Vivir más tiempo es uno de los grandes logros de la humanidad, pero también plantea una pregunta que todavía no hemos aprendido a responder completamente: qué hacer con esos años adicionales. La llamada nueva longevidad está modificando la estructura de las sociedades y exige dejar de considerar el envejecimiento únicamente como un problema sanitario, previsional o económico para comenzar a entenderlo como una etapa de oportunidades, participación y desarrollo personal.
Durante mucho tiempo, llegar a edades avanzadas estuvo asociado casi exclusivamente con el retiro, la pérdida de capacidades y la dependencia. Ese modelo comienza a quedar desactualizado. El aumento de la esperanza de vida significa que millones de personas disponen hoy de décadas que generaciones anteriores no tenían, y muchas llegan a ellas con capacidad para continuar trabajando, estudiando, creando proyectos, participando en sus comunidades y manteniendo vínculos sociales.
La Organización Mundial de la Salud estima que en 2030 una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más. Para 2050, la población mundial de 60 años o más podría alcanzar los 2.100 millones. La transformación demográfica no es, por lo tanto, un fenómeno marginal: está modificando la organización de las familias, los sistemas de salud, las ciudades, el mercado laboral y las relaciones entre generaciones.
El desafío no es solamente vivir más, sino vivir mejor
La gran discusión sobre longevidad suele concentrarse en cuánto cuesta sostener a una población cada vez más envejecida. Jubilaciones, atención médica, cuidados y dependencia ocupan buena parte del debate público. Pero existe otra perspectiva: los años adicionales también pueden representar conocimiento, experiencia, productividad, creatividad y participación social.
La OMS plantea precisamente que el envejecimiento saludable debe centrarse en conservar la capacidad funcional que permite a las personas hacer aquello que consideran importante. No se trata simplemente de agregar años al calendario, sino de procurar que esos años puedan ser vividos con autonomía y dignidad.
Por eso comienza a ganar fuerza el concepto de “nueva longevidad”, que propone modificar la mirada cultural sobre la edad. El problema ya no es solamente cómo cuidar a una persona mayor, sino cómo construir sociedades preparadas para ciudadanos que pueden permanecer activos durante mucho más tiempo.
Una nueva etapa después de los 60
El cambio también obliga a revisar conceptos como jubilación y retiro. Una persona de 60, 65 o incluso 70 años puede encontrarse actualmente en condiciones muy diferentes de las que tenía una persona de la misma edad varias décadas atrás.
Esto abre posibilidades para una segunda o tercera etapa profesional, nuevos emprendimientos, formación universitaria, actividades culturales, voluntariado, viajes y participación comunitaria.
Pero para que esas posibilidades sean reales se necesita algo más que una mayor esperanza de vida. Hace falta preparar a las personas para administrar una vida más larga.
La educación tradicional enseña a prepararse para el trabajo y, en muchos casos, para la jubilación. La nueva longevidad plantea que también deberíamos aprender a planificar las décadas posteriores: cómo mantener vínculos, actualizar conocimientos, cuidar la salud, administrar recursos económicos y encontrar nuevos propósitos.
El edadismo también debe ser cuestionado
Uno de los obstáculos culturales es el edadismo, es decir, los prejuicios y estereotipos asociados con la edad. Considerar que una persona deja de ser productiva, creativa o capaz simplemente porque cumple determinada cantidad de años puede convertirse en una barrera para aprovechar el enorme capital de experiencia existente en las sociedades.
La nueva longevidad propone justamente cambiar esa percepción: una persona mayor no tiene que ser definida exclusivamente por sus necesidades de atención o por su edad cronológica.
En este contexto, también adquiere importancia la denominada Generación Silver, integrada por adultos mayores que mantienen una participación activa en la economía, la cultura, la tecnología y la vida social.
La soledad es uno de los grandes riesgos
Vivir más años tampoco garantiza automáticamente una vida mejor. La OMS advierte que la soledad y el aislamiento social son factores importantes de riesgo para la salud mental durante la vejez. Por eso, las políticas de longevidad no pueden limitarse a hospitales, medicamentos y residencias para mayores. También deben considerar barrios, transporte, espacios públicos, actividades culturales, redes comunitarias y oportunidades para establecer relaciones.
La cuestión adquiere todavía más importancia cuando cambian las estructuras familiares. Familias más pequeñas, hijos que viven lejos y hogares unipersonales pueden reducir las redes tradicionales de apoyo. El envejecimiento del futuro deberá ser acompañado por nuevas formas de comunidad y solidaridad intergeneracional.
Una transformación que también afecta al Mercosur
Esta discusión tiene especial relevancia para América del Sur. Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, junto con los demás países de la región, deberán afrontar progresivamente una transformación demográfica que repercutirá sobre los sistemas previsionales, el mercado laboral, la salud pública y la economía.
Pero existe también una oportunidad regional: aprovechar la experiencia de millones de personas mayores para impulsar nuevos servicios, formación permanente, emprendimientos, turismo, tecnología y actividades culturales orientadas a una población que ya no encaja en el antiguo concepto de “tercera edad”.
La longevidad puede convertirse así en un nuevo sector económico y social, pero requiere planificación. Las empresas tendrán que reconsiderar la edad de sus trabajadores, las universidades podrán ampliar la formación durante toda la vida y las ciudades deberán adaptarse para favorecer la movilidad y la autonomía.
La verdadera revolución es cultural
La nueva longevidad no consiste solamente en que las personas vivan más. Consiste en que todavía estamos aprendiendo qué significa vivir una vida más larga.
La medicina puede prolongar la existencia, pero la sociedad debe decidir qué hacer con ese tiempo. Si los años adicionales se contemplan únicamente como una carga económica, se pierde una parte fundamental de la transformación demográfica. Si se los entiende como una etapa potencialmente activa, productiva y significativa, pueden convertirse en uno de los grandes recursos humanos del siglo XXI.
La pedagogía que falta, entonces, no es solamente enseñar a las nuevas generaciones a prepararse para la vejez. También consiste en enseñar a toda la sociedad a valorar los años ganados, combatir los prejuicios asociados con la edad y construir oportunidades para que las personas puedan seguir participando, aprendiendo y aportando durante más tiempo.
La nueva longevidad ya está aquí. El desafío ahora no es simplemente agregar años a la vida, sino agregar vida, propósito, autonomía y participación a esos años.
Foto: Diego Bernardini / Infobae
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