
La diferencia entre luchar por cambiar una realidad y aprender a vivir con aquello que no podemos modificar
“Si tienes un problema, significa que puedes resolverlo. Si no puede resolverse, entonces no es un problema: es un hecho que debes aceptar.”
Hay momentos en los que la vida nos coloca frente a situaciones que inmediatamente llamamos problemas.
Perder un empleo. Una deuda inesperada. Una discusión familiar. Un proyecto que fracasa. Una puerta que se cierra. Una emergencia que transforma nuestros planes.
Y nuestra primera reacción suele ser buscar una salida.
¿Qué hago? ¿Cómo lo soluciono? ¿Cómo consigo que esto deje de estar ocurriendo?
Buscar soluciones es necesario. Nos permite adaptarnos, transformar nuestro entorno y recuperar cierto control sobre nuestras circunstancias. El conflicto aparece cuando intentamos resolver aquello que, simplemente, ya no puede cambiarse.
Es entonces cuando una pregunta aparentemente sencilla puede transformar nuestra manera de afrontar una situación:
¿Estoy frente a un problema o frente a un hecho?
Un problema conserva posibilidades.
Si una situación puede modificarse mediante nuestras decisiones, acciones o recursos, existe algo sobre lo cual trabajar.
Tal vez la solución sea difícil.
Tal vez requiera tiempo.
Tal vez necesitemos pedir ayuda.
Pero existe un margen de acción.
Entonces podemos preguntarnos:
¿Qué puedo hacer con lo que tengo, desde donde estoy, para acercarme a una situación mejor?
Ahí comienza la resolución.
Cuando solucionar deja de ser posible
Pero existen otras situaciones.
El pasado no puede modificarse.
Una decisión que ya fue tomada no puede deshacerse.
Una pérdida puede ser irreversible.
Hay acontecimientos naturales que no podemos impedir y circunstancias externas que sencillamente están fuera de nuestro control.
Podemos desear desesperadamente que fueran diferentes.
Pero desearlo no las modifica.
En esos casos, continuar tratando la realidad como un problema que debemos resolver puede convertirse en una fuente adicional de sufrimiento.
Porque nuestra mente permanece buscando una respuesta para una pregunta que ya no tiene solución.
“¿Cómo hago para que esto nunca hubiera ocurrido?”
No podemos.
Entonces la tarea psicológica cambia.
Ya no consiste en resolver.
Consiste en aceptar.
Aceptar no significa rendirse
Esta distinción es fundamental.
Aceptar una realidad no significa estar de acuerdo con ella.
No significa que nos guste.
No significa justificar una injusticia, abandonar nuestros derechos ni permanecer pasivos frente a algo que todavía podemos transformar.
Aceptar significa reconocer con claridad:
“Esto ocurrió.”
Y desde ese reconocimiento aparece una pregunta mucho más útil:
“Ahora que esto forma parte de mi realidad, ¿qué puedo hacer a partir de aquí?”
El hecho quizá sea inmodificable.
Nuestra respuesta frente al hecho no necesariamente lo es.
Y allí recuperamos nuevamente nuestra capacidad de actuar.
El problema dentro del hecho.
Existe además una paradoja interesante.
Un hecho irreversible puede contener nuevos problemas que sí podemos resolver.
No podemos cambiar una pérdida, pero podemos decidir cómo reorganizar nuestra vida después de ella.
No podemos borrar una crisis económica que ya ocurrió, pero podemos construir un nuevo presupuesto.
No podemos evitar una tormenta que destruyó algo, pero podemos reconstruir.
No podemos regresar al instante anterior a una equivocación, pero podemos reparar aquello que todavía sea reparable y aprender para la siguiente decisión.
Por eso aceptar no representa el final de la acción.
Muchas veces es precisamente el comienzo de una acción más inteligente.
Cuando dejamos de gastar nuestra energía intentando modificar lo inmodificable, podemos dirigirla hacia aquello donde todavía tenemos capacidad de decisión.
Tres preguntas frente a la adversidad.
Ante una situación difícil podemos preguntarnos:
¿Puedo cambiar esto?
Si la respuesta es sí, entonces necesitamos un plan.
¿No puedo cambiarlo?
Entonces necesitamos aceptación.
¿Hay una parte que no puedo cambiar y otra sobre la que sí puedo actuar?
Entonces necesitamos ambas cosas.
Aceptar el hecho.
Resolver lo que todavía puede resolverse.
Esta tercera posibilidad probablemente sea la más frecuente.
Porque la vida rara vez se divide perfectamente entre aquello que controlamos y aquello que no.
Hay circunstancias que no elegimos, pero decisiones que todavía nos pertenecen.
La serenidad de reconocer la diferencia.
Quizá madurar emocionalmente no consista en aprender a solucionar absolutamente todo.
Tal vez consista también en desarrollar la sabiduría necesaria para reconocer que merece nuestra lucha y qué necesita nuestra aceptación.
Hay puertas que debemos intentar abrir.
Hay otras que tendremos que aprender a cerrar.
Hay caminos que podemos reparar.
Y existen caminos que terminaron y nos obligan a construir uno nuevo.
La fortaleza no está únicamente en insistir.
También puede estar en comprender.
Porque mientras intentamos resolver lo irresoluble, permanecemos atrapados frente a lo que ocurrió.
Cuando aceptamos el hecho, podemos comenzar a preguntarnos qué haremos después.
Y esa pequeña diferencia cambia completamente nuestra posición frente a la adversidad.
Ya no estamos intentando regresar al pasado.
Estamos decidiendo qué hacer con el futuro.
Si tiene solución, merece acción.
Si no tiene solución, necesita aceptación.
Y si todavía puedes decidir qué hacer después, siempre queda un camino por construir.
“El corazón del hombre piensa su camino; más Jehová endereza sus pasos.” Proverbios 16:9 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

