
Hace seis años fui diagnosticada con una enfermedad autoinmune. Quizás leíste un artículo que escribí al respecto y te preguntes qué ocurrió después de aquella noticia. Bueno, como diría Marcos Vidal: «Aquí estamos, con algunos años más y alguna herida, pero aún en pie, luchando día a día».
Con el tiempo, he aprendido que la enfermedad no solo debilita el cuerpo; también puede ordenar nuestros afectos. Tiene una manera particular de despegar nuestra mirada de aquello que parecía estable y dirigirla hacia donde realmente radica nuestra esperanza por el evangelio.
Cuando el dolor permanece, o cuando vemos sufrir a nuestros seres amados, las promesas eternas dejan de sentirse lejanas. La verdad del evangelio se siente más preciosa, más dulce y más real. Así que en este escrito quisiera compartirte algunas maneras en las que el Señor ha usado la enfermedad para moldear mi vida como creyente y recordarme la esperanza que aguardamos.
1. La enfermedad nos enseña a esperar y a confiar, no a resolver.
Ante un diagnóstico complicado, es normal que queramos resolver rápido, encontrar respuestas inmediatas, hallar una cura, recuperar la normalidad. Nos desespera no poder arreglar lo que nos duele. Es bueno que seamos diligentes en cuidar nuestro cuerpo y seguir el tratamiento prescrito por un profesional de la salud. Sin embargo, quiero resaltar algo que también es nuestra responsabilidad como cristianos y que solemos descuidar: perseverar en la fe y honrar a Dios.
Esperar bíblicamente no es resignarse, sino descansar el corazón en el carácter de Dios mientras aguardamos Su voluntad
Quizás la parte más difícil durante la enfermedad no es actuar, sino confiar. Confiar en que Dios permanece sentado en Su trono, incluso cuando nuestros brazos decaen.
La enfermedad tiene una manera particular de enseñarnos a esperar. Esperar bíblicamente no es resignarse, sino descansar el corazón en el carácter de Dios mientras aguardamos Su voluntad. Hace poco leí una frase que resume muy bien esta verdad: «Se trata menos de esforzarse tanto y más de confiar a fondo».
Quizás ahí es donde la enfermedad también nos ayuda a dirigir nuestra mirada hacia la esperanza que aguardamos: nos recuerda que nuestra seguridad final nunca estuvo en nuestra capacidad de sostenerlo todo, sino en las manos de Aquel que sostiene todas las cosas.
2. La enfermedad nos enseña a caminar mejor con quienes sufren.
Es interesante cómo el Señor, en Su gracia, nos permite aprender a sobrellevar nuestro propio sufrimiento, hallando plenitud en Él, en medio de toda circunstancia. Pero hay un dolor distinto, uno particularmente profundo: ver sufrir a quienes amamos. Y allí, he visto cómo el Señor puede entrenar nuestro corazón con la enfermedad propia para acompañar de mejor manera cuando nuestros amados sufren.
Hace algunos meses, mi abuelita sufrió un accidente cerebrovascular, y desde entonces fue difícil verla sufrir. Han sido meses llenos de emociones y lágrimas. Sin embargo, también fue un tiempo en el que el Señor me permitió servirle de manera incondicional. Aunque el corazón quisiera evitar ese dolor, he hallado gracia incluso allí. El cuidado sacrificial nos transforma. Nos enseña a amar no solo cuando es fácil o cómodo, sino hasta el final.
Uno de los recuerdos más especiales de estos meses ocurrió durante la segunda vez que mi abuela fue internada, ya en un estado muy delicado. Junto a amigos de la iglesia llevamos una guitarra y adoramos a Dios en la habitación del hospital. Nunca olvidaré este momento: en uno de los puntos más dolorosos de la vida de mi abuela, sus labios bendecían a Dios. Fue un pequeño vistazo de la esperanza que aguardamos.
3. La enfermedad redefine lo que significa “estar bien”.
Los amigos cercanos suelen preguntar: «¿Cómo estás?», «¿Estás bien?». Sé que hay un cariño genuino y una preocupación real por mi salud detrás de esas preguntas, pero he aprendido a responder algo que antes no entendía: «No sé exactamente cómo estoy ahora, pero me siento bien».
Con eso no quiero decir que mi cuerpo esté bien. La verdad es que no siempre sé cómo están mis órganos o qué está ocurriendo internamente. Vivir con una enfermedad autoinmune implica aprender a convivir con la incertidumbre. De este lado del sol, mi cuerpo se desgasta día a día. Pero la enfermedad también ha redefinido para mí lo que significa «estar bien».
La esperanza cristiana no descansa en una vida libre de enfermedades en esta tierra, sino en la certeza de que un día tendremos cuerpos glorificados
Estar bien no significa necesariamente tener un cuerpo sano, energía suficiente o ausencia de dolor. Estar bien es saber que, aun en medio de la fragilidad, mi vida sigue sostenida por Dios. Es descansar en que mi esperanza final nunca estuvo en la estabilidad de este cuerpo, sino en la promesa de uno nuevo en la tierra nueva.
La gente suele decir «Todo va a estar bien», como un intento rápido para consolar. Pero la Biblia no promete que todo saldrá como esperamos en esta vida. Lo que sí promete es algo mucho más profundo: Dios hará que todas las cosas obren para el bien de quienes le amamos (Ro 8:28). Hay una gran diferencia entre ambas ideas.
Quizás haya oraciones cuya respuesta no llegue como imaginamos. Quizás el cuerpo continúe debilitándose. Pero, aun así, nada será inútil en Sus manos. La esperanza cristiana no descansa en una vida libre de enfermedades en esta tierra, sino en la certeza de que un día tendremos cuerpos glorificados, libres del dolor, del pecado y de este mundo caído. Hasta entonces, sanos o enfermos, fuertes o débiles, seguimos perteneciendo al Señor (Ro 14:8).
4. La enfermedad nos permite “hacer gala” de la aflicción.
Hay una belleza particular en sufrir sin murmurar. En un mundo donde la queja es el lenguaje natural del dolor, el contentamiento en medio de la aflicción se vuelve un testimonio extraño para este mundo, pero poderoso y evidente del obrar del evangelio.
El apóstol Pablo conocía bien el sufrimiento. Su vida estuvo marcada por prisiones, azotes, naufragios y debilidad constante (2 Co 11:23-33). Y aun así, en sus cartas apenas encontramos rastros de amargura o desolación. Pablo podía expresar honestamente sus cargas y presiones, pero había aprendido a descansar en la soberanía de Dios en medio de ellas.
Eso no significa que debamos fingir fortaleza o negar el dolor. En cambio, significa sufrir con los ojos puestos en Cristo. De hecho, Pablo describe que sintieron la «sentencia de muerte» sobre sí mismos, pero añade algo conmovedor, que aquello ocurrió para que no confiaran en sí mismos, sino «en Dios que resucita a los muertos» (2 Co 1:8-10).
Quizás ahí radica una de las maneras más poderosas en las que la enfermedad nos permite dar testimonio: cuando otros ven que, aun en medio de la aflicción, seguimos confiando en Dios.
5. La enfermedad nos recuerda que el sufrimiento no tiene que ser desperdiciado.
John Piper escribió una frase que ha permanecido conmigo por mucho tiempo: «Es mejor perder la vida que desperdiciarla».
Si Dios es soberano y gobierna todas las cosas, entonces ninguna enfermedad llega por accidente. Ni la nuestra ni la de quienes amamos. Dios no desperdicia el dolor; lo usa para enseñarnos a atesorarlo a Él por encima de todo.
Finalmente, mi abuela falleció a los setenta y siete años. «¡Qué joven para ser una abuela!», me dijeron varias personas. Y sí, humanamente hablando, todavía tenía años por delante. Pero mientras pensaba en su vida, hubo algo que trajo consuelo a mi corazón: su vida no fue desperdiciada.
Hasta el final, su vida apuntó a Cristo. La enfermedad debilitó su cuerpo, pero no apagó su fe. Eso me recordó que una vida entregada a Jesús nunca será desperdiciada, ni siquiera en medio del sufrimiento, la enfermedad o la muerte.
6. La enfermedad hace que el cielo sea más deseado que temido.
Vivimos en un mundo que le teme profundamente a la muerte. Las personas buscan maneras de prolongar la vida y evitar todo aquello que les recuerde su fragilidad. Incluso hablar del cielo a veces incomoda, porque nos confronta con lo pasajero de esta vida. Pero la enfermedad tiene una manera particular de enfrentarnos a esta realidad.
Cuando el cuerpo se desgasta, cuando vemos sufrir a quienes amamos o cuando el dolor permanece más tiempo del que quisiéramos, el cielo deja de sentirse como una idea distante. Se vuelve hogar. Descanso. Esperanza. Un lugar donde ya no habrá más sufrimiento.
Una vida entregada a Jesús nunca será desperdiciada, ni siquiera en medio del sufrimiento, la enfermedad o la muerte
Después de acompañar a mi abuelita en sus últimos meses, entendí algo que antes solo conocía en teoría: para el creyente, la muerte no es el final, sino el puente hacia esa esperanza de la que tanto hablamos. La enfermedad nos recuerda que vendrá un día sin hospitales, sin despedidas, sin dolor y sin lágrimas, pues nuestra vida surgirá de estar en la preciosa presencia de Dios. Y mientras más evidente se vuelve la fragilidad de esta vida, más precioso y anhelado se vuelve el cielo para el corazón del cristiano.
No escribo estas líneas como alguien que entiende completamente el sufrimiento, sino como alguien que ha tenido que aprender, una y otra vez, a mirar a Cristo en medio de él. Ciertamente la enfermedad duele y desgasta. Pero aun allí, Dios sigue obrando. Él usa el sufrimiento para moldear nuestro corazón, despegar nuestra mirada de esta tierra pasajera y recordarnos la esperanza eterna que aguardamos.
Mientras esperamos ese día glorioso, donde todo será hecho nuevo, seguimos caminando sostenidos por Su tierna gracia. Con cuerpos frágiles, sí, pero con una esperanza que no avergüenza. Porque un día toda lágrima será eclipsada por el peso eterno de la gloria venidera.
Publicado por: Karina Evaristo
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/dios-usa-enfermedad/
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