
Hay personas que llegan a la vida como tinta indeleble: escriben recuerdos que no se olvidan. Otras, en cambio, aparecen como una hoja en blanco… esperando una historia que las abrace. Y en medio de todo eso, estamos nosotros, intentando entender qué papel nos corresponde.
Hace un tiempo escuché una metáfora que habla del lápiz. Pero más que una metáfora, es una invitación profunda a vivir con sentido.
Un lápiz no escribe solo. Necesita una mano que lo guíe. Y ahí empieza todo. Porque por más talento, inteligencia o capacidad que tengamos, siempre habrá algo más grande sosteniéndonos. Algunos lo llaman destino, otros propósito… yo prefiero llamarlo Dios. Esa mano invisible que, aun cuando no entendemos el trazo, sabe exactamente qué está dibujando. Cuando soltamos el control y confiamos, dejamos de escribir desde el miedo… y comenzamos a escribir desde la fe.
Pero hay algo más.
El lápiz, para poder seguir escribiendo, tiene que pasar por el sacapuntas. Y sí, duele. Raspa, incomoda, desgasta. Así también la vida. Nos pule a través de las pérdidas, las decepciones, los momentos en los que sentimos que nos estamos rompiendo un poco. Sin embargo, es justo ahí donde nos afinamos. Donde aprendemos. Donde crecemos. Nadie sale igual después del dolor… pero tampoco sale inútil. Sale más preciso, más consciente, más humano.
Y, aun así, no somos perfectos.
Por eso el lápiz tiene borrador. Porque todos quisiéramos ser ese lápiz que escribe historias bonitas en la vida de otros: palabras de aliento, momentos memorables, amor sincero. Y está bien aspirar a eso. Pero la realidad es que no siempre llegamos en el momento adecuado para escribir… a veces llegamos cuando la hoja ya está llena de dolor.
Y entonces, ahí cambia todo. Si no puedes ser lápiz para escribir algo hermoso en la vida de alguien… sé borrador.
Borra una tristeza.
Borra una culpa.
Borra una palabra que dolió más de lo que debía.
A veces no necesitamos decir algo brillante, ni cambiar el mundo de alguien con grandes acciones. A veces basta con estar. Escuchar. Abrazar. Acompañar en silencio. Ser ese pequeño gesto que no escribe una historia… pero sí limpia un poco el dolor que ya estaba escrito.
Porque eso también es amor. Y no es menor.
El mundo necesita menos perfección y más compasión. Menos discursos y más presencia. Más personas dispuestas a borrar lágrimas que a presumir palabras.
Ahora bien, el lápiz también nos recuerda algo esencial: lo más importante no es lo de afuera. La madera puede ser bonita, elegante, incluso costosa. Pero si no hay grafito dentro, no sirve. Así somos nosotros. No importa cuánto aparentemos, cuánto mostremos o cuánto logremos… si por dentro estamos vacíos, desconectados o endurecidos, no hay trazo que valga.
El verdadero valor está en lo que llevamos dentro: nuestra esencia, nuestra capacidad de amar, de perdonar, de comprender.
Y finalmente, hay algo que no podemos ignorar. Todo lo que hace un lápiz deja marca. Todo.
No hay trazo que no tenga consecuencia. Así mismo, cada palabra que decimos, cada decisión que tomamos, cada gesto que ofrecemos… deja huella en alguien. A veces no lo vemos, a veces no lo sabemos, pero impactamos más de lo que imaginamos.
Por eso, vivir no es solo existir. Es ser conscientes de lo que estamos dejando en el camino. Hoy tal vez no tengas la fuerza para escribir una historia perfecta. Tal vez sientas que tu vida está en proceso, incompleta, llena de tachones. Y está bien. Pero incluso ahí, puedes elegir.
Puedes dejarte guiar por la mano de Dios, confiar en el proceso aunque duela, trabajar en tu interior… y, sobre todo, puedes decidir qué huella quieres dejar en los demás.
Y si hoy no puedes ser lápiz… sé borrador.
Porque a veces, borrar una tristeza… es el acto más hermoso de amor que alguien puede recibir.
“Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” Romanos 5:5 (RVR60)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

