. Son los primeros «nativos digitales». No conocieron el mundo sin internet. Nunca experimentaron una realidad sin teléfonos inteligentes, algoritmos ni redes sociales. Son expertos en conexión, pero también parecen vivir una experiencia profunda de desconexión.
El renombrado psicólogo social Jonathan Haidt, autor del éxito de ventas Generación ansiosa, ha descrito a esta generación como el resultado de una gran reconfiguración de la infancia, cuyas experiencias fundamentales de crecimiento migraron de lo comunitario hacia las pantallas, con la promesa de que los dispositivos electrónicos eran ventanas globales. Sus vidas sociales pasaron a ser cada vez más mediadas por lo digital y el resultado no parece haber sido una generación más libre.
Numerosos estudios, como el libro de Haidt, muestran aumentos importantes de ansiedad, aislamiento y fragilidad emocional. La paradoja es evidente: nunca una generación estuvo tan conectada y, al mismo tiempo, tan sola y vacía.
Pero el vacío tiene la extraña capacidad de obligarnos a hacernos preguntas: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué significa vivir bien? ¿Existe algo más allá de mí? Estas preguntas inquietan profundamente al ser humano sin Dios.
Personas cansadas de construir significado solas están abiertas a escuchar una narrativa mayor
Durante todos estos años, la modernidad prometió al ser humano un nivel radical de autonomía que podría darle sentido a su existencia. Pero la autonomía absoluta es una carga insoportable para una criatura. Pronto se da cuenta de que es imposible hallar respuestas en sí mismo. No es en vano que Jeremías haya dicho: «Más engañoso que todo es el corazón, / Y sin remedio» (Jr 17:9), en concordancia con lo que dijo justo antes: «Maldito el hombre que en el hombre confía, / Y hace de la carne su fortaleza, / Y del SEÑOR se aparta su corazón» (v. 5).
Si cada individuo debe construir su propia identidad, producir significado y justificar su existencia, entonces tienen un enorme peso sobre sus hombros. Y no fuimos diseñados para funcionar como nuestros propios creadores. Por eso, al final del siglo IV, Agustín de Hipona decía: «Nos has hecho para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti» (Confesiones, I.1.1).
De la secularización a la desecularización
Durante años, el influyente sociólogo y teólogo luterano Peter L. Berger defendió la teoría clásica de la secularización: mientras más moderna una sociedad, menos espacio existiría para la religión. Sin embargo, a inicios de los 2000, el sociólogo reconoció que la realidad era más compleja, al observar un incipiente resurgimiento religioso durante aquellos años.
El año 2007, el Doctor en Filosofía Felipe Huete, al estudiar la evolución del pensamiento de Berger, señaló que era cada vez más evidente que la religión nunca desapareció. Simplemente cambió de lugar. Se transformó. La experiencia religiosa continuó emergiendo bajo nuevas formas.
Esto ayudó a explicar por qué, durante décadas marcadas por altos discursos secularizadores, el cine, las narrativas populares y la cultura visual continuaron llenándose de espiritualidades alternativas, fascinación por lo sobrenatural y búsquedas trascendentes. Lo religioso permanecía vivo. Solo hablaba otro lenguaje.
El año 2015, mientras estudiaba en el seminario teológico, entregué una monografía donde presenté la tesis de Huete. Ya en ese momento me atreví a afirmar que tal vez no estábamos observando el triunfo final de la secularización, sino que estábamos observando una desecularización.
Deseo espiritual después del desencanto
Lo que señala Huete es importante para interpretar correctamente el fenómeno de la Generación Z. Muchos jóvenes no parecen reaccionar contra Dios. En realidad, ellos crecieron en un mundo que les dijo que Dios era innecesario, pero no lograron silenciar las preguntas fundamentales del corazón humano.
El filósofo canadiense Charles Taylor describió hace años esta transformación en nuestra época secular. Creer dejó de ser algo dado por sentado. La fe pasó a ser una posibilidad entre muchas otras.2 Pero justamente porque la fe dejó de ser algo por defecto, la búsqueda espiritual adquirió nuevas características. Ya no se hereda. Se busca. Y esa búsqueda ocurre en diversos lugares.
La periodista Jenna Mindel, en un artículo para Christianity Today, hace una observación interesante sobre la Generación Z: es relativamente sencillo medir la afiliación religiosa; mucho más difícil es medir la apertura espiritual. Hoy, las preguntas espirituales aparecen en TikTok, en pódcasts y en comunidades digitales, lo que confirma que la búsqueda continúa. Pero cambió de escenario, de modo, de lenguaje, y ese es el desafío más importante para la iglesia.
Más allá del entretenimiento
Durante años, muchos cristianos asumieron que la principal necesidad de los jóvenes era el entretenimiento. Más música. Más luces. Más experiencias. Pero tal vez el diagnóstico estaba equivocado, porque la evidencia actual sugiere otra cosa.
Los jóvenes de la Generación Z no buscan únicamente experiencias. Buscan significado. No buscan más ruido. Buscan orientación. No buscan espontaneidad. Buscan profundidad. Quizás después del desencanto moderno, estamos presenciando algo profundamente humano: personas cansadas de construir significado solas están abiertas a escuchar una narrativa mayor. Y aquí las iglesias tienen una oportunidad extraordinaria, porque siguen anunciando una verdad antigua: el corazón humano continúa inquieto mientras no descanse en Dios.
La Gen Z no se acercará preguntando por doctrinas o denominaciones, sino con preguntas honestas sobre ansiedad, identidad y propósito
¿Dónde podríamos vislumbrar esa búsqueda de la Generación Z? Como Steve Turner observó hace tiempo, la cultura popular no solamente entretiene, sino que también revela aquello que una sociedad ama, teme o espera. Si queremos comprender qué ocurre espiritualmente con una generación, podemos mirar aquello que consume, canta y comparte. Es allí donde encontraremos señales interesantes.
Un camino al evangelio
En todo este período de secularización, la cultura pop estuvo saturada de narrativas sobre autoafirmación, autosuficiencia y construcción del yo. La gran historia moderna parecía resumirse en una sola frase: conviértete en quien quieres ser. Pero progresivamente aparecieron fisuras. Vacío. Fragilidad. Agotamiento. Y como dijera el cantante Leonard Cohen, «Hay una grieta, una grieta en todo. Así es como entra la luz».3
Las nuevas formas de espiritualidad de la Generación Z reflejan esta tensión. Muchos jóvenes combinan elementos diversos, como la oración, la meditación, la apertura religiosa y la fascinación por la estética religiosa. Para muchos, este sincretismo puede generar preocupación. Pero también revela algo digno de ser considerado: la necesidad de significado trascendente permanece.
La modernidad no eliminó la religión. Solamente la desplazó. Y cuando las estructuras de significado que ofrecía la secularidad se deterioraron, el deseo religioso resurgió. Este retorno espiritual contemporáneo no surge en las iglesias, sino en búsquedas dispersas. La necesidad de Dios siempre ha estado presente, pero ahora muchos están notando esta necesidad de algo más, aún si no reconocen que es a Dios a quien necesitan.
Como iglesia necesitamos comprender esto, porque la Generación Z no se acercará preguntando por doctrinas o denominaciones. Lo hará haciendo preguntas honestas sobre ansiedad, identidad, propósito y vacío. Y como dijera Francis Schaeffer, fundador de L’Abri Fellowship, es necesario dar respuestas honestas a esas preguntas honestas.
La respuesta es que hay una narrativa lo suficientemente grande como para sostener sus vidas: el evangelio de Jesucristo quien busca, llama, da identidad y otorga sentido.
Publicado por: Jano Molina
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/gen-z-espiritualidad/
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