El récord de los 100 metros que un robot humanoide acaba de superar en China puede ser solamente la parte más visible de una transformación mucho mayor. En pocos años, los robots pasaron de apenas caminar con dificultad a correr, disputar medias maratones, saltar por encima de marcas humanas y realizar tareas industriales, mientras sistemas de inteligencia artificial comienzan a ocupar cargos dentro de gobiernos. La pregunta ya no es solamente hasta dónde puede llegar una máquina, sino qué lugar tendrá la inteligencia artificial en la economía, la administración pública y la política durante los próximos años.
En los Juegos Mundiales de Robots Humanoides de Pekín, Tiangong Ultra recorrió los 100 metros en 9,39 segundos, por debajo de los 9,58 segundos del récord mundial humano de Usain Bolt. El resultado representa una evolución extraordinaria: el mismo robot había ganado la prueba de 100 metros de la edición inaugural de 2025 con 21,50 segundos. En apenas un año, redujo su tiempo en más de 12 segundos.
Pero hay un segundo récord todavía más llamativo. Lightning, desarrollado por Honor, registró 9,32 segundos en una prueba preparatoria, alcanzando una velocidad máxima de 14,5 metros por segundo, equivalente a unos 52,2 kilómetros por hora. En la carrera oficial, sin embargo, terminó detrás de Tiangong Ultra, con 9,47 segundos.
La comparación con Bolt debe hacerse con cuidado: estos no son récords oficiales del atletismo humano. Son marcas logradas por robots en competiciones tecnológicas. Pero la comparación tiene enorme valor porque permite medir cuánto ha avanzado la ingeniería humanoide respecto de una referencia física humana extraordinaria.
Y el sprint no es el único límite que las máquinas están comenzando a superar.
En abril de 2026, el robot humanoide Lightning completó una media maratón de 21,1 kilómetros en 50 minutos y 26 segundos, superando la marca mundial humana de esa distancia. El robot de Honor consiguió mantener una velocidad media extraordinaria durante toda la prueba, aunque la comparación debe considerar que las carreras de robots y las competiciones atléticas humanas no tienen las mismas condiciones ni reglamentos.
El salto respecto del año anterior es todavía más revelador. En la primera media maratón de robots humanoides, celebrada en Pekín en 2025, solamente una parte de las máquinas consiguió completar el recorrido. Algunas se detuvieron pocos metros después de comenzar, otras chocaron contra las barreras y los ingenieros tuvieron que acompañarlas para intervenir. Un año después, un Unitree H1 consiguió correr de manera autónoma y Lightning completó la distancia en 50:26.
También apareció otro récord espectacular en los Juegos de Pekín: un humanoide alcanzó 2,88 metros en salto vertical desde posición estática, superando la referencia humana de 2,45 metros. La demostración pertenece a otra categoría tecnológica y no debe confundirse con un récord oficial de atletismo, pero muestra que los robots ya están siendo diseñados para generar fuerzas explosivas que superan las capacidades biomecánicas humanas en determinadas pruebas.
Existe además un dato que probablemente sea más importante que todos esos récords deportivos. Más del 40% de las pruebas de los Juegos Mundiales de Robots Humanoides requieren funcionamiento completamente autónomo. Los robots no solamente corren: deben reconocer objetos, manipular componentes, conectar cables, realizar tareas industriales, cargar elementos y resolver situaciones que imitan ambientes reales.
Ese es el verdadero cambio de paradigma. Correr más rápido que un ser humano demuestra capacidad física. Conectar correctamente un cable, reconocer una pieza, corregir un error y completar una tarea sin que un ingeniero intervenga demuestra capacidad operativa.
En Pekín participan 2.056 robots, 666 equipos y representantes de 16 países, en 51 disciplinas. La competición incluye carreras, fútbol, tenis, levantamiento de peso, artes marciales y tareas industriales. La transformación de estos eventos resulta evidente: comenzaron como demostraciones académicas y ahora se están convirtiendo en grandes escaparates tecnológicos y comerciales.
China considera la robótica humanoide una industria estratégica. El país está combinando inteligencia artificial, sensores, motores, baterías, sistemas de control y fabricación industrial para intentar construir máquinas que puedan incorporarse a fábricas, almacenes, logística y eventualmente hogares.
Y aquí aparece una segunda revolución: la inteligencia artificial ya no solamente está entrando en las máquinas; también está entrando en los gobiernos.
Albania dio en 2025 uno de los pasos más sorprendentes. El primer ministro Edi Rama incorporó a Diella, un sistema de inteligencia artificial, a su gobierno para gestionar y adjudicar licitaciones públicas. El objetivo declarado fue utilizar una herramienta que no pudiera ser sobornada, amenazada o influenciada para favorecer empresas.
Diella no es un robot físico sentado en un despacho. Es un sistema de IA representado mediante una figura virtual. Su importancia política está precisamente ahí: por primera vez un sistema artificial fue presentado formalmente como integrante de un gabinete gubernamental. Su situación jurídica y política generó controversia en Albania y especialistas cuestionaron qué significa realmente que una IA ocupe un cargo que tradicionalmente corresponde a una persona.
El experimento tampoco estuvo libre de problemas. En 2026, la actriz albanesa Anila Bisha demandó al Gobierno, alegando que su rostro y su voz fueron utilizados para construir la representación de Diella sin autorización para convertirla en un avatar político. El Gobierno rechazó las acusaciones.
Italia acaba de avanzar un paso más a nivel municipal. En la localidad de Acqui Terme, una ciudad termal del Piamonte, fue incorporada Eva Statiella, un avatar generado mediante inteligencia artificial, al gobierno municipal con un papel consultivo. Su función incluye analizar información, preparar informes y colaborar en áreas relacionadas con la transformación digital y la propia inteligencia artificial.
La diferencia entre Albania e Italia es importante. En Albania, Diella fue presentada como integrante del gabinete nacional; en Italia, Eva Statiella tiene una función consultiva municipal. En ninguno de los dos casos estamos ante una IA que haya ganado una elección popular. La incorporación fue realizada por autoridades humanas.
También hubo un experimento político todavía más radical en Estados Unidos. En 2024, Victor Miller presentó una candidatura para alcalde de Cheyenne, Wyoming, utilizando un chatbot denominado VIC —Virtual Integrated Citizen— como supuesto cerebro de una futura administración. Las autoridades tuvieron que estudiar si una inteligencia artificial podía legalmente figurar como candidata. Miller terminó perdiendo la elección, con 327 votos de los 11.036 emitidos.
Por lo tanto, todavía no podemos decir que una inteligencia artificial haya sido elegida democráticamente para gobernar una ciudad o un país. Lo que sí podemos afirmar es que la IA ya fue incorporada a estructuras gubernamentales y que existen intentos de utilizarla como candidata o como mecanismo central de administración.
Y esto abre una cuestión que hasta hace pocos años parecía exclusivamente propia de la ciencia ficción: ¿podría una inteligencia artificial llegar a ocupar un cargo político elegido directamente por los ciudadanos?
Técnicamente, una IA puede analizar millones de documentos, presupuestos, contratos, estadísticas y antecedentes en segundos. Puede detectar patrones que un funcionario humano difícilmente podría identificar. También puede comparar ofertas de empresas, detectar anomalías y señalar posibles conflictos de interés.
Pero una máquina no posee legitimidad democrática por el simple hecho de ser eficiente. Un ministro humano puede ser elegido o designado de acuerdo con una Constitución y responder políticamente ante otros órganos del Estado. Una IA no tiene ciudadanía, voluntad política propia ni responsabilidad moral en el mismo sentido.
Esa diferencia será uno de los grandes debates de los próximos años.
Porque una cosa es usar IA para ayudar a gobernar y otra muy diferente es permitir que una IA gobierne.
La primera ya está ocurriendo.
La segunda todavía plantea preguntas jurídicas y filosóficas enormes.
¿Quién responde si una IA recomienda cancelar una obra pública y esa decisión provoca pérdidas millonarias? ¿Quién responde si rechaza una empresa equivocadamente? ¿Quién puede ser investigado si un algoritmo discrimina a una región o grupo de ciudadanos? ¿Puede un ciudadano demandar a una IA? ¿Puede un Parlamento destituirla? ¿Puede una IA ser acusada de corrupción?
Y existe una pregunta todavía más profunda: quién controla a la inteligencia artificial que controla al Gobierno.
Si una empresa privada desarrolla el sistema, ¿puede esa empresa modificarlo? Si el Gobierno controla el modelo, ¿puede manipular sus respuestas? Si el sistema aprende continuamente, ¿quién determina qué información utiliza? Si una IA toma decisiones basándose en datos históricos, ¿puede reproducir los prejuicios existentes en esos datos?
El problema no desaparece porque una máquina sea incorruptible en el sentido tradicional. Una IA puede no aceptar dinero, pero puede estar condicionada por sus datos, sus reglas, su programación o por quienes controlan su infraestructura.
Mientras tanto, la robótica física está avanzando en paralelo.
El robot humanoide del futuro no necesariamente será simplemente una máquina que camina. Será un sistema capaz de percibir su entorno mediante cámaras y sensores, interpretar instrucciones mediante IA, planificar movimientos, utilizar herramientas, aprender de experiencias anteriores y comunicarse con personas.
Una investigación científica publicada este mes muestra precisamente uno de los problemas centrales de ese desarrollo: los robots necesitan enormes cantidades de datos de movimiento humano y de interacción física con objetos para aprender comportamientos complejos. Un nuevo conjunto de datos denominado HiPHI reúne más de 600 horas de movimientos humanos de alta precisión para entrenar y evaluar sistemas de inteligencia artificial incorporada.
El objetivo es que la IA deje de vivir solamente dentro de una computadora y pueda comprender físicamente el mundo. Eso significa reconocer que una taza está sobre una mesa, calcular cuánto pesa, determinar dónde tomarla, controlar la fuerza de la mano, levantarla sin romperla y colocarla en otro lugar.
Para un ser humano, esa secuencia ocurre casi sin pensar.
Para un robot, representa una enorme cantidad de cálculos.
Y por eso el récord de los 100 metros puede ser engañoso. Un robot puede ser extraordinariamente rápido en una tarea extremadamente específica y todavía ser incapaz de realizar muchas actividades cotidianas que un niño aprende naturalmente.
Los propios Juegos de Pekín lo están demostrando. Reuters destacó que los robots pueden superar a los humanos en velocidad, pero todavía tienen dificultades en tareas aparentemente sencillas como conectar un cable, manipular objetos pequeños, corregir errores y adaptarse a situaciones inesperadas.
La próxima generación tendrá que resolver precisamente esa contradicción.
No bastará con que un robot corra a 60 kilómetros por hora.
Tendrá que saber cuándo no debe correr.
No bastará con que pueda levantar 100 kilos.
Tendrá que saber cuándo una caja contiene un objeto frágil.
No bastará con que pueda seguir una orden.
Tendrá que saber qué hacer cuando la orden sea ambigua o cuando las circunstancias hayan cambiado.
Ahí aparece la combinación que puede transformar la próxima década: inteligencia artificial + robot humanoide + autonomía.
Una IA instalada en un ordenador puede escribir una noticia, analizar documentos o responder preguntas. Un robot humanoide puede convertir esas capacidades digitales en acciones físicas. Si ambas tecnologías continúan convergiendo, la máquina podrá percibir, razonar y actuar.
Eso podría transformar industrias completas.
En una fábrica, robots humanoides podrían cambiar de una tarea a otra sin rediseñar toda la línea de producción. En logística podrían transportar mercancías. En hospitales podrían colaborar en tareas repetitivas. En lugares peligrosos podrían sustituir a personas. En hogares podrían ayudar a personas mayores o con movilidad reducida.
Y también podrían entrar en la administración pública.
Imagínese un sistema capaz de revisar automáticamente millones de contratos gubernamentales, comparar precios internacionales, detectar sobrecostos, verificar antecedentes de empresas y generar un informe antes de que un funcionario firme una licitación.
Eso ya no pertenece completamente a la ciencia ficción: Diella representa un primer experimento político de esa dirección.
El siguiente paso podría ser mucho más sofisticado: un sistema que no solamente revise contratos, sino que analice presupuestos, proyecte escenarios económicos y recomiende políticas públicas.
Después podría llegar otra etapa: sistemas de IA utilizados para redactar proyectos de ley.
Y posteriormente, sistemas que simulen los efectos de diferentes políticas antes de que un Parlamento vote.
Eso no significaría necesariamente que la IA sustituya a los políticos. Podría convertir a los políticos en supervisores de sistemas capaces de procesar una cantidad de información que ningún equipo humano podría analizar por sí solo.
Pero también existe el escenario contrario.
Si los gobiernos comienzan a confiar demasiado en las recomendaciones de las máquinas, el funcionario humano podría convertirse simplemente en la persona que aprueba lo que el algoritmo ya decidió.
En ese momento aparecería un problema democrático fundamental: ¿quién gobierna realmente?
El político que firma el documento o el sistema que calculó la decisión.
Esta discusión se volverá especialmente importante cuando las IA puedan explicar sus decisiones de manera convincente y producir mejores resultados que determinados funcionarios humanos. La eficiencia podría comenzar a competir con la democracia como criterio de legitimidad.
Y ahí aparece un límite que la tecnología no puede resolver por sí misma: una democracia no existe solamente para producir decisiones eficientes; también existe para permitir que los ciudadanos participen, discrepen y cambien a quienes gobiernan.
Por eso, el futuro probablemente no sea simplemente de “robots gobernando humanos”. Será más complejo.
Los seres humanos tendrán que decidir qué decisiones pueden delegarse a las máquinas y cuáles deben permanecer obligatoriamente bajo responsabilidad humana.
Los próximos años probablemente traerán una combinación de tres fenómenos: robots físicamente más capaces, inteligencias artificiales más autónomas y gobiernos cada vez más digitalizados.
China está demostrando la velocidad del primer fenómeno. Albania ya mostró un experimento radical con el segundo dentro de un Gobierno. Italia acaba de introducir una versión municipal. Y Estados Unidos ya tuvo un candidato que intentó convertir una IA en el cerebro de una candidatura.
La carrera ya no consiste únicamente en construir máquinas que imiten al ser humano. Consiste en construir máquinas que puedan hacer determinadas cosas mejor que nosotros.
Y cuando esas máquinas puedan correr más rápido, trabajar durante más tiempo, procesar más información y tomar decisiones de manera autónoma, aparecerá una pregunta inevitable:
¿seguiremos utilizando la inteligencia artificial como una herramienta o comenzaremos a convertirla en una parte permanente de las instituciones que organizan nuestra sociedad?
El récord de los 100 metros es espectacular, pero probablemente sea apenas una señal.
El verdadero récord que la inteligencia artificial todavía intenta superar es mucho más difícil: comprender el mundo real, actuar de manera segura y asumir responsabilidades dentro de él.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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