
Los guayacanes pintan las calles de color y se convierten en símbolo de resiliencia.
Entre las grietas, el polvo y los días difíciles que dejó el terremoto, la naturaleza parece haber escogido sus propios colores para recordarle algo a Cali: después de perder las hojas, también se puede volver a florecer.
Cali despierta nuevamente entre tonos rosados, amarillos, blancos y violetas.
En avenidas, parques, separadores viales y calles de diferentes sectores de la ciudad, los guayacanes han comenzado uno de los espectáculos naturales más esperados por los caleños. Sus copas se llenan de flores y, poco después, los pétalos comienzan a caer hasta formar enormes alfombras de colores sobre andenes y carreteras.
Pero este año la imagen tiene un significado diferente.
Después del terremoto que golpeó a Cali el pasado 10 de agosto, contemplar un árbol que pierde prácticamente todas sus hojas para después cubrirse completamente de flores resulta inevitablemente simbólico.
Los guayacanes están floreciendo en una ciudad que también intenta hacerlo.
Una primavera que pertenece a Cali
Cali no tiene primavera.
Al menos no oficialmente.
Pero durante algunas semanas del año pareciera inventar una propia.
Miles de guayacanes distribuidos por la ciudad transforman el paisaje urbano cuando comienza su floración. El verde habitual desaparece detrás de enormes copas rosadas y amarillas, mientras el viento se encarga de llevar los pétalos hasta el suelo.
La explicación está en el propio ciclo de estos árboles.
Durante los periodos secos, los guayacanes pierden buena parte de sus hojas y concentran sus recursos. Después llega la floración: las ramas que parecían desnudas comienzan a cubrirse rápidamente de color.
Es un proceso completamente natural.
Pero este año resulta difícil observarlo sin encontrar una metáfora.
Porque Cali también perdió.
Perdió viviendas. Espacios. Rutinas. Lugares familiares. Y, dolorosamente, también perdió vidas.
Sin embargo, continúa.
Cuando una flor significa esperanza
En los días posteriores al terremoto comenzaron a circular fotografías de los guayacanes florecidos.
Árboles rosados frente a edificios.
Flores amarillas cubriendo los andenes.
Pétalos sobre calles que pocos días antes habían sido recorridas por ambulancias, organismos de emergencia, voluntarios y ciudadanos intentando comprender lo sucedido.
Entonces apareció una frase:
“Cali volverás a florecer”.
Y la imagen del guayacán adquirió otro significado.
Porque quizá pocas especies podrían representar mejor este momento de la ciudad.
Antes de florecer, el guayacán se desprende de sus hojas.
Durante un instante parece quedarse vacío.
Pero no está muriendo.
Está preparándose.
Y cuando finalmente florece, lo hace con tal intensidad que durante algunos días transforma completamente el paisaje que lo rodea.
Una ciudad vestida de colores.
Caminar por Cali durante esta temporada significa encontrarse inesperadamente con pequeñas explosiones de color.
Hay guayacanes que pintan las calles de rosa.
Otros parecen encenderlas de amarillo.
También aparecen flores blancas, mientras los gualandayes aportan tonalidades violetas y moradas al paisaje caleño.
En algunos sectores basta una ráfaga de viento para producir una pequeña lluvia de pétalos.
Entonces ocurre algo sencillo pero poderoso.
La gente mira hacia arriba.
Algunos sacan el celular.
Otros toman fotografías.
Los niños recogen flores del suelo.
Y por algunos segundos la mirada deja las preocupaciones cotidianas para detenerse frente a algo hermoso.
En una ciudad que atraviesa un proceso de recuperación, esos pequeños momentos también importan.
Mucho más que árboles bonitos.
Los guayacanes forman parte del patrimonio natural urbano de Cali y cumplen funciones que van mucho más allá de embellecer una fotografía.
Ayudan a proporcionar sombra, disminuir la temperatura en sectores urbanos, capturar dióxido de carbono, ofrecer refugio y alimento para diferentes especies y crear espacios favorables para aves, insectos y polinizadores.
También hacen parte de una riqueza ambiental excepcional.
Cali es una ciudad donde la naturaleza se encuentra permanentemente con lo urbano: los Farallones observan desde el occidente, siete ríos atraviesan su territorio y centenares de especies de flora y fauna conviven con millones de personas.
Los guayacanes son una de las expresiones más visibles de esa relación.
Y cada floración recuerda también la responsabilidad de conservarla.
Pero mientras Cali reconstruye sus calles y sus hogares, los guayacanes ya dejaron escrito su mensaje sobre ellas:
Después de perder, también es posible volver a florecer.
Y Cali está floreciendo otra vez.
“El desierto y el lugar desolado se alegrarán; y el yermo se gozará y florecerá como la rosa.” Isaías 35:1 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

