
Y sentir ansiedad no significa que tengas menos fe.
Durante años, dentro de algunos entornos religiosos, se ha transmitido (a veces de manera explícita y otras mediante comentarios aparentemente bienintencionados) una idea peligrosa: si tienes suficiente fe, no deberías sentir ansiedad.
“Confía más en Dios.”
“Deja de preocuparte.”
“Si realmente creyeras, estarías tranquilo.”
“Eso ocurre porque te falta fe.”
Para alguien que atraviesa ansiedad, estas palabras no necesariamente producen consuelo. Por el contrario, pueden añadir una segunda carga al sufrimiento que ya existe: la culpa de creer que sentirse mal también representa un fracaso espiritual.
Pero tener fe no convierte al ser humano en alguien incapaz de experimentar miedo, angustia, incertidumbre o agotamiento.
Sentir ansiedad no te hace menos creyente. Te hace humano.
Fe y ansiedad pueden existir al mismo tiempo.
La ansiedad forma parte de los mecanismos con los que nuestro organismo responde ante amenazas, incertidumbre y estrés. En determinados niveles cumple una función protectora: nos mantiene atentos y nos prepara para responder.
El problema aparece cuando esa alarma se activa con demasiada intensidad, permanece durante demasiado tiempo o comienza a interferir con nuestra vida cotidiana.
Y ninguna convicción religiosa vuelve automáticamente inmune al cerebro o al cuerpo frente a esos procesos.
Una persona profundamente creyente puede llorar.
Puede sentir miedo.
Puede atravesar una crisis.
Puede necesitar acompañamiento psicológico.
Puede necesitar tratamiento médico.
Puede orar y, aun así, despertarse con angustia.
Una realidad no necesariamente invalida la otra.
Cuando la religión convierte el síntoma en culpa
El problema no es la fe.
Para millones de personas, la espiritualidad constituye precisamente una fuente extraordinaria de esperanza, comunidad, significado y fortaleza frente a situaciones difíciles.
El problema aparece cuando determinadas interpretaciones religiosas convierten el sufrimiento psicológico en un juicio sobre la calidad espiritual de quien lo experimenta.
Cuando alguien escucha que su ansiedad existe porque “no confía suficientemente en Dios”, deja de luchar únicamente contra la ansiedad.
Ahora también puede preguntarse:
“¿Qué está mal con mi fe?”
Entonces aparece la culpa.
Después la vergüenza.
Y algunas personas comienzan incluso a ocultar sus síntomas para evitar ser consideradas espiritualmente débiles.
Una comunidad que debería convertirse en refugio puede terminar, sin proponérselo, convirtiéndose en otro lugar donde la persona siente que debe aparentar estar bien.
La Biblia está llena de seres humanos angustiados
Las Escrituras no presentan a sus protagonistas como personas emocionalmente imperturbables.
David escribió desde el miedo, la tristeza y la desesperación.
Elías experimentó un profundo agotamiento después de momentos de enorme intensidad.
Job cuestionó, lloró y expresó abiertamente su sufrimiento.
Los salmos contienen lamentos, preguntas, temor, sensación de abandono y peticiones desesperadas de ayuda.
Incluso Jesús, antes de su arresto, no aparece retratado como emocionalmente indiferente ante aquello que estaba por suceder.
Mateo describe:
“Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.” Mateo 26:38, RVR1960
Es una imagen extraordinariamente humana.
La expresión de angustia no aparece allí como ausencia de fe.
Aparece dentro de la propia experiencia espiritual.
“Por nada estéis afanosos” no significa “nunca sientas ansiedad”
Uno de los textos más utilizados al hablar de ansiedad es Filipenses 4:6:
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”
A veces este versículo se utiliza casi como una reprimenda:
“La Biblia dice que no estés ansioso, así que no deberías sentirte así.”
Pero puede leerse de una manera mucho más compasiva.
El texto no necesita convertirse en una condena contra quien está angustiado. Puede entenderse como una invitación sobre qué hacer precisamente cuando la preocupación aparece: llevar aquello que pesa, pedir ayuda, expresar la necesidad y no cargarla completamente en soledad.
De hecho, el versículo siguiente habla de la paz de Dios guardando el corazón y los pensamientos.
Primero existe algo que inquieta.
Después aparece la búsqueda de refugio.
La fe no elimina necesariamente la tormenta
Tal vez uno de los errores esté en imaginar la fe como ausencia de miedo.
La fe también puede manifestarse mientras existe miedo.
Valentía no significa no sentir temor; significa poder avanzar a pesar de experimentarlo.
Del mismo modo, confiar no significa necesariamente permanecer emocionalmente sereno durante cada momento difícil.
A veces la fe puede verse como una oración pronunciada con tranquilidad.
Pero otras veces puede ser una oración pronunciada llorando.
Puede ser agradecer.
Pero también puede ser preguntar:
“¿Por qué?”
Puede ser sentirse fuerte.
Y también reconocer:
“Necesito ayuda.”
Buscar ayuda profesional no compite con la fe.
Existe otra idea que merece romperse: acudir a un psicólogo, psiquiatra o médico no significa reemplazar a Dios.
De la misma manera que una persona creyente puede orar y acudir al médico cuando tiene una enfermedad física, puede mantener su espiritualidad mientras recibe atención para su salud mental.
No tendría sentido decirle a alguien con una fractura:
“No necesitas atención médica; solamente necesitas tener más fe.”
La salud mental merece la misma consideración.
La psicoterapia puede aportar herramientas para comprender pensamientos, emociones y comportamientos. La medicina puede intervenir cuando existe una indicación clínica. La familia y la comunidad pueden proporcionar apoyo. Y para quien cree, la oración y su relación con Dios pueden continuar siendo fuentes importantes de sentido y esperanza.
No tienen por qué competir entre sí.
Pueden acompañarse.
Quizá la pregunta no sea “¿por qué siento esto si tengo fe?”
Tal vez podamos reemplazarla por otra:
“¿Cómo puedo atravesar esto acompañado por mi fe?”
Ese cambio parece pequeño, pero elimina una enorme carga.
Ya no necesitamos demostrar nuestra espiritualidad mediante la ausencia de emociones difíciles.
Podemos reconocerlas.
Nombrarlas.
Hablar sobre ellas.
Pedir ayuda.
Trabajarlas.
Y continuar creyendo.
La ansiedad no determina la profundidad de la fe de una persona.
Un ataque de pánico no constituye una declaración teológica.
Llorar no es fracasar espiritualmente.
Tener miedo no significa haber dejado de confiar.
Y necesitar ayuda tampoco significa que nuestra oración haya sido insuficiente.
Una fe que también permite descansar
Hay un versículo que quizá represente especialmente bien esta mirada:
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” 1 Pedro 5:7, RVR1960
Resulta significativo que el texto no diga que una persona creyente jamás tendrá ansiedad.
Habla precisamente a alguien que tiene algo que echar, algo que pesa, algo que necesita entregar.
Por eso quizá una comunidad de fe no debería preguntarle primero a quien está sufriendo:
“¿Por qué no confías más?”
Podría comenzar simplemente diciendo:
“Estoy aquí contigo.”
Porque algunas veces la fe sostiene.
Otras veces necesitamos que alguien nos sostenga mientras recuperamos fuerzas.
Y ambas experiencias pueden formar parte de una vida espiritual auténtica.
Puedes tener fe y sentir ansiedad.
Puedes confiar y sentir miedo.
Puedes orar y necesitar terapia.
Puedes amar profundamente a Dios y atravesar días en los que emocionalmente no estás bien.
La ansiedad no te hace menos creyente. Y la fe no exige que dejes de ser humano.
“En el día que temo, yo en ti confío”. Salmos 56:3 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

