Un episodio ocurrido durante una ascensión al Monte Fuji volvió a colocar en primer plano una montaña que para Japón representa mucho más que un destino turístico. Un padre de 48 años dejó solo durante varias horas a su hijo de siete años, después de que el niño se cansara durante el ascenso. El menor quedó en la zona de la sexta estación, a más de 2.000 metros de altura, mientras su padre continuó hacia la cima acompañado por otro hijo. Fue encontrado por trabajadores de una cabaña, bajo condiciones de niebla y lluvia, y posteriormente la Policía reprendió al hombre, quien reconoció que había tomado una decisión precipitada y pidió disculpas.
El caso parece, a primera vista, una historia de irresponsabilidad familiar. Pero el escenario donde ocurrió explica por qué la situación pudo haber sido mucho más peligrosa de lo que aparentaba. El Fuji alcanza los 3.776 metros, es la montaña más alta de Japón y continúa clasificado como volcán activo. Aunque su última gran erupción ocurrió entre 1707 y 1708, las condiciones meteorológicas pueden cambiar rápidamente durante el ascenso y la altitud introduce riesgos que no existen en una excursión convencional.
El niño se encontraba en torno a los 2.000 metros cuando fue dejado atrás. No estaba simplemente esperando a su padre en un punto turístico. Estaba en una montaña volcánica de gran altitud, expuesto a lluvia, niebla y cambios bruscos de temperatura. La Policía japonesa recordó precisamente que, cuando se realiza una actividad de este tipo con niños, hay que tener en cuenta sus capacidades y no ponerlos en situaciones que puedan comprometer su seguridad.
El padre le habría dejado alimentos y una bebida y le indicó que esperara mientras continuaba la subida. Según los reportes, el niño permaneció solo aproximadamente tres horas, hasta que trabajadores de una cabaña detectaron su presencia y avisaron a las autoridades. Los policías localizaron posteriormente al padre en una estación superior de la montaña y lo hicieron regresar para reunirse con su hijo.
Pero el incidente abre una pregunta mucho más interesante: ¿por qué una montaña que recibe cientos de miles de visitantes cada año sigue siendo considerada sagrada por Japón?
La respuesta se encuentra mucho antes de que el Fuji apareciera en fotografías, postales y redes sociales. Durante siglos, subir al Fuji no significaba hacer turismo: significaba peregrinar. Las personas llegaban desde lugares muy alejados para recorrer a pie el camino hasta la cima como una experiencia espiritual. Durante el período Edo, entre 1603 y 1867, los seguidores de la tradición Fuji-ko realizaban largas peregrinaciones desde Edo —la actual Tokio— hasta la montaña.
La montaña era considerada un espacio de contacto entre el mundo humano y lo sagrado. Las rutas no eran simplemente caminos para montañistas: estaban acompañadas por santuarios, monumentos y lugares utilizados para rituales de purificación. La UNESCO explica que los peregrinos realizaban prácticas rituales antes y durante el ascenso y que determinadas formaciones volcánicas, lagos y manantiales adquirieron carácter sagrado.
En la tradición sintoísta, el Fuji está asociado con Konohanasakuya-hime, una deidad vinculada a los santuarios Sengen situados alrededor de la montaña. Pero la historia espiritual del Fuji no pertenece exclusivamente al sintoísmo. El budismo y las tradiciones de ascetismo de montaña también influyeron profundamente en la manera en que fue interpretado. La combinación de prácticas budistas y sintoístas contribuyó al desarrollo del Shugendo, una tradición que convirtió determinadas montañas japonesas en espacios de disciplina espiritual y contacto con la naturaleza.
El Fuji llegó a convertirse en uno de los grandes símbolos de esa relación entre naturaleza y espiritualidad. No era solamente una montaña que debía ser conquistada: era un lugar que debía ser respetado.
La tradición fue tan importante que durante el período Edo surgieron organizaciones conocidas como Fuji-ko, grupos de devotos que organizaban peregrinaciones y prácticas religiosas alrededor del Fuji. Algunos seguidores realizaban ayunos, levantaban monumentos y construían santuarios. Uno de los personajes más conocidos de esta tradición fue Hasegawa Kakugyo, un asceta que, según la tradición recogida por la Organización Nacional de Turismo de Japón, habría subido al Fuji más de cien veces.
Así se entiende una de las grandes paradojas del Fuji moderno: una montaña venerada durante siglos como espacio espiritual se transformó también en uno de los destinos turísticos más fotografiados del planeta.
Cada verano, aproximadamente 200.000 a 300.000 personas ascienden al Monte Fuji, según la Organización Nacional de Turismo de Japón. Esa cantidad de visitantes representa un desafío enorme para una montaña cuya infraestructura no fue diseñada originalmente para soportar semejante concentración humana.
El turismo llegó a tal nivel que las autoridades tuvieron que introducir límites de acceso, tarifas y horarios de entrada en determinadas rutas. Para la temporada 2026, por ejemplo, la ciudad de Fujiyoshida establece una tarifa de entrada de 4.000 yenes para quienes ingresan desde la quinta estación por la ruta Yoshida y contempla un límite diario de 4.000 personas. La puerta permanece cerrada entre las 14:00 y las 3:00, salvo determinadas excepciones para quienes tienen alojamiento reservado.
La montaña que durante siglos recibió peregrinos de manera relativamente controlada ahora tiene que gestionar multitudes internacionales.
Y eso está cambiando la experiencia del Fuji.
En determinados momentos de la temporada, las imágenes de la montaña muestran auténticas columnas de personas ascendiendo por las rutas. El objetivo de las restricciones no es solamente preservar el paisaje: también busca reducir accidentes, congestión y presión sobre los servicios disponibles.
La temporada de ascenso de 2026 está prevista desde principios de julio hasta el 10 de septiembre, con diferentes fechas de apertura según la ruta. En el lado de Shizuoka, las rutas Fujinomiya y Gotemba comenzaron la temporada el 10 de julio y las restricciones se mantienen hasta el 10 de septiembre.
El caso del niño demuestra por qué estas normas no son simplemente burocracia turística. Una persona que llega al Fuji pensando que está visitando una atracción puede encontrarse, apenas unas horas después, en condiciones completamente diferentes.
Desde la quinta estación hasta la cumbre, el esfuerzo es considerable. La información oficial de Fujiyoshida estima aproximadamente 6 horas y 40 minutos de ascenso y 3 horas y 30 minutos de descenso desde la quinta estación de la ruta Fuji Subaru, sin contar las pausas.
En otras rutas los tiempos también son importantes. La ruta Fujinomiya, donde ocurrió el incidente familiar, requiere varias horas de esfuerzo desde la quinta estación. El cuerpo humano tiene que adaptarse progresivamente a la altura y al esfuerzo, y un niño pequeño puede tener dificultades mucho antes que un adulto acostumbrado a la montaña.
El Fuji también tiene otra particularidad: es un volcán activo.
La última gran erupción comenzó el 16 de diciembre de 1707 y duró aproximadamente 16 días. La erupción de Hōei expulsó cenizas que llegaron hasta Edo, a unos 100 kilómetros de distancia. Desde entonces el volcán permanece sin una nueva gran erupción, pero su clasificación como volcán activo continúa debido a la actividad geológica de la región.
Eso significa que millones de turistas están visitando cada año un volcán que, geológicamente hablando, no está muerto.
Y aquí aparece otra paradoja.
El Fuji es al mismo tiempo un lugar de veneración, un volcán activo, un patrimonio cultural y uno de los grandes productos turísticos de Japón.
La UNESCO reconoció precisamente esa combinación. En 2013, el sitio denominado Fujisan, lugar sagrado y fuente de inspiración artística fue incorporado a la lista del Patrimonio Mundial. El reconocimiento no se limita a la montaña como formación geológica: incluye su relación con la religión, las peregrinaciones, el paisaje y la producción artística japonesa.
El Fuji incluso ayudó a definir la manera en que el mundo imaginó Japón.
Durante el período Edo, artistas como Katsushika Hokusai y Utagawa Hiroshige representaron la montaña desde diferentes lugares y bajo diferentes condiciones climáticas. Las imágenes circularon ampliamente y contribuyeron a convertir la silueta del Fuji en uno de los símbolos visuales más reconocibles de Japón.
Hokusai llevó esa obsesión a uno de sus trabajos más famosos: “Treinta y seis vistas del monte Fuji”. La montaña aparece desde perspectivas diferentes, algunas cercanas y otras aparentemente diminutas en el horizonte. En varias de esas imágenes, el Fuji funciona como algo más que un paisaje: es una presencia permanente detrás de la vida cotidiana.
Esa es probablemente la clave para entender su importancia cultural. El Fuji no pertenece únicamente a quienes suben hasta su cumbre. También pertenece a quienes lo contemplan desde una ciudad, un lago, un templo, un campo o una carretera.
Para muchos japoneses, la montaña forma parte de la identidad visual del país.
Para los peregrinos tradicionales, representaba una experiencia espiritual.
Para los artistas, se convirtió en una fuente casi inagotable de inspiración.
Para los turistas actuales, es una de las fotografías obligatorias de cualquier viaje a Japón.
Y para los montañistas, es una ascensión que exige preparación.
El problema aparece cuando esas cinco realidades se mezclan.
Un turista puede contemplar el Fuji como si fuera un parque temático. Un montañista puede verlo como un desafío deportivo. Un creyente puede considerarlo un espacio sagrado. Un fotógrafo puede buscar la imagen perfecta. Un científico puede estudiarlo como un volcán activo.
Todos están mirando la misma montaña.
Pero no necesariamente están viendo el mismo Fuji.
El reciente incidente familiar es una pequeña muestra de esa tensión. El padre parecía concentrado en alcanzar la cima mientras su hijo había llegado a su límite físico. La montaña, sin embargo, no cambia sus condiciones porque el visitante tenga prisa.
El Fuji no funciona con el reloj del turista.
La niebla puede aparecer.
La temperatura puede descender.
El cansancio puede convertirse rápidamente en agotamiento.
Y una decisión aparentemente pequeña puede adquirir consecuencias importantes cuando una persona se encuentra a miles de metros de altura.
Por eso, la Policía japonesa no trató el episodio simplemente como una discusión familiar. El mensaje fue más amplio: si un niño no puede continuar, el grupo debe detenerse o modificar el plan. La cima no puede ser más importante que la seguridad.
Esa filosofía coincide curiosamente con la tradición espiritual del propio Fuji. Durante siglos, subir la montaña implicó disciplina, preparación, sacrificio y respeto por el entorno. La idea moderna de llegar rápidamente a la cima para obtener una fotografía es muy diferente de la peregrinación tradicional.
Quizás por eso el Fuji continúa fascinando tanto.
Es una montaña que parece inmóvil, pero concentra movimiento.
Movimiento geológico.
Movimiento turístico.
Movimiento espiritual.
Movimiento artístico.
Y ahora también movimiento regulatorio, porque las autoridades intentan encontrar una manera de permitir que millones de personas disfruten de la montaña sin destruir aquello que la hace especial.
El desafío será cada vez mayor. Si el número de visitantes continúa creciendo, Japón tendrá que decidir cuánto turismo puede soportar el Fuji sin convertir una experiencia excepcional en una congestión permanente.
La pregunta no es solamente cuántas personas pueden subir.
La pregunta es cuántas personas puede recibir la montaña sin perder su significado.
Porque el Fuji no es simplemente una cima de 3.776 metros.
Es un volcán.
Es un santuario natural.
Es un lugar de peregrinación.
Es patrimonio mundial.
Es una obra de arte repetida durante siglos.
Y es uno de los destinos turísticos más importantes de Japón.
Quizás el incidente ocurrido esta semana sirva como recordatorio de algo que la tradición japonesa conoce desde hace siglos: antes de conquistar una montaña, hay que aprender a respetarla.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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