Una investigación de Mayo Clinic y Virginia Tech propone cambiar la manera de entender una enfermedad que durante años fue tratada como si tuviera un comportamiento prácticamente uniforme. El análisis de información clínica y genética de más de 4.600 pacientes identificó cinco perfiles biológicos de la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), con diferencias importantes en su evolución y en el riesgo de desarrollar complicaciones.
La MASLD, conocida popularmente como hígado graso, se produce cuando existe una acumulación excesiva de grasa en el hígado asociada principalmente con alteraciones metabólicas. Su importancia sanitaria es considerable: una revisión epidemiológica citada en la investigación estima que afecta aproximadamente al 38% de los adultos en el mundo. Sin embargo, tener hígado graso no significa necesariamente que todos los pacientes tengan el mismo riesgo de progresión.
El estudio publicado en Nature Communications plantea precisamente esa diferencia. Los investigadores sostienen que detrás del mismo diagnóstico pueden existir trayectorias biológicas distintas, algunas con mayor probabilidad de evolucionar hacia cirrosis, cáncer de hígado, insuficiencia hepática, necesidad de trasplante o enfermedad cardiovascular.
Los cinco perfiles identificados
El primer grupo fue denominado perfil cardiometabólico. Está relacionado con algunos de los factores tradicionalmente asociados al hígado graso: obesidad, diabetes, hipertensión y alteraciones de las grasas en sangre, incluidos colesterol y triglicéridos elevados.
El segundo fue identificado como perfil cardiorrenal, con predominio masculino. En este grupo aparecen con mayor relevancia los problemas cardiovasculares y el deterioro de la función renal, lo que muestra que la enfermedad puede involucrar simultáneamente distintos órganos y sistemas.
El tercer perfil apareció principalmente en mujeres y estuvo relacionado con obesidad, trastornos del estado de ánimo y una elevada frecuencia de apnea obstructiva del sueño. Esta asociación resulta relevante porque incorpora factores que habitualmente pueden quedar fuera de una evaluación centrada exclusivamente en el hígado.
Los otros dos perfiles fueron los que presentaron una relación particularmente fuerte con la genética. Uno fue denominado MASLD poligénica. Aunque los pacientes de este grupo presentaron menos enfermedades metabólicas asociadas que otros perfiles, tuvieron una mayor tasa de trasplante hepático.
El quinto grupo corresponde a la MASH poligénica, relacionada con una mayor probabilidad de fibrosis avanzada y falla renal aguda. La MASH representa una forma inflamatoria de la enfermedad en la que, además de acumularse grasa, existe lesión e inflamación del tejido hepático, procesos que pueden favorecer la formación de cicatrices y deteriorar progresivamente el funcionamiento del órgano.
La genética puede cambiar el riesgo incluso sin obesidad
Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores es que los dos grupos con fuerte componente genético mostraron mayor riesgo de progresión hacia formas avanzadas incluso en personas que no presentaban obesidad o diabetes. Esto desafía una visión demasiado simplificada del hígado graso, en la que el peso corporal y las alteraciones metabólicas explicarían por sí solos la evolución de la enfermedad.
El término “poligénico” significa que el riesgo no depende necesariamente de una única mutación hereditaria. Puede surgir de la combinación de diferentes variantes genéticas que, juntas, aumentan la posibilidad de que la enfermedad avance.
Una enfermedad que no afecta solamente al hígado
Otro resultado importante fue la identificación de asociaciones entre determinados perfiles y enfermedades o condiciones que van más allá del órgano afectado inicialmente.
Los investigadores observaron vínculos con depresión, apnea del sueño y migraña, además de los problemas cardiovasculares y renales. El resultado refuerza la idea de que la MASLD debe analizarse como una enfermedad con repercusiones sistémicas y no únicamente como una acumulación de grasa localizada en el hígado.
Esta perspectiva puede tener consecuencias para la atención médica. Dos personas con el mismo diagnóstico podrían necesitar controles diferentes si presentan mecanismos biológicos distintos y, por tanto, riesgos diferentes de progresión.
Cómo encontraron estos patrones
Para identificar los cinco perfiles, los investigadores combinaron historias clínicas, información metabólica y datos genéticos. El análisis incorporó elementos como enzimas hepáticas, índice de masa corporal, niveles de lípidos y enfermedades asociadas, entre ellas diabetes, depresión y apnea del sueño. Posteriormente utilizaron modelos computacionales para encontrar grupos de pacientes con características comunes.
La investigación también se apoyó en el Research Data Atlas de Mayo Clinic, una plataforma que permite cruzar grandes cantidades de información clínica y genética. Entre sus herramientas se encuentra Tapestry Study, que reunió más de 100.000 datos de exoma, la parte del material genético que contiene las instrucciones necesarias para fabricar proteínas.
¿Cambiará esto el tratamiento?
Todavía no. Los propios autores advierten que la clasificación es exploratoria y que los cinco perfiles no constituyen categorías diagnósticas oficialmente aceptadas por las guías clínicas. Es decir, un paciente no puede recibir actualmente un tratamiento diferente simplemente porque pertenezca a uno de estos grupos experimentales.
El próximo paso será comprobar si la clasificación se mantiene cuando se aplique a poblaciones más amplias y diversas. Los científicos también quieren estudiar si los diferentes perfiles responden de manera distinta a tratamientos específicos, incluidos los agonistas del receptor GLP-1, utilizados en determinadas situaciones para tratar la diabetes y la obesidad.
La investigación apunta así hacia una medicina más personalizada. En lugar de considerar el hígado graso como una única enfermedad con una evolución predecible, los médicos podrían llegar a utilizar información genética, metabólica y clínica para determinar quién tiene mayor riesgo y necesita una vigilancia más estrecha.
Una nueva mirada a una enfermedad muy frecuente
El hallazgo no significa que todas las personas con hígado graso vayan a desarrollar cirrosis o cáncer. Tampoco permite predecir individualmente el futuro de un paciente sin una evaluación médica. Lo que demuestra es que el diagnóstico por sí solo puede no contar toda la historia.
La investigación abre una línea de trabajo para comprender por qué algunas personas permanecen durante años con una enfermedad estable mientras otras progresan rápidamente hacia lesiones graves. Si estos perfiles son confirmados mediante estudios posteriores, podrían contribuir a identificar antes a los pacientes de mayor riesgo y orientar controles y tratamientos de manera más precisa.
El mensaje central de este estudio es claro: dos personas pueden tener “hígado graso” y, sin embargo, no estar atravesando exactamente la misma enfermedad. La genética, el metabolismo, el corazón, los riñones, el sueño y otros factores pueden determinar caminos diferentes. La medicina comienza ahora a intentar descifrar esos caminos para anticiparse al daño antes de que sea demasiado tarde.
Foto: Imagen ilustrativa / Infobae
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