
La ITV se encarece en 2025 y vuelve a señalar luces, neumáticos y emisiones como los fallos que más cuestan al conductor medio en carretera.
La Inspección Técnica de Vehículos se ha encarecido en 2025 y el dato que más pesa para el conductor es bastante sencillo: pasar la ITV a un turismo de gasolina cuesta ya 45,20 euros de media, un 4% más que el año anterior. No es una subida que tumbe una economía familiar por sí sola, pero aparece justo donde siempre molesta: en ese trámite obligatorio que nadie celebra, que suele llegar con prisa y que, por si faltaba algo, no cuesta lo mismo en una comunidad que en otra.
La otra parte de la noticia es casi doméstica, de garaje mal iluminado y “ya lo miraré mañana”: el alumbrado y la señalización siguen siendo el gran agujero de la ITV. Faros fundidos, pilotos que no funcionan, luces mal reguladas, ópticas opacas por el sol, intermitentes con vida propia. Ese pequeño teatro eléctrico, tan fácil de revisar antes de salir de casa, concentra buena parte de los defectos detectados y se ha consolidado como uno de los motivos más frecuentes de rechazo. La paradoja española, otra más: discutimos el precio de la inspección, pero muchos coches llegan al examen con una bombilla pidiendo jubilación.
La subida llega al bolsillo, aunque no por igual
La ITV sube un 4% en 2025 para turismos de gasolina, con un incremento medio de 1,86 euros respecto a 2024. La cifra fría parece modesta, casi administrativa, pero sirve para retratar un fenómeno más amplio: el coste de revisar el coche se mueve al alza mientras el parque móvil español envejece y las estaciones asumen más exigencias técnicas, más equipos, más controles y más costes de funcionamiento. Nada nuevo bajo el fluorescente, salvo que la factura vuelve a caer en el conductor.
El precio medio de 45,20 euros no significa que todos paguen eso. La ITV en España es un mosaico autonómico con piezas que encajan regular. Las comunidades regulan tarifas, aplican tasas propias, tienen modelos de gestión distintos y, en territorios como Madrid o Murcia, el precio depende de la estación porque el servicio está liberalizado. Resultado: dos conductores con el mismo coche, la misma antigüedad y los mismos nervios pueden pagar cantidades distintas por una inspección equivalente. La igualdad ante el elevador hidráulico, digamos, tiene matices.
La horquilla real se mueve de forma visible entre comunidades. En algunos territorios el precio de un turismo catalizado se mantiene en la parte baja de la tabla; en otros, especialmente cuando entran en juego vehículos diésel, tasas añadidas o mercados más caros, la factura se acerca bastante más a los 60 euros. En Madrid, por ejemplo, las tarifas pueden variar mucho según la estación y los descuentos online. En la Comunidad Valenciana, un turismo gasolina catalizado ronda los 41 euros y un diésel supera los 56. En Galicia, Castilla y León, País Vasco, Ceuta o Navarra aparecen también diferencias claras entre gasolina, diésel y eléctricos. El mapa de la ITV no es un mapa técnico: es un mapa político, fiscal y comercial.
Hay una explicación menos vistosa, pero bastante real. La ITV no consiste solo en mirar si el coche “parece bien”. Se revisan identificación, frenos, dirección, ejes, neumáticos, suspensión, alumbrado, señalización, emisiones, acondicionamiento exterior e interior, carrocería, chasis y documentación. El manual oficial de inspección se actualiza periódicamente y las estaciones tienen que adaptarse. Más máquinas, más formación, más procesos. El coche moderno, además, trae sensores, centralitas, sistemas de ayuda a la conducción y electrónica que ya no se arregla con un destornillador y un “esto aguanta”.
El precio depende demasiado del código postal
El conductor medio suele pensar en la ITV como en un trámite nacional, pero la realidad es más parecida a una ventanilla con acento autonómico. No existe una tarifa única estatal para todos los vehículos. Hay comunidades con precios regulados, otras con importes máximos, otras con gestión pública, privada o mixta, y casos en los que la competencia entre estaciones introduce ofertas, descuentos y variaciones según reserva previa.
Esta dispersión provoca situaciones difíciles de explicar a quien solo quiere pasar la revisión, pagar y seguir su vida. Un turismo diésel puede resultar sensiblemente más caro que uno de gasolina por las pruebas de emisiones. Un eléctrico suele pagar menos allí donde existe tarifa específica, porque no necesita control de gases ni ruido de combustión. Una moto paga menos que un coche, salvo que la comparación se complique con tasas, cilindrada o comunidad. Y, por supuesto, el conductor que reserva por internet puede encontrarse una rebaja que no aparece en ventanilla. España también es esto: la burocracia con cupón descuento.
El diésel continúa siendo el gran pagador de la familia. No por una persecución abstracta, sino porque la prueba de emisiones es más exigente y porque las tarifas suelen recoger ese coste. Los coches de gasolina catalizados quedan en una zona intermedia. Los eléctricos, cuando tienen tarifa propia, se benefician de una inspección más simple en materia de emisiones. Eso no significa que un vehículo eléctrico “no tenga ITV”; la tiene, revisa neumáticos, frenos, dirección, alumbrado, suspensión y demás elementos de seguridad. Solo se libra del humo. Literalmente.
En los últimos años, las diferencias de precio han alimentado una pequeña industria de comparadores, descuentos y reservas anticipadas. El consejo práctico no tiene glamour, pero funciona: mirar dos o tres estaciones cercanas antes de pedir cita puede ahorrar dinero, sobre todo en comunidades liberalizadas. No es una heroicidad financiera. Es lo que queda cuando un trámite obligatorio se comporta como un mercado.
El alumbrado sigue siendo el fallo más absurdo y repetido
Los datos de inspección muestran que el alumbrado y la señalización siguen ocupando una posición muy incómoda entre los defectos más habituales. En 2024, los fallos graves en este sistema fueron la principal causa de rechazo de la ITV, con el 22,6% del total de defectos graves detectados. Es un porcentaje demasiado alto para un problema que, muchas veces, se puede detectar en una pared blanca, un cristal de escaparate o con otra persona pisando el freno mientras uno mira desde atrás.
El sistema de luces no es decoración. Sirve para ver, para ser visto y para contarle al resto de la carretera qué va a hacer el vehículo. Un intermitente que falla no es una minucia: convierte una maniobra en una adivinanza. Un faro demasiado alto deslumbra. Uno demasiado bajo deja al conductor conduciendo a tientas. Una luz de freno fundida elimina una señal básica en ciudad, en retenciones y en carretera. Todo muy evidente, sí. Y aun así, ahí sigue, como una gotera que nadie arregla hasta que cae encima de la mesa.
La ITV distingue entre defectos leves, graves y muy graves. Un defecto leve no suele impedir circular ni obliga a una segunda inspección inmediata, pero queda anotado y debe corregirse. Un defecto grave convierte el resultado en desfavorable: el vehículo debe repararse y volver a inspección. Un defecto muy grave puede derivar en una ITV negativa, con el coche inmovilizado y traslado al taller en grúa. La diferencia no es académica. Es tiempo, dinero y, si uno se empeña en circular como si nada, sanción.
El problema de las luces tiene además un punto generacional. En coches antiguos, las ópticas envejecen, los plásticos se amarillean, las conexiones fallan y los portalámparas acumulan años de calor, humedad y chapuzas. En coches más modernos, aparecen módulos LED, faros adaptativos y sistemas cuya reparación ya no cuesta “una bombilla y cinco minutos”. Cambia la tecnología, pero no el resultado: si el coche no ilumina bien o no señaliza bien, la ITV lo ve. Y la carretera también.
Emisiones, neumáticos y frenos: el otro examen silencioso
Aunque el alumbrado se lleva el titular por frecuencia y por lo fácil que parece prevenirlo, la ITV de 2025 sigue mirando con lupa otros tres sistemas que explican buena parte de los rechazos: emisiones contaminantes, ruedas, neumáticos y suspensión, y frenos. Entre esos cuatro bloques se concentra una parte muy relevante de los defectos graves. No son adornos técnicos. Son las piezas que deciden si el coche frena, se agarra, no contamina por encima de lo permitido y no se convierte en una ruleta con matrícula.
Las emisiones preocupan especialmente en vehículos diésel antiguos, coches que hacen mucha ciudad, motores con mantenimiento irregular o sistemas anticontaminación en mal estado. El filtro de partículas, la EGR, la sonda lambda o el catalizador no son nombres de una banda de rock progresivo: son elementos caros, sensibles y decisivos para pasar la prueba. Un coche que solo recorre trayectos cortos, nunca alcanza temperatura y arrastra avisos en el cuadro puede llegar a la ITV como quien entra en un examen sin haber abierto el libro.
Los neumáticos son otro clásico. Dibujo por debajo del mínimo legal, desgaste irregular, grietas, deformaciones, medidas no equivalentes, índices de carga o velocidad incorrectos. La goma es el único contacto real entre el coche y el asfalto, apenas una huella negra bajo cada rueda. Y aun así, muchos vehículos circulan con neumáticos al límite, quizá porque se degradan poco a poco y el ojo se acostumbra. La ITV no se acostumbra. Mide, mira y anota.
Los frenos, por su parte, tienen esa virtud antipática de no avisar siempre con educación. Discos gastados, pastillas al final, desequilibrio de frenada, líquido viejo, latiguillos dañados. A veces el conductor percibe vibraciones, pedal esponjoso o ruidos metálicos. Otras veces no nota nada hasta que la máquina del frenómetro canta. Y cuando canta, no suele cantar una nana.
Cuándo toca pasarla y qué pasa si se llega tarde
Para los turismos particulares, la regla general sigue siendo conocida: primera ITV a los cuatro años desde la matriculación, después cada dos años hasta cumplir diez y, a partir de ahí, una inspección anual. Esa pauta explica por qué el envejecimiento del parque móvil tiene tanto peso. Cuantos más coches superan la década, más inspecciones anuales, más posibilidades de detectar fallos y más presión sobre estaciones y conductores.
La inspección puede pasarse hasta 30 días antes de la fecha de vencimiento sin perder días de validez en la siguiente revisión. Ese margen es más útil de lo que parece. Permite evitar citas de última hora, estaciones saturadas y ese momento tan español de descubrir el vencimiento mirando la pegatina mientras uno espera en un semáforo. La fecha también puede consultarse en la ficha técnica, en la pegatina del parabrisas y en la aplicación miDGT. Excusas quedan pocas; imaginación, mucha.
Circular con la ITV caducada supone una sanción de 200 euros. También puede haber multa de 200 euros si se circula con una ITV desfavorable sin limitarse al desplazamiento permitido para reparar y volver a inspección. La ITV negativa es otra liga: el vehículo no puede circular y la sanción puede llegar a 500 euros. No es una retirada de puntos, pero tampoco es una propina. Y en caso de siniestro, tener la ITV fuera de regla puede complicar seriamente la relación con el seguro. El parte amistoso se vuelve bastante menos amistoso.
Hay otro detalle que conviene no olvidar: pasar la ITV tarde no “reinicia” mágicamente el calendario para regalar meses. La validez se calcula conforme a la fecha que corresponde según normativa, no como premio al despiste. Dicho de otra forma: retrasar la inspección no sale rentable. Se acumula riesgo, posible sanción y, según los datos del sector, más probabilidad de encontrar defectos graves en vehículos que llegan tarde.
Una revisión barata antes de la ITV puede ahorrar la segunda visita
La subida de precio hace más evidente una idea sencilla: conviene revisar el coche antes de llevarlo a inspección. No hace falta convertir el garaje en un laboratorio de homologación. Basta con una comprobación básica, casi de sentido común, para evitar algunas de las causas más tontas de rechazo. Luces de cruce, carretera, posición, freno, marcha atrás, intermitentes, antinieblas si los tiene, matrícula iluminada. Después, neumáticos, presión, dibujo, limpiaparabrisas, lavaparabrisas, claxon, cinturones, retrovisores, matrícula legible, testigos del cuadro y niveles.
Una bombilla fundida cuesta poco. Un faro opaco puede pulirse por menos de lo que cuesta repetir una mañana de trámites. Un limpiaparabrisas roto no parece gran cosa hasta que llueve y el parabrisas queda como un cuadro abstracto. La ITV no perdona por simpatía; tampoco por antigüedad sentimental. El coche puede tener años, historias y una mancha en el asiento de aquel verano, pero debe frenar, iluminar, girar y emitir dentro de los límites.
En los diésel, especialmente los de uso urbano, ayuda llegar con el motor en temperatura y sin haber pasado semanas haciendo trayectos mínimos. No se trata de trucos milagrosos ni de “limpiar” un problema mecánico con una vuelta a la circunvalación. Si hay una avería, hay una avería. Pero un coche que nunca sale de ciudad puede acumular carbonilla y llegar peor a la prueba de emisiones. Mantenimiento, no magia. La diferencia entre ambas cosas suele medirse en euros.
También es importante llevar la documentación en regla. Tarjeta ITV, permiso de circulación y seguro obligatorio vigente, aunque muchas comprobaciones ya se crucen telemáticamente. La burocracia moderna tiene una cualidad curiosa: parece invisible hasta que falta algo. Entonces reaparece con toda su musculatura.
Un trámite pequeño que enseña mucho del coche español
La subida de la ITV en 2025 no es un terremoto, pero sí un síntoma. El conductor paga algo más, las comunidades mantienen diferencias notables y el parque móvil sigue mostrando achaques de edad, uso y mantenimiento. La inspección aparece una vez al año o cada dos, pero retrata lo que ocurre durante todos los meses anteriores: si el coche duerme en la calle, si apenas pisa taller, si se estiran los neumáticos, si las luces se dejan “para luego”, si el motor solo respira atascos.
El debate sobre el precio es legítimo. En un país donde muchas familias dependen del coche para trabajar, llevar niños, cuidar mayores o vivir fuera de las grandes ciudades, cada gasto obligatorio cuenta. Pero la ITV no es solo una tasa con pegatina. Es una barrera imperfecta, a veces incómoda, contra coches que no deberían circular en esas condiciones. Imperfecta, sí. Necesaria, también. La carretera no entiende de excusas administrativas.
Lo más sensato para 2025 es mirar la ITV con menos superstición y más cálculo. Comparar precios cuando se pueda, pedir cita con margen, revisar luces y neumáticos antes de ir, no apurar la fecha y asumir que un coche viejo necesita más atención, no más fe. La subida media del 4% duele menos que una inspección desfavorable, y bastante menos que circular con el vehículo fuera de regla. Al final, la ITV sigue siendo ese examen antipático que nadie quiere hacer, pero que todos preferimos que apruebe el coche que viene de frente.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/subio-la-itv-un-4-en-2025/
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