
El Mercosur de 2026 está ejecutando la estrategia de política exterior más ambiciosa y más arriesgada de su historia: mantener simultáneamente vínculos estratégicos profundos con China —su principal socio comercial en términos de volumen—, con la Unión Europea —con quien acaba de firmar el mayor acuerdo de su existencia— y con Estados Unidos —cuya administración Trump tiene acuerdos bilaterales con Argentina y busca influencia en minerales críticos con Bolivia y Paraguay— sin quedar subordinado a ninguno de los tres ni fracturar la cohesión interna del bloque por las distintas apuestas geopolíticas de sus miembros. Esta triangulación estratégica es extraordinariamente difícil de ejecutar en el mejor de los escenarios, y más difícil todavía en el contexto actual, donde las tres potencias están en tensión creciente entre sí y donde cada una tiene incentivos para presionar a los países del Mercosur para que elijan bando. El portal Sputnik Mundo señaló esta semana que el experto en relaciones internacionales de Uruguay, analista de política regional y comercial, afirmó que Uruguay «debe seguir presionando al Mercosur» para que el bloque se acerque a China y no siga dependiendo exclusivamente de los acuerdos con Europa y Norteamérica. Tensión en el Caribe también fue señalada como un factor que puede complicar las relaciones diplomáticas de los países del Mercosur con Washington en el corto plazo.
La relación del Mercosur con China es la más voluminosa en términos de comercio pero también la más asimétrica y la más difícil de gestionar políticamente. China es el principal mercado de destino para las exportaciones de soja, mineral de hierro y carne del Mercosur, y su demanda sostiene en gran medida la prosperidad del agronegocio regional. Pero esa dependencia tiene un precio estratégico: cuando China ralentiza su economía, el Mercosur lo siente inmediatamente en los precios de sus commodities. Cuando China restringe importaciones por razones sanitarias o políticas —como lo hizo con la carne brasileña y la soja argentina en distintos momentos— el impacto sobre las balanzas comerciales de los países del bloque es inmediato y severo. El acuerdo con la Unión Europea es, entre otras cosas, el instrumento más eficaz que el Mercosur ha construido para reducir esa dependencia de China: diversificar mercados, generar alternativas para sus exportaciones de mayor valor y establecer vínculos institucionales estables con una economía de dimensiones comparables a la china pero con una arquitectura de relaciones mucho más predecible.
Sin embargo, diversificarse de China no significa ignorarla. Brasil, el miembro más grande del Mercosur, tiene con China relaciones comerciales que superan los 150.000 millones de dólares anuales, y ninguna estrategia de diversificación puede —ni debería intentar— sustituir esa relación en el corto plazo. Lo que el bloque puede hacer es ampliar su base de socios para que ningún shock externo generado por tensiones con China tenga consecuencias devastadoras para sus economías. Esta lógica de diversificación sin ruptura es la que guía la política exterior del Mercosur en 2026, y es también la que hace tan difícil la gestión de las tensiones internas del bloque: Argentina, que se alinea con Washington bajo Milei, tiene incentivos para mantener cierta distancia de Pekín; Brasil, que mantiene relaciones pragmáticas con todos, no puede arriesgarse a perder el mercado chino por ningún motivo; y Uruguay, Paraguay y Bolivia tienen cada uno sus propias dependencias y sensibilidades con los distintos actores globales.
El desafío que el Mercosur enfrenta en este triangulo geopolítico no tiene solución perfecta sino solo soluciones suficientemente buenas. La más inteligente, según los analistas de política exterior, es la que el bloque está intentando ejecutar: firmar acuerdos con todos —UE, Canadá, EFTA, Singapur, Emiratos, Japón— de manera que ningún socio pueda usar la dependencia comercial como palanca de presión política. Un Mercosur que exporta a veinte mercados tiene mucho más autonomía que uno que exporta a tres. Esa autonomía estratégica no se construye en un día ni en un año: se construye acuerdo por acuerdo, ronda por ronda de negociación, ratificación parlamentaria por ratificación parlamentaria. El Mercosur de 2026 está construyendo esa autonomía más rápido que en cualquier otro momento de su historia. La pregunta es si lo está haciendo suficientemente rápido para que la autonomía esté consolidada antes de que las tensiones geopolíticas globales la pongan a prueba de manera definitiva.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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