No todos los viajes necesitan grandes ciudades, avenidas interminables o millones de habitantes. En distintos puntos de Europa y América existen pequeñas localidades e islas donde la escala cambia por completo la experiencia del visitante: calles que pueden recorrerse a pie en minutos, comunidades de pocos habitantes, tradiciones que sobreviven durante siglos y paisajes donde el silencio forma parte del atractivo. Una selección reciente de Infobae reúne nueve de estos destinos y muestra cómo el tamaño reducido puede convertirse precisamente en su principal atractivo turístico.
Hum, en Croacia, aparece como uno de los ejemplos más extremos. Situada en Istria, esta pequeña localidad tiene alrededor de una veintena de habitantes y conserva una estructura medieval formada por calles empedradas, construcciones de piedra y un ambiente que parece alejado de las grandes transformaciones urbanas. Su reducido tamaño permite recorrer prácticamente todo el núcleo histórico en pocas horas, pero la experiencia no consiste solamente en visitar monumentos: el atractivo está en observar cómo una comunidad diminuta mantiene su identidad.
En el Canal de la Mancha, Sark propone una experiencia completamente diferente. La isla reúne unos 500 habitantes y mantiene tradiciones de origen feudal, además de una característica particularmente llamativa para el viajero moderno: la presencia de vehículos motorizados es extremadamente limitada. Acantilados, prados y una estructura de autogobierno singular completan un escenario donde la vida cotidiana transcurre a un ritmo muy diferente al de las grandes ciudades.
Durbuy, en Bélgica, lleva la idea de “ciudad pequeña” a una dimensión histórica. Su centro histórico ocupa apenas unas dos hectáreas y cuenta con alrededor de 400 residentes permanentes. El rey Juan de Bohemia le concedió el estatus de ciudad en 1331, una decisión que permitió a este pequeño enclave desarrollar una identidad política y militar pese a su reducida dimensión. Hoy sus calles medievales, el castillo y el río Ourthe forman parte de un destino turístico donde la escala permite recorrer la historia prácticamente caminando de un extremo a otro.
La Ciudad del Vaticano representa el caso más paradójico de la lista. Con unos 800 residentes, es diminuta territorial y demográficamente, pero su influencia cultural, histórica y religiosa alcanza a millones de personas en todo el planeta. La Basílica de San Pedro, los Museos Vaticanos y otros espacios patrimoniales hacen que el número de habitantes tenga poca relación con la cantidad de visitantes que recibe. Es un lugar pequeño en territorio, pero gigantesco en influencia.
En Estados Unidos, Buford, Wyoming, cuenta una historia diferente: la de una comunidad que prácticamente desapareció después de haber sido importante. Fundada en 1866 como estación ferroviaria, llegó a tener unos 2.000 habitantes. El cambio de trazado del ferrocarril provocó posteriormente un éxodo que redujo drásticamente su población. Hoy conserva apenas unas pocas estructuras y servicios básicos. En 2012, incluso fue puesta a la venta por US$900.000, convirtiéndose en una curiosidad internacional.
Vergennes, en Vermont, demuestra que “pequeño” no necesariamente significa diminuto. Con alrededor de 2.500 habitantes, es la ciudad más pequeña del estado y mantiene una identidad rural marcada por su arquitectura tradicional, su historia y la proximidad entre sus habitantes. Su caso resulta interesante porque muestra que la experiencia de una ciudad puede cambiar radicalmente cuando la comunidad conserva una escala en la que los vecinos todavía tienen una relación mucho más directa con el espacio urbano y entre ellos.
En España aparece uno de los casos demográficos más sorprendentes: Illán de Vacas, en la provincia de Toledo, tiene solamente tres habitantes, según la selección publicada. La dimensión de la comunidad convierte cada decisión municipal en algo particularmente singular: cada voto puede adquirir un peso extraordinario en un municipio donde prácticamente todos los vecinos forman parte de la vida pública local. Sus casas tradicionales y el entorno rural completan una experiencia marcada por el silencio y la baja densidad humana.
Atrani, en la Costa Amalfitana italiana, demuestra que un territorio pequeño también puede concentrar una enorme riqueza paisajística. El pueblo ocupa apenas 0,12 kilómetros cuadrados y está formado por calles estrechas, viviendas blancas y espacios construidos alrededor de una plaza central. Su proximidad con Amalfi no le ha hecho perder completamente su identidad tradicional. La playa, los acantilados y la iglesia de San Salvatore forman parte de un escenario en el que la arquitectura y el paisaje prácticamente se mezclan.
El recorrido termina en Francia, con Rochefourchat, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes. Según la publicación, el pueblo tiene solamente dos habitantes, seis casas y se encuentra a 847 metros de altitud. Sus orígenes se remontan al siglo XII y todavía quedan vestigios del antiguo castillo de Rocha Forchat. En este caso, el atractivo turístico está directamente relacionado con el aislamiento: montañas, senderos, naturaleza y una presencia humana mínima.
Pero detrás de estas nueve localidades existe una tendencia turística más amplia. Cada vez hay viajeros interesados en experiencias alejadas de los destinos masificados, donde el objetivo no es necesariamente visitar la mayor cantidad posible de monumentos, sino experimentar una forma diferente de vida. En los pequeños pueblos, el viaje puede consistir simplemente en caminar, observar la arquitectura, conversar con habitantes y comprender cómo funciona una comunidad reducida.
La paradoja del turismo contemporáneo es que muchos viajeros buscan lugares “secretos” precisamente porque todavía conservan aquello que las grandes ciudades han perdido: silencio, proximidad y tiempo. Pero cuando esos lugares se vuelven famosos, aparece el riesgo de que el turismo termine modificando aquello que originalmente los hacía atractivos.
El desafío para estas pequeñas comunidades será, por lo tanto, encontrar un equilibrio entre recibir visitantes y conservar su identidad. Un pueblo de tres habitantes no puede soportar el mismo volumen turístico que una capital europea. Una isla con escasa circulación de vehículos tampoco puede asumir fácilmente grandes cantidades de visitantes sin alterar su infraestructura.
En ese sentido, estos destinos también permiten pensar en el futuro del turismo sostenible. La tendencia no necesariamente apunta a viajar menos, sino a distribuir mejor los flujos turísticos. En lugar de concentrar millones de visitantes en unas pocas ciudades famosas, pequeñas localidades pueden recibir viajeros interesados en experiencias culturales, históricas y naturales más específicas.
El tamaño, entonces, deja de ser una desventaja y se convierte en un producto turístico. Hum vende su escala medieval; Sark, su aislamiento; Durbuy, su historia; Vaticano, su enorme influencia en un territorio diminuto; Buford, su rareza; Illán de Vacas, su excepcionalidad demográfica; Atrani, su concentración paisajística; y Rochefourchat, su aislamiento de montaña.
El fenómeno también revela algo sobre la relación entre turismo y memoria. Cuando una comunidad es pequeña, las tradiciones pueden adquirir una visibilidad mucho mayor, porque no existen grandes capas de población que diluyan las costumbres locales. La arquitectura, las fiestas, las formas de organización y hasta la manera de utilizar los espacios públicos pueden convertirse en parte esencial de la identidad del lugar.
Viajar a un sitio pequeño también cambia la percepción del tiempo. En una gran ciudad, el visitante intenta recorrer decenas de lugares en un día. En una localidad diminuta, el recorrido puede completarse rápidamente y el resto del tiempo queda disponible para observar. Esa diferencia aparentemente sencilla puede transformar completamente la experiencia.
Por eso, estos destinos plantean una pregunta interesante para el turismo del futuro: ¿necesitamos lugares cada vez más grandes para tener experiencias más importantes o, por el contrario, estamos empezando a valorar nuevamente lo pequeño?
Las nueve localidades muestran que la respuesta puede estar justamente en la escala. Hay lugares donde unas pocas calles contienen siglos de historia, donde una comunidad de habitantes puede sostener una identidad propia y donde el paisaje comienza apenas termina la última casa.
En un planeta cada vez más urbanizado y conectado, los pequeños rincones pueden terminar convirtiéndose en grandes destinos precisamente porque todavía ofrecen algo que las grandes ciudades ya no pueden garantizar: la sensación de haber llegado a un lugar donde la vida funciona a otra velocidad.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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