
Te miras al espejo o repasas mentalmente esa última conversación. Esa persona se preocupa por ti, celebra tus logros, te busca sin dobles intenciones y te lo dice claramente: Te quiero. Pero en lugar de sentir paz, una alarma silenciosa se enciende en tu interior. Empiezas a buscar la letra pequeña, el truco oculto, el «interés» detrás de tanta amabilidad.
Te preguntas: “¿Qué quiere conseguir?” o “¿Cuándo se dará cuenta de quién soy realmente y se irá?”.
¿Por qué nos cuesta tanto creer que alguien nos quiera sinceramente? Desconfiar del amor cuando este se presenta de forma sana y libre de drama es una experiencia mucho más común de lo que pensamos. Y no, no es que seas «pesimista»; es una respuesta que tiene raíces profundas en tu historia.
- El filtro del pasado, cuando el amor dolió: Nuestra mente es una máquina de supervivencia que aprende de la experiencia. Si en tu pasado (ya sea en la infancia, con tus padres, o en relaciones de pareja anteriores) el afecto estuvo condicionado, llegó acompañado de manipulación, o se marchó de repente, tu cerebro registró una ecuación dolorosa: vincularse es peligroso.
Cuando alguien llega hoy con un amor limpio y sincero, tu sistema de alerta no sabe diferenciar el presente del pasado. Interpreta la cercanía como una amenaza potencial y activa la desconfianza como un escudo protector. Prefieres no creerlo para que, si se van, no te tome por sorpresa.
- La herida de la insuficiencia (El síndrome del impostor emocional):
Es imposible aceptar del exterior un valor que no nos otorgamos a nosotros mismos. Si en el fondo de tu identidad habita la creencia de que no eres «suficiente» (suficientemente inteligente, atractivo/a, exitoso/a o valioso/a), te resultará inconcebible que otra persona sí vea ese valor en ti.
Aparece entonces el miedo a ser «descubierto». Piensas que esa persona está enamorada de una fachada y que, en cuanto conozca tus sombras, tus días malos o tus inseguridades, se desilusionará. Nos cuesta aceptar el amor sincero porque creemos que no nos lo merecemos.
- La adicción al caos y la «rareza» de la calma:
Irónicamente, las personas que han crecido en entornos emocionalmente turbulentos se acostumbran a que el amor sea una montaña rusa de discusiones, reconciliaciones intensas y ansiedad constante. Confunden la angustia con la pasión.
Cuando llega una relación sana, basada en la paz, el respeto y la estabilidad, el cerebro acostumbrado al conflicto lo experimenta como algo «aburrido» o, peor aún, sospechoso. La falta de drama se siente como la calma antes de la tormenta. Te cuesta creer en esa paz porque nunca antes la habías habitado.
Aprender a recibir: El acto de valentía más grande.
Aceptar que alguien te quiere sinceramente requiere mucho más coraje que desconfiar. Desconfiar es fácil; te mantiene a salvo en tu caparazón. Dejarte querer implica abrir la puerta y asumir el riesgo.
Si estás lidiando con este sentimiento, intenta caminar hacia la luz con estos pequeños recordatorios:
- El amor del otro es su verdad, no tu examen. Cuando alguien te dice que te quiere, no está evaluando tus méritos ni esperando que seas perfecto. Te está regalando su mirada. Permitirte recibirla es el primer paso para sanar.
- Reconoce la alarma sin obedecerla: Cuando sientas la tentación de boicotear la relación o de buscarle «el defecto» a la otra persona, detente. Di para tus adentros: «Esta es mi vieja herida intentando protegerme, pero hoy estoy a salvo».
- Acepta los cumplidos sin justificarte: La próxima vez que te digan algo hermoso o te hagan un gesto de cariño genuino, practica el difícil arte de solo decir: «Gracias». No lo minimices, no digas «no es para tanto», ni intentes devolver el favor de inmediato para aliviar la tensión. Solo recíbelo.
- Sana la relación contigo: Al final, el tamaño del amor que puedes recibir está limitado por el tamaño del amor que te tienes a ti mismo. Empieza por tratarte con la misma paciencia, compasión y ternura con la que esa persona te trata a ti.
Que te cueste creer en el amor sincero solo significa que has sido lastimado en el camino, no que estés roto para siempre. Date el permiso de descubrir que la madurez emocional existe, que la paz es real y que, sí, eres una persona profundamente digna de ser amada tal y como eres hoy.
«El corazón alegre constituye buen remedio; más el espíritu triste seca los huesos.» Proverbios 17:22 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

