Una investigación realizada por científicos de la Universidad de Washington y la Universidad de Princeton identificó en ratones un mecanismo biológico que podría explicar por qué las experiencias de estrés intenso durante los primeros años de vida pueden aumentar la vulnerabilidad a la ansiedad, la depresión y otros trastornos relacionados con el estrés décadas después. El estudio, publicado el 7 de agosto de 2026 en la revista científica Neuron, encontró que la adversidad temprana modifica la forma en que el ADN se encuentra empaquetado dentro de determinadas neuronas productoras de dopamina, dejando una especie de “memoria molecular” que permanece hasta la edad adulta. El mecanismo involucra a la enzima SETD7 y una modificación de las proteínas que organizan el ADN, conocida como H3K4me1. Los investigadores lograron además reproducir parte de ese efecto manipulando SETD7 y, en sentido contrario, reducir la vulnerabilidad al estrés en animales que habían sufrido adversidad temprana. El hallazgo es relevante porque apunta por primera vez a un mecanismo molecular concreto que conecta una experiencia ocurrida durante el desarrollo con cambios duraderos en circuitos cerebrales relacionados con el estrés y la conducta, aunque todavía no demuestra que exactamente el mismo proceso ocurra en seres humanos.
El descubrimiento parte de una pregunta que la neurociencia lleva décadas intentando responder: ¿cómo puede una experiencia ocurrida durante la infancia continuar influyendo sobre el funcionamiento del cerebro cuando esa etapa ya quedó atrás?
La evidencia acumulada indica que las experiencias adversas durante los primeros años de vida pueden asociarse con una mayor vulnerabilidad posterior a problemas de salud mental y física. Pero hasta ahora había una importante pieza faltante: conocer con precisión cómo una experiencia ambiental consigue producir cambios suficientemente duraderos como para modificar la manera en que el cerebro responde a acontecimientos ocurridos muchos años después.
El nuevo trabajo propone una explicación basada en la epigenética. En términos sencillos, el ADN contiene las instrucciones genéticas de las células, pero esas instrucciones no funcionan permanentemente al mismo nivel. El organismo posee mecanismos capaces de regular qué genes están disponibles para ser utilizados y cuáles permanecen menos accesibles.
Por eso, cuando los investigadores hablan de una “cicatriz” en el ADN, no están afirmando que el estrés haya cambiado la secuencia genética de las neuronas. Lo que encontraron fue una alteración en el modo en que el ADN está organizado y empaquetado dentro de las células. Esa diferencia puede modificar la facilidad con la que determinados genes son activados cuando aparece una nueva situación de estrés.
El ADN no está suelto dentro de las neuronas
Para comprender el hallazgo hay que imaginar el ADN como una enorme molécula que necesita ser compactada para poder caber dentro del núcleo de una célula.
El ADN se enrolla alrededor de proteínas llamadas histonas. El conjunto formado por ADN e histonas constituye la cromatina. La manera en que esa cromatina está organizada determina, en buena medida, qué regiones del material genético están más disponibles para que la maquinaria celular las lea.
Cuando la cromatina está más abierta, determinados genes pueden resultar más accesibles. Cuando está más compactada, el acceso puede resultar más difícil.
El equipo descubrió que el estrés experimentado durante una etapa temprana del desarrollo producía cambios persistentes en ese empaquetamiento dentro de neuronas específicas. En particular, las células afectadas pertenecían al área tegmental ventral, conocida como VTA, una región cerebral fundamental para los circuitos de dopamina, motivación, recompensa y respuesta frente a situaciones adversas.
El resultado puede compararse con dejar determinadas páginas de un manual marcadas con separadores. Las páginas continúan siendo las mismas, pero algunas quedan preparadas para ser consultadas más rápidamente cuando aparece una determinada situación.
En este caso, el estrés temprano parece preparar determinados genes relacionados con la respuesta al estrés para reaccionar con mayor intensidad cuando el animal vuelve a enfrentarse a una situación adversa en la edad adulta.
La enzima que aparece en el centro del descubrimiento
La investigación identificó como protagonista a una enzima denominada SETD7, una metiltransferasa que puede modificar proteínas asociadas con el ADN.
SETD7 añade una marca química a la histona H3 en una posición concreta, generando la modificación denominada H3K4me1. Esta modificación está relacionada con regiones del genoma que pueden quedar preparadas para responder ante determinados estímulos.
Los investigadores observaron que la exposición temprana al estrés aumentaba la actividad de SETD7 en el circuito cerebral estudiado y favorecía la acumulación de H3K4me1.
La importancia de este resultado está en que la marca no necesariamente activa un gen inmediatamente. Funciona más bien como una preparación: deja determinadas regiones en una condición que permite una respuesta más rápida o intensa cuando aparece un estímulo posterior. Los científicos denominan este fenómeno “priming” o sensibilización epigenética.
Esta característica ayuda a explicar por qué una persona que sufrió una adversidad temprana puede no presentar una alteración evidente durante todo el tiempo y, sin embargo, responder de forma particularmente intensa cuando posteriormente enfrenta nuevos acontecimientos estresantes.
El experimento que permitió demostrar la relación
Los científicos utilizaron modelos animales para reproducir condiciones de estrés durante una etapa temprana equivalente a un período de desarrollo infantil.
Posteriormente analizaron las neuronas dopaminérgicas de la VTA cuando los animales ya eran adultos. Allí encontraron cambios persistentes en la organización epigenética del ADN.
Pero observar una correlación no era suficiente. Los investigadores necesitaban determinar si SETD7 era realmente una pieza funcional del mecanismo.
Para comprobarlo realizaron una segunda serie de experimentos: aumentaron artificialmente la actividad de SETD7 en la región cerebral estudiada de ratones que no habían experimentado estrés temprano.
El resultado fue particularmente llamativo. Cuando esos animales alcanzaron la edad adulta y fueron expuestos a situaciones estresantes moderadas, comenzaron a mostrar respuestas similares a las observadas en animales que sí habían sufrido adversidad durante el desarrollo. El aumento de SETD7 había conseguido reproducir parte del efecto del estrés temprano.
Esto reforzó la hipótesis de que SETD7 no era simplemente un marcador asociado al estrés, sino que podía desempeñar un papel causal en la sensibilización del circuito cerebral.
El experimento contrario abrió una posibilidad todavía más importante
Los investigadores también hicieron el experimento inverso.
En animales que ya habían sufrido estrés temprano, redujeron la actividad de SETD7 específicamente en la VTA.
El efecto fue significativo. Según los resultados divulgados por los investigadores, aproximadamente 85 % de los ratones sometidos a estrés temprano mostraban susceptibilidad cuando posteriormente enfrentaban estrés durante la adultez. Después de reducir SETD7, esa proporción cayó aproximadamente a un tercio. Además, algunos animales tratados mostraron características de resiliencia que no aparecían en el grupo sometido a estrés temprano sin intervención.
Los registros de actividad de las neuronas dopaminérgicas acompañaron los resultados conductuales. El estrés temprano había hecho que determinadas neuronas respondieran con mayor intensidad ante nuevos episodios de estrés durante la adultez. Al reducir SETD7, esa respuesta neuronal también disminuyó.
Esto abre una posibilidad científica de enorme interés: si el mecanismo puede ser confirmado en humanos, determinadas alteraciones epigenéticas podrían convertirse en objetivos para futuras intervenciones destinadas a reducir la vulnerabilidad generada por experiencias adversas durante el desarrollo.
No significa que el ADN haya sido “dañado”
La expresión “cicatriz en el ADN” resulta llamativa, pero puede conducir a una interpretación equivocada.
Los investigadores no encontraron que el estrés hubiera cambiado las letras que forman la secuencia genética de las neuronas. No se trata de una mutación genética convencional.
Lo que cambia es el sistema de regulación que determina cómo se organiza y utiliza esa información genética.
Esta diferencia es fundamental. Una mutación modifica la secuencia del ADN. Una modificación epigenética altera la manera en que determinados genes pueden ser utilizados sin necesariamente modificar la secuencia genética.
La epigenética permite, por tanto, entender cómo el ambiente puede influir sobre la actividad genética. Experiencias como estrés, nutrición, sueño, exposición a determinados factores ambientales y otras condiciones pueden modificar mecanismos regulatorios de las células.
En el caso de este estudio, la investigación apunta específicamente a cómo una experiencia adversa temprana puede dejar una marca regulatoria en determinadas neuronas y cambiar su sensibilidad frente a futuros estímulos.
¿Por qué la dopamina es tan importante?
La elección de la VTA no es casual.
Esta región contiene neuronas que producen dopamina, un neurotransmisor fundamental para procesos relacionados con motivación, recompensa, aprendizaje y respuesta frente a experiencias relevantes.
Cuando los circuitos dopaminérgicos funcionan de manera adecuada, ayudan al cerebro a determinar qué acontecimientos son importantes y cómo responder ante ellos.
Pero una activación anormal de estos circuitos puede estar relacionada con alteraciones en la manera en que el cerebro procesa las experiencias. Investigaciones anteriores ya habían vinculado la VTA con procesos relacionados con ansiedad, depresión, estrés y trastornos por consumo de sustancias.
El nuevo estudio aporta una pieza adicional: no solo importa cómo funciona ese circuito en el momento de experimentar estrés, sino también cómo las experiencias tempranas pueden modificar molecularmente las neuronas para que respondan de otra manera años después.
Antes: se conocía el efecto, pero no el mecanismo completo
Antes de esta investigación, existía una amplia evidencia de que la adversidad durante la infancia podía estar relacionada con consecuencias que aparecen mucho tiempo después.
Estudios epidemiológicos y neurobiológicos habían asociado experiencias adversas durante el desarrollo con una mayor probabilidad de sufrir problemas de salud mental y con modificaciones en diferentes sistemas relacionados con el estrés.
También se habían encontrado alteraciones epigenéticas en genes vinculados con la respuesta al estrés, entre ellos mecanismos relacionados con receptores de glucocorticoides, BDNF y otros reguladores de la función cerebral.
Una revisión científica reciente sobre la regulación epigenética del desarrollo cerebral señala que la evidencia acumulada en seres humanos y modelos animales converge en la existencia de cambios epigenéticos duraderos asociados con el estrés temprano, aunque la magnitud y permanencia de esos cambios pueden variar según el tejido, la edad, el tipo de adversidad y otros factores.
La gran novedad del trabajo de Washington y Princeton es que conecta una experiencia temprana con un mecanismo molecular específico dentro de un circuito neuronal concreto y, además, manipula ese mecanismo para comprobar si cambia la respuesta posterior al estrés.
Ahora: una explicación molecular más precisa
La nueva investigación permite construir una cadena biológica mucho más clara:
estrés temprano → aumento de SETD7 → modificación H3K4me1 → cambios en el empaquetamiento de la cromatina → genes preparados para responder con mayor intensidad → neuronas dopaminérgicas más sensibles → mayor vulnerabilidad conductual ante estrés posterior.
No significa que todos los niños sometidos a estrés desarrollarán ansiedad o depresión. Tampoco significa que una determinada marca epigenética determine inevitablemente el futuro de una persona.
El cerebro continúa siendo extraordinariamente plástico. Las experiencias posteriores, el entorno social, la calidad de las relaciones, la educación, la estabilidad familiar y otros factores pueden modificar las trayectorias del desarrollo.
De hecho, investigaciones anteriores han mostrado que determinadas intervenciones y entornos protectores pueden amortiguar algunos efectos asociados con la adversidad temprana. Estudios sobre desarrollo y envejecimiento epigenético han encontrado, por ejemplo, asociaciones entre experiencias adversas y cambios epigenéticos que pueden verse modulados por factores de protección y apoyo social.
El hallazgo también cambia la forma de pensar la prevención
Si la investigación futura confirma que mecanismos similares existen en humanos, la importancia podría ser enorme.
Actualmente, muchos trastornos relacionados con el estrés se identifican cuando aparecen síntomas suficientemente importantes. El descubrimiento de marcadores biológicos tempranos podría permitir, en el futuro, identificar a determinadas personas con mayor vulnerabilidad antes de que aparezca un trastorno completo.
Eso no significaría etiquetar a un niño como futuro paciente psiquiátrico. Significaría disponer de información adicional para comprender quién podría beneficiarse de determinadas medidas preventivas, siempre bajo estrictos criterios médicos y éticos.
También podría abrir una nueva línea para desarrollar tratamientos que actúen no solamente sobre los síntomas, sino sobre determinados mecanismos celulares que mantienen la sensibilidad patológica al estrés.
SETD7 aparece entonces como un posible objetivo molecular, aunque todavía se encuentra muy lejos de convertirse en un tratamiento clínico.
El futuro: ¿se podrá borrar la cicatriz?
Esta es probablemente una de las preguntas más interesantes que deja la investigación.
El hecho de que los científicos hayan conseguido reducir la vulnerabilidad de los ratones mediante la manipulación de SETD7 plantea la posibilidad de que determinadas consecuencias del estrés temprano no sean completamente irreversibles.
Pero sería prematuro trasladar directamente estos resultados a seres humanos.
El estudio fue realizado en ratones, y existen diferencias importantes entre el cerebro de un roedor y el humano. Además, manipular una enzima epigenética en el cerebro puede producir efectos en numerosos genes y procesos celulares.
SETD7 no es una molécula exclusiva de la respuesta al estrés. Participa en diferentes procesos biológicos y puede modificar diversas proteínas. Por eso, bloquearla de manera indiscriminada podría generar consecuencias no deseadas. La propia naturaleza de las modificaciones epigenéticas obliga a estudiar cuidadosamente dónde, cuándo y cuánto debe intervenirse.
Antes de pensar en medicamentos será necesario demostrar que el mecanismo existe de manera equivalente en seres humanos, identificar exactamente qué células están afectadas, determinar cuánto tiempo permanecen las modificaciones y comprobar si existen mecanismos naturales capaces de revertirlas.
Una nueva frontera para comprender el trauma
El valor principal de este descubrimiento no está todavía en un medicamento que pueda comprarse ni en una terapia disponible para pacientes.
Está en haber encontrado una posible explicación molecular de un fenómeno conocido desde hace mucho tiempo: las experiencias tempranas pueden cambiar la manera en que el cerebro responde al mundo años después.
La investigación sugiere que el cerebro no simplemente “recuerda” el estrés infantil en términos psicológicos. En determinados circuitos neuronales, una experiencia adversa puede dejar una configuración molecular que modifica la forma en que las células responden a futuras situaciones.
La diferencia entre el antes y el ahora es, por tanto, importante. Antes se conocía la relación entre adversidad infantil y vulnerabilidad posterior, pero los mecanismos eran mucho más difíciles de observar. Ahora existe un candidato molecular concreto, SETD7, y una modificación epigenética específica, H3K4me1, que permiten estudiar experimentalmente esa conexión.
El después dependerá de la investigación que venga. Si estudios en seres humanos confirman estos mecanismos, la medicina podría avanzar hacia una comprensión más precisa de cómo prevenir que las experiencias adversas de la infancia se conviertan en vulnerabilidades persistentes durante la vida adulta.
Y existe una conclusión particularmente importante: una cicatriz epigenética no necesariamente equivale a una sentencia biológica. El cerebro continúa cambiando, los circuitos neuronales mantienen capacidad de adaptación y el entorno posterior puede modificar la trayectoria. La investigación de Washington y Princeton no demuestra que el pasado determine inevitablemente el futuro; demuestra que el pasado puede dejar una huella molecular concreta y que esa huella, al menos en ratones, puede ser parcialmente modificada.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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