
Cuando la libertad deja de ser únicamente la posibilidad de elegir y comienza a preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras elecciones
“El ser humano es tan libre que puede escoger su propia esclavitud.”
La frase resulta incómoda porque contiene una aparente contradicción: ¿cómo podría alguien utilizar su libertad para dejar de ser libre?
Sin embargo, basta observar algunas conductas humanas para comprender la idea. Podemos elegir hábitos que terminan dominándonos, relaciones que progresivamente anulan nuestra autonomía, sistemas de pensamiento que nos impiden cuestionar, estilos de vida construidos alrededor de la aprobación ajena o tecnologías que inicialmente utilizábamos y que después parecen utilizar nuestra atención.
La libertad, entonces, no consiste solamente en poder escoger.
También implica preguntarnos en qué nos convierte aquello que escogemos repetidamente.
La esclavitud no siempre tiene cadenas visibles.
Cuando escuchamos la palabra esclavitud, pensamos justificadamente en una de las formas más brutales de dominación humana: una persona privada de libertad y sometida a otra.
Y esa esclavitud no pertenece únicamente al pasado.
Una persona puede caminar libremente por la calle y, sin embargo, sentirse incapaz de actuar fuera de aquello que gobierna su vida.
Las nuevas cadenas.
Algunas son evidentes. Otras se disfrazan de normalidad.
- Podemos volvernos esclavos del consumo, cuando dejamos de comprar para satisfacer necesidades y comenzamos a necesitar comprar para experimentar satisfacción.
- Podemos convertirnos en esclavos de la aprobación, cuando nuestras decisiones dejan de responder a nuestros valores y empiezan a depender de los aplausos, opiniones o expectativas de los demás.
- Podemos quedar atrapados en la productividad, creyendo que nuestro valor como personas depende exclusivamente de cuánto producimos, ganamos o conseguimos.
- También podemos entregar nuestra atención a las pantallas y las redes sociales, acostumbrándonos progresivamente a estímulos constantes, comparaciones y recompensas inmediatas.
- Existen además dependencias afectivas, hábitos compulsivos, fanatismos, deudas, adicciones y relaciones de poder capaces de reducir progresivamente el espacio desde el cual decidimos.
Paradójicamente, muchas cadenas modernas no comienzan con una imposición. Comienzan con una elección.
La esclavitud mental.
Probablemente esta sea la dimensión más profunda de la frase.
Una prisión mental no necesita barrotes.
Puede construirse con pensamientos como:
“Yo siempre he sido así.”
“No puedo hacerlo.”
“¿Qué van a pensar de mí?”
“Si todos lo creen, debe ser verdad.”
“Necesito que esa persona me apruebe.”
“No puedo vivir sin esto.”
Cuando una idea deja de ser examinada y comienza a gobernar automáticamente nuestras decisiones, nuestra libertad psicológica puede reducirse.
No significa que todo límite sea imaginario. Existen pobreza, violencia, discriminación, coerción, enfermedad, desigualdad y circunstancias externas que restringen realmente las posibilidades humanas. Sería injusto llamar “esclavitud elegida” a aquello que una persona nunca tuvo libertad real para escoger.
La frase resulta valiosa precisamente cuando la utilizamos para examinarnos a nosotros mismos, no para culpabilizar a los demás por sus circunstancias.
¿Cómo elegimos nuestra propia esclavitud?
Rara vez ocurre mediante una gran decisión.
Sucede mediante pequeñas concesiones repetidas.
Hoy renunciamos a decir lo que pensamos para evitar rechazo.
Mañana volvemos a hacerlo.
Después modificamos nuestra conducta para agradar.
Finalmente podemos llegar a un punto en el que ya ni siquiera sabemos qué habríamos elegido sin la opinión de los demás.
Lo mismo puede ocurrir con un hábito.
Primero pensamos:
“Quiero hacerlo.”
Después:
“Necesito hacerlo.”
Hasta que eventualmente aparece:
“No puedo dejar de hacerlo.”
En algún lugar de ese recorrido, aquello que utilizábamos comenzó a ejercer poder sobre nosotros.
Y ahí aparece la paradoja:
Ejercimos nuestra libertad tantas veces en una misma dirección que terminamos reduciendo nuestra capacidad de elegir otra.
Libertad también significa responsabilidad
La libertad suele imaginarse como ausencia de restricciones:
“Soy libre porque puedo hacer lo que quiera.”
Pero existe una concepción más profunda:
Soy libre cuando puedo decidir conscientemente qué merece gobernar mi conducta.
Porque toda elección tiene consecuencias.
Elegir una disciplina también limita posibilidades.
Construir una familia implica compromisos.
Estudiar exige renunciar temporalmente a otras actividades.
Amar supone responsabilidades.
Cumplir nuestra palabra restringe voluntariamente algunas alternativas.
No toda limitación, por tanto, constituye esclavitud.
La diferencia fundamental está en si nuestros compromisos expresan nuestros valores o destruyen progresivamente nuestra capacidad de decidir.
La verdadera pregunta no sería entonces:
“¿Tengo cadenas?”
Todos tenemos compromisos, responsabilidades y límites.
La pregunta sería:
“¿Quién escogió mis cadenas y hacia dónde me están llevando?”
Una antigua advertencia bíblica
Esta paradoja entre libertad y esclavitud aparece de una manera extraordinariamente directa en el Nuevo Testamento.
“Todo me es lícito, mas no todo conviene; todo me es lícito, más yo no me dejaré dominar de ninguna.” 1 Corintios 6:12, RVR1960.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

