Un fósil descubierto en el noroeste de Argentina acaba de aportar una de las pistas más antiguas conocidas sobre cómo pudieron reproducirse los antepasados de los mamíferos. El ejemplar pertenece a Chiniquodon theotonicus, un cinodonte que habitó la región hace aproximadamente 236 millones de años, durante el Triásico, mucho antes de que aparecieran los mamíferos modernos. Un nuevo estudio publicado este 13 de agosto de 2026 en Frontiers in Mammal Science sostiene que una señal microscópica preservada en los huesos del animal es compatible con la posibilidad de que esta especie diera a luz crías vivas, en lugar de poner huevos. La conclusión es especialmente relevante porque, de confirmarse mediante otros fósiles, situaría la aparición de la viviparidad dentro del linaje que conduce a los mamíferos entre 90 y 95 millones de años antes de lo que se había estimado tradicionalmente. El descubrimiento fue realizado a partir de un ejemplar procedente de la Formación Chañares, en la provincia de La Rioja, una de las regiones paleontológicas más importantes del planeta para reconstruir los ecosistemas del Triásico sudamericano. Los investigadores no encontraron un embrión ni observaron directamente un parto, algo imposible en un fósil de esta antigüedad. Lo que encontraron fue una marca de crecimiento en el tejido óseo que parece corresponder a un cambio fisiológico producido alrededor del nacimiento. Esa evidencia, combinada con estimaciones del tamaño corporal al nacer y comparaciones con miles de especies actuales, llevó al equipo a plantear una hipótesis que puede modificar la manera en que se entiende una etapa fundamental de la evolución de los mamíferos.
La importancia del hallazgo comienza por comprender qué era realmente Chiniquodon theotonicus. Aunque suele ser presentado de manera simplificada como un “antepasado de los mamíferos”, no era un mamífero en el sentido moderno. Era un cinodonte, integrante de un amplio linaje de sinápsidos que incluye ramas extintas y que, mucho después, conduciría a los mamíferos verdaderos. Esta distinción científica es fundamental porque evita una interpretación equivocada del descubrimiento: el fósil no demuestra que los primeros mamíferos modernos ya existieran hace 236 millones de años ni que todos los animales de aquella época fueran semejantes a los actuales. Lo que muestra es que una característica reproductiva que hoy asociamos fuertemente con los mamíferos podría haber aparecido mucho antes dentro de una rama cercana a su origen. Chiniquodon vivió durante el Triásico Superior, cuando los ecosistemas terrestres estaban experimentando profundas transformaciones después de la gran crisis biológica del Pérmico. La Formación Chañares, donde apareció el ejemplar, conserva una extraordinaria diversidad de animales que permite observar una época en la que todavía no existían los ecosistemas dominados por dinosaurios que posteriormente caracterizarían buena parte del Mesozoico. Allí convivieron distintos cinodontes, dicinodontes, reptiles y formas tempranas relacionadas con la evolución de los dinosaurios. Investigaciones anteriores ya habían establecido que los depósitos de Chañares tienen aproximadamente entre 234 y 236 millones de años, mediante dataciones radiométricas de alta precisión. Esa cronología convierte a la región en una ventana excepcional para estudiar los cambios evolutivos que estaban ocurriendo simultáneamente en diferentes grupos de vertebrados.
El nuevo estudio se apoya en una característica microscópica especialmente difícil de encontrar en el registro fósil: una línea neonatal preservada dentro del tejido óseo. Los huesos no son estructuras estáticas; durante la vida registran cambios en el ritmo de crecimiento, modificaciones metabólicas y determinadas transiciones fisiológicas. En el ejemplar analizado, identificado como CRILAR-PV109, los investigadores estudiaron principalmente el fémur y la fíbula y detectaron una marca que corresponde a un cambio brusco en el ritmo de crecimiento. Leandro Gaetano, investigador del CONICET y uno de los responsables del estudio, explicó que se trata de un anillo de crecimiento peculiar, no cíclico, asociado con una aceleración posterior al nacimiento. La interpretación es importante porque una marca de este tipo puede actuar como una especie de registro biológico de una transición que ocurrió hace más de doscientos millones de años. La línea no demuestra por sí sola que el animal haya dado a luz, y los propios investigadores reconocen esa limitación. Lo que hace es proporcionar una evidencia histológica compatible con esa posibilidad. En paleontología, este tipo de diferencia entre “demostrar” y “aportar evidencia” es fundamental. Los fósiles rara vez conservan directamente comportamientos reproductivos, y los científicos deben reconstruirlos utilizando múltiples indicios anatómicos, histológicos, ecológicos y comparativos. En este caso, la marca ósea adquiere valor porque se combina con otro dato: la estimación de cuánto pesaba el animal al nacer y cómo esa proporción se compara con las estrategias reproductivas de especies actuales. Esa combinación es lo que permite que la hipótesis sea mucho más sólida que una simple especulación basada en la anatomía externa.
El segundo elemento que sorprendió al equipo fue el tamaño estimado de la cría. Los investigadores calcularon que Chiniquodon theotonicus habría pesado aproximadamente 1,7 kilogramos al nacer, frente a unos 12 kilogramos en el momento de su muerte. Es decir, el recién nacido habría representado cerca del 14 % de la masa corporal adulta. Para determinar qué significaba ese porcentaje, los científicos compararon el fósil con una enorme base de datos que reúne 1.869 especies de mamíferos, 2.619 reptiles y 782 aves, además de información procedente de otros registros fósiles. El resultado situó a Chiniquodon en un rango mucho más próximo al observado en mamíferos placentarios que al de reptiles y aves. En reptiles actuales de tamaño corporal comparable, las crías suelen representar apenas entre 0,1 % y 0,6 % del peso adulto, mientras que en aves la proporción puede situarse aproximadamente entre 1,3 % y 4,5 %. Los mamíferos placentarios, en cambio, pueden producir crías proporcionalmente mucho mayores. La diferencia es demasiado grande para ser ignorada, aunque tampoco permite convertir automáticamente a Chiniquodon en un mamífero placentario. Lo que indica es que su estrategia de desarrollo podría haber sido fisiológicamente más cercana a la de los animales que gestan internamente y producen crías relativamente desarrolladas. Los investigadores utilizaron análisis estadísticos de discriminación y agrupamiento para comparar el fósil con esas especies actuales. El resultado ubicó al animal dentro del rango asociado a los placentarios y lejos de los patrones predominantes en reptiles y aves. Aun así, el equipo reconoce que las comparaciones entre organismos separados por más de 200 millones de años tienen limitaciones y deben interpretarse dentro de un marco evolutivo.
La hipótesis resulta especialmente interesante porque modifica la cronología que tradicionalmente se manejaba para la evolución de la viviparidad en la línea de los mamíferos. Durante mucho tiempo, los científicos consideraron que los primeros sinápsidos cercanos a los mamíferos probablemente mantenían una estrategia reproductiva basada en la puesta de huevos y que el nacimiento de crías vivas apareció mucho más tarde. El nuevo estudio plantea que la viviparidad podría haber estado presente ya en el Triásico Superior, decenas de millones de años antes de lo que se suponía. Esto no significa que el nacimiento de crías vivas haya surgido una sola vez ni que todos los linajes posteriores heredaran automáticamente esa característica. Existen varias posibilidades evolutivas. Una es que la viviparidad haya aparecido independientemente en diferentes ramas de cinodontes. Otra es que haya surgido una vez en un ancestro común y posteriormente se haya perdido en determinadas líneas. Esta segunda posibilidad resulta particularmente interesante debido a que los monotremas actuales, como el ornitorrinco y los equidnas, continúan poniendo huevos a pesar de ser mamíferos. Por lo tanto, la evolución de la reproducción dentro de los mamíferos no puede representarse simplemente como una línea recta que va desde “poner huevos” hasta “parir crías vivas”. La evolución trabaja mediante ramas, pérdidas, adquisiciones y adaptaciones independientes, y el nuevo fósil podría ayudar a reconstruir una parte de ese árbol que todavía permanece incompleta. Los propios autores señalan que será necesario encontrar más ejemplares de otros cinodontes para determinar si Chiniquodon representa una innovación aislada o una característica más generalizada dentro de un grupo temprano del linaje mamaliano.
La explicación ecológica propuesta por los investigadores también conecta el hallazgo con las condiciones ambientales del Triásico. Hace 236 millones de años, el planeta era muy diferente del actual. La mayoría de las masas continentales estaban reunidas en Pangea, los climas regionales podían ser extremadamente estacionales y muchas zonas experimentaban períodos de aridez. En ese escenario, mantener los embriones dentro del organismo materno podría haber ofrecido una ventaja frente a la puesta de huevos en ambientes donde la desecación constituía una amenaza. Los huevos expuestos en el ambiente necesitan condiciones relativamente estables para mantener su desarrollo, mientras que la retención interna permite proteger al embrión frente a determinadas variaciones externas. Esta hipótesis encaja con estudios anteriores sobre el ambiente de la Formación Chañares, que han reconstruido una región sometida a cambios climáticos importantes y con una combinación de períodos secos y húmedos. La reproducción no evoluciona aislada del ambiente: las estrategias reproductivas están relacionadas con temperatura, disponibilidad de agua, presión de depredadores, disponibilidad de alimento y características del ecosistema. Los investigadores plantean que la viviparidad pudo haber ofrecido protección frente a la desecación y permitido mantener condiciones más adecuadas para el desarrollo embrionario. Sin embargo, tampoco debe presentarse esta explicación como una certeza histórica. Es una hipótesis ecológica compatible con la evidencia disponible y deberá ser sometida a nuevas pruebas. La importancia de la propuesta radica precisamente en que conecta una señal microscópica encontrada en un hueso con una transformación ambiental que estaba ocurriendo a escala planetaria. De confirmarse en otros fósiles, podría significar que algunos de los cambios reproductivos asociados a la evolución mamaliana fueron respuestas mucho más tempranas a las presiones ambientales de lo que se había pensado.
Argentina ocupa en esta historia científica un lugar especialmente importante porque sus formaciones triásicas conservan algunos de los registros más completos del mundo sobre la transición evolutiva que condujo a dinosaurios y mamíferos. Las regiones de La Rioja y San Juan, particularmente las cuencas asociadas a Chañares e Ischigualasto-Villa Unión, han producido durante décadas fósiles fundamentales para reconstruir los ecosistemas de aquella época. Los trabajos del CONICET y de equipos internacionales han demostrado que estas rocas contienen asociaciones de cinodontes, dicinodontes, arcosauriformes, dinosauromorfos y otras especies que permiten estudiar cómo diferentes linajes respondieron a los cambios ambientales del Triásico. La Formación Chañares es especialmente valiosa porque sus edades fueron revisadas mediante técnicas modernas de datación radiométrica, situándola aproximadamente entre 236 y 234 millones de años. Eso redujo significativamente algunas incertidumbres anteriores sobre cuándo vivieron los animales encontrados allí. La precisión temporal es tan importante como el fósil mismo, porque permite determinar qué características aparecieron antes y cuáles surgieron posteriormente. Un fósil sin una cronología confiable puede mostrar una anatomía extraordinaria, pero difícilmente permite reconstruir con precisión la secuencia evolutiva. En el caso de Chiniquodon, la edad de 236 millones de años coloca la posible viviparidad en una etapa muy temprana de la historia de los mamíferos y de sus parientes cercanos. Además, investigaciones previas sobre otros cinodontes argentinos ya habían demostrado que estos animales poseían características anatómicas avanzadas relacionadas con el sistema respiratorio, el cerebro, el oído y el aparato locomotor. El nuevo trabajo agrega ahora una dimensión diferente: la reproducción y el desarrollo.
El verdadero impacto del descubrimiento se conocerá en los próximos años, cuando otros investigadores puedan buscar la misma señal en nuevos fósiles y determinar si el caso de Chiniquodon es excepcional o representa una tendencia evolutiva. Ese será el próximo gran desafío científico. Un único ejemplar puede cambiar una hipótesis, pero difícilmente puede cerrar una discusión que afecta millones de años de evolución. Los investigadores necesitan analizar más cinodontes de distintas edades, regiones y ramas evolutivas para establecer cuándo apareció la viviparidad, cuántas veces evolucionó y qué relación tuvo con otras características mamalianas. También será necesario mejorar las técnicas de histología y utilizar microtomografía y otras herramientas de análisis no destructivo para estudiar fósiles sin dañarlos. El caso demuestra, además, cómo la paleontología moderna está muy lejos de limitarse a encontrar huesos y reconstruir esqueletos. Una estructura microscópica invisible a simple vista puede contener información sobre el nacimiento, el crecimiento y la fisiología de un animal que vivió hace 236 millones de años. La Argentina vuelve así a ocupar un lugar central en una discusión científica que no se refiere solamente a una especie extinta, sino a una de las grandes transiciones de la historia de la vida. El hallazgo no demuestra que los mamíferos modernos hayan aparecido antes de lo previsto ni permite afirmar que todos sus antepasados fueran vivíparos. Lo que sí hace es desplazar una frontera de conocimiento: existe ahora evidencia de que una estrategia reproductiva asociada a los mamíferos pudo haber estado presente muchísimo antes de lo que se creía. Si futuros fósiles confirman la hipótesis, la historia de la reproducción en el linaje mamaliano deberá ser reescrita desde sus primeras etapas. Y, una vez más, una pequeña señal conservada en una roca de La Rioja podría ayudar a explicar una transformación evolutiva que terminó dando origen a uno de los grupos de animales más exitosos del planeta: los mamíferos.
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