
Comprendiendo el llamado “terremoto fantasma”
Un terremoto puede durar segundos, pero para la mente y el cuerpo la experiencia no necesariamente termina cuando el suelo deja de moverse.
Después de vivir un sismo fuerte, algunas personas describen una sensación muy particular: están sentadas, acostadas o de pie y, de repente, sienten que el piso vuelve a desplazarse, que la cama se balancea, que una silla vibra o que el cuerpo parece moverse ligeramente, aunque no se esté produciendo una nueva réplica.
Popularmente se ha denominado a esta experiencia “síndrome del terremoto fantasma” o sensación de terremoto fantasma.
No significa necesariamente que la persona esté imaginando lo ocurrido ni que esté exagerando. Puede formar parte de las respuestas físicas y psicológicas que aparecen después de haber atravesado un acontecimiento altamente amenazante.
Cuando el terremoto termina, pero el sistema de alarma continúa encendido
Durante un terremoto, nuestro cerebro recibe una señal inequívoca de peligro.
En cuestión de segundos se activa el sistema de supervivencia: aumenta la atención, se acelera el corazón, los músculos se preparan para actuar y todos los sentidos intentan identificar aquello que pueda representar una amenaza.
El problema aparece cuando el peligro inmediato termina, pero el organismo todavía no ha recibido completamente el mensaje de que puede abandonar ese estado de vigilancia.
Entonces surge la hipervigilancia.
La persona comienza a observar con mayor frecuencia las lámparas, las cortinas, los vasos con agua, las ventanas o cualquier objeto que pueda confirmar si realmente está ocurriendo otro sismo.
Un pequeño ruido de un vehículo pesado, una vibración de una puerta, el movimiento de una cama, un mareo o incluso determinadas sensaciones corporales pueden ser interpretadas inicialmente como:
“Está temblando otra vez.”
Esto no necesariamente representa una alteración grave. Después de una emergencia, pueden presentarse miedo, ansiedad, sobresaltos, insomnio, preocupación constante y sensación de estar “en guardia”. La Organización Mundial de la Salud reconoce estas respuestas como frecuentes después de acontecimientos extremadamente estresantes.
El cerebro no está intentando atormentarte: está intentando protegerte.
Desde una perspectiva neuropsicológica, podemos comprenderlo como un sistema de protección temporalmente sensibilizado.
Después de experimentar una amenaza real, el cerebro aprende rápidamente:
“Esto puede volver a suceder.”
Por ello aumenta su sensibilidad hacia estímulos relacionados con la experiencia original.
Una vibración que anteriormente habría pasado desapercibida ahora llama inmediatamente la atención.
Un sonido cotidiano puede generar sobresalto.
Un pequeño mareo puede interpretarse como movimiento del edificio.
La persona puede despertarse durante la noche creyendo haber sentido una réplica.
Incluso cuando racionalmente sabemos que el suelo está quieto, el cuerpo puede tardar un poco más en recuperar plenamente la sensación de seguridad.
Por eso resulta importante evitar expresiones como:
“Eso está en tu cabeza”.
“Estás exagerando”.
“Ya pasó, supéralo”.
La experiencia corporal de la persona es real, aunque la causa no sea un nuevo movimiento sísmico.
¿Cómo puede manifestarse?
Después de un terremoto algunas personas pueden experimentar sensación de balanceo o movimiento del suelo, sobresaltos frecuentes, necesidad de verificar objetos para saber si están moviéndose, dificultad para dormir, temor ante posibles réplicas, tensión muscular, palpitaciones, irritabilidad, cansancio, problemas para concentrarse o pensamientos repetitivos relacionados con el terremoto.
También puede aparecer una conducta característica: buscar constantemente una referencia visual.
La persona observa una lámpara.
Mira una botella con agua.
Revisa las cortinas.
Pregunta a los demás:
“¿Sentiste eso?”
Estas conductas inicialmente pueden proporcionar tranquilidad. Sin embargo, si se vuelven repetitivas, pueden terminar alimentando el estado de alerta.
La sensación de movimiento también puede tener un componente vestibular.
No todo debe atribuirse exclusivamente a la ansiedad.
Investigaciones realizadas después de grandes terremotos han documentado sensaciones posteriores de balanceo o automovimiento en personas que se encuentran completamente quietas.
Nuestro sistema vestibular (ubicado principalmente en el oído interno) participa en el equilibrio y en la percepción del movimiento. Después de una experiencia sísmica intensa, la interacción entre las señales visuales, vestibulares y corporales puede permanecer temporalmente alterada o sensibilizada.
Por eso es importante entender la experiencia desde una mirada integral:
cerebro, cuerpo, emociones y entorno están interactuando simultáneamente.
¿Qué hacer cuando siento que está temblando y no hay un sismo?
Lo primero siempre debe ser verificar brevemente si existe realmente un movimiento sísmico y mantener las recomendaciones oficiales de seguridad.
Una vez descartado un nuevo temblor, podemos ayudar al sistema nervioso a regresar al presente.
Coloca ambos pies firmemente sobre el suelo y siente el contacto de las plantas con la superficie.
Observa un objeto estable frente a ti: una puerta, una columna, una mesa o un cuadro.
Respira lentamente, procurando que la exhalación sea tranquila y prolongada.
Mira alrededor y recuerda dónde estás.
Puedes decirte:
“En este momento estoy aquí. El suelo está quieto. Estoy respirando. Ahora estoy a salvo.”
También puedes tocar una superficie firme o describir mentalmente algunos objetos que observas a tu alrededor.
Estas acciones funcionan como técnicas de anclaje al presente. Ayudan a que la atención abandone progresivamente la anticipación de una nueva amenaza y vuelva hacia la información real que proporciona el entorno.
Cuidado con la sobreexposición a noticias.
Después de una emergencia es importante mantenerse informado.
Pero existe una diferencia entre informarse y permanecer conectado permanentemente a imágenes de destrucción, videos del terremoto, mensajes alarmistas, rumores y grabaciones repetidas del momento del sismo.
Cada video puede convertirse nuevamente en una señal de peligro para un organismo que ya se encuentra sensibilizado.
Por eso conviene consultar fuentes oficiales en momentos determinados del día y posteriormente permitir espacios de descanso psicológico.
Estar informado protege.
Estar permanentemente expuesto puede aumentar innecesariamente la alarma.
Recuperar rutinas también ayuda al cerebro a sentirse seguro
Después de una emergencia solemos pensar únicamente en técnicas de relajación, pero la sensación de seguridad también se reconstruye mediante la vida cotidiana.
Dormir en horarios relativamente regulares, alimentarse adecuadamente, conversar con personas cercanas, caminar, realizar actividades familiares, retomar gradualmente responsabilidades y mantener contacto con la comunidad envían un mensaje poderoso al cerebro:
“La vida continúa y estamos reconstruyendo seguridad.”
La recuperación no consiste en olvidar lo ocurrido.
Consiste en lograr que el recuerdo deje de gobernar permanentemente la respuesta del cuerpo.
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.» Isaías 55:8–9 (RVR1960)
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

