Las alergias respiratorias ya no pueden analizarse únicamente desde el consultorio. Una actualización de las recomendaciones de la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI) plantea que el cambio climático, la evolución de las temporadas de polen, la contaminación y determinados fenómenos meteorológicos deben incorporarse a la prevención y al manejo de pacientes con rinitis alérgica y asma.
La advertencia adquiere especial relevancia porque la rinitis alérgica y el asma afectan a cientos de millones de personas en todo el mundo. El cambio climático está modificando las condiciones ambientales en las que se desarrollan las plantas y, con ello, el comportamiento de algunos de los principales alérgenos presentes en el aire. Las temporadas de polinización pueden comenzar antes, prolongarse durante más tiempo y, en determinadas circunstancias, aumentar la cantidad o la capacidad alergénica del polen.
La EAACI sostiene que esta transformación obliga a ampliar la mirada. Sus recomendaciones incorporan aspectos de ciencia atmosférica, contaminación, aerobiología, cambio climático, ecología y vigilancia ambiental, además de los tratamientos médicos convencionales. La organización ya había establecido que las enfermedades alérgicas y el asma deben analizarse considerando la interacción entre la salud humana y el ambiente.
El polen puede llegar antes y permanecer más tiempo
Uno de los cambios que más preocupa a los especialistas es la modificación del calendario de polinización. Las temperaturas más elevadas pueden adelantar determinados ciclos de las plantas y extender los períodos durante los cuales liberan polen.
Pero el problema no se limita al calendario. La EAACI señala que el calentamiento puede asociarse con mayores cantidades de determinados pólenes y con un incremento de su potencia alergénica, mientras que estudios realizados durante décadas en Europa ya documentaron modificaciones en las temporadas de polen.
Esto significa que una persona alérgica puede encontrarse expuesta durante un período más prolongado y, dependiendo de la región y de la especie vegetal, a concentraciones diferentes de partículas capaces de desencadenar síntomas.
La contaminación agrava el escenario
El segundo componente de preocupación es la contaminación atmosférica. Las partículas contaminantes pueden interactuar con el sistema respiratorio y agravar los efectos de determinados alérgenos.
Las recomendaciones de la EAACI sobre exposición a contaminantes exteriores señalan que la exposición de corto plazo a los contaminantes evaluados aumenta el riesgo de resultados adversos relacionados con el asma, incluyendo consultas de emergencia y hospitalizaciones.
Por eso, el nuevo enfoque propone dejar de considerar de manera aislada el polen, la temperatura y la contaminación. El riesgo real puede surgir de la combinación de varios factores ambientales que cambian simultáneamente.
Los pronósticos de polen pueden convertirse en una herramienta médica
Una de las propuestas más interesantes es utilizar información ambiental prácticamente en tiempo real.
Los sistemas modernos pueden combinar concentraciones de polen, temperatura, humedad, contaminación atmosférica y condiciones meteorológicas para anticipar períodos de mayor riesgo. Para un paciente que conoce cuáles son los pólenes que desencadenan sus síntomas, esa información podría permitirle modificar sus actividades y seguir con mayor precisión las indicaciones médicas.
La estrategia también puede beneficiar a los sistemas sanitarios. Si las autoridades pueden anticipar períodos de elevada exposición, los servicios médicos pueden prepararse para un eventual aumento de consultas por crisis respiratorias.
Las tormentas pueden desencadenar crisis respiratorias
Los fenómenos meteorológicos extremos constituyen otra preocupación. Determinadas tormentas pueden provocar aumentos repentinos de partículas alergénicas en el aire y favorecer episodios conocidos como asma por tormenta.
La combinación de viento, humedad, cambios de presión y fragmentación de partículas biológicas puede modificar rápidamente la exposición de las personas susceptibles. Por eso, las guías plantean que los sistemas de vigilancia deberían incorporar información meteorológica junto con los datos de polen y contaminación.
El objetivo no es generar alarma ante cada tormenta, sino identificar anticipadamente situaciones en las que determinados grupos de pacientes podrían tener un riesgo mayor.
¿Qué puede hacer una persona alérgica?
Las nuevas recomendaciones no plantean abandonar los tratamientos convencionales. Por el contrario, señalan que las medidas ambientales deben funcionar como complemento.
Una persona con alergia conocida puede beneficiarse de conocer qué polen desencadena sus síntomas y cuándo alcanza niveles elevados en su región. Durante esos períodos puede ser conveniente reducir la exposición prolongada al aire libre, mantener determinadas ventanas cerradas cuando las concentraciones sean elevadas y cambiarse de ropa al regresar al hogar.
Sin embargo, estas medidas no sustituyen los medicamentos indicados por un profesional ni la inmunoterapia con alérgenos cuando está recomendada. La EAACI destaca que las estrategias deben adaptarse a cada paciente porque no todas las personas reaccionan a los mismos alérgenos ni presentan la misma intensidad de enfermedad.
El problema también alcanza a América Latina
Aunque buena parte de las investigaciones y sistemas de vigilancia más desarrollados se encuentran en Europa, el fenómeno tiene implicancias para otras regiones. En el propio Congreso EAACI 2026 se abordaron las tendencias de las enfermedades alérgicas en América Latina y la necesidad de comprender las particularidades regionales.
Para los países del Mercosur, esto adquiere interés particular porque Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay presentan diferentes climas, ecosistemas y calendarios de polinización. Una estrategia regional que combine información meteorológica, contaminación, vigilancia de polen y datos sanitarios podría contribuir a mejorar la prevención, especialmente en grandes centros urbanos.
La EAACI, además, trabaja actualmente en la identificación de nuevos y cambiantes aeroalérgenos vinculados con un planeta en transformación. La organización advierte que las olas de calor, inundaciones y tormentas pueden modificar la exposición de las personas a polen, mohos y otros agentes capaces de desencadenar síntomas alérgicos.
La medicina empieza a mirar también hacia afuera del consultorio
El cambio más importante que plantean estas recomendaciones no consiste en crear un nuevo medicamento, sino en anticiparse al ambiente que rodea al paciente.
Durante años, el tratamiento de las alergias se concentró principalmente en controlar los síntomas y modificar la respuesta inmunológica mediante medicamentos e inmunoterapia. Ahora, los especialistas plantean que conocer las condiciones ambientales puede convertirse en una herramienta preventiva adicional.
La idea es sencilla, pero puede tener consecuencias importantes: si los médicos saben cuándo aumentará el riesgo ambiental y los pacientes conocen sus propios desencadenantes, ambos pueden actuar antes de que aparezca una crisis.
El cambio climático, por tanto, no es presentado en estas guías como una explicación única de las alergias, sino como un factor ambiental que puede modificar la exposición a los alérgenos y complicar enfermedades respiratorias que ya afectan a una enorme parte de la población mundial.
La próxima generación de tratamientos contra las alergias podría depender no solamente de lo que ocurre dentro del organismo, sino también de lo que sucede afuera: qué plantas están floreciendo, cuánto polen hay en el aire, qué contaminantes están presentes y qué condiciones meteorológicas se aproximan. Para millones de personas con rinitis alérgica o asma, anticipar ese escenario podría ser tan importante como tratar los síntomas una vez que aparecen.
Foto: Imagen ilustrativa / Infobae
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