Mientras las miradas están concentradas en las amenazas entre Washington y Teherán, una batalla mucho menos visible se desarrolla alrededor de un estrecho marítimo de apenas unas decenas de kilómetros que puede terminar afectando a consumidores situados a miles de kilómetros del conflicto. El estrecho de Ormuz, entre Irán y Omán, es una de las principales rutas energéticas del planeta y se encuentra actualmente en el centro de la confrontación entre Estados Unidos e Irán. Washington prepara nuevas sanciones contra Teherán que la administración de Donald Trump presenta como las más duras de su historia, mientras Irán advierte que cualquier país que colabore con la presión económica estadounidense será considerado enemigo. La amenaza ya no es solamente militar: la energía, el comercio marítimo y las rutas internacionales se están convirtiendo en instrumentos de presión política.
La dimensión del problema aparece cuando se observa qué circula por Ormuz. Por esa vía pasa una parte fundamental del petróleo y otros productos energéticos destinados a los mercados internacionales. El tráfico marítimo se ha reducido drásticamente durante el conflicto y los datos de seguimiento citados por Reuters muestran que apenas nueve buques de mercancías atravesaron el estrecho tanto el martes como el miércoles de esta semana, una cifra extraordinariamente baja para una ruta de semejante importancia. La situación es todavía más compleja porque Washington sostiene que la vía permanece abierta, mientras Teherán mantiene una posición mucho más restrictiva y ha amenazado con responder contra determinados barcos o países.
Aquí aparece la parte que América Latina no debería mirar como un problema exclusivamente asiático. Cuando una de las principales rutas energéticas del mundo pierde capacidad de transporte, el efecto no queda necesariamente limitado a los países que compran directamente petróleo iraní. El mercado internacional funciona como una enorme red: si un volumen importante de petróleo deja de circular por una ruta estratégica, compradores que normalmente adquirirían crudo en otros lugares comienzan a competir por suministros alternativos. Los fletes aumentan, las aseguradoras elevan sus costos, los barcos deben modificar sus rutas y el precio internacional puede incorporar una prima de riesgo. Un conflicto localizado puede terminar convirtiéndose en inflación importada para países que nunca participaron en la guerra.
Para Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, la cuestión tiene además una segunda dimensión: el transporte. El precio internacional de la energía repercute sobre el costo de mover mercancías por carretera, ferrocarril, puertos y aviación. El aumento del combustible puede trasladarse progresivamente a los costos logísticos y posteriormente a alimentos, productos industriales y servicios. En economías altamente dependientes del transporte terrestre, como ocurre en buena parte de Sudamérica, un shock energético no necesita provocar una crisis petrolera mundial para comenzar a sentirse: basta con que aumenten los costos de combustible y flete durante un período prolongado.
Pero el verdadero riesgo no está solamente en cuánto petróleo deja de circular. Está en lo que los mercados creen que podría ocurrir mañana. Los precios internacionales reaccionan ante las expectativas antes de que la escasez física aparezca en los supermercados. Si operadores, compañías navieras y gobiernos consideran que Ormuz puede permanecer parcialmente cerrado durante semanas o que las hostilidades podrían extenderse hacia otros países productores, comienzan a protegerse anticipadamente. Algunos compran petróleo, otros almacenan combustible, otros buscan rutas alternativas. Esa conducta puede elevar los precios incluso antes de que exista una interrupción total del suministro.
Y Teherán parece comprender perfectamente ese mecanismo. El nuevo jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohsen Rezaei, advirtió que los países que apoyen las medidas económicas estadounidenses serán considerados enemigos y amenazó con represalias contra sus intereses. También señaló que Irán podría utilizar rutas alternativas para su petróleo fuera de Ormuz. Al mismo tiempo, Irán acaba de permitir excepcionalmente el paso de varios buques petroleros iraquíes por el estrecho después de gestiones de Bagdad. Es una señal contradictoria, pero significativa: Teherán puede restringir el tránsito y al mismo tiempo utilizar permisos específicos como herramienta diplomática.
Eso convierte al estrecho en algo más que una vía marítima: lo transforma en una especie de interruptor geopolítico. Abrirlo parcialmente, cerrarlo, permitir el paso de determinados países o amenazar con bloquear determinadas cargas son decisiones capaces de producir efectos económicos mucho más allá del Golfo Pérsico. Irak ya está buscando alternativas para sacar su petróleo mediante Turquía, Siria y Jordania precisamente porque la dependencia de una sola ruta se ha convertido en un riesgo estratégico.
Estados Unidos, por su parte, está intentando convertir la economía mundial en una herramienta de presión contra Irán. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que Washington prepara lo que denomina las sanciones más duras de la historia contra Teherán. La estrategia incluye presionar no solamente a Irán sino también a empresas y países que mantengan determinados vínculos comerciales con la República Islámica. China aparece como uno de los puntos más sensibles porque es un comprador fundamental del petróleo iraní.
Y aquí aparece una pregunta que puede resultar incómoda para América Latina: ¿qué sucede si la guerra económica entre Estados Unidos e Irán termina obligando a otros países a elegir de qué lado están? Hasta ahora, buena parte de la presión estadounidense busca precisamente que terceros países reduzcan sus relaciones económicas con Teherán. Irán, en sentido contrario, amenaza con considerar enemigos a quienes colaboren con Washington. La confrontación comienza así a superar la relación bilateral y puede convertirse en una disputa por las alianzas comerciales de Asia, Medio Oriente y otras regiones.
Para China, el problema es particularmente delicado. Beijing importa una proporción muy elevada del petróleo iraní y, según Reuters, más del 80% de las exportaciones petroleras iraníes tienen como destino China. Una política estadounidense que castigue a quienes mantengan negocios con Teherán podría convertir al comercio energético chino-iraní en uno de los principales puntos de choque entre Washington y Beijing.
Y si China entra en el centro de la disputa, el problema deja de ser exclusivamente energético. Una escalada podría afectar comercio, transporte marítimo, seguros, mercados financieros y cadenas internacionales de suministro. Para América del Sur, eso importa porque China es uno de los principales socios comerciales de países como Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Una desaceleración de la economía china provocada por un shock energético o financiero tendría consecuencias potenciales sobre las exportaciones sudamericanas, especialmente materias primas, alimentos y minerales.
La paradoja es que América Latina puede quedar atrapada entre dos efectos opuestos. Por un lado, un petróleo más caro puede aumentar los costos internos y perjudicar a los consumidores. Por otro, algunos países productores de materias primas podrían beneficiarse temporalmente de precios internacionales más altos. El problema es que ese beneficio no necesariamente compensa el aumento del combustible, del transporte, de los fertilizantes, de los seguros y de otros costos que terminan incorporándose a la producción.
El caso del MERCOSUR es particularmente interesante porque el bloque no tiene una posición común sobre el conflicto comparable a la de una potencia militar. Sin embargo, sus economías están profundamente integradas al comercio internacional. Brasil es un importante productor de petróleo, pero también participa de un mercado mundial en el que los precios internacionales influyen sobre la economía doméstica. Argentina posee producción energética creciente y grandes reservas de hidrocarburos, pero también depende de costos internacionales y de la evolución del comercio global. Paraguay y Uruguay, con estructuras energéticas diferentes, son particularmente sensibles a los costos del transporte y de las importaciones.
Por eso, el verdadero efecto de Ormuz sobre América del Sur podría no aparecer primero en una estación de servicio. Podría aparecer en un camión. Un aumento del combustible eleva el costo de transportar soja, carne, maíz, minerales, productos industriales y mercancías entre ciudades, puertos y fronteras. Si además suben los seguros marítimos y las rutas internacionales se vuelven más largas o inseguras, la cadena logística completa comienza a encarecerse.
El conflicto también puede alterar una de las variables que más preocupa a los gobiernos: la inflación. El petróleo no es simplemente un producto que utilizamos para llenar un tanque. Interviene directa o indirectamente en prácticamente toda la economía moderna. Transporte, agricultura, industria, generación eléctrica, producción de plásticos, productos químicos y logística dependen en diferentes grados de la energía. Por eso un shock energético puede multiplicarse a través de toda la cadena productiva.
Lo más llamativo de la situación actual es que nadie necesita cerrar completamente Ormuz para provocar un problema mundial. Basta con reducir el tráfico, aumentar el riesgo para los barcos, encarecer los seguros y generar incertidumbre sobre la continuidad del suministro. Los mercados reaccionan al riesgo antes de que llegue la escasez.
Y mientras eso sucede, la diplomacia todavía no está completamente muerta. Egipto está intentando reactivar conversaciones entre Washington y Teherán, mientras Irak busca garantizar sus exportaciones petroleras y otros países exploran rutas alternativas. Pero la situación es extremadamente frágil. Reuters informó que las conversaciones de paz permanecen estancadas y que la confrontación continúa después del fracaso del acuerdo de alto el fuego.
Ese es quizás el aspecto más peligroso de esta crisis: la ausencia de una salida clara. Estados Unidos quiere utilizar la presión económica para obligar a Irán a modificar su posición sobre su programa nuclear y el conflicto regional. Irán considera las nuevas sanciones una forma de guerra económica y amenaza con responder. Mientras tanto, millones de personas en distintos países pueden terminar pagando parte del costo de una disputa en la que no participan.
La historia de Ormuz demuestra algo que la economía mundial suele ocultar: las fronteras políticas no coinciden con las fronteras económicas. Una decisión tomada en Washington puede modificar el precio de un barril en Asia; una amenaza pronunciada en Teherán puede cambiar el costo de un seguro marítimo; un barco que no cruza el Golfo Pérsico puede modificar el precio del combustible en Europa; y una subida de costos en Europa puede terminar afectando a un productor agrícola de Sudamérica.
Por eso, la pregunta para el MERCOSUR no debería ser solamente quién ganará la confrontación entre Trump e Irán. La pregunta más importante es cuánto tiempo puede soportar la economía mundial una ruta energética estratégica funcionando por debajo de su capacidad normal y qué ocurriría si la crisis se prolonga durante meses.
El estrecho de Ormuz mide apenas unos pocos kilómetros en sus puntos navegables, pero por allí pasa una parte del pulso energético del planeta. Hoy ese estrecho se ha convertido en el lugar donde la guerra, la diplomacia, el petróleo y la economía mundial se encuentran.
Y quizá lo más inquietante sea esto: un conflicto que comenzó muy lejos de Sudamérica puede no necesitar un solo misil sobre territorio latinoamericano para terminar afectando a millones de latinoamericanos.
Estados Unidos, Irán, estrecho de Ormuz, petróleo, economía mundial, MERCOSUR, energía, geopolítica
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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