
Mientras el oro alcanza valores récord en los mercados internacionales impulsado por la incertidumbre económica y geopolítica, organizaciones ambientales alertan que las comunidades ubicadas en las principales regiones mineras enfrentan un aumento de la deforestación, la contaminación con mercurio, la violencia y la expansión del crimen organizado. Expertos sostienen que el elevado precio del metal precioso está acelerando una crisis ambiental y social de alcance global.
El oro vive uno de los períodos de mayor valorización de su historia reciente. La incertidumbre en los mercados internacionales, las tensiones geopolíticas y la búsqueda de activos considerados refugio por los inversionistas han impulsado el precio del metal a niveles históricamente elevados. Sin embargo, detrás del crecimiento de su cotización existe una realidad muy diferente para millones de personas que habitan las zonas de extracción. En países de América Latina, África y Asia, el incremento del valor del oro está favoreciendo la expansión de la minería ilegal, la destrucción de ecosistemas y el fortalecimiento de redes criminales dedicadas al tráfico de minerales.
Uno de los testimonios más contundentes proviene de la Amazonía peruana. La lideresa indígena Jackeline Mendoza Díaz, del pueblo asháninka, denunció que la contaminación por mercurio está alterando profundamente la vida de las comunidades amazónicas. Los ríos, que durante generaciones fueron la principal fuente de agua y alimentos, presentan altos niveles de contaminación, reduciendo la disponibilidad de peces aptos para el consumo y obligando a muchas familias a recorrer largas distancias para conseguir agua limpia. Además del daño ambiental, los líderes indígenas que denuncian la presencia de mineros ilegales enfrentan amenazas, persecuciones e incluso asesinatos.
La problemática no se limita a Sudamérica. En Ghana, el mayor productor de oro de África, organizaciones ambientalistas informan que la minería ilegal ha provocado una severa degradación de reservas forestales y fuentes de agua utilizadas por millones de personas. La apertura de nuevos frentes mineros implica la tala masiva de bosques, la remoción de grandes volúmenes de suelo y el uso indiscriminado de sustancias químicas altamente tóxicas que terminan contaminando ríos y acuíferos. El deterioro ambiental también afecta la agricultura, la pesca y la seguridad alimentaria de numerosas comunidades rurales.
Uno de los principales factores de preocupación es el uso de mercurio, empleado para separar el oro de otros minerales durante la minería artesanal y de pequeña escala. Según especialistas vinculados al Convenio de Minamata sobre el Mercurio, este metal pesado permanece durante décadas en los ecosistemas y se incorpora a la cadena alimentaria a través de peces, suelos y cultivos. La exposición prolongada puede provocar daños neurológicos, alteraciones del desarrollo infantil, enfermedades renales y trastornos reproductivos. Debido a que el mercurio puede desplazarse por la atmósfera, sus efectos incluso alcanzan regiones alejadas de los centros mineros.
Investigaciones recientes de la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC) sostienen que el oro ilícito se ha convertido en uno de los mercados criminales más lucrativos del mundo. Las organizaciones delictivas no solo controlan explotaciones mineras ilegales, sino también redes de transporte, exportación, lavado de dinero y comercialización internacional. En varios países, las ganancias obtenidas mediante la extracción ilegal financian otras actividades criminales, como el tráfico de armas, drogas, madera y fauna silvestre.
La creciente demanda internacional también ejerce presión sobre los sistemas financieros. Expertos en delitos económicos advierten que miles de millones de dólares generados por actividades extractivas ilegales ingresan cada año a circuitos comerciales aparentemente legales mediante complejas operaciones de lavado de activos. El desafío, afirman, consiste en fortalecer los mecanismos de trazabilidad y exigir mayores controles sobre toda la cadena de suministro, desde la extracción hasta la comercialización del metal en los principales mercados financieros internacionales.
Aunque el oro representa una importante fuente de ingresos para numerosos países productores, especialistas señalan que la riqueza generada rara vez llega en forma equitativa a las comunidades donde se extrae el mineral. En muchas regiones persisten elevados niveles de pobreza, infraestructura deficiente, limitada atención sanitaria y escasas oportunidades de desarrollo económico, mientras los costos ambientales permanecen durante generaciones. La degradación de los ecosistemas reduce además la productividad agrícola, afecta el abastecimiento de agua y disminuye la biodiversidad.
Organismos internacionales consideran que enfrentar esta problemática requiere una estrategia integral que combine controles ambientales más estrictos, fortalecimiento institucional, cooperación internacional y mayor transparencia en el comercio mundial del oro. También destacan la necesidad de proteger a los pueblos indígenas y comunidades locales que desempeñan un papel fundamental en la conservación de bosques tropicales y otros ecosistemas estratégicos para la estabilidad climática del planeta.
Mientras el precio del oro continúa impulsado por la incertidumbre económica mundial, crece el debate sobre el verdadero costo de este recurso. Para los mercados internacionales representa un activo financiero de gran valor; para numerosas comunidades productoras, en cambio, el auge del metal precioso significa la pérdida de bosques, la contaminación de sus ríos, mayores conflictos sociales y un incremento de la presión del crimen organizado sobre sus territorios. La evolución del mercado del oro durante los próximos años pondrá a prueba la capacidad de los gobiernos y de la comunidad internacional para compatibilizar el desarrollo económico con la protección ambiental y los derechos de las poblaciones que viven en las regiones mineras.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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