
Te ha vuelto a pasar. Bastaron un par de conversaciones profundas, unas cuantas risas compartidas y esa mirada que pareció entenderte para que tu mente empezara a correr un maratón. De repente, sin darte cuenta, ya estás imaginando escenarios futuros, eligiendo mentalmente canciones que le vendrían bien y sintiendo esa conocida calidez en el estómago.
Luego te detienes, respiras y te reprochas: “¿Otra vez? Pero si apenas lo/la conozco”.
Ilusionarse rápido no es un defecto de fábrica ni una señal de desesperación. Es, en realidad, un reflejo de nuestra profunda necesidad de conectar y de los fascinantes atajos que toma nuestra mente. ¿Por qué nos pasa esto? Vamos a mirarlo con amabilidad y sin juzgarnos.
- El lienzo en blanco y el arte de la proyección: Cuando conocemos a alguien que nos resulta atractivo, no vemos a la persona real completa; vemos un lienzo en blanco. Como apenas tenemos un par de piezas del rompecabezas (su sonrisa, sus gustos musicales, su amabilidad), nuestro cerebro, que odia los vacíos, se encarga de completar el resto del cuadro.
¿Y con qué lo completa? Con nuestros propios deseos, expectativas e ideales. No te estás enamorando de esa persona, te estás enamorando de la versión perfecta que tu mente construyó sobre ella. Es más fácil idealizar a un extraño porque aún no hemos visto sus días malos, sus manías ni sus imperfecciones.
- La trampa de la dopamina (el «brillo» de la novedad): A nivel biológico, la novedad es un combustible poderosísimo. El cerebro adora lo desconocido porque promete recompensa. Cuando alguien nuevo entra en nuestra vida y nos da validación, atención o afecto, el sistema de recompensa se inunda de dopamina.
Es el mismo mecanismo químico de la adicción. Esa oleada de bienestar nos hace sentir flotando, y queremos más. La ilusión rápida es, en parte, nuestra mente pidiendo otra dosis de esa maravillosa sensación de sentirnos especiales para alguien.
- El anhelo de ser vistos y la prisa por sanar: A veces, la prisa por ilusionarnos no habla tanto de la otra persona, sino de nuestro propio momento vital. Si venimos de un periodo de soledad, de desilusiones sentimentales o de un invierno emocional, la llegada de alguien que enciende una chispa se siente como un oasis en el desierto.
Anhelamos tanto ser vistos, comprendidos y refugiados en el afecto de otro, que cuando alguien muestra un mínimo de empatía genuina, bajamos todas las defensas. La ilusión es el reflejo de tu capacidad de mantener la esperanza, incluso cuando el pasado ha sido difícil.
Cómo abrazar la ilusión sin perder el suelo.
Tener la capacidad de ilusionarse es hermoso; significa que tu corazón sigue vivo, abierto y dispuesto a vibrar alto. El problema no es la ilusión, sino cuando nos aferramos a ella como si fuera una verdad absoluta antes de tiempo. Aquí hay un par de pensamientos para mantener el equilibrio:
Disfruta del aroma, pero espera a ver el fruto. Está bien disfrutar de las mariposas en el estómago y de la emoción de los primeros días, siempre y cuando recuerdes que estás conociendo el «tráiler» de la película, no la película completa.
Bájale la velocidad al pensamiento: Cuando te descubras planeando una vida entera al lado de alguien que conociste hace una semana, sonríe, reconoce el pensamiento y regresa al presente. Pregúntate: ¿Qué sé de esta persona HOY, en este momento real?
Date tiempo para conocer su vulnerabilidad: El verdadero vínculo no nace de coincidir en las canciones favoritas o en el tipo de comida. Nace de ver cómo reacciona el otro ante la frustración, cómo trata a los demás cuando está estresado y cómo gestiona los desacuerdos. Y eso solo lo da el tiempo.
Cultiva tu propia vida: La mejor manera de no volcar toda tu felicidad en un recién llegado es asegurarte de que tu propia casa emocional esté amueblada y sea un lugar cómodo para estar. Que esa persona sea un hermoso invitado en tu vida, no el arquitecto de tu estabilidad.
Ilusionarse rápido es un recordatorio de nuestra maravillosa vulnerabilidad humana. No te castigues por sentir mucho ni por ir deprisa; solo recuerda caminar con los ojos abiertos, disfrutando del paisaje, pero cuidando tus pasos. Después de todo, las mejores historias de amor son las que se escriben página a página, sin saltarse los capítulos.
«Todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo… en esto pensad.» Filipenses 4:8 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

