Una investigación de University College London (UCL) encontró una asociación entre atravesar dificultades económicas de manera prolongada durante la adultez y presentar un peor rendimiento cognitivo en la mediana edad, además de determinados indicadores de menor salud cerebral décadas después. El estudio siguió a 2.759 personas del Reino Unido durante más de cinco décadas y aporta una perspectiva poco habitual: no analiza solamente un episodio de pobreza, sino el efecto acumulativo de las dificultades financieras a lo largo de la vida.
La investigación fue publicada en julio de 2026 en la revista científica Innovation in Aging y utilizó información de la denominada cohorte británica de 1946, una de las investigaciones longitudinales más extensas del mundo. Los participantes fueron seguidos desde su nacimiento y los investigadores pudieron relacionar su situación económica durante la adultez con evaluaciones cognitivas realizadas posteriormente y, en un subgrupo, con estudios de imágenes cerebrales.
El problema no sería un mal momento, sino años de dificultades
Los investigadores analizaron la situación económica en diferentes etapas. Para estudiar los ingresos, observaron los datos correspondientes a los 26, 43 y 53 años. Consideraron como ingresos persistentemente bajos a quienes se encontraban dentro del 20% inferior del grupo en al menos dos de esas tres mediciones. Aproximadamente el 16% de los participantes, unos 426 de los 2.759 analizados, entró en esta categoría.
También estudiaron las dificultades económicas desde una perspectiva cotidiana: problemas para administrar los ingresos, afrontar gastos o pagar las facturas. Cerca del 12% de los participantes experimentó este tipo de presión de forma persistente al menos dos veces entre los 36 y los 53 años.
La conclusión central fue que la acumulación de dificultades parece ser más relevante que un episodio aislado. Las personas expuestas de manera prolongada a bajos ingresos o problemas financieros obtuvieron peores resultados en determinadas pruebas cognitivas a los 53 años. Los investigadores destacan que esta asociación se mantuvo incluso después de considerar factores como la capacidad cognitiva durante la infancia, el nivel educativo y las desventajas socioeconómicas sufridas en los primeros años de vida.
Memoria y velocidad de procesamiento
Las evaluaciones realizadas a los participantes incluyeron pruebas de memoria verbal y velocidad de procesamiento, dos capacidades importantes para el funcionamiento cognitivo cotidiano.
Los resultados mostraron que una mayor exposición a la adversidad financiera estaba asociada con un menor desempeño en ambas áreas a los 53 años. El análisis académico encontró asociaciones estadísticamente significativas tanto para los bajos ingresos como para las dificultades económicas persistentes.
Pero apareció un resultado que podría parecer contradictorio: entre los 53 y los 69 años, quienes habían sufrido mayores dificultades económicas presentaron una disminución más lenta en algunas medidas de memoria.
Los autores explican que esto no significa que las dificultades económicas protejan la memoria. Una posible explicación es que las personas que ya tenían un rendimiento considerablemente menor a los 53 años disponían de menos margen para mostrar una caída adicional durante las evaluaciones posteriores. Es decir, parte de la diferencia cognitiva ya estaba presente en la mediana edad.
Las imágenes cerebrales aportaron otra pieza del rompecabezas
El estudio también incorporó información de un subgrupo de participantes que se sometió a estudios de neuroimagen entre los 69 y los 71 años.
En estas personas, los investigadores observaron que los ingresos persistentemente bajos estaban asociados con un mayor volumen ventricular. Los ventrículos son cavidades del cerebro que contienen líquido cefalorraquídeo y su expansión puede constituir uno de los indicadores utilizados para evaluar cambios relacionados con la salud cerebral. El análisis también encontró asociaciones entre la adversidad económica persistente y determinados patrones de atrofia cerebral, particularmente en algunos grupos.
Esto resulta relevante porque permite ir más allá de una prueba de memoria o atención. Los investigadores pudieron comparar la trayectoria económica de las personas con marcadores físicos obtenidos mediante resonancia magnética, aportando evidencia sobre la relación entre las condiciones de vida y el envejecimiento cerebral.
¿Cómo podría afectar el dinero al cerebro?
Los investigadores no sostienen que la pobreza cause directamente una enfermedad cerebral. El estudio es observacional, por lo que identifica asociaciones y no demuestra por sí solo una relación causal.
Sin embargo, el equipo plantea mecanismos plausibles. Uno de ellos es el estrés crónico. Vivir durante años con incertidumbre financiera puede mantener activados sistemas fisiológicos relacionados con la respuesta al estrés. La inflamación asociada con el estrés prolongado es uno de los mecanismos que podría contribuir al envejecimiento cerebral.
Otro mecanismo sería la llamada carga cognitiva. Pensar constantemente en cómo pagar una factura, cubrir los gastos del hogar, conseguir ingresos o enfrentar una deuda consume recursos mentales. Esa preocupación permanente puede dejar menos capacidad disponible para procesos como la atención, la planificación y la toma de decisiones.
A ello pueden sumarse otros factores que acompañan a la vulnerabilidad económica, como hábitos de salud menos favorables, dificultades de acceso a servicios sanitarios, estrés laboral, inseguridad habitacional o menor posibilidad de mantener actividades que protegen la salud física y mental. El estudio intentó controlar algunas variables importantes, pero no puede eliminar por completo la complejidad de estas relaciones.
Los hombres y otros grupos mostraron mayor vulnerabilidad
El efecto tampoco fue igual para todas las personas. La asociación entre adversidad financiera y determinados indicadores cognitivos o cerebrales fue más marcada en los hombres, en quienes habían experimentado desventajas durante la infancia y en personas portadoras de la variante genética APOE-ε4, relacionada con un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer.
Los investigadores plantean que, en la generación estudiada —personas nacidas en 1946—, los hombres tenían con mayor frecuencia el papel de principal sostén económico del hogar, lo que pudo aumentar la presión asociada con las dificultades financieras. También señalan posibles diferencias en comportamientos relacionados con la salud, como el tabaquismo o el consumo problemático de alcohol.
En cuanto a APOE-ε4, los resultados sugieren una interacción particularmente relevante: las personas portadoras de esta variante que además experimentaron adversidad financiera persistente mostraron algunos de los indicadores más desfavorables de atrofia cerebral. Esto no significa que tener APOE-ε4 implique desarrollar Alzheimer, sino que representa un factor genético de riesgo que puede interactuar con otras circunstancias a lo largo de la vida.
Una conclusión que también apunta a las políticas públicas
Los autores consideran que el trabajo tiene una implicación que va más allá de la medicina. Si las dificultades económicas prolongadas están relacionadas con un peor envejecimiento cognitivo, reducir la pobreza crónica y proporcionar apoyo a las personas económicamente vulnerables podría convertirse también en una estrategia de prevención de problemas cognitivos y demencia.
La importancia de esta conclusión está en cambiar la mirada sobre el envejecimiento. La salud cerebral de una persona mayor no se construye solamente en la vejez. Puede estar influida por las condiciones sociales, educativas y económicas experimentadas décadas antes.
La cohorte británica continuará siendo estudiada mientras sus integrantes avanzan hacia los 80 años. Esto permitirá comprobar si las diferencias observadas hasta ahora se mantienen, se amplían o cambian con el paso del tiempo.
El estudio no dice que una persona con dificultades económicas necesariamente sufrirá deterioro cognitivo ni que la pobreza sea una causa directa de demencia. Su principal aporte es mostrar, con datos recogidos durante décadas, que la exposición persistente a la adversidad financiera está asociada con diferencias cognitivas desde la mediana edad y con determinados marcadores de salud cerebral en etapas posteriores. La evidencia vuelve a poner en primer plano una idea cada vez más estudiada: cuidar el cerebro también significa crear condiciones sociales que permitan a las personas vivir con menos estrés económico durante toda su vida.
Foto: Imagen ilustrativa
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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